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No es cuanto ganas


“No se trata de cuanto ganas, si no de cuanto gastas”, me dijo mi padre un día de invierno hace casi 25 años. Este consejo ha sido uno de los pilares que han regido mi vida y, definitivamente, una de las razones de la estabilidad financiera que haya podido tener.
Un lustro atrás ganaba apenas unos $12 la hora, es decir menos de $25,000 verdes al año. No obstante, me alcanzaba para cubrir mis gastos y pasear un poquito. Desde luego, no era la Vida-Loca ni mucho menos, pero igual no malpasaba e incluso guardaba un dólar para el día lluvioso o como dicen los americanos: “a rainy day” que es lo mismo que “tener un pe$o para la vergüenza”, como decía Herman Penzo, mi viejo.
“Puedes tener un millón en el banco, mas si te compras un helicóptero de 1.5 millones, te quedas pobre al instante. Sin embargo, si ganas $20 y gastas $15, siempre tendrás un monto positivo del cual echar mano, aunque este sea de $5 pesos. Así de sencillo explicaba el dilema, ¡el secreto!, de la liquidez financiera mi progenitor.
¡Y es que así de sencillo es!… si alguien se toma el tiempo de explicárnoslo y
–MUCHISIMO MÁS IMPORTANTE- no los enseña con su ejemplo.

¿Y a qué viene todo esto?
Pues viene al caso porque nuestros hijos aprenden de nosotros, los adultos en su vida, cómo entender y manejarse con el dinero. Para quienes leyeron “Poor Dad, Rich Dad” (padre rico, padre pobre, en cristiano) este concepto no es del todo ajeno. Tampoco lo es para quienes escuchan predicar el evangelio de la abundancia a través de las charlas como las de Abraham Hicks y otros pastores de variopintas denominaciones.

La falta de conocimiento financiero ha convertido la comunidad hispana en una de las presas mas fáciles de atrapar en las redes de los embaucadores, farsantes, patanes y charlatanes sobre esta bella tierra. Esta falta de entendimiento es, a su vez, pasado de padre a hijo, de hija a nieto, hasta el infinito. De ahí que, los depredadores hagan su fiesta entre y a costa de nosotros.
¡Mucho ojo! A espabilarse. No permitamos que nuestras futuras generaciones tropiecen con la misma piedra. ¡Es hora de levantar los pies! Si usted tiene demasiadas excusas para educarse debidamente sobre el tema de qué es el dinero, cómo trabaja y cuando es propicio tomar riesgos para multiplicarlo, si está demasiado cansada, aburrido, ocupada o sobrecogido por la FALTA de estabilidad financiera en su vida, entonces, POR LO MENOS, permita que sus hijos tomen clases o lean libros sobre alfabetización financiera (finantial literacy). Facilite que se eduquen, “que se empapen” sobre el tema.
Porque, aquí entre nos, ¡ya está bueno!
Ya está bueno de endeudarse hasta las narices, de no tener o perder el crédito, de someternos a tasas de interés exorbitantes, de que nuestros hijos salgan de las universidades con una deuda que les tomará 20 o 3 años saldar.

Este sistema está hecho para que nos lleguen mil solicitudes de crédito por correo y cero, nada, ninguna para educarnos sobre la complejidad de los préstamos, hipotecas, notas bancarias, APRs, ciclos, términos, proporcionalidad entre deuda e ingreso y un montón de otras reglas que gobiernan la economía personal, local, mundial y global -dicho se ha de paso-.
Entonces, ¡manos a la obra, pues!

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El motivo de mi motivación


I did not know it then, but I was very lucky to have access to many school choices when as I was growing up. First, I went to La Esperanza, which means the hope. This school was rich in talent and resources, and it was also free of charge for the people who worked there and/or at the sponsor’s company. That company believed in giving a high-quality education to its employee’s children. My mother worked there as a secretary, and so did my dad for a while.
At La Esperanza, the sons and daughters of the assembling line workers were receiving the same state of the art education as the children of the top executives.
From math competitions to volleyball championships, its students proved to be as good or better than the ones attending the most prestigious private school in the country, demonstrating that given the chance, any child can flourish.
When the time came for me to go to middle school, my family was going through a very rough patch. Unable to provide for us, my mother secured a partial scholarship from a very reputable boarding school. My sister and I found in this school not just a place to learn, but also a true refuge that stopped, at least for a couple of years, the profound instability of our lives.
When it was time for high school, my mom had managed to put a roof above our heads, so we returned to our home in Santiago.
As many government run institutions in the Dominican Republic of my youth, the public schools in my home town were a disaster. After working for months without a salary, the teachers often had to go on strike to force the administration to pay them. The public premises were following apart, the libraries were non- existent, and the overall climate was tense, to put it mildly.
Mom did not want us to become another statistic; therefore, she decided to send us to a private school. This was not any easy decision to make, since every month she struggled to make the payments.
Then, when I was a sophomore, noticing that I had trouble waking up in the morning, mom changed us from morning classes to the afternoon scheduled offered at the same location. More awake now, my grades started to improve. By the end of that journey, I graduated with honors. Short after, I received an academic scholarship to study French is Paris, France. As a student abroad, I back packed throughout Europe, visiting museums, making new friends, learning about other cultures.
As I look back, I realize all the choices I had as a child and the many opportunities these choices created for me. If today I enjoy a much better live than the one my mother had, it is thanks to those wise choices she made for us, for our education.
So, I passionately believe in school choice, in giving –especially- disenfranchised families, the chance to change the trajectory of their lives through education. And, because I am the living proof of how school choice beats the odds, I proudly work at expanding its scope.

Curación milagrosa:Viaje a dentro de mi

Llueve una vez más y como de costumbre, cuando veo llover, la canción de Sonia Silvestre “la tarde está llorando y es por ti” toca dentro de mi cabeza. No obstante, algo esta vez es diferente. La música ya no trae consigo una capota negra de tristeza con la cual me cubre el corazón. De hecho, he abierto la puerta del frente de la casa y he salido a gozar de la lluvia. Respiro su olor, me mojo los pies y experimento una sensación de alegría tan bella, que busco mi teléfono y en él grabo treinta segundos de lluvia en un sábado por la tarde. Pienso en una amiga muy querida que vive en Las Vegas, donde casi nunca cae un aguacero. Digo: le voy a mandar este video porque sé que los extraña de cuando vivía en su lejano Chile. Sé que estas gotas que caen a cántaros, este viento arremolinado y este ruido familiar de cuneta rebosándose, de ruedas que aplastan el agua y la levantan, llevándosela de paseo, todo esto la hará feliz, tan feliz como me hacen a mí ahora. Y así hice. Le envié los 30 segundos de video. Treinta y cinco segundos más tarde, me contestó con un emoji sonriente y dos palabras: “so pretty”.
Entonces recordé las muchas veces que yo repetía a Sonia Silvestre en mi cabeza y cómo lograba entristecerme su canción y la lluvia. Comprendí que ambas habían estado asociadas con una memoria tristísima de la niñez y que esa asociación de casi cuarenta años había desaparecido, había perdido su poder de lastimarme. Ese engrama, o sea, esa conexión neurológica que enlazaba un elemento con otro, produciendo siempre el mismo efecto de profunda tristeza, se había esfumado. Ya no estaba en la programación de mi cerebro. La planta conocida como la ayahuasca le había hecho un rebbot. De golpe, ante esta realización, me dieron escalofríos.

Hoy va a hacer un poco más de un mes desde que hice la ceremonia de la ayahuasca en la Iglesia de la madre tierra. Hace un mes y todavía continúo descubriendo el trabajo milagroso que la planta sagrada hiso conmigo. Aunque no me ha tomado todo este tiempo para darme cuenta de sus efectos curativos. Al contrario, desde el momento que me desperté, cuatro horas después de haberla ingerido, supe que no era la misma. Un peso se había levantado de mis hombros, la gorda sentada en mi pecho se había puesto de pie y en mis ojos, la gente que me vio llegar horas atrás decía encontrar una luz distinta, radiante. Mientras, yo apenas atinaba a responder con una sonrisa leve, al tiempo que recogía mis pertenencias para volver a casa. Las dos últimas noches habían sido titánicas y estaba exhausta. Ese fin de semana había sido mi segundo encuentro con la planta.

El primero ocurrió seis meses antes y fue una cordial y muy pequeña introducción. Recuerdo que antes de tomarla, dije: “madre ayahuasca, se una maestra tierna conmigo porque me muero de miedo. Llévame despacito y te prometo ser una alumna obediente y respetuosa.” Me escuchó. Tal vez porque me tubo lástima o le causó gracia mi ignorancia o ¡quien sabe!, en su inmensa sabiduría sabía que yo volvería a continuar la obra que en esos dos días ella y yo habríamos de empezar.

Durante aquellas noches frías de enero, bajo el efecto de su química bendita, la planta me llevó al origen de una ira que llevaba dentro de mí por más de dos décadas, escondida en el laberinto de mi subconsciente. Estaba metida a tantas leguas dentro del laberinto, ¡que ni yo misma, ni mis amigos cercanos, familiares, pastores, psicólogos, psiquiatras, leedores del tarot, ni meditaciones, caminatas, libros de auto-ayuda e hipnosis regresivas habían podido desenterrarla! Ahí estaba agazapada e intacta. Fuerte y devastadora como un ciclón, envenenada de silencios, quemándose el en fuego de su propio infierno, achicharrándome el alma. Y pude verla, verla como un testigo ocular presencia un crimen desde su ventana. Pude entenderla, comprender el daño que me hacía. Y logré soltarla, dejar que se la llevara el viento, nombrando a los culpables de su causa y también asumiendo mi propia responsabilidad. Y después, se fue. Y no ha regresado jamás.
De esa expedición, bajando por la madriguera del conejo y de regreso, subí curada de un trauma que me consumía sin que yo lo supiera conscientemente. La noche siguiente, al tomar la ayahuasca otra vez dormí mucho, como un bebé. Fue un sueño reparador, en el cual soñé estar en el vientre cálido e ingrávido de una madre cariñosa y sana, quien me llenaba de un inmenso amor. Estuve envuelta, como ha de sentirse un feto dentro de la placenta, de una paz gelatinosa y espesa. Y me sentí cuidada, protegida y muy amada. Pensándolo bien ahora, adivino que la planta-maga me quería decir: descansa, que para muestra basta un botón y ya viste anoche lo que puedo hacer por ti.
Por eso volví. Porque sabía que en el escondrijo donde habitaban mis memorias y vivencias aún quedaba mucho reguero por recoger y mucho engrama por lavar.

La planta santa, la luna llena, un chamán traído desde el Perú y otras cuarenta personas nos daríamos cita en la iglesia en junio por segunda vez. En esta ocasión, las introducciones estaban demás. Las dos habíamos venido a trabajar. Cuando coloqué entre mis manos la copa con el zumo achocolatado y la puse sobre mi esternón, le dije en un susurro: estoy lista, hazme de nuevo.
Lo que ocurrió luego no se los puedo explicar. Porque, ¿cómo explicar con palabras algo tan inmensamente trascendente?… la métrica del alfabeto no le hace justicia. No podría poner por escrito lo que solo se puede experimentar, sencillamente no hay manera. Eso sí, hubo una reacción física individual y una ola energética colectiva. Hubo una catarsis que incluyó lágrimas y eructos, orines, mocos, pedos, temblores y más llanto, una visita al purgatorio de mi inventario humano e imperfecto y un retorno de él saneada, iluminada bendecida por un nuevo -y ancestral– conocimiento.
Los frutos de ese viaje al centro de mi alma aún los estoy recogiendo. Los percibo en la danza de la lluvia frente a mi puerta o al poder tener una conversación pacífica y conciliadora con personas quienes antes lograban desquiciarme, desestabilizarme, enfurecerme, enmudecerme, agraviarme u ofenderme. Lo veo –incluso- cuando esos que conocían mi otra yo, buscan intencionalmente punchar los antiguos botones, esperando reacciones de exasperación harto conocidas y en su lugar, para mi propia sorpresa, se topan con la reacción opuesta. En momentos así, me pongo a buscar en mi interior las emociones que detonaban mi miedo al abandono, el desencanto o la furia o aquellos sentimientos de falta de amor propio, de creer que no era lo suficientemente buena para algo o alguien, y detecto que allí, en el alambrado donde se activaban esas conexiones no hay rastro de ellas. La gloriosa ayahuasca, con el milagro de su poder maravilloso, consiguió que pudiera dejar que se las llevara el viento. Se han ido para siempre, para nunca más volver.

Ver:https://youtu.be/OK65pLTocRM

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

When I close my eyes, I imagine


When I close my eyes, I imagine tomorrow’s schools.

I see them as knowledge centers located in every corner of every city or rural town. This space, in my head, looks more like one of those boutique stores where one buys the latest phones and computers, rather than a prison. It is well lit, glossy, glassy, fluid, attended by enthusiastic experts happy to be doing what they love to do every day.

In this safe, free environment, students come and go with ease throughout the day. Some of them get there to explore a particular area of interest on their own time. Some, the older ones, have scheduled an appointment to meet with one (or many tutors) responsible for the progress made on each Individualized Education Program (IEP).
Grades, tests, wrong answers, segregation by date of birth, arbitrary schedules that are leaving children idle for months, or makes them wake up before their brain is completely awake, among other not so brilliant practices, are now things of the past.
Instead, the students set their own goals, at their own speed, on their own schedule and motivated by their own curiosity. They are cared for by educators who had been freed from the shackles of teaching to a test and following a rigid curriculum, unable to go too fast or too slow to meet the needs of some of the children in their classroom; forced to focus only on of those capable of “moving on” within the time frame imposed by a system.
In addition; the children enjoy 3-D voyages into molecules and/or universes, which are delivered by state of the art technology that engages as many senses as possible, profiting from a vast library of e-books, videos, and tutorials taught by artificial intelligence such as Watson.
In my imagination, all parents have learned the active role they play in the academic success of their children; understanding that the more they get involved, the greater the chances are for their sons and daughters to achieve everything they put their mind to do. In fact, these parents will decide on the best educational model for their children in collaboration with the teachers. These teachers in turn will be able to design a pathway to take every single student to a place where they can flourish. In this brave new world social promotion, disciplinary disproportionality, achievement gaps, lack of latitude to innovate, among other damaging (yet quite ubiquitous) phenomena will be a thing of the past too.
The concept of one-on-one counseling, coupled with an implementation strategy that responds to the personal needs of each student will be the rule of thumb. This concept I am sure you’ve heard is present everywhere in today’s world; from financial advisors, personalized computer builders to customized nutritional plans. However, in the realm of education an individualized program is reserved to address a “problem.” Shouldn’t every student’s learning experience be as unique as he or she is?… When I close my eyes, I imagine it is.

De-construyendo a Guillén: Viaje a La Habana

(Es posible que no me crean. Es entendible, incluso, que piensen “es puro dramatismo”, pero los eventos aquí narrados ocurrieron tal y cual se los presento).

De-construyendo a Guillén

Cuando escribí el inventario de lugares que quería visitar antes de morir, La Habana, (Cuba) no figuraba en él. Digamos que mi consciente no admitía que la más grande de las islas del Caribe me importara lo suficiente como ir a verla. No obstante, estaba escrito que tenía que hacer este viaje. Mi subconsciente lo sabía. De seguro, todavía persistía en él alguna reminiscencia de mi adolescencia, cuando escuchaba a Pablo Milanés cantar los versos del poeta Nicolás Guillén:
“No me dan pena los burgueses vencidos
Y cuando pienso que van a darme pena,
Aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.”

Entonces pensaba: Pablo y Guillén fueron víctimas de la desigualdad perpetuada en virtud del color de su piel y ahora, cantan a un tiempo nuevo, en el cual ellos, at last!, son HOMBRES y no negros.

A mi curiosidad también se sumaba un sentimiento de intriga, al cual no le bastaban las versiones del “después” de la revolución cubana contadas través de las voces de los cubanos auto-expatriados ni a través de los espejuelos pro-castristas de mi viejo, quien osó, en la República Dominicana de los años 70’s, aparecerse a la escuela privada donde laboraba con la barba crecida (estilo Fidel), para simbolizar su simpatía por el régimen socialista. Escandalizando, de esta manera, a una administración que se quedó de mandíbula batiente ante el ímpetu “comunista” de este maestro buenmozo y responsable de enseñarle principios a los herederos de la rancia burguesía Santiaguera.
En resumen, quería ver Cuba con mis propios ojos porque para cuestionar me criaron. Soy digna hija de una dama quien todo lo argumenta y de un padre desconfiado del poder de los imperios. ¿Era Cuba el país dilapidado de las descripciones que me habían ofrecido los cubanos de Hialeah? O ¿era igual a la imagen pintada por el profesor, quien sostenía que la revolución salvó a Cuba, que sin el triunfo de los guerrilleros, esta patria continuaría sumida en la desigualdad; los niños muriendo por falta de vacunas, las mujeres prostituyéndose para darle de comer a sus hijos, los hombres analfabetos?
Lo que viví en el seno de este pueblo, cuya cultura tiene tanto en común con la dominicana, me sacó de dudas de una vez por todas.

Mi aventura empezó el sábado 22 de abril a las cinco de la mañana, en compañía de una chica delgada, con gran volumen en la pechera, de ricos labios carnosos. Su nombre es Jen. Su interés era documentar La Habana para su próximo libro de fotografías. A pesar de tener agendas diferentes, a ambas nos animaba la idea de explorar la ciudad, saborear el rico sazón criollo y, quizás, comprar alguna artesanía. De cara a esta excitante excursión, le admito amado lector, que los dados de mi objetividad estaban cargados de optimismo.

En el aeropuerto internacional de Tampa, la fila era tan larga como ancha. Lo largo no merece explicación, lo ancho resultaba de las 120 libras de equipaje permitidas a cada pajero sin costo adicional. Se podían separar los cubanos de los extranjeros con solo mirar el volumen de las maletas. Unos cargados de carteras, fundas y bolsas, los demás con una carry on casi desinflada. Mi equipaje desentonaba con ambos, pues constaba únicamente de una mochila. Había decido sacar provecho de las pocas horas que estaría en el exterior. Así que, entre menos bultos, ¡mejor!
Por la mirada confusa de la empleada de la línea de aérea, deduje que nadie con un acento como el mío se monta en este vuelo, a menos que arrastre consigo una montaña de paquetes.

Ya del otro lado del charco, mi prometida y yo pasamos por aduana e inmigración.
Inmediatamente nos dirigimos a la caseta de cambio del aeropuerto. Nos percatamos de una cajera, protegida tras un grueso vidrio anti-bala. Esperamos nuestro turno, el noveno, en una fila de diez personas. Quince minutos más tarde no habíamos avanzado una pulgada.
-¿Se rompió el ordenador?, pregunto.
– No. La cajera no abre hasta las nueve, me dice un uniformado.
(Eran las 8:30 am)
-¡Pero hace rato que está ahí dentro!
-Está contando el dinero.
Decidimos marcharnos. Salimos a nadar entre los tiburones que esperaban a la salida de la terminal.
-¿Taxi, señorita?, ¿wanna e tasi?
-¿Por cuánto me lleva a La Habana?
-¿Dónde en La Habana?
-La Vieja Habana
-Por 35 c.u.c.
-¡Ay, qué caro!, le digo
Camino unos pasos. Me hallo a otro taxista y luego a otro.
Preguntábamos la tarifa y la respuesta iba variando. Nos echaban un vistazo y después nos daban una cotización: “25 c.u.c”, dijo una, “30” dólares, otro y “35” euros- otro más.
Como para buen entendedor, pocas palabras bastan, rapidito me quedó claro que el instrumento para medir los precios en Cuba no era el taxímetro. En lugar de un precio fijo, existe una métrica misteriosa conocida como el ojo por ciento. De acuerdo a ésta, según la pinta que tengas, se asume cuanto dedes pagar por algo.
También aprendimos que circulaba el peso cubano, el c.u.c. (otra moneda nacional), el dólar y el euro. Luego practicaríamos este conocimiento con los taxistas, quienes aceptaban cualquier moneda, las bodegas, que nada más aprueban o el c.u.c. o el peso cubano y el puesto de frutas, el cual exclusivamente funciona con peso cubano.
Y como si todo esto fuera poco, independientemente de la moneda de pago, el vuelto siempre se hace en moneda local. ¡A calcular, papá!

Tras mucho regatear, conseguimos que por $20 c.u.c. nos transportaran a la ciudad, situada a casi media hora. Al interrogar al chofer sobre la lógica de utilizar dos monedas nacionales, me dice: “cuando usted se la encuentre, me avisa”.
Me rio, nos reímos. Sabemos que hay una explicación. Sin embargo, él no se atreve a darla y yo no me arriesgo a adivinarla.

En el trayecto, inquiere sobre mi origen y mis planes.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’…Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el “Sanki Panki” me reí muchísimo. Óyeme, como gocé con esa película, chica.
-¿Sí?…me va a costar verla, respondo.
El taxista nos ametrallaba con sus preguntas:
-¿Piensan ir a la playa?, ¿quieren comprar habanos?, ¿qué día regresarán de vuelta al aeropuerto?,
A cada plan, el tipo le aplicaba un ángulo. Si le decía que me gustaría ir a la playa, me contestaba “la puedo llevar, llámeme, que de paso invita a mi señora y nos vamos en pareja. Si le decía que no fumo habanos, me preguntaba ¿qué fumas? Lo pienso. Reconsidero mi respuesta inicial y le salto con:
-Nada.
Una vez desembarcadas en un café muy coqueto sobre el malecón, el chofer insiste en darme su teléfono.
-No dejes de llamarme para llevarte al aeropuerto.
Mi-mini-Sofía Vergara le toma el número.
-¡Okay!, digo y nos despedimos.

Paralelo al malecón corre un boulevard amplio, bien pavimentado, adornado con rotondas en su centro de las cuales se levantan regios monumentos dedicados a la memoria de diversos héroes de la revolución. En cada uno, una radiante bandera blanca, azul y roja hondea empujada por un viento cálido y salado. En lo alto, unas nubes amenazan con tornarse gris.

A medida que vamos tomando fotografías por el malecón, van saliendo a nuestro encuentro nuevos amigos.
El primero es un barrendero de piel oscura vestido en un jumpsuit amarrillo. Pregunta de dónde somos.
-Dominicana y mexicana, dice Jen, apuntando, primero a mí y luego a ella.
–¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’, chica. Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el Sanki Panki me moría de la risa. Dio’ mio’, como gocé mirando esa película.
-Voy a tener que verla, le digo un tanto sorprendida, pues es la segunda vez, en el espacio de dos horas, que sale a relucir el título de la película.
-Oye, ya terminé aquí con mi trabajo. Las puedo llevar por La Vieja Habana, enseñarles el Callejón de Hamel, la rumba cubana, llevarla a ver lo que ustedes quieran. ¡Balla! (léase vaya), sin compromiso.
Saca la billetera. En una fracción de segundos, mi cerebro repasa el catálogo de las posibles prendas que mi nuevo amigo quisiera mostrarme desde la intimidad de su cartera.
Me muestra una foto de su hija.
-Mira, me regalas cualquier cosa. Déjame quitarme el uniforme y me voy con ustedes a darle un tour. Así me gano algo extra para llevarle a la niña. Lo que sea que me den, sin compromiso.
-Jen y yo nos miramos. Nosotras amamos brujulear, ir y venir a la libre, sin una tercera rueda condicionándonos el día.
-Mira, ¿por qué no quedamos mejor en hacer algo mañana?, le dice Jen, desplegando sus dones de diplomática.
El buen padre de familia no insiste.
Seguimos andando.
A medio kilómetro de allí, se nos acerca un muchacho vestido a la moda Gente de Zona.
Nos pregunta de donde somos.
-Dominicana. ¡Ah!, pero tú sabe’ que los cubanos y los dominicanos somos la misma cosa. Baya, que por poco se me salen los pipí de la risa mirando la película del bla, bla, bla, bla.

Bajo de la calzada a la calle. Quiero cruzar la avenida, dejarlo atrás. Me presiento que algo también quiere de nosotras este hombre joven y corpulento. Hace un calor pegajoso, no se mueve una hoja y el cielo, antes celeste, ahora es una sábana sólida de nubes. Siento que por dentro, me estoy poniendo tan densa como la atmósfera.
El chico cruza junto conmigo. Jen, ocupada en retratar, se ha quedado atrás.
-¿A dónde van?
-Al callejón de Hamel.
-No se apuren, yo las llevo, sin compromiso.
Se interesa por mi trabajo.
-¿Qué haces?
-Trabajo en la educación.
-Yo odiaba la escuela, contesta.
-¿Por qué?
-Las maestras mapeaban el piso conmigo. Me decían: “¡Maldito negro, sino la haces a la entrada, la haces a la salida! Prieto e’ mierda, pareces simio”. Me trataban muy mal. Baya, No tienes idea, chica, lo que es ser negro en este país.
Siento un calor que me sube de los pies hasta la nuca. Quisiera decirle tantas cosas. ¡Tantas! Intento no atragantarme y, tras un suspiro, logro a articular:
-Lo que el colonizador dijo que era bello no es la ley. Mi pelo rizado es bello, mis nalgas encaramadas son bellas. A mí, ¡ni a ti! nadie tiene derecho a decirnos que somos feos, hermano. Quítate eso de la cabeza.
-Ay, Coco, si supieras… responde, bajando la mirada.
De pronto, verlo así me rompe el alma. Parece un buëy acostumbrado al yugo. Intento despedirme, pero todo parece indicar que no se nos va a despegar. Obviamente, tiene un objetivo: lograr que Jen le regale su gorra Nike y le brinde un trago de negrón. Cuando satisface sus deseos, nuestro escolta decide dejarnos seguir nuestro camino en paz. En agradecimiento, por el cocktail y la cachucha, nos hace una pomposa ofrenda de un billete de tres pesos con la imagen impresa del ícono argentino de barba y boina.
–Vuelvan mañana a celebra’ la rumba cubana, se desgañita gritando, antes de que lo perdíeramos de vista.

A fin de llamar nuestra atención, entre el callejón y la Vieja Habana, los taxis nos tocan la bocina. Nos pintan igualmente los coco-taxis, secundados por un joven, tirando de una bicicleta, quien nos aborda. Su máquina es todo un homenaje a la invención humana. Con dos asientos de autobús anexados detrás, y por techo, una lona, parece la carroza de La Cenicienta antes de la mágica aparición del hada madrina.
-Vengan, que hoy tengo un especial. Por $10 (c.u.c) las llevo al centro y les doy la vuelta por todos los monumentos.
No sé si quería escaparme del calor, del hostigamiento o simplemente estaba agradecida de que el joven no me había dicho: -¡Dominicana!, los cubanos y los dominicanos …

Nos montamos cómodamente en la parte trasera de la bici y mientras recibimos el mencionado tour, gozo un mundo con las historias de nuestro conductor. Rangel me relata una experiencia que tuvo cuando se tomó un té de campanilla y se pasó la noche encuerado huyendo de unos elefantes que lo querían aplastar. Sin lugar a dudas, sus cuentos resultan muchísimo más interesantes que la versión memorizada de los rasgos arquitectónicos del edificio tal y cual.
Todo va bien, hasta que se nos poncha una goma.
Nos desmontamos del “carrito” y seguimos a Rangel un par de cuadras, hasta una esquina donde arreglaban neumáticos ponchados.
Con: -“Son diez minuticos na’ má”, se desaparece detrás de un portón de hojalata.
-Si los diez minutos de los cubanos se parecen a los de los dominicanos, anticipo que serán por lo menos veinte”, le susurro a Jen.
Pasados treinta minutos, los tres continuamos parados en una esquina, esperando a que la reparación de la llanta llegue a su final.
Unos uniformados de gris nos miran con preocupación, son miembros de la policía. Le piden a nuestro tour guide una explicación: ¿por qué están esas turistas paradas hace rato en la esquina? El muchacho, visiblemente nervioso, les encamina hasta el taller para mostrarles que de verdad le están arreglando algo a la bici.
Los diez minutos resultaron ser cuarenta y cinco. Subimos de nuevo al aparato y, tan pronto ponemos las sentaderas sobre el vinil cubierto de parches, se desata un aguacero de proporciones mayúsculas. Si Rangel hablara inglés, le diría que is rainnig cats and dogs, pero como nos hemos estados comunicándonos en la lengua de Cervantes, le comento:
-Están cayendo burriquito’ aparejao’
-¡Ahora, si te salió lo dominicana!, grita contento. Baya, me acordaste la película esa, del negrito, flaquito, ¿tú sabes?, la de…

(Ya me parecía raro que otro cubano no intentara “conectarse” conmigo valiéndose de la dichosa película. ¡No la he visto! La voy a tener que ver. Para ver que es lo que tiene de especial este Sanki Panki, porque los de carne y hueso, los conozco muy bien y por eso mismo me tiene hasta la coronilla que asocien mi nacionalidad con ellos, como si ambos fuéramos la misma cosa. En mi época de recepcionista en Playa Dorada [Puerto Plata] conocí algunos de estos unicornios de climas tórridos. Por respeto al lector, voy a dar una explicación: Los sanki pankis son muchachos pobres que le hacen compañía a las extranjeras a cambio de dinero, tragos, comida y regalos. En pago a tales generosidades, ellos les dedican su re-concentradísima atención y, además, les introducen tantas pulgadas de salami dominicano como puedan las susodichas aguantar. A propósito, se dice, que el salami de los dominicanos es algo digno de los libros de Guinness).

Le termino la frase a Rangel:
-¿El Sanki Panki?
-¡Exacto!
-Mira, Rangel, no hemos cambiado el dinero que trajimos en c.u.c. ¿Nos llevas a una casa de cambio?
-Claro, claro.
-Y ahí nos puedes dejar. Nosotras seguiremos el resto del día por nuestra cuenta.
-¿Y no que querían ir a comer?
-Si. Hay muchos restaurantes por estos lados. Eso no es problema.
-No, pero déjenme llevarla. Hay un paladar cerquita. Con langosta y camarones o si no les gusta eso…
-No, de verdad. Gracias. Toma. Esto es lo que te debo, más una propinita. Un placer.
-Es que…mira…¡baya!, te buá-se’ sincero… La comida e’ buena y me van a ayuda’ si ustedes comen ahí, chica. El dueño del paladar me da leche para la niña si le llevo clientes.
-¡Hum! ¿cual niña?… -mentalmente- me pregunto.

Ahora bien, Rangel ha sido nuestro edecán por aproximadamente dos horas. Una hora la gastamos esperando la reparación de la bendita rueda. Nótese, así mismo, que durante este par de horas, el tipo no paró de hablar. Nos contó del tecesito de campana y de otra vez que se fue al monte a buscar unos hongos que nacen de la caca de la vaca. Nos explicó que la mariguana se siembra con la yuca por que el ciclo de crecimiento de la una ayuda a que la otra…. En fin, ¡le ha dado tiempo a hablar hasta de la madre de los tomates! No obstante, no ha hecho mención de familia, esposa o hijas, ¡ni de casualidad!
En el intervalo de tiempo compartido, lo he observado detenidamente. Este mulato de piernas hermosas se ha sacado las cejas y está depilado en todas las áreas visibles. No tiene pelos en las axilas ni en los muslos ni en las piernas ni en los brazos ni en los antebrazos ni en el pecho. Más allá no me consta. Repito, se de-pi-la. Eso solito lo encasilla en el hoyito de los metrosexuales. Y metrosexual bien hubiera podido ser, si en el parque otro guía en bicicleta no nos hubiera dicho:
-Tienen el mejor de los tour guides, porque vale por dos. Rangel por el día es guy por la noche gay.
-¿En serio, tienes una niña, Rangel?, digo
-Sí.
– (Diaaaablo, ¡qué cojones!- pienso)
Jen frunce el ceño. Entra ceja y ceja se le marcan dos líneas, como el ícono de la igualdad de la Human Rights Campaign, pero verticales. En este preciso set de circunstancias, su rictus indica que la invade una incredulidad super-absoluta.
No tiene que decirme una palabra. Puedo leérselo en la mente: ¿Qué tiene una hija!, ¡mi madre, qué timbales!

Llegados a este punto, permítanme un segundo para hablarles de mi prometida.
De cariño, cuando intuyo que no resultará ofensivo, la llamo: mi video grabadora.
A la que podría convertirse en mi futura esposa, la maltrataron de niña. Querido lector, puede que le suene un poco a cuento de Disney, pero así fue la cosa. El papá se iba a trabajar lejos, en los ferrocarriles, y la madrastra golpeaba a Jen y a su hermana; quizás para desquitarse que su güey la dejó atendiendo a dos mocosas que no eran de ella.
Se sabrá algún día que los niños víctimas de abuso físico desarrollan una increíble habilidad para leer al prójimo. Jen mira, pero más que mirar, tira una radiografía, traspasando la fachada de la gente igual que los rayos equis de Supermán. En otras palabras, ¡es un pinche radar!, una máquina para leer conductas, señales, comportamientos humanos, para medirnos los cambios de humor, verdades y mentiras. En este caso en particular, es un gaydar muy preciso, cuasi infalible y bien cabrón.
Hacía rato, que Jen suponía que Rangel jugaba para nuestro equipo.
¿Por qué?…
¿Sería el corte adulador del short ajustado?, ¿la camiseta de nylon adherida a la tez canela como una segunda piel?, ¿la forma alargada de pronunciar la letra S?… I don’t know!
Recibimos la noticia de la existencia de la chamaquita como un presagio nefasto. Nuestro simpático guía turístico, idéntico a los amiguitos que conocimos antes que él, estaba en el negocio de exprimirnos hasta el último euro del bolsillo. Y para lograrlo, si tenía que dar a luz una niña…
“Será manso cual paloma, pero pendejo, ¡que va!, me pareció escuchar a mi madre mascullar en un compartimento oculto de la memoria”.
Rangel, por una lástima inmensa que despertó en nosotras, se salió con la suya.
Fuimos a almorzar al paladar de su socio, quien lo saludó muy enfáticamente con un bullicioso, semi-artificial:
-¡Aséreeeeee!
Ordené una mariscada que consistía en:
cinco camarones salidos de un campo de concentración y una cola de langosta chiquitita. Por “el exquisito manjar”, nos cobraron $15 euros, impuestos y un gasto de servicio de 10%. Casi veinte dólares.
Con Rangel en la distancia, le dije a mi mujercita:
-Pero, si con US$10 dólares una se va al supermercado y se compra unas cuantas libras de jumbo shrimp.
-¡Ta’ cabrón!, dijo Jen, al tiempo que rompía el papelito donde Rangel le escribió su número de teléfono.

A continuación, la caminata por cuenta propia duró poco. De nuevo, se desprendió un torrencial que nos impedía avanzar. Dos pasos y ¡de cabeza a meternos bajo un portal, un toldo o una terraza! Andando escabullidas, nos topamos con una tienda en construcción. Los obreros parecían haber terminado con las faenas del día, pues estaban todos sentados sobre latas de pintura, fumando. –“Entren, no se mojen”, vociferó uno de ellos, gesticulando para que procediésemos a entrar al espacio polvoso y opaco. Accedemos.
-Saludos, digo
-¡Buenas tardes!, a coro.
-¿Visitando a Cuba?, dice el más delgado.
-Sí, pero como que la lluvia no nos quiere dejar.
-Ja, ja.
-¿De dónde son?
-Mexicana, ella y dominicana, afirmo poniéndome un dedo sobre el esternón.
-Yo tengo un hermano en México. ¡Estoy loco por ir a verlo!
-¿Y lo deja el gobierno salir fuera?
-Ahora sí. Hay algunos países, baya, que sí se puede.
-¿Cómo cuáles?
-Como México, Italia.
-¿Y para cuando piensa ir a ver a su hermano?
– ¡No es tan fácil chica! Hay que hacer mucho papeleo.
-¿Una visa?
-No chica, una visa no fuera na’.
-¿Entonces?
-Bueno. Fíjate. Lo primero que hay que hacer es poner un dinero en el banco. Son dos mil dórales, que ¡baya!, uno lo puede, uno busca la manera. En fin, que lo del dinero se puede arreglar. El asunto está que la policía luego quiere saber de dónde carajo salió el dinero. Baya. Pa’ darme a entender, que los salarios aquí son una mielda, chica. Así, trabajando y cobrando un salario no te alcanza pa’ ahorrá un centavo. Entonces, por querer ir a ver a mi hermano, me meten preso, porque van a querer averigual como…Y no es que sea nada malo. No es nada ilegal ni nada, digo. Pero es por la izquierda, si me entiendes lo que te estoy diciendo. Lo que te quiero decir es que sí puedo viajar fuera de Cuba. De poder, se podría, se puede. Lo que es imposible es cumplir con to’ lo requisito’, el papeleo y tuesas cosas, tú sabe’. O sea, se puede, pero, en veldá, no se puede!…¿Me entendiste?
-Oh, sí. Te entendí perfectamente, respondo, mirándole a los ojos para que vea que sí lo estoy copiando.
-¡Guao!, qué fuerte, dice Jen.
Nos quedamos un ratito en silencio. De repente, como por acto de magia, paró de llover. Aprovechamos y le pagamos a un coco-taxi para que nos lleve a la calle 19 del Vedado, uno de los barrios más residenciales de la capital.
No eran pocas las cuadras desde el malecón hasta allá, mas nos habían dicho que los coco-taxis eran más baratos que un taxi normal.
¿Qué es un coco-taxi?, se preguntará. Pues es la versión en esteroides de la bicicleta de Rangel. Es decir, es un aparato con capacidad de acomodar de una a tres personas en el asiento de atrás. A diferencia de la bici, este engendro está motorizado y en lugar de una lona agujereada, proporciona una cobertura solida sobre la cabeza del pasajero con láminas de hoja de latas soldadas en forma de medio coco. Es a esta configuración ahuecada y semi-circular que debe su nombre de pila. El coquito, si es que usted no se lo llega a imaginar con claridad, no tiene paredes laterales capaces de proteger a los tripulantes.

A medida que subíamos desde la orilla del mar hasta El Vedado, el agua empezó a caer cual si se tratara del segundo diluvio mundial. Era una puta cortina de agua sólida, cuyas gotas caían con la fuerza de una pedrada, las pendejas. Prácticamente, nos obligaban a cerrar los ojos.
A la pela que estábamos recibiendo, se sumaron unas olas de agua enlodada que levantaban los coches al cruzar los charcos. Para acabarla de rematar, un autobús pasó volando, con tanta prisa, que produjo un oleaje colosal. Nos empapamos hasta la más recóndita abertura.
-No ‘ombre. Ya sí es verdad que no me queda un rinconcito seco, exclamé.
-De haber sabido que volvería a llover así, me hubiera ido para mi casa temprano, contestó el motociclista.
Tardamos unos quince minutos en arribar a la puerta de la casa donde nos íbamos a quedar.
Le pagamos al muchacho y punchamos el intercom para que la dueña nos abra el portón principal.
Ahora bien, y no lo digo para aumentar el efecto dramático: la dueña no estaba ahí.
No estaba ahí y nosotras, con un portátil americano, no teníamos señal para hacerle una llamada, muchos menos teníamos conexión de wifi para poder contactarla por correo electrónico. Afortunadamente, una pareja de españoles se acercó, aún secos de la cintura para arriba, gracias al amparo de sus paraguas.
-¿Vosotras también se quedáis aquí?
-Tenemos reservaciones para quedarnos, pero no hemos podido entrar.
-¿Teneis llave?
-No.
-Jodé, nosotros tampoco.
-Esperáis, que voy a llamar a la dueña, dice.
– Aló, oye, tía. ¡Tía!, que tienes unas muchachas esperándote. ¿Cómo que dónde? Pues en tu casa, coño. No. No sé cómo se llaman.
-Jen y Coco, le dijo
-Están empapadas. Parece que tienen rato… Ah, bueno. ¿Ya vienes?, ¿Cuánto, dices?, Ok, pero apúrate que está llevo… ok, les digo. En diez minutos. Vale. Vale.
Dice: “que en diez minutos viene”.
Habiendo aprendido la lección sobre la interpretación no literal que se le da a los números en Cuba, especialmente cuando son aplicados a medir la hora, y considerando que la calle 19 más parecía un canal que una via de tránsito, concluimos que era prudente buscar un lugar en el cual resguardarnos hasta que la señora hiciera acto de presencia.
Al frente, una casa hacia la izquierda, encontramos una cafetería/garaje/barra cuya área de entrada para los coches estaba dedicada a servir alimentos y bebidas. Sobre el cemento agrietado, unas mesas redondas, techadas por unos cuantos paraguas desteñidos, actuaban como comedor. Debajo de una de esas sombrillas fuimos a parar.
Casi puntualmente, un cuarto de hora después, llegó la anfitriona. Una cubana de seis pies de estatura, a quien seguimos. Los españoles entraron primero, nosotras detrás.
-Oye, perdóname. ¡Cosa más grande! No sabía que llegaban hoy, dice la cubana.
-Hace un mes que hicimos esta reservación, le respondo.
-Es que le muchacho que me maneja la página no me dijo que uste…
-Le escribí hoy, esta mañana por Air B&B, para recordárselo, dice Jen.
-No. Sí. No sabía… Es que yo no tengo internet en la casa. Las reservaciones, baya, que no soy yo que las acepta. Pero no importa. Déjenme ir a busca unas toallas. Pobrecitas. Mira como están, mojaditas. ¡Cosa más grande!
-Bueno, señora, ¿nos vamos a poder quedar aquí o no?, le pregunto, casi a punto de tener un síncope. Pensando: “Ahora sí. Vamos a tener que salir bajo un aguacero a buscar hotel, ¡por mi madre!”
-No. Sí. Sí se pueden quedar. Hay un apartamentico aquí al doblar. Se ve feíto por fuera, pero tiene de todo. Ahí se van a quedar. Espérate a que baje un poco esta lluvia, para llevarlas. Esta cerquita, a un par de bloques na’ má’.

A la media hora, cubiertas con un par de toallas y armadas con sombrillas, la dueña nos muestra la ruta para llegar al edificio de apartamentos donde dormiremos por las próximas noches.
Exhaustas, nos damos una ducha y nos tiramos en la cama.
Las fuerzas no nos alcanzaron ni para cruzar a “La Fiesta” a cenar.
-“Es un restauran’ de gran reputación”, afirmó la señora.
Estábamos trasnochadas, los pies hechos migajas… En fin, no pudimos levantarnos.
-Mañana será otro día, me escuché (casi dormida) a mí misma suspirar.
Mientras tanto, Jen se enroscaba en posición fetal, titiritando de frio.
Jen: – No doy más.
Yo: -Me neither. Menos mal que ya mañana es el último día.
Jen:-¿Eh?
Yo:- Menos mal que mañana es el último día.
Jen:- Nos vamos el lunes por la noche. Nos quedan dos días más.
Yo:- ¡Coño, Jen! Te dije que teníamos que irnos por la mañanita, el lunes tengo que ir a trabajar.
Jen:- Te pregunté que si el vuelo de las seis estaba bien.
Yo:- Supuse que decías seis de la mañana.
Jen:- ¡Pues supusiste mal.
Yo: ¡Me cago en diez!
Jen: ¡No me hables mal!
Yo: Tengo el lunes una llamada con la oficina central. Y un reporte que enviar. Y mi jefe cuenta con que voy a participar en un programa radial.
Jen: Pos’ dile a la mujer que te diga cómo le has de hacer para encontrar internet y cuadrar.
Yo: Me cago en diez.
Jen: ¡No me hables mal!
++++
(Domingo)

Yo:- ¿Cuál es el plan?
Jen:- Desayunamos, pasamos por el cementerio donde enterraron a Colón y la Plaza de la Revolución, que están cerca. Después nos vamos a ver la rumba en el callejón.
Yo: Voy a necesitar tomarme un café, ¿desayunamos en casa de la anfitriona?, son cinco euros nada más.
Jen: Mejor vamos a comer algo por ahí. No quiero que se ponga a hablar y que tengamos que quedarnos conversando en su casa mucho rato.
Yo:- All right.
Andando, alcanzamos el cementerio y de ahí, nos tiramos unas fotos en la Plaza de la Revolución, una llanura árida hecha de hormigón.
Hace un calorón de la madre que lo parió. Huimos en coco- taxi:
-Llévenos al Callejón de Hamel.
-Son doce c.u.c.
-Le doy cinco.
-Te lo dejo por nueve.
-Ok
-¿Qué volá? ¿van a ver el espectáculo de la rumba cubana?
-Sí.
-Van con tiempo, empieza a las doce y se termina a las tres.
-Cool.
No bien nos hemos apeado del coco amarrillo, escuchamos:
-“La matrona encargada del espectáculo de rumba falleció anoche. No habrá show.”
Lo confirmamos con un vendedor ambulante. ¡No puede ser!
-Se murió la mama, repite.
(Silencio)
Yo:- ¿Qué hacemos?
Jen:- Nos vamos a bañar
Yo: ¿A la playa?
Jen: ahjá.
-Los autobuses se toman en el Parque Central, ofreció por respuesta un vendedor de chicharrones, quien nos hacia la ronda para vendernos de su cuerito frito.
Pasados diez minutos, aterrizamos en pleno Parque Central.
Allí tomamos un Jeep re-diseñado como taxi comunal, en el cual cabían unas ocho personas. Este ingenioso aparato nos traslada a orillas de una hermosa playa del Este. Está bonita, aunque más honda que la playa de Las Terrenas, en Samaná.

Muertas de hambre, con un hueco en las tripas, nos acercamos al único restauran’ de la zona: un ventorrillo con seis mesas al aire libre. Antes de darnos un chapuzón, agarramos un par de menús plastificados. Yo me decido por el pescado del día. Jen, terca u optimista, opta por la mariscada.
-Te van a dar tres mierditas, como a mí ayer, le aconsejo.
-Estamos en el mar. De seguro que aquí le pondrán más mariscos.
El plato en cuestión salió igualito que el del día anterior; o sea, una porquería.

En la mesa da al lado, una chica cubana cubierta en tatuajes está sentada en la mesa con cuatro muchachos a quienes, por su acento, se les adivinaba una procedencia de allende los mares. Uno se le sienta bien pegadito a la tatuada y al hacerlo, se le cae la cerveza de la mano.
-Lo tienes nervioso, dice –relajando- uno de los amigos.
-¿Cómo no ponerse nervioso con una hembra así?, dice el otro.
-La morenita se sonríe, y se toma un trago.
-Miro a Jen. Sé que ha estado registrando el entorno desde que nos sentamos. Supuse que en su cabecita azteca, los engranajes andaban dando vueltas hace rato, tratando de hallarle una explicación a lo que veía: cuatro hombres jóvenes, viajando sin mujeres, obviamente, straights, celebrándole “una conquista” al amigo.
El amigo, a su vez, era el único de los tres que no mantenía una distancia corporal respetuosa con la muchacha. Su lenguaje corporal era invasivo: una mano colocada sobre el espaldar de la silla de ella, su pierna casi tocando la de la chica.
-Creo que a ese le están celebrando una despedida de soltero, dice Jen.
-¿Será puta la cubana?
-Ssssch, habla bajito, por dios.
Una chica extranjera, pasada de tragos, le gritó a la mesa de los muchachos:
-Cuando terminari, me la prestare, por favore.
-¡Ah!, pues sí es una puta, concluyo.
-Sssschh, que te calles, por el amor de dios.

Al rato, nos ponemos los trajes de baño entre el follaje de los almendros, tratando de no pisar las toallas sanitarias ensangrentadas y botellas de Bucanero tiradas bajo las sombras. También ahí, al final de la tarde, nos ponemos la ropa seca, preparándonos para regresar, ya que no había baños, duchas o vestidores. En lugar de eso, la exuberante vegetación tropical nos prestaba sus hojas verdes para hacer el papel de cuarto privado, inodoro o depósito para pañales desechables embardunados de lo que pica el pollo.
El chofer que nos trajo, también quedó de pasarnos a buscar, pero jamás lo volvimos a ver. Unas chicas italianas, (no las borrachas del ventorrillo, sino otras) le habían pagado la ida y la vuelta al truhan del chofer. No se podían creer el desplante. ¡Las habían cogido oficialmente de pendejas! Por el espacio de una hora esperamos y esperamos. Aburridas, y convencidas de haber sido “embarcadas”, hacemos un arreglo de pago con un nuevo conductor.
Llegamos a la avenida del Puerto, donde el colectivo nos deposita con las justas para presenciar la puesta en escena del cañonazo de las nueve. Al otro lado de un mar oscuro y bravo, se levanta una fortaleza erguida en los tiempos coloniales, la cual sobresale al tope de una colina, imponente, observadora y antigua.
-Ahora subiremos al Morro a presenciar el disparo del cañón.
-¿Cómo cruzamos hasta allá?
-Nadando no se a poder, mi bien.
-Habrá que buscar un taxi.
Paramos uno.
-¿Cuánto nos cobra para subir al Morro?
-$15
-Te damos $5
-Te lo dejo por $8 si vienen de vuelta conmigo.
-Ok.

Una vez en la antigua fortaleza, descubrimos que necesitamos c.u.c. para comprar las entradas. Los euros se nos han acabado. Es domingo por la noche y las casas de cambio no abrirán hasta mañana por la mañana. Le pregunto a una chica uniformada de blanco, ¿me cambias 20 euros?
– ¡Ja!, amiga, ¿cómo se le ocurre pedirla a una cubana 20 duros? No sabe’ que a mí me pagan eso al mé’.
Para nuestra suerte, encontramos a una pareja de españoles. Ellos nos salvan de la situación. Canjeamos los euros por c.u.c’s. Pagamos. Nos adentramos en la fortaleza.

¿Qué les puedo contar del tan esperado cañonazo?
Llegadas las nueve, hay un gentío enorme. No vemos cuando los guardias vestidos de bufones se aproximan ceremoniosamente al milenario artefacto. Solo alcanzamos a escuchar el jodido disparo, cuyo estruendo nos pega un susto tremendo.
-¡Pucha madre!, gritó un sudamericano, sorprendido por el estruendo.
Al término del evento, buscamos entre una multitud al taxista con quien habíamos acordado retornar.
-¡Hey!, ¡Méxicanas!, le oímos clamar.
Nos subimos a su carro y hallamos dos turistas montados en el asiento trasero. ¡Había encontrado clientes y ya se iba a ir sin nosotras! A estas alturas, ¿para qué ni pestañar? ¿No ha sido este el típico comportamiento buscavida, hostigador, inequívocamente cubano que hemos experimentado desde nuestra llegada?
-Vengan corazones. Móntense, que llevo rato esperando a que salgan.
Nos propone que vayamos a un lugar nocturno llamado “La Fábrica”.
Jen quiere ir a bailar. Yo no doy para más. Lo conversamos. Le pedimos a Orlando que nos lleve al Vedado.

Esta vez sí fuimos a cenar al famoso restaurante “La Fiesta”.
Pido cordero y Jen, una vaca frita. Cual de los dos platillos les quedó más desabrido.
Al instante, me entran unas ganas descomunales de largarme para mi casa. Dos días en la tierra del fallecido Fidel Castro y estoy contando los minutos para volver a mi mundo de broadband wifi, de precios fijos, de sándwiches con tomate y lechuga adentro, de cordero bien adobado con cúrcuma, de gente que no me pide en la calle las sobras de la pasta de diente o del desodorante, de no tener que recurrir al regateo, de policías que no atosigan al tour guide, de amigos desinteresados, de pagar con una sola moneda, de que no me traten de engañar con el cambio, de cuando me identifico como dominicana, no me hablen de un negrito que le vende el alma a las turistas a cambio de una visa. ¡Ñoooooo!
++++
(Lunes)

¿Qué nos deparó el lunes?
Recién despunta el alba, me dedico a buscar una manera de conectarme con el internet. Necesito hacerle saber a mi jefe que estaré ausente.
Como recordarán, su humilde servidora tenía que presentarse a trabajar a principio de semana. Erróneamente, había asumido que nuestro vuelo de ida estaba planeado para las 6 a.m., en lugar de las 6 p.m. En vista de que nuestra anfitriona no tenía wifi, indago sobre las posibles alternativas.
-Si te vas al parque de la 14 con la 23, allí hay unos vendedores. Les compras una tarjeta. ¿Tienes celular? Bueno. Con el celular te montas en la red que aparece en la tarjeta. Te dan una hora de conectividad por $3 c.u.c. , me explica la gigantesca señora.
-Habla tú, Coco, añade. Tú suenas como si fueras de oriente. A tu amiga que no hable, que de una vez le van a notar que no es de por aquí.
-A mi amiga hay que sacarle las palabras con cucharita, le contesto.
-¡Buena suerte!
-Muchas gracias.

Llegamos a la intersección de la 14 con la 23. En cada uno de los bancos del parque hay una persona hablando por su portátil o enviando mensajes de texto o escribiendo un correo electrónico o con los audífonos puestos. Era todo un café-internet, menos el café.
Concluyo mi transacción con una de las vendedoras, escribo una explicación a mi supervisor, coordino con una colaboradora para que me reemplace en la radio, le hago saber a mi hermana por WhatsApp que mi estadía en el extranjero se extenderá más allá de lo que originalmente asumí y cuando termino, instintivamente, reviso la caja de outgoing messages, para descubrir que algunos de los correos no fueron enviados.
Preocupada, me acerco a la vendedora de las tarjetas y le inquiero: ¿qué está pasando?, ¿por qué no salen los correos?
-Ha de ser el hot spot, debe andar sobrecargado.
-Por mi madre, ¡no me diga una cosa así!
Me alejo del parque echando humo por las orejas.

Seguimos caminando en dirección al Hotel Nacional. De bajada, Jen le compra un par de c.d’s de reguetón a un pirata, quien nos advierte:
– Lleguen al aeropuerto con tres horas de anticipación.
Fieles a su consejo, cerca de las 2:30 pm, abordamos un vehículo descapotable, pintado de color rosa, que data del 1950. Sentadas sobre el vinil blanco, finamente adornado con tachuelas doradas, enfilamos con destino al aeropuerto. En el camino, el propietario de la reliquia nos comenta que un gringo le han ofrecido $50,000 dólares por el carro.
-No puedo vendérselo, el gobierno lo tiene prohibido.
-¿Prohibido? ¿Adio’ y por qué?, pregunto.
-Porque es considerado patrimonio de la humanidad.
-¿O sea, que es tuyo, pero no se lo puedes vender a nadie?
-Se lo puedo vender a otro cubano residente en el país, a nadie más.
-Ya.
-Pero si un cubano tuviera $50,000 dórales para comprármelo, la policía lo investigaría. Los salarios son muy bajitos, tú sabe’. Y trabajando honradamente, nadie junta $50,000. No en Cuba.
-En otras palabras, amigo, usted no va a poder venderlo nunca.
-Nunca.
-¡Guao!, ¡qué fuerte!, (Jen)

Antes de darnos cuenta, arribamos a la terminal II del Aeropuerto Internacional de La Habana. En el trayecto, apenas unas pocas señales indicaban que conducíamos por el camino correcto. De hecho, la carretera que lleva al aeropuerto y las diferentes terminales del mismo, tienen una cosa en común: carecen de señales para guiar al viajante. Si una no tiene la dicha de ir en la compañía de un taxista aguzado, se pasarías dos horas preguntando o adivinando la ruta para encontrar las terminales.
Paradas frentes terminal, usted pensaría que arribamos sanas y salvas. ¡Se equivoca! Nos han traído a la terminal equivocada. Los vuelos correspondientes a nuestra línea área salen por la terminal III.
¿Podremos tomar un trencito o un autobús designado a movilizar pasajeros entre las diversas terminales?… ¡NI DE COÑA!
Obligadas a tomar otro taxi, gastamos $10 euros para, esta vez sí, llegar a la destinación correcta.
En el trayecto, me aventuro a preguntar a conductor:
-Señor, ¿cómo es posible que ustedes, (los taxistas) no sepan las terminales por las cuales llegan y salen los vuelos? Digo, se lo comento, porque he viajado por muchos aeropuertos y siempre me ha ocurrido que con decir el nombre de la línea aérea, el taxista sabe cual terminal me toca.
-¡Ay, m’hijta! Aquí no es así la cosa. Uno no sabe nada. No hay información. A los choferes nadie nos dice ni por donde, ni a qué hora, ni nada.
-Entonces, ¿cómo sabe usted a que terminal llevar a sus pasajeros?
-¡Pues, el turista tiene que decirnos!
-¡Ah, caramba!, respondo, entre perpleja y … ¿cómo se diría en Cuba?… ¡¿EMPINGADA!?
-Bueno, mi amor, lo importante es que llegaremos a tiempo, dice Jen, con su espíritu conciliador en overdrive.
Aunque estuvimos a tiempo, el vuelo no tocó tierra con puntualidad.
Unas dos horas y tres latas de cervezas Presidente más tarde, ¡por fin!, llega el momento de abordar.
La línea aérea Southwest no asigna los asientos de antemano, de manera que para de asegurar el orden de abordaje, se emplea un sistema de grupos y números, cuyo orden es masivamente ignorado por el espontáneo ánimo del isleño.
Un norte-americano insiste en mover a todos los cubanos que se le han puesto en frente.
-Excuse me, excuse, I am número A-17, explica con voz impaciente.
-Estamos en Cuba, “brothel”, le dice un hombre alto, sin molestarse tan siquiera a mirarle.
– Me importa un carajo, lo segunda otra voz.
-Honey, shut up, le dice la esposa.
-It’s the principle, it is myyyyyy turn, responde, irritado, el desteñido hombrecito.
-You better shut up, enfatiza la esposa.

¿Se movieron de lugar los invasores del frente de la cola?…. La respuesta se la dejo a su imaginación, amado lector. Y ya que estamos hablando de la imaginación, tal vez, se le ocurra preguntarme: ¿seguiste, acaso, los pasos a Hemingway?
Le diré: ¡no señor! Está muy trillado ese tourcito.
Si me pregunta: ¿Valió la pena este viaje?
Le responderé: -¡Claro que sí!
De no haber sido por este fin de semana en La Habana, jamás habría podido decirle al espíritu de Guillén, donde quiera que se encuentre: tienes razón poeta, los burgueses de otrora fueron vencidos. No obstante, en tu país todavía existe la pobreza, el racismo, la prostitución y una nueva burguesía que goza de muchos privilegios. Mientras tanto, tu pueblo sigue viviendo sin zapatos ni rosas, sin sombrero ni nubes, sin camisa ni sueños. Y hoy, soy yo quien piensa en sus largos días.

Crónicas de una mulata trotamundos
De Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

Viaje a la fiesta de Globos en Albuquerque

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-¡Te va a encantar, chica!, me dijo Linda
-Hacía tiempo que quería ir a verla.
-¿Por cuántos días van?
-De viernes por la noche al domingo por la tarde. ¿Crees que es poco tiempo?
-Algo apretado, pero les alcanza si no hay brisa.
-Yo hubiera preferido tomarme una semana, pero Atena tiene un trabajo nuevo y no se atreve a pedir permiso.
-¿Y dónde está ahora?
-En A&B como directora de Relaciones Públicas.
-Ya, toma.
-¿Qué me has traído?
-El brochure del hotel, un mapa de Albuquerque y el calendario de actividades de la Fiesta Internacional de Globos. Es del año pasado, 2011, pero igual sirve para que te hagas la idea.
-¡Genial!
-¡Verás qué padre! ¿Qué día sales?
-El cinco de octubre.
-Toma muchas fotos. ¡Es tremendo espectáculo!, me dice con una sonrisa jocosa y se marcha.

Llegada la fecha, mi prometida y yo salimos para el aeropuerto con dos horas de adelanto. No nos topamos con mucho tráfico ni hubo una espera muy larga al pasar los puestos de seguridad en el McCarran International Airport, así que llegamos tempranísimo a la puerta de embarque que nos correspondía. Entonces, divisamos un bar cercano.
– ¿Una cerveza para matar el tiempo?, me propone la rubia platino.
-¡Claro!
Tres cervezas más tarde me siento muy relajada. Me voy a echar una siestecita en el avión, pienso. No obstante, un niño llorando y pateando en el asiento de atrás me arruinó el plan.

Aterrizamos en Albuquerque cerca de la medianoche. Nos anima descubrir el ambiente tan festivo, con globitos colgando por todas partes. La terminal era pequeña, fácil de caminar. Solo aquellos que veníamos en ese vuelo deambulábamos por el lugar, rompiendo el silencio con el eco de nuestros pasos. Detrás de los mostradores no había rastros del personal. Tocamos una campanita unas cien veces antes de que apareciera el representante de la compañía Rent a Car. Un señor calvo, con los ojos vidriosos, sale por la puerta del fondo, opuesta a la ventanilla de servicio. Era obvio que se acababa de despertar porque ostentaba sobre la mejilla derecha, como un sello, las marcas de algún tejido.
De inmediato, nos pide que firmemos aquí y allá.
-¿Cuál de las dos va a manejar?, pregunta.
-Ambas, dice mi media naranja.
-En ese caso, tendrán que pagar más, responde.
-¿Por qué?
-Para poder manejar dos personas el mismo vehículo, sin que les afecte la tarifa, tienen que estar casadas.
-O sea, ¿qué es un privilegio “exclusivo” para heterosexuales?, replica Atena, escribiendo con un gesto las comillas en el aire cuando articula la palabra.
Le doy un pellizco para que se calle, a sabiendas de que no se callará. Por mi parte, estoy demasiado cansada para ponerme a discutir sobre justicia social con el calvito de camisa arrugada. Me mantengo al margen del pleito.
El hombre dice: – Las reglas son las reglas.
No vale protestar, el contrato y sus términos, se quedan igual. Recogemos un coche de cuatro puertas y veinte minutos después llegamos al hotel.

El lobby lucía muy alegre. Estaba adornado, igualmente, con globos en miniatura. Tocamos la campanita unas cuantas veces. La recepcionista sale a recibirnos con las greñas alborotadas.
-Deme su identificación personal y tarjeta de crédito, por favor.
-Buenas noches, le dice Atena.
No le contesta.
Le doy lo que me pide.
-No encuentro su reservación, responde. ¿Me da su número de confirmación?
Tiro las maletas al suelo, abro la cartera. Hurgando, saco una docena de cosas antes de dar con la dichosa hoja. Mientras, la muchacha dice:
-Pos no tenemos cupo. Todos los hoteles de la ciudad están sold out. Este es un fin de semana muy busy, celebramos la Fiesta Internacional de balloons.

Mi amada está a punto de decir algo, cuando alargo el brazo y extendiendo el papel hacia la chica, quien luego se dedica a punchar y punchar el teclado por una eternidad.
Finamente, me entrega dos llaves y un bosquejo -que parece un laberinto- con las instrucciones de cómo llegar a nuestra habitación. Le doy las gracias. Recojo el equipaje, la cartera, las llaves, la confirmación y el mapa.
-Si es tan amable, llámenos para despertarnos en tres horas, le pide Atena.
-Okay.
Suena el ¡RING! y pego un brinco que me tumba de la cama. Estaba en el último de los sueños. El susto me deja con taquicardia. Nos alistamos de prisa, entusiasmadas. ¡Estamos locas por ver el ascenso de los globos en el alba!
De vuelta en la recepción alcanzo a ver unas cafeteras de aluminio contra la pared.
-Es un dólar por una taza, demanda una señora flaca. Le doy un billete de veinte.
-No tengo cambio, responde.
-¿Dónde puedo cambiar el dinero?
-Pregunte en la recepción.
La recepcionista tampoco tiene cambio.
-¡Qué se la va a hacer!, suspiro alejándome.

El minibús del hotel nos lleva al estacionamiento de donde parten los autobuses con destino al evento. Según oímos, unas cincuenta mil personas seremos transportadas por esta vía.
En la larga fila, observamos a la gente cargando sillas portables, mantas, múltiples envases térmicos y nos burlarnos de ellas. ¡Caramba! ¿Cuál es la necesidad de viajar con tantas cosas?…
Al rato, estamos montadas en el autobús con destino al campo. Allí, un valle inmenso es el hogar de cientos de canastas rellenas de telas multicolores que aguardan el momento para echarse a volar.
Titiritando de frío, caminamos alucinadas entre columnas y columnas de globos. Yo no le quitaba las manos de encima a la cámara fotográfica, con el dedo, cual gatillo, sobre el botón de disparar. ¡No me iba a perder por nada del mundo ese instante glorioso cuando una miríada sicodélica de esferas saliera flotando al unísono, como las voces de un coro, con la aurora de trasfondo!
El sol subió, pero los globos no.
– ¡¿Qué?!
-Que cancelaron el evento, señoras.
-¿Y por qué?
-Porque hay demasiado viento, ¿no ve?

Dimos más vueltas que un trompo antes de descubrir a las veinticinco, de las cincuenta mil personas, ya alineadas para regresar a la ciudad. Esperaban su turno sentadas en sus sillas plegadizas, arropadas en sus gruesas mantas de lana, calentándose con el té o el café que habían traído en sus envases térmicos. Atena y su servidora éramos, quizás, las únicas dos idiotas vestidas con unas finas camisetas de algodón en este descampado abatido por unas cortantes ráfagas más frías que el hielo. Mi valkiria me deja cuidando nuestro sitio en la cola y se marcha en busca de algo que pudiera calentarnos. Regresó con un cartón de papas fritas cubiertas de ese chile verde que tanto le encanta.
Nativa de San Antonio, Texas, creció comiendo picante. Yo, sin embargo, no estoy acostumbrada a eso. En definitiva, el chile nos eleva la temperatura, aunque brevemente. Tardamos dos horas y media para acceder al ómnibus que nos retornará a la ciudad.
Una vez en el pueblo, acordamos quedarnos despiertas. ¡Vamos a aprovechar al máximo! ¡Vamos a empaparnos de cultura local! Tomamos nuestro carro y nos vamos al centro.

Resulta que el comercio aún no estaba abierto. Los letreros aclaraban: abrimos a las 11.30 a.m. Miro el reloj, son las nueve de la mañana. Sin rumbo, como dos náufragas, navegamos las callecitas coquetas hasta que el primer restaurante abre las puertas. Muertas del hambre, nos lanzamos adentro de cabeza. Salvo las papitas, no le habíamos echado nada sólido al estómago desde el día anterior. Desayunamos el platillo más popular: carne de cerdo en chile rojo. La hartura nos pega durísimo. Inundada por un cansancio brutal, tiro la toalla:
-Vámonos a descansar.
-¡Excelente idea!, responde mi amazona.

Al anochecer teníamos planeado ir a ver El resplandor. Una de las revistas turísticas lo describía de la siguiente manera: “En la luz moribunda del poniente, incorporados sobre su llama fulgurante, brillan, cual lámparas chinas suspendidas en el espacio, una multitud de vejigas radiantes.”
A las cinco de la tarde estábamos de nuevo en pie. ¡Por fin veremos los globos!
De paso, paro en la tienda de la recepción para comprar un alka seltzer. Sin proponérmelo, me envuelvo en una conversación con Joanne, la dueña del local. Me cuenta algunas de sus experiencias como voluntaria de la fiesta. También, me recomienda que instale en mi teléfono el app con el programa de la misma.
-A fin de que te mantengas informada, porque si el viento sopla a más de diez millas por hora, la suspenden, ¿sabes?…
-¡Esta tecnología me hubiera servido tanto esta mañana!, gracias, le digo.
-Muchas gracias, repite Atena.
Casi al instante de instalar el app, me manda un boletín meteorológico: la velocidad del viento actual es de doce millas por horas.
-¿Qué piensas cariño? ¿nos vamos o nos quedamos?
-No sé.
– Vamos a preguntarle a Joanne.
Nuestra amiga nos dice que es muy probable que cancelen todo.
-Mejor nos vamos a ver tiendas, chula, ¿no?
-Sería una pena ir hasta las afueras en balde.
-¿Nos quedamos?
-Nos quedamos.

Anduvimos el casco viejo de punta a punta. Cuando los pies no nos daban para más, nos sentamos a cenar en un café al aire libre. El menú ofrecía una gama de platillos de tierra y de mar, la mayoría condimentados con chile.
-¿Sabe si suspendieron El resplandor?, le pregunto al camarero.
-Acabo de escuchar que se dio.
-¡Carajo, nos lo perdimos!, refunfuño mal humorada.
-Bueno, todavía tenemos mañana por la mañana, me consuela mi otra mitad.
-¡Es nuestra última oportunidad!

Imploro para que al día siguiente las condiciones del tiempo sean ideales.
Nos acostamos antes de las diez. Queremos estar descansadas cuando suene el teléfono a las cuatro de la madrugada.
Duermo apaciblemente, pero un dolor en las tripas me devuelve la conciencia. Un mugido quedo al principio, seguido de una serie de bramidos y cólicos feroces. Salgo disparada para el baño. Alcanzo a llegar con las justas, antes de que ocurra un vergonzoso accidente. No bien termino de desahogarme, empiezo a vomitar. El chile me sale a chorros, cual lava ardiente, por una y otra salida.
Me tiendo en el suelo, la frescura de las losetas me reconforta mientras abrazo la taza blanca. Luego me le siento encima y después la vuelvo a abrazar. En ese sube y baja me paso varias horas. Estoy empapada de sudor, -y de cultura- mi tez, normalmente rosadita, ha adquirido un tono amarillo verdoso. Botando chile hasta por los poros, trato de incorporarme, pero advierto que me faltan las fuerzas.
-¡Atena!, grito, creyendo que me voy a desmayar.
Atena abre la puerta con los ojos azules desorbitados.
-¡Muévete, muévete que estoy mal! vocifera empujándome, al tiempo que toma posesión del altar.
Nos turnamos.
A las cuatro llaman de la recepción. Arrastrándome, intento alcanzar el teléfono, mas no puedo, no sé para qué lo quiero, tal vez para pedir auxilio, no me acuerdo. Poco a poco me logro trepar en la cama. Creo que pierdo el conocimiento o me duermo durante intervalos de media hora.
He colocado el cubo de la basura al lado de la cama en caso de que tenga que seguir expulsando. Atena se ha enrollado al inodoro como una gata.
Eventualmente, enciendo la televisión. Los locutores de las seis anuncian, súper contentos, que soltaron los globos.
Quisiera ponerme a llorar, pero temo no tener suficiente líquido en el cuerpo para dos lágrimas.
¿Cómo haremos para soportar el vuelo sin descomponernos?, pienso en ese momento.

Invertimos cuarenta dólares en antidiarreicos para poder abordar el avión esa tarde.
Deseosa de ver, por lo menos, un globo volando, echo una ojeada esperanzada a medida que ascendemos. No obstante, aparte de unas cuantas nubes, no veo nada.

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
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Viaje al salón de belleza

salon
De visita en el salón

Ir al salón de belleza es una rutina semanal a la cual toda dominicana se acostumbra desde muy temprana edad. Si escarbo en mi memoria, no recuerdo un tiempo en el cual este hábito no estuviera presente. Mi mamá, abuela o tía me llevaba o me mandaban con alguien, pero semanalmente, ir al salón era como ir a la iglesia, inevitable.

Mi primer desrizado tuvo lugar a mis siete años de edad. Me lo hicieron en un “saloncito” que quedaba a una cuadra de mi casa. Para aclarar el uso de las comillas, entiéndase por “saloncito” un local que es a un salón de belleza lo que una bodeguita es a un supermercado.

El saloncito se caracteriza por quedar en un local improvisado, pintado a dos colores a golpe de esponja, por lo regular mal iluminado, a veces sin ventanas y bastante pequeño. Consta de un o dos lavaderos de cabeza, un abanico, un mostrador hecho de vidrio conocido como la vitrina, un par de secadoras y un par de sillas para el secado blower, que es como se llama a la secadora de pelo de mano.

Darse un blower, describe el proceso de recibir el secado a muñeca recibido por parte de una profesional de la estética, que bien puede ser la dueña o “la muchacha” (léase la subalterna) del salón. Las funciones de la dueña varían de establecimiento en establecimiento. En un saloncito que está empezando, la dueña se ocupa de todo, es una maestra en el arte de hacer mil cosas a la vez. Malabarista prodigiosa, maga de los platos chinos, ella se las apaña para atender, concomitante, a una clientela demandante. Mientras una persona se seca los rolos en la secadora, la dueña le pone el tinte a otra, convence a la tercera de dejarse el acondicionador por veinte minutos, vende a otra doña unas gotas, a fin de agregar brillo y luminosidad al pelo y le cobra un fiao’ a una quinta persona; todo sin desatender la cabeza dividida en cuadrantes de alguien que se va a tratar con algún químico de olor penetrante.

Si usted es oriundo de otra parte, es probable que emplee la palabra pelo para describir, por ejemplo, los pelos de un animal o el pelo hirsuto y más duro que crece en las partes privadas y recónditas del cuerpo humano. Pero en el argot criollo: “una se va a secar el pelo”, “una se cuida de no mojarse el pelo” y “el pelo luce precioso.”

La dueña también está a cargo de los clientes nuevos, de formar las relaciones con la clientela, de controlar el flujo de chismes para no meterse en muchos problemas y, en especial, es responsable de los casos difíciles. O sea, aquellos que requieren la maña y la experiencia de un antebrazo musculoso. No todo el mundo sabe cómo dar un blower.
Las estilistas nacidas en Quisqueya han sido, son y serán, las diosas invictas, las expertas sempiternas, las amas absolutas de una técnica que ha cruzado el mar. Pregúnteselo a cualquiera, desde Queens hasta Las Vegas, desde Roma hasta Madrid, ¡nadie da un blower mejor que una dominicana!

Por otro lado, “la muchacha”, es generalmente una adolescente, quizás la hija, la sobrina o la ahijada de la dueña, quien quiere iniciarse en el arte de la belleza y de paso ganarse unos pesos.

La muchacha se encarga “de dar el shampoo,” de secar a la gente de pelos buenos –sin mucho rizo- y otras tareas menores, tales como quitarle el cuté (se pronuncia Kuté) a las uñas. Cutex es la marca comercial de un esmalte. Originaria de Connecticut, fue introducida a la isla desde que el mundo es mundo. Desde entonces, el cutex se ha convertido en el nombre propio que designa a todos los esmaltes. De ahí que una pueda pedirle al vendedor de cosméticos que nos procuren un cuté de L’oreal o de Revlon; que equivaldría a decir a que nos compren un Toyota-Chevrolet. Pero ¡a quién le importan esas pequeñas contradicciones lingüísticas!

Volviendo al asunto. Debido a la generosidad exagerada de mis cromosomas paternos, yo poseo tanto pelo que alcanzaría para cubrir la calva de tres ancianos. La mayoría de mi pelo está localizado en la coronilla. Y este detalle es muy importante, como ustedes verán.

Ahora bien, desde el momento que la muchacha me suelta la cola y me empieza a dar el shampoo, ella sabe que no va a poder con ESTE pelo, por lo cual será un trabajo para la dueña. Si la propietaria ha tenido la oportunidad de entrenar a su ayudante, ésta sabe que no puede gritar una de las frases que más temo en la vida: ¡oiga, yo no voy a poder con este pajón!

Vociferar tal enunciado ofendería terriblemente a su humilde servidora. Sin embargo, me ha tocado más de una vez ser atendida por un personal poco entrenado, lo cual resuelta en mayor atención, miradas y comentarios que los que quisiera soportar. Dicha declaración es abrumadora: ¡Tierra, trágame!
De todo salir a pedir de boca, el traspaso de una cliente con la cabeza como la mía, a la silla de la dueña, acontece sin mucho aspaviento. Esto, gracias a un cruce de miradas entre las dos mujeres quienes, para entonces, sabían hablar entre ellas con los ojos. Con el tiempo aprendí a llegar con la cabeza ya lavada, amarrada en un moño empapado, que daba la ilusión de ser una masa manejable. Lo hacía para ahorrar tiempo y más que nada para evitar exponerme a un anuncio no solicitado.

Una vez lavado el pelo y ya sentada en la silla, la dueña estudiaba la melena leonina y nueve de cada diez veces luchaba por convencerme de ponerme rolos y meterme en la secadora. Yo no soporto la secadora, pero uno que otro día accedía, acaso por compasión. En esa época, era una esclava del reloj. De ahí que, el blower fuera mi primera opción, pues cortaba la duración del secado en dos.

Como sabrán, las peluqueras empiezan a secar desde atrás. Trazan una línea horizontal encima de la nuca, separando así una parcela de pelo y luego enrollan e inmovilizan el resto con una mariposa, generalmente de plástico. La hebra que me nace en la nuca, who knows why!, es fina y dócil. De manera que, cuando la peluquera seca el primer tercio, que se extiende de la nuca hasta más o menos la altura de las orejas, la labor de secarme el pelo ha sido -hasta entonces- llevadera.
Llegados a este punto y desde que el moño de la coronilla sale de su prisión, ocupando toda la franja ecuatorial de mi cabeza, una expresión de pánico y sorpresa se asienta sobre el rostro incrédulo de la señora. ¡El diablo, muchacha tu si tiene’ pelo! parecen decir esos ojos dilatados, esa frente empapada que ella se seca con un brazo a punto de caerse del sócalo, cansado. Esta condición de fatiga muscular convoca un grito adolorido, aunque silente, que es muy típico de este ámbito de trabajo: ¡ñoooooooo esa tipa me tumbó el brazo!

Consciente de que no me están haciendo un favor, si no que el servicio será apropiadamente remunerado, las penurias por las que pasan las pobrecitas peluqueras ya me tienen sin cuidado. Me planto a leer un libro como si la cosa no fuera conmigo y espero con paciencia el arribo triunfal a la moña del cepillo circular.
Este es el momento culminante de esta obra. Este melodrama de sudores, tirones y lágrimas llega a su punto álgido cuando la dueña se te pone enfrente para acabar de secar el cabello localizado sobre la frente, conocido popularmente como lo’ pelo d’alante o la moña.

Cuando la última hebra ha sido puesta en su lugar, la estilista, desatando la capa de tu cuello con ademán de torero, se quita del medio y te deja mirar en el espejo. En ese preciso instante los tambores del cielo suenan ¡pa pa pa Paaaa! y yo, dominicana de pura cepa, levito por encima de mi condición humana para emborracharme en el reflejo de mi lacia cabellera recién arreglada.

Crónicas de una mulata trotamundos.
De Hergit Penzo Llenas
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“Tigueraje” ¿qué es?


¿Qué es el tigueraje? Podemos decir que es un grupo de “tígueres” llevando a cabo una actividad. Sin embargo, una definición tan llana pasaría por alto los múltiples niveles de significado enrollados en este concepto. He dicho tígueres y no “tigres”, porque me refiero a un tipo de persona o personaje y no a un felino. El tíguere es una reinvension/distorción de la palabra tigre.
No obstante, antes de explicar el tigueraje, hay que enternder al tíguere.
Existen diversos contextos a los cuales se aplica esta dinámica expresión.
Por ejemplo: si una joven le presenta a su madre un pretendiente y el susodicho no es de su agrado, es de esperarse que lo rechaze con una frase categórica y dilapidante que resumirá con gran economía porqué él no es ideal:¡ese tipo es un tíguere! Es decir, que posiblemente no tiene intenciones serias, es deshonesto, mujeriego, carece de buenos modales, es irrespetuoso, goza de mala reputación, le falta seriedad en sus asustos, o proviene de estratos socioeconómicos considerados “más bajos”; aunque esto último no siempre se aplica se, pues se puede ser tíguere sin ser pobre.
Otra aplicación sería, por ejemplo, si un amigo al encontrarse con otro, lo llama por tal nombre. Dado que relación entre ambos es cálida, el título se traduciría como una expresión de cariño.
–¡Eh, Juan Carlos, ¿cómo estás?
-¡Hey, tíguere, cuanto tiempo sin verte!

De la misma manera, si alguien se refiere a otro con admiración, queriendo resaltar alguna de sus cualidades dirá: “fulano es un tíguere en esa vaina,” o sea que el señor en cuestión entiende a profundidad un tema específico o materia determinada.

Además, existen algunos tígueres mutantes que resultarían inexplicables para cualquier hispanoparlante que no conozca la jerga dominicana. Por citar algunos: ese tíguere es un león, ese tíguere es un perro o ese tíguere es un caballo.
Cuando el tiguere es un león, se habla del arrojo, valentía o sabiduría de un individuo. Cuando se dice que es un perro, la connotación es negativa, pues en el argot de la isla nada hay más asqueroso, falto de moral y de costumbres que un perro.
El tíguere-caballo, es un hombre fuerte, trabajador, posiblemente atlético o si no lo es, por lo menos tiene mucha estámina, lo que puede o no transferirse al ámbito sexual. El caballo es código para semental, energía, poder, el yang o la energía masculina. Un tíguere que es un caballo es varonil, pura testosterona. Cuando la barranquillera hermosa nos canta: “estoy loca por mi tíguere, loca, loca, loca…”, nos está diciendo que su hombre la complace. Las letras del conocido merengue, en su desnudo lirismo, nos dejan muy claro que el tíguere no anda “comprado flores, sino condones.”
Y es que el tíguere es un ser carnal, vital y terrenal.
Es un tipo avispado, pues de lo contrario caería en la categoría de pendejo. De acuerdo a la idiosincrasia local, ser pendejo NO es un insulto mayor como en México y otros países del continente, es más bien ser medio cobarde, un poco lento y algo bueno-para-nada. Aún así, la condición es patética y ningún tíguere quisiera ser catalogado como tal.
Ser tíguere, pues, viene de la mano con el savoir faire que sólo se aprende en la calle, piropeando mujeres, fajándose a los puños, jugando baloncesto en las canchas de las esquinas, echando partidas de dominó’ al aire libre, visitando burdeles, remeneando las caderas, comiendo en las fondas de los barrios populares…

A veces el tíguere es una tíguera. En ese caso, ella también es fresca, sabrosa, mala-palabrosa e irreverente. Dependiendo de la situación, el concepto se referiría además a:
– buena en la cama, buena amante,
– chusma (en la boca de alguien que no la aprecia, como insulto),
– nada tonta (que no es una pendeja, en otras palabras)

El tigueraje, luego, es condición y el tíguere es individuo.
Hablemos, pues de la condición, la cual puede ser tanto positiva como negativa.
Digamos, que usted va a resolver algo a un lugar donde espera recibir un servicio rápido y eficiente, pero se encuentra con un desorden. Al referirse a este incidente, dirá que encontró allí un tigueraje.
El escenario contrario, se daría si usted estuvo en una fiesta muy divertida, donde se reencontró con amigos amenos y la pasó de película, entonces diría que se armó un tigueraje buenísimo.
Un tigueraje que se respete debe constar de muchos (o preferiblemente de todos), los elementos que siguen: música a todo volumen, mujeres cuyo buen ánimo despierte o provoque un tipo especial de tensión sexual que pudiera catalogarse de traviesa, -ayuda si hay ron y cervezas frías-, risas, chistes, cuentos colorao’ (subidos de tono), bailes de ritmos tropicales, conversación amena, algarabía, comida, amigos, familiares, vecinos, y ojalá que nada de lluvia. Aunque los aguaceros no amenazan al tigueraje, ya que no pueden cancelarse mutuamente porque ambos son líquidos, feroz en su espontaneidad y completamente naturales.

En resumen, ¿qué es el tigueraje?
Es decir lo que se piensa, es actuar auténticamente, con todo lo que esto conlleva. Es ser uno mismo. Nada es más auténtico, original y ocurrente que un tíguere(a). ¡Así de sencillo!

program implementation meets reality

 

Over the last two years, I have heard talk of a phenomenon described as “the apathy of the low-income family” when it comes to the betterment of and involvement in their child’s education. This statement usually comes from individuals who have not had the opportunity to work with these kinds of families. But I have. In my experience, the problem is not apathy, but, in fact, it runs much deeper than that. Let me explain.

On September 2015, a few months after the Nevada legislation passed the Education Savings Account program (ESA), I met Nancy, a Mexican immigrant, mother of three well-mannered girls, and a stay-at-home mom whose husband works in landscaping. 

On that warm afternoon in September, I was manning my first informational booth at an event in Las Vegas when Nancy approached my table. We talked about the ESA, a new and revolutionary program, which would allow her to have access to state funds to pay for ANY(!) educational choices she deemed suitable for her three girls: private school, home based education, virtual academies, online learning, tutoring, even therapies. We also discussed the legal challenges that programs like this had faced in many states. Afterwards, I gave her some flyers in Spanish and my business card. Nancy told me she was willing to take her chances and give it a try.

A few days later, she contacted me:

 –Coco, ¿por favor, me podrías ayudar a llenar los papeles de la ESA? (could you, please, help me fill out the ESA application?), she asked. Mi inglés es limitado y no quiero cometer un error (My English is limited, and I do not want to make a mistake.)

-¡Claro!, con mucho gusto (Of course! It would be my pleasure.), I answered, super excited to be able to assist my first client.

We agreed that we would meet at her house the next day at 9 am.

Since I was expected to inform families about the application process, I had previously surfed the Nevada Treasurer’s website to learn how to navigate the portal. It took me about 20-25 minutes to complete the ESA application process. Based on this practice run, I estimated that helping Nancy with the applications of her two school-aged girls would not take longer than an hour.

I was wrong. It took us almost the entire morning!

Little did I know that: 1. Although Nancy owned a computer, she was not computer literate. 2. The scanner and her desk top could not “talk to each other” given that she lost the connecting cable, and the device was not Wi-Fi ready. 3. The cable-less scanner would ONLY allow us to save the scanned documents on a flash drive, which Nancy did not have nor had she ever heard of such a thing. After looking for the cable for a while, and once we figured out that we could not save the documents, we headed to the nearest Office Depot to purchase a flash drive. The drive between the store and Nancy’s house was 20 minutes each way. It was close to 11 am when we made it back to her house.
We then started to fill out the application online. On a few occasions, we were “dropped” from the website, and had to start all over again. Long story short, when we finally completed the two applications, it was almost noon. A process that took me 20 minutes to complete at home ended up being a three-hour ordeal for her and a four-hour task for me (adding the travel time back and forth from my house to hers).

Let’s imagine if Nancy would’ve had to figure this process out by herself. Chances are that it would have taken even longer or she would have given up before finishing. Furthermore, even though the language was a limiting factor, her lack of computer skills was the real problem. For many families that I’ve come in contact with, not having a computer and Wi-Fi at home made matters worse.

Thankfully, we eventually started creating workshops in facilities around the state that were equipped with computers, Wi-Fi, volunteers and scanners to assist applicants with the application process. Working families showed up in big numbers prepared and enthusiastic about making a difference in their children’s education.

Apathy was never the issue and rarely is for parents who love their children.  Access to the knowledge to navigate the system, lack of resources, disinformation, language limitations, feeling intimidated by paperwork and forms, among many other factors are usually what deters parents from participating. In our fight to ensure that parents across this country are given the right to choose how their child is educated, let’s keep this in mind before tagging certain groups with labels such as apathetic.   

Camarones a la diabla en Las Cruces


Este viaje en particular era especialmente significativo dado que Rocío había quedado de verse con su ex-prometida. Lo de viajar no era nada nuevo. Había y seguiría habiendo muchos otros viajes. Esa era la naturaleza de su trabajo. Ir y venir entre el este y el oeste de la unión americana compartiendo con las iglesias, organizaciones sin fines de lucro y líderes comunitarios el mensaje de un nuevo paradigma. Cada vez que tomaba un avión y partía desde La Florida hasta el viejo oeste, lamentaba dejar tan solos a sus dos gatos, los cuales habían llegado a amarse, a pesar de una semana de resabios de Gabriel, el mayor, quien finalmente sucumbió a los encantos y la chulería de su hermanito adoptivo Jorge.
A Rocío, lo único que no le gustaba de su actual posición, era dejar sin compañía a sus “niños”, como se refiere ella a sus mascotas. Desde que Gabo veía la maleta salir del armario, le entraba una ansiedad enfermiza. Se agitaba mucho y lloraba frente a la puerta de entrada del moderno apartamento, demandando salir a la calle a vagabundear su enojo. Jorge, todavía muy pequeñito para comprender el significado de una maleta morada abierta sobre la cama, no entendía el mal humor de Gabriel. Entonces, Rocío levantaba en vilo a su tigre en miniatura y le decía con una sonrisa divertida: “Pero bueno, Gabo, ¿es que me vas a hacer esta pataleta cada vez que salgo de viaje?, ¿por qué crees que te busqué un hermanito?…”
Gabo se contorsionaba para zafarse del abrazo forzoso y se iba a subir a la cornisa de una de las ventanas de la sala por donde entraba una luz blanquísima.
Ella meneaba la cabeza de un lado para otro, susurrando: pobrecito.
En esos momentos, quizás para sentirse menos culpable, agarraba al bebé de rubio platino y lo acunaba entre sus brazos. Este, a su vez, se ponía a ronronear extasiado mientras el Gabo se quedaba mirando la escena desde lejos con cara de irritación. Rocío pensaba que si el felino pudiera hablar en el idioma de los humanos les diría: “son un par de pendejos”. Aunque, no hacía falta que se lo dijera en cristiano porque todo en su actitud lo daba a entender.
Rocío amaba este gato que padecía la ansiedad de la separación como si fuera un amante abandonado o un adulto en cuya infancia se sintió muchas veces huérfano. ¡Cómo no entenderlo si así se sentía a veces también ella misma! Sin embargo, Rocío nunca fue una huérfana, por lo menos no oficialmente. Por el contrario, sus padres vivieron largas vidas, más largas de lo que hubieran querido, pero eso es harina de otro costal.
El caso es que Gabo, animal domesticado al fin, se parecía a Rocío en más de una cosa y esa reacción uber emocional ante la víspera de un viaje era una de ellas. Luego, cuando el ama regresaba a casa y abría de par en par la puerta vociferando: ¡¿dónde están mis amores?! A Gabo se le pasaba la malasangre y volvía a ser el mismo tipo afectivo y pegajoso de siempre. No sabía guardar rencores. Y en eso también se parecía mucho a la dueña.

Una vez terminado en compromiso de trabajo por el cual había venido hasta Las Cruces, Rocío se había ido a comer a un restaurante de tapas españolas, donde se habría de encontrar con su ex, como lo habían acordado desde hacía una semana.
Al parecer, en la prisa de una mudanza que llevaba meses planeada y anunciada, la muchacha con quien Rocío compartió casi tres años de su vida, había olvidado unas cuantas pertenencias sin mucho valor nominal y se había llevado –accidentalmente, según dijo- unas cuantas pertenencias de Rocío, tales como un collar que esmeraldas de Tiffany entre otras alhajas en oro y piedras preciosas. De ahí que, hayan acordado reunirse en FIRE tapas, para intercambiar las pertenencias en cuestión.
Había pasado más de un mes desde la mudanza. Durante ese lapso de tiempo, Rocío había extrañado e incluso llorado por la ausencia de la otra. No obstante, por lo general, se sentía aliviada.
Conociendo lo traicionero que puede llegar a ser el corazón, ahora se preguntaba si éste le daría un vuelco al ver a Reyna entrar de nuevo a ese lugar tan lleno de memorias de buenos momentos. ¿Se sentiría tentada a acostarse con ella?, ¿caería de nuevo en la telaraña de su seducción?, ¿o le sería indiferente?

Rocío tenía por costumbre viajar con poco equipaje. Mas para este viaje había llenado la maleta con casi cincuenta libras de peso. Entre las cosas que empacó se encontraban: uno de dos pares de zapatos, uno de dos patines rollerblades y una caterva de vestidos, abrigos, camisetas, blusas y otras prendas de vestir olvidadas en el hogar que tuvieron en común, localizado a una cuadra de la playa. También, entre estos bártulos y apretadas por una banda de goma, se encontraban cartas de acreedores a quien la ex parecía deberle unos cuartos. Esto sorprendió mucho a Rocío porque ¿que hacía Reyna con su dinero, cuando por los últimos tres años nunca había tenido que mantener la casa? Lo opuesto era cierto, jamás padeció las carencias del pasado: que le cortaran la electricidad, le re-poseyeran el carro, le quitaran el cable, la hicieran dormir en el suelo, le incautaran el cheque o la hirieran con una navaja. Se pasó tres años comiendo en cafés gourmet, viajando por México y el Caribe, enviándole unos chelitos a su padre, quien ¡por fin! había podido comprarse unas botas de cocodrilo. Llegada a este punto, Rocío se preguntó, ¿serían de cocodrilo las lágrimas que Reyna derramaba cuando se retrasaba con el pago del carro y le pedía a su mujer que la ayudara con la deuda?…
En resumen, que Reyna fue tratada como una reina, perdonando la redundancia.

Poco antes de decidirse por ella, Rocío pasó revista a las fortalezas y posibles debilidades de su pretendiente. Mentalmente hizo dos columnas. Una con los aspectos positivos, la cual llamó “los pros” y otras con la contraparte, que llamó “los cons”.
En la primera columna anotó: apasonamiento, calidez, trabajo con personas necesitadas, quince años más joven, tiene bonitos pechos, sabe cocinar, mantiene una buena higiene personal, sabe bailar salsa, bachata y merengue, es amable con la gente, es de baja estatura, es latina, cocina rico, entiende el humor negro, no le da vergüenza tomar a otra mujer de las manos en público, promete dar buenos masajes, usaba rompa interior provocativa, ¡es capricornio!, sus labios son carnosos, escucha, trae flores y regalos, habla de fidelidad como algo valioso y no negociable, conoce sobre teléfonos inteligentes y sus aplicaciones, le gustaba decorar, sabe un poco de electricidad, ama los animales, ama comer y aventurarse a probar comidas internacionales, gusta de pasear por los parques nacionales, le habla a las plantas, cree en Dios, en la magia y en los ovnis, practica reiki.
En la otra columna, la lista incluía: se viste como una cualquiera, manda fotos semi-desnuda, repite todo lo que oye igual que un perico, le da vergüenza que la escuchen hablar en inglés y escribir en español, ¡es capricornio¡, es muy tenaz en la manera de hacer la corte, tanto que casi pareciera un asedio sistemático, es quince años más joven, no gusta de la lectura, nunca ha viajado al extranjero, no le interesa seguir educándose, usa caretas porque teme decir la verdad y prefiere decir lo que el otro quiere escuchar, aún no se ha decido profesionalmente por lo que ama, si no lo que hace porque le pagan bien, tiene hambre de teneres, es insegura, vive insatisfecha y posee una tendencia a la tristeza y el drama, se siente importante cuando la pretenden muchas personas a la vez, es rencorosa y le gusta la vida nocturna.
Cuando terminó con las dos listas, Roció sumó las entradas y optó por enredarse con la enfermera; ya que, matemáticamente hablando, era más los pros que los cons.
Lo que nunca anticipó Rocío fue que uno, uno solo de los cons valiera por diez.

¿Qué significaba para ella que Reyna viviera insatisfecha? Pues era como echarle un puño de sal a una herida abierta. Significaba revivir un trauma infantil over and over again. Rocío había quedado profundamente marcada por la crianza de una madre maniaco-depresiva. Como suele ocurrir con los pacientes con el disco duro jodido, la mamá convalecía de un estado mental en el cual lo que hoy le olía a flores, mañana le olía a mierda.
Tanto Rocío como su hermano Pedro, habían sido un par de niños bien portados. Al igual que cualquier otro niño, anhelaban amor, cuidado y ternura. Eso, que muchos niños reciben de forma tan natural que llegan darlo por sentado, los hermanitos se lo tenían que ganar desviviéndose por complacer a la adulta que los tenía a su cargo. De más está decir que el intento fue repetida y sistemáticamente en vano. En consecuencia, el concepto del amor que aprendieron fue el de un amor roto. Para ellos, amor era complacer, obedecer, no llevar la contraria, andar en puntillas y darse, darse, darse con la esperanza de recibir a cambio de un poquito de cariño, respeto, cuidado y dulzura. La programación a la cual fueron expuestos asociaba el amor con un sentimiento avasallador de creer que no llegaban a ser nunca lo suficientemente buenos, never good enough. No importaba lo que hicieran por complacer a mamá, mamá tenía días en los cuales ellos, sus hijos, no eran otra cosa más que un obstáculo, un estorbo, una jaula de hierro que apresaba su espíritu inquieto, su corazón muerto de un hambre que ni Pedro ni Rocío podían ¡ni debían! saciar.
En fin, Rocío estaba hecha para aguantar bastantes cons, menos ese. Menos esa manía de Reyna de no sentirse satisfecha, amada, respetada, atendida y mimada, cuando en realidad sí lo era. Cada vez que Reyna se enfadaba, la celaba, la calumniaba, la acusaba, le peleaba, se repetía en Rocío la eterna sensación de no ser good enough. Esto terminó convirtiéndose en la razón number one para el rompimiento definitivo del noviazgo, o como me dijo Rocío, “fue el deal breaker.”
A las seis de la tarde, mientras estas reflexiones le pasaban por la mente a la evangelista, recibió un mensaje de texto por el teléfono móvil.
-“En unos minutos te llamo.”
-Ok, m’hija. Ya estoy en el restaurante, ¿te pido algo en lo que llegas?
No le contestó.
Segundos más tarde, Rocío abre el menú y se decide por los camarones a la diabla. “Nos gustan a las dos”, dice en voz baja y los ordena.
Dos tapas, unos cuantos artículos de la revista gratuita que recogió en la recepción y un vaso de sangría después, se siente llena. Mira el reloj. Pronto serían las ocho. Reyna no había dado señal de vida en dos horas.
Rocío se presta a pedir la cuenta y justo en el momento que levanta el brazo para llamar la atención del camarero, recibe otro mensaje.
-“Quise comunicarme contigo, pero perdí la señal.”
-¿Qué me querías decir?, responde.
En vez de escribir un texto, Reyna la llama.
-Hola. Perdona. Es que, mira, andaba con mi hermana. Y… es que nos quedamos sin barritas en el celular. Sé que es tarde. Bla-bla-bla.
Roció escucha con calma la retahíla de explicaciones incoherentes que Reyna se empeña en desembuchar. Cuando finalmente hace una pausa, le dice: te dejaré tus cosas con mi tía. Ponte de acuerdo con ella y pásalas a buscar uno de estos días, ¿okay? Okay. Bueno. Adiós.
Cuelga y se queda mirando el pedazo de pan con mantequilla sobre el mantel rojo.
Quisiera sentirse molesta o decepcionada. Quisiera pronunciar alguna frase hiriente, ponerle un epíteto bien sucio al nombre de Reyna. En lugar de ello, añade un par de dólares a la propina y le dice al camarero:
-Estaban divinos los camarones a la diabla. En ningún lugar los hace tan ricos como aquí.

Crónicas de una mulata trotamundos: Cuaderno de viajes y experiencias
De Hergit Penzo Llenas
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Vil Trueque

Verde el prado y la esperanza
Verde el peso, incompetente
Verde, el dólar que ahora mismo
Pongo en mi cuenta corriente.

Por el dólar claudiqué
Mi isla, sus playas verdes
Y con ella las iguanas
Los lagartos de neón
Las cotorras con sus gritos
Y una palmera aleteando
Contra un poniente, sublime
Sus mangas fosforescentes.

Verde, el fardo en mi bolsillo
Verde, el sapo y la pendiente
Verde es el musgo en mi alma
Cansada de luchas fuertes.

Verde de algas podridas
Me ocupan el subconsciente
Verde el humo que me duerme
Verde es también l’aguacate
De vientre lozano y fértil.

Atrás dejé la provincia
Me despatrié de mi gente
Acaso el trueque más vil
Que fabricara mi mente:
Cambiar la montaña
el rio
La cerveza presidente
Por un dólar asentado
Contra la cuenta corriente.

Por Hergit Llenas
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Vamos a pescar

Hay un proverbio que reza: “dale a un hombre un pescado y le quitaras el hambre ese día. Mas si se enseñas a pescar, le matarás el hambre de por vida.”
Nosotros, los hombres y mujeres que llegamos a los Estados Unidos venimos huyéndole a una realidad que se niega a darnos las herramientas para aprender a pescar. Venimos buscando el conocimiento para prosperar. Y a veces lo logramos. Si carecíamos de un trabajo, aquí lo encontramos, si no teníamos casa propia, aquí la compramos, si andabamos a pie, aquí adquirimos un vehiculo y si en la casa no había televisión o había solo una, aquí nos compramos un par de pantalla planas.
Cuando miramos a nuestro alrededor, reconocemos con alegría que los niños tienen qué comer, dónde dormir y una tele para jugar con la consola de video. Es decir, tienen mucho más de lo que quizás sus padres tenían a la misma edad. Llegados a ese punto, a veces, algunos nos damos por satisfechos.
Agregamos una parrillada a la orilla de un lago el domingo y unas cervezas frías al final de la tarde. Y así, como a una hormiga a la cual se le acaba el universo al borde de la hoja, nos contentamos con vivir este sueño pequeño: un universo que abarca cama, casa, comida y trabajo.
Mientras tanto, a fuera de esas cuatro paredes de lucha, apetitos y descanzos hay otro mundo. Ese mundo es tan grande como lo es la selva amazónica con relación a una hojita. Es un mundo lleno de posibilidades, en el cual sueños mayores esperan. Y usted lo sabe. Sabe que la vida es otra cosa. Que hay un rincón del alma todavía sin saciar. Desconociendo como llenar ese espacio de algo significativo, nos volcamos en el marido, en comprar chucherías, en ver novelas, en pasivamente orar por algo, lo que sea que ocupe la mente por un rato. Sin embargo, todo lo citado con anterioridad no sacia ese vacio. Pero optamos por no pensar en eso; o quizas, cuando reflexionamos, no nos gusta escuchar la vocecita que nos dice: “sabes que tu existencia no es vivir en la rutina”.
Colmadas las necesidades básicas, del otro lado de la animal supervivencia, queda una tierra prometida. Esa tierra prometida es un lugar próspero y fecundo, en la cual la creatividad humana es puesta a prueba para generar soluciones ingeniosas a los miles problemas que nos quedan por solucionar en este país, en particular en el Estado de Tennessee y específicamente en la ciudad de Memphis, donde las tres cuartas (3/4) partes de los niños en 8avo grado no están leyendo a nivel.
Hoy, quisiera hacerle una invitación a dar un paso fuera de la hoja que constituye su universo personal, a fin de participar en un movimiento revolucionario. Únase a quienes buscamos crear cambios en la educación local. No espere a que alguien atrape el pescado y se lo entregue. Salga con nosotros a pescar. Encuéntrenos en Facebook bajo School Choice Now o escribanos a CLLenas@FederationFor Children.org