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Rastreando el dinero

A pocos días de haber sido dada a conocer la noticia de una nueva ley que permitiría crear en Puerto Rico escuelas charters (alianzas) y programas estatales de vales (o vouchers), el sindicato de maestros ha entablado una demanda en su contra.

Esta práctica es ya común por parte de este gremio, el cual tanto dentro como fuera de la isla, se ha dedicado por décadas a sofocar sistemáticamente todo proyecto legislativo que busque introducir otras opciones escolares para los estudiantes desde el kínder hasta el último año de la preparatoria.

Y usted –quizás- se preguntará: ¿cuál es el interés que tiene el sindicato de maestros de mantener las cosas como están?… Pues, los mensajes pagados por la multimillonaria agrupación dicen que lo hacen por salvar a nuestros niños de las garras de intereses que no tienen al estudiante como su foco de atención.

Aunque la verdadera razón detrás de la inversión de millones de dólares en campañas de difamación, más gastos de cortes y abogados, es mantener intacta una estructura que les genera miles de millones de dólares en recolección de fondos a nivel nacional, lo cual les convierte en uno de los gremios más ricos y poderosos del país.

Cada maestro que trabaja en una escuela pública está sujeto a pagarle mensualmente un costo de membresía al sindicato. A cambio, el sindicato negocia los términos laborales en acuerdos hechos con los distritos escolares. Dichos contratos establecen las condiciones de trabajo, los salarios y otras regulaciones que rigen al maestro empleado por una escuela pública.

Ahora bien, en un mercado abierto, donde los maestros podrían elegir dónde ir a ejercer su carrera, en un mercado que no dependa de la oferta de plazas creadas por un monopolio –el distrito-, se rompe la obligación de pagarle membresía al sindicato, puesto que los profesores podrían escoger entre un menú de empleadores diferentes. De igual manera, los padres, a su vez, podrían optar por inscribir a sus niños donde mejor les convenga, teniendo en cuenta las necesidades individuales de cada uno.

Siguiendo una lógica disparatada, el sindicato de maestros aboga por un sistema monolítico de escuelas públicas tradicionales que debe responsabilizarse de educar los niños de un país bajo un sistema de una sola talla que les sirva a todos. Esta lógica descarta la pluralidad de iniciativas enfocadas a servir al estudiante, para enfocarse en cómo servirse a sí misma.

Si seguimos de cerca el rastro del dinero, podemos ver con claridad que la motivación aquí no es el bienestar de nuestros hijos, pero la conservación y preservación de una estructura monetaria que se debilitaría con la introducción de cambios e innovaciones dentro del sistema educativo tradicional.

Este circo vergonzoso montado por el sindicato de maestro se repite ahora en Puerto Rico, como lo hiciera anteriormente ¡unas treinta veces! en el territorio continental.
A los padres de la Isla del Encanto les resta organizase y no permitir que les arranquen de las manos estas oportunidades tan necesarias para el futuro de sus hijos. Así que ¡a la carga, mis valientes!

de Hergit “Coco” Llenas

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¿Hay que armar a los maestros?

La tragedia ocurrida el día de San Valentín en La Florida ha vuelto a poner sobre el tapete el tema de controlar el acceso a las armas de fuego. Cada vez que ocurre una matanza, una ola de furor se levanta, inflamando las conversaciones, para luego estrellarse contra el acantilado del olvido y desaparecer hasta que la próxima masacre acontece. Esta capacidad, de saltar desde la celebridad hasta el anonimato, ya es característica del tema y francamente se ha convertido en un círculo vicioso.
El 20 de abril del 1999, el tiroteo en la escuela preparatoria de Columbine (Colorado) produjo un vendaval. Luego, el truculento episodio que cobró la vida de trece niños, paso a ser noticia olvidada. Después vino Aurora, con sus 12 muertos y 58 personas heridas de bala. Unos meses más tarde el fenómeno se repitió en la escuela Sandy Hook, cobrándole la vida a veinte niños entre seis y siete años de edad, a lo cual le siguió San Bernardino (14 muertos, 21 heridos), Orlando (49 muertos, 58 heridos), Las Vegas (58 muertos, 851 heridos) y ahora Stoneman Douglas en Parkland, Florida (17 muertos, 17 heridos).
¿Romperá por fin esta última catástrofe el círculo vicioso?…
Desgraciadamente, si la historia nos ha enseñado algo, es lo contrario: el asunto cobra carácter de urgencia para poco después esfumarse.
Con 270 millones de armas en manos de civiles, el dilema de quién y cómo debe tener acceso a un arma de fuego se ha quedado -y tememos se quedará todavía- sin resolver. No obstante, hay otras cosas que podríamos hacer.
En lugar de armar a los maestros con pistolas, podríamos armarlos de herramientas para detectar en sus estudiantes tendencias hacia comportamientos violentos o erráticos, a fin de que puedan prevenir, antes que lamentar, una situación.
Para citar un ejemplo: hubo un momento en mi vida que estuve separada de mi familia. En ese entonces me sentía profundamente desarraigada, muy perdida. Para expresar mi frustración, recurrí a pelearme con mis compañeritos en la escuela. Al detectar un cambio en mi conducta, Doña Lucia de Jesús Alvares, mi maestra de tercer grado, se interesó por saber cuales circunstancias estaban afectándome. En ese momento tan angustiante de mi infancia, esta señora dulcísima, clara y fuerte se convirtió en mi mejor amiga. Haber tenido su atención y su amor me ayudó a sobrevivir, a entender que no estaba desamparada, lo que marcó una diferencia significativa en mi comportamiento y en toda mi existencia.
Por eso entiendo que la solución a las balas no son más balas. Antes de dotar a los maestros con un gatillo, creo que deberíamos procurar armarlos con sistemas de soporte, con entrenamientos, con espacios y tiempos dedicados a invertir en el desarrollo emocional y psicológico de sus alumnos. Hacen faltas soluciones holísticas que abarquen al individuo completo que es cada niño. Así, y no a tiros, lograremos evitar más tragedias.

De: Hergit Llenas

¡Ay, Puerto Rico!

Los estudios demuestran que los niños de color (negros y latinos), continúan quedándose atrás en comparación con los estudiantes de la raza blanca y asiática. Este atraso es conocido como la brecha académica. Esta brecha académica no se ha cerrado en décadas; en consecuencia, nuestros niños hispanos no pueden competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral ni en la realización del sueño americano.  

Para palear esta crisis y empujados por el estado de emergencia que los huracanes dejaron a su paso, la Secretaría de Educación de Puerto Rico está queriendo añadir al menú de opciones escolares las escuelas alianzas (o charter, como se les conoce en inglés).
Ahora mismo, la señora secretaría, Julia Keleher, cuenta con el soporte del Gobernador de la isla y con el apoyo de padres boricuas que vinieron desde el continente a compartir sus experiencias como usuarios de este modelo educativo.
Entre los testimonios compartidos, el Reverendo Michael Carrión, tocó las fibras de todos los corazones al narrar su odisea cuando estaba trabajando para crear una escuela para los niños y jóvenes del South Bronx, un vecindario plagado por las gangas, la pobreza y la violencia. Después de fracasar dos veces en el intento de lograr la autorización para abrir el plantel, el dinámico líder puertorriqueño consiguió que le otorgaran el permiso. Hoy día, su escuela charter es un modelo a seguir a la hora de mostrar un ejemplo de cómo se lograr cambiar la trayectoria de una población que vive en condiciones de alto riesgo.
Así mismo, una comitiva de padres, maestros y directores vinieron desde Filadelfia en representación de una escuela charter bilingüe llamada Antonia Pantoja. Las experiencias de este grupo iluminaron en San Juan a una audiencia poco acostumbrada a escuchar otras maneras de implementación, soporte académico e innovación que sí tienen cabida dentro de una charter, gracias a la amplia latitud que este tipo de escuela ofrece para la individualización de la enseñanza.
Como si fuera poco, Osvaldo García, el director y fundador de Passport, una charter para estudiantes que sufren de autismo, habló de la esperanza de mejores servicios ofrecidos a través de este tipo de iniciativas. En su exposición, compartió los detalles de cómo se consigue un más alto nivel de calidad al descentralizar las escuelas de la burocracia impuesta por los distritos.
Muchas familias puertorriqueñas aspiran a enviar a sus hijos a escuelas privadas o a otras escuelas distintas a las que le fueron asignadas en función del lugar dónde viven, pero no tienen el dinero para pagar por una educación privada y -bajo las leyes operantes- carecen de acceso a una charter.
La administración presente tiene la voluntad de mejorar esta realidad, pero (y como ya es costumbre), el sindicato de maestros ha lanzado una campaña para desacreditar esta propuesta, haciéndola pasar como un atentado de privatización que quiere acabar con la educación pública. A sabiendas de que las escuelas charter son públicas, gratuitas y abiertas a todos.
Nelson Mandela dijo: “Education is the most powerful weapon which you can use to change the world.” Es decir, la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo. Puerto Rico está listo para cambiar el suyo. Ojalá que las fuerzas opositoras y sus campañas de mentiras no sepulten de nuevo la idea de darle a la Isla del Encanto las oportunidades que tanto sus niños necesitan.

La nueva segregación socio-económica

Durante el mes de enero, en toda la nación se ha celebrado la semana de las opciones escolares. Mucho se ha escrito sobre los diversos eventos que tuvieron lugar en cada una de las ciudades donde se dieron citas miles de padres, estudiantes, directores, maestros y líderes comunitarios para celebrar tan gloriosa ocasión. De manera que no lloveremos sobre mojado. Sin embargo, algo que nos parece pertinente es explicar con más calma ¿qué en sí se estuvo celebrando?
Por definición, la opción escolar es el derecho que tiene cada padre a escoger el mejor ambiente de aprendizaje para sus hijos; puesto que, como sabemos de sobra, cada niño(a) es único y diferente.
El derecho a escoger, una piensa, es la cosa más obvia del mundo. Cada día, nosotros lo ejercemos en los Estados Unidos de Norteamérica. Somos libres de usar el modelo de teléfonos que se nos antoja, las compañías y planes de los celulares que más nos convienen y lo mismo pasa con casi todos los demás aspectos de nuestra cotidianidad; ya sea el supermercado, el banco, el gimnasio, el seguro médico o la universidad. No obstante, cuando se trata de las escuelas públicas tradicionales, usted no tiene otra opción que mandar a sus polluelos a la escuela que le han asignado en función de su código postal.
Para quienes viven en códigos postales dónde hay muy buenas escuelas, este arreglo es ¡fenomenal! Para los que viven en áreas dónde las instituciones de enseñanza operan con bajo (o pésimo) rendimiento, la realidad es muy triste y pesarosa.
¿Por qué?… porque si no tiene usted los medios para pagar por otra OPCIÓN ESCOLAR, sus hijos estarán obligados a asistir a un plantel donde la excelencia académica brilla por su ausencia.
Desde luego, hay formas de darle la vuelta al sistema. Pregúntele a cualquier agente de bienes raíces y ella le dirá que una de las razones más contundentes para que un ser pensante -y con cachorritos- compre o alquile una propiedad, es el infalible, inefable, invictus argumento de mudarse a una zona en la cual las escuelas están catalogadas como de las mejores. El que no pueda pagar por tal privilegio, se queda, como decimos en mi media isla tropical: “con una mano delante y otra detrás”.
Entonces, para resolver este dilema de segregación socio-económica, surge la OPCIÓN ESCOLAR, cuyo propósito principal es darle una salida a aquellas familias que poseen recursos financieros limitados.
Así pues, la OPCIÓN ESCOLAR, como derecho y como movimiento, es uno de los pilares más importantes en el avance de una agenda de que defiende la igualdad social dentro de las comunidades desfavorecidas, sean éstas pobres, latinas y/o de color.
¿Qué tienen en común Barak Obama, Sonia Sotomayor y Condoleezza Rice?… ¡que recibieron una educación privada de alta calidad! De haber asistido a una escuela cayéndose a pedazos, es muy posible que no habrían llegado a ser quienes son hoy.
Las becas, los vouchers, las cuentas de ahorro para la educación (ESAs), las escuelas magnets, las escuelas charter, las escuelas privadas, la educación a distancia, la educación desde el hogar, la suma de todas las anteriores y sus múltiples posibles combinaciones, son salidas. Y son esas salidas lo que sacará de la pobreza a nuestros hijos y a todos los segmentos de la sociedad a quienes se les ha negado el derecho a escoger la excelencia debido a su código postal.
El derecho a una buena educación, aunque no tenga usted la billetera para pagarla, es el dilema de justicia social más importante de esta generación. Las celebraciones de enero son, simplemente, un recordatorio. No olvidemos, pues, que todos los niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad que se ajuste a sus necesidades y lo prepare para hacer realidad el sueño de un futuro mejor. Y es eso, precisamente, lo que hemos estado celebrando con las opciones escolares.

No es cuanto ganas


“No se trata de cuanto ganas, si no de cuanto gastas”, me dijo mi padre un día de invierno hace casi 25 años. Este consejo ha sido uno de los pilares que han regido mi vida y, definitivamente, una de las razones de la estabilidad financiera que haya podido tener.
Un lustro atrás ganaba apenas unos $12 la hora, es decir menos de $25,000 verdes al año. No obstante, me alcanzaba para cubrir mis gastos y pasear un poquito. Desde luego, no era la Vida-Loca ni mucho menos, pero igual no malpasaba e incluso guardaba un dólar para el día lluvioso o como dicen los americanos: “a rainy day” que es lo mismo que “tener un pe$o para la vergüenza”, como decía Herman Penzo, mi viejo.
“Puedes tener un millón en el banco, mas si te compras un helicóptero de 1.5 millones, te quedas pobre al instante. Sin embargo, si ganas $20 y gastas $15, siempre tendrás un monto positivo del cual echar mano, aunque este sea de $5 pesos. Así de sencillo explicaba el dilema, ¡el secreto!, de la liquidez financiera mi progenitor.
¡Y es que así de sencillo es!… si alguien se toma el tiempo de explicárnoslo y
–MUCHISIMO MÁS IMPORTANTE- no los enseña con su ejemplo.

¿Y a qué viene todo esto?
Pues viene al caso porque nuestros hijos aprenden de nosotros, los adultos en su vida, cómo entender y manejarse con el dinero. Para quienes leyeron “Poor Dad, Rich Dad” (padre rico, padre pobre, en cristiano) este concepto no es del todo ajeno. Tampoco lo es para quienes escuchan predicar el evangelio de la abundancia a través de las charlas como las de Abraham Hicks y otros pastores de variopintas denominaciones.

La falta de conocimiento financiero ha convertido la comunidad hispana en una de las presas mas fáciles de atrapar en las redes de los embaucadores, farsantes, patanes y charlatanes sobre esta bella tierra. Esta falta de entendimiento es, a su vez, pasado de padre a hijo, de hija a nieto, hasta el infinito. De ahí que, los depredadores hagan su fiesta entre y a costa de nosotros.
¡Mucho ojo! A espabilarse. No permitamos que nuestras futuras generaciones tropiecen con la misma piedra. ¡Es hora de levantar los pies! Si usted tiene demasiadas excusas para educarse debidamente sobre el tema de qué es el dinero, cómo trabaja y cuando es propicio tomar riesgos para multiplicarlo, si está demasiado cansada, aburrido, ocupada o sobrecogido por la FALTA de estabilidad financiera en su vida, entonces, POR LO MENOS, permita que sus hijos tomen clases o lean libros sobre alfabetización financiera (finantial literacy). Facilite que se eduquen, “que se empapen” sobre el tema.
Porque, aquí entre nos, ¡ya está bueno!
Ya está bueno de endeudarse hasta las narices, de no tener o perder el crédito, de someternos a tasas de interés exorbitantes, de que nuestros hijos salgan de las universidades con una deuda que les tomará 20 o 3 años saldar.

Este sistema está hecho para que nos lleguen mil solicitudes de crédito por correo y cero, nada, ninguna para educarnos sobre la complejidad de los préstamos, hipotecas, notas bancarias, APRs, ciclos, términos, proporcionalidad entre deuda e ingreso y un montón de otras reglas que gobiernan la economía personal, local, mundial y global -dicho se ha de paso-.
Entonces, ¡manos a la obra, pues!

El motivo de mi motivación


I did not know it then, but I was very lucky to have access to many school choices when as I was growing up. First, I went to La Esperanza, which means the hope. This school was rich in talent and resources, and it was also free of charge for the people who worked there and/or at the sponsor’s company. That company believed in giving a high-quality education to its employee’s children. My mother worked there as a secretary, and so did my dad for a while.
At La Esperanza, the sons and daughters of the assembling line workers were receiving the same state of the art education as the children of the top executives.
From math competitions to volleyball championships, its students proved to be as good or better than the ones attending the most prestigious private school in the country, demonstrating that given the chance, any child can flourish.
When the time came for me to go to middle school, my family was going through a very rough patch. Unable to provide for us, my mother secured a partial scholarship from a very reputable boarding school. My sister and I found in this school not just a place to learn, but also a true refuge that stopped, at least for a couple of years, the profound instability of our lives.
When it was time for high school, my mom had managed to put a roof above our heads, so we returned to our home in Santiago.
As many government run institutions in the Dominican Republic of my youth, the public schools in my home town were a disaster. After working for months without a salary, the teachers often had to go on strike to force the administration to pay them. The public premises were following apart, the libraries were non- existent, and the overall climate was tense, to put it mildly.
Mom did not want us to become another statistic; therefore, she decided to send us to a private school. This was not any easy decision to make, since every month she struggled to make the payments.
Then, when I was a sophomore, noticing that I had trouble waking up in the morning, mom changed us from morning classes to the afternoon scheduled offered at the same location. More awake now, my grades started to improve. By the end of that journey, I graduated with honors. Short after, I received an academic scholarship to study French is Paris, France. As a student abroad, I back packed throughout Europe, visiting museums, making new friends, learning about other cultures.
As I look back, I realize all the choices I had as a child and the many opportunities these choices created for me. If today I enjoy a much better live than the one my mother had, it is thanks to those wise choices she made for us, for our education.
So, I passionately believe in school choice, in giving –especially- disenfranchised families, the chance to change the trajectory of their lives through education. And, because I am the living proof of how school choice beats the odds, I proudly work at expanding its scope.

When I close my eyes, I imagine


When I close my eyes, I imagine tomorrow’s schools.

I see them as knowledge centers located in every corner of every city or rural town. This space, in my head, looks more like one of those boutique stores where one buys the latest phones and computers, rather than a prison. It is well lit, glossy, glassy, fluid, attended by enthusiastic experts happy to be doing what they love to do every day.

In this safe, free environment, students come and go with ease throughout the day. Some of them get there to explore a particular area of interest on their own time. Some, the older ones, have scheduled an appointment to meet with one (or many tutors) responsible for the progress made on each Individualized Education Program (IEP).
Grades, tests, wrong answers, segregation by date of birth, arbitrary schedules that are leaving children idle for months, or makes them wake up before their brain is completely awake, among other not so brilliant practices, are now things of the past.
Instead, the students set their own goals, at their own speed, on their own schedule and motivated by their own curiosity. They are cared for by educators who had been freed from the shackles of teaching to a test and following a rigid curriculum, unable to go too fast or too slow to meet the needs of some of the children in their classroom; forced to focus only on of those capable of “moving on” within the time frame imposed by a system.
In addition; the children enjoy 3-D voyages into molecules and/or universes, which are delivered by state of the art technology that engages as many senses as possible, profiting from a vast library of e-books, videos, and tutorials taught by artificial intelligence such as Watson.
In my imagination, all parents have learned the active role they play in the academic success of their children; understanding that the more they get involved, the greater the chances are for their sons and daughters to achieve everything they put their mind to do. In fact, these parents will decide on the best educational model for their children in collaboration with the teachers. These teachers in turn will be able to design a pathway to take every single student to a place where they can flourish. In this brave new world social promotion, disciplinary disproportionality, achievement gaps, lack of latitude to innovate, among other damaging (yet quite ubiquitous) phenomena will be a thing of the past too.
The concept of one-on-one counseling, coupled with an implementation strategy that responds to the personal needs of each student will be the rule of thumb. This concept I am sure you’ve heard is present everywhere in today’s world; from financial advisors, personalized computer builders to customized nutritional plans. However, in the realm of education an individualized program is reserved to address a “problem.” Shouldn’t every student’s learning experience be as unique as he or she is?… When I close my eyes, I imagine it is.

Si no estamos sentados en la mesa, somos parte del menú

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Desde hace tiempo los legisladores de Tennessee han tenido la oportunidad de pasar diversas propuestas de ley que crearían Opciones Escolares*(ver articulo anterior). No obstante, las propuestas no han pasado, a pesar de que muchas encuestas hablan del inmenso interés que tenemos por ellas.

En teoría, el deber de los legisladores es representarnos, pero una cosa es la teoría y otra es la práctica. En la práctica, los funcionarios públicos están aliados con este círculo o con aquél.

Una organización muy poderosa, con la capacidad de ejercer mucha presión, es el Sindicato Nacional de Maestros, (conocido por sus siglas en inglés como NEA). La NEA tiene una postura muy definida en lo que se refiere a la Opción Escolar: simplemente, la odia.

De ahí que, haya entablado varias demandas judiciales oponiendo los programas de becas/vouchers/cuentas educativas de costa a costa. El caso más reciente se escuchó en la Florida, donde la Suprema Corte decidió a favor de los padres y en contra del sindicato. En Nevada, la NEA está peleando la Education Savings Account, una cuenta que permite dar fondos estatales a cualquier familia que elija educar a sus hijos fuera del distrito escolar.

¿Por qué odia “la unión” el derecho a estas opciones?…pues, una cosa es lo que ellos dicen y otra es la que sugiere el sentido común. Desde su punto de vista, todos los fondos destinados para la educación escolar le deben pertenecer a las escuelas públicas. Necesariamente, ¿hay que poner todos los huevos en una sola canasta?…

La evidencia demuestra que invirtiendo más dinero no se ha mejorado la calidad de la educación. Si no, ¿cómo se explica que en las últimas décadas los presupuestos escolares han ido en aumento mientras que la calidad de la educación ha ido en deterioro? Si el dinero resolviera el problema, EEUU tendría la mejor educación del mundo.

Usando el sentido común, argumentamos que la Opción Escolar da a los maestros la manera de trabajar independientemente. Por ejemplo, abriendo cooperativas, enseñando a domicilio, dando tutorías, solo por citar algunos escenarios. En estos escenarios, la sindicalización no es necesaria. ¿Puede un sindicato sobrevivir sin las contribuciones de sus miembros?…

A fin de asegurar su propia supervivencia, han obstaculizado el crecimiento de las Opciones Escolares para proteger sus propios intereses.Como archi-enemigo de la Opción Escolar, la NEA ejerce presión sobre los legisladores, a quienes le pagan por sus campañas. En consecuencia, el destino de nuestros niños a tener acceso a mayores alternativas educativas está atrapado en las redes de la politiquería.

Los legisladores entienden que los niños necesitan otras alternativas, mas no se sienten obligados a favorecerlas, ya que ¿para qué buscarse un problema con el partido o con el sindicato?

Ahora bien, cabe preguntarnos ¿y si se buscan un problema con nosotros? A nuestros legisladores les interesa mantenerse en el poder. Como votantes, nosotros podemos dar o quitar ese poder. Si se niegan a representarnos, nosotros le negamos la posibilidad de re-elegirse. Si usted quiere que en Tennessee existan Opciones Escolares para sus niños, hágase sentir.

Soplan Nuevos Vientos

Soplan nuevos vientos

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Todo ha cambiado a nuestro alrededor. Ya no se ven en cada esquina ni teléfonos públicos ni Blockbusters.  En su lugar existe Netflix, con miles de películas disponibles al instante y diversos teléfonos inteligentes que cuentan con cientos de aplicaciones entre las cuales podemos escoger. No obstante, algunas cosas se han quedado estancadas en el tiempo de la abuelita. Una de ellas es la educación.

Nos mudamos a un vecindario y si tenemos niños en edad escolar, el sistema no nos ofrece varias opciones. Solo tenemos una : enviar a los niños a una escuela pública localizada dentro del perímetro de nuestro código postal. Con suerte, esa escuela contará con los recursos, el personal y las técnicas necesarias para educar adecuadamente a nuestros hijos. Aunque usted y yo sabemos que cada hijo es distinto y, en consecuencia, no todos van a caber dentro de un mismo molde.

Digamos, por poner un ejemplo, que su niño no está avanzando en lectura con la rapidez que avanzaron sus hermanitos. Tal vez le da vergüenza leer en voz alta, quizás tiene una discapacidad o sencillamente él es uno de esos niños cuyo cerebro aprende de manera diferente, lo que es un fenómeno muy común. De hecho, investigadores (ver Understood.org) han dado a conocer que por cada cinco estudiantes, hay uno cuyo cerebro opera de manera diferente. Esto no implica que tenga un retraso, simplemente así funciona. Es posible que la maestra lo note y que la escuela rápidamente ajuste su programa de enseñanza para facilitar el proceso de aprendizaje del niño. De manera que, sin pérdida de tiempo, su niño recibe el soporte idóneo para triunfar académicamente y ¡en la vida!, porque ya sabemos que sin una buena educación nuestros hijos no podrán competir en el mundo del mañana.

¿Qué ocurriría si el escenario escolar del ejemplo anterior fuera lo opuesto?, ¿qué opciones tendría usted si la escuela pública no le puede ayudar? Supongamos que hay otra escuela, una privada o una academia virtual o una cooperativa de maestros y ellos le dicen: nosotros podemos ayudarle. No obstante, a usted no le alcanza el dinero para pagar por la colegiatura. ¿Y entones?…

Entonces, si vive en un estado donde existe Opción Escolar, usted tendría acceso a fondos estatales para pagar por otra alternativa. Ejerciendo el derecho a la Opción Escolar, las familias calificadas reciben un regalo del Estado (total o parcial) para pagar por la educación de sus hijos fuera del sistema público.

Porque creemos que todos nuestros niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad, nosotros promovemos y defendemos la Opción Escolar. Somos la American Federation for Children y estamos trabajando en Tennessee para crear más oportunidades educativas para nuestra comunidad. Visítenos: http://www.federationforchildren.org y/o escríbanos CLLenas@FederationForChilden.org Estamos para servirle.

Viaje a la fiesta de Globos en Albuquerque

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-¡Te va a encantar, chica!, me dijo Linda
-Hacía tiempo que quería ir a verla.
-¿Por cuántos días van?
-De viernes por la noche al domingo por la tarde. ¿Crees que es poco tiempo?
-Algo apretado, pero les alcanza si no hay brisa.
-Yo hubiera preferido tomarme una semana, pero Atena tiene un trabajo nuevo y no se atreve a pedir permiso.
-¿Y dónde está ahora?
-En A&B como directora de Relaciones Públicas.
-Ya, toma.
-¿Qué me has traído?
-El brochure del hotel, un mapa de Albuquerque y el calendario de actividades de la Fiesta Internacional de Globos. Es del año pasado, 2011, pero igual sirve para que te hagas la idea.
-¡Genial!
-¡Verás qué padre! ¿Qué día sales?
-El cinco de octubre.
-Toma muchas fotos. ¡Es tremendo espectáculo!, me dice con una sonrisa jocosa y se marcha.

Llegada la fecha, mi prometida y yo salimos para el aeropuerto con dos horas de adelanto. No nos topamos con mucho tráfico ni hubo una espera muy larga al pasar los puestos de seguridad en el McCarran International Airport, así que llegamos tempranísimo a la puerta de embarque que nos correspondía. Entonces, divisamos un bar cercano.
– ¿Una cerveza para matar el tiempo?, me propone la rubia platino.
-¡Claro!
Tres cervezas más tarde me siento muy relajada. Me voy a echar una siestecita en el avión, pienso. No obstante, un niño llorando y pateando en el asiento de atrás me arruinó el plan.

Aterrizamos en Albuquerque cerca de la medianoche. Nos anima descubrir el ambiente tan festivo, con globitos colgando por todas partes. La terminal era pequeña, fácil de caminar. Solo aquellos que veníamos en ese vuelo deambulábamos por el lugar, rompiendo el silencio con el eco de nuestros pasos. Detrás de los mostradores no había rastros del personal. Tocamos una campanita unas cien veces antes de que apareciera el representante de la compañía Rent a Car. Un señor calvo, con los ojos vidriosos, sale por la puerta del fondo, opuesta a la ventanilla de servicio. Era obvio que se acababa de despertar porque ostentaba sobre la mejilla derecha, como un sello, las marcas de algún tejido.
De inmediato, nos pide que firmemos aquí y allá.
-¿Cuál de las dos va a manejar?, pregunta.
-Ambas, dice mi media naranja.
-En ese caso, tendrán que pagar más, responde.
-¿Por qué?
-Para poder manejar dos personas el mismo vehículo, sin que les afecte la tarifa, tienen que estar casadas.
-O sea, ¿qué es un privilegio “exclusivo” para heterosexuales?, replica Atena, escribiendo con un gesto las comillas en el aire cuando articula la palabra.
Le doy un pellizco para que se calle, a sabiendas de que no se callará. Por mi parte, estoy demasiado cansada para ponerme a discutir sobre justicia social con el calvito de camisa arrugada. Me mantengo al margen del pleito.
El hombre dice: – Las reglas son las reglas.
No vale protestar, el contrato y sus términos, se quedan igual. Recogemos un coche de cuatro puertas y veinte minutos después llegamos al hotel.

El lobby lucía muy alegre. Estaba adornado, igualmente, con globos en miniatura. Tocamos la campanita unas cuantas veces. La recepcionista sale a recibirnos con las greñas alborotadas.
-Deme su identificación personal y tarjeta de crédito, por favor.
-Buenas noches, le dice Atena.
No le contesta.
Le doy lo que me pide.
-No encuentro su reservación, responde. ¿Me da su número de confirmación?
Tiro las maletas al suelo, abro la cartera. Hurgando, saco una docena de cosas antes de dar con la dichosa hoja. Mientras, la muchacha dice:
-Pos no tenemos cupo. Todos los hoteles de la ciudad están sold out. Este es un fin de semana muy busy, celebramos la Fiesta Internacional de balloons.

Mi amada está a punto de decir algo, cuando alargo el brazo y extendiendo el papel hacia la chica, quien luego se dedica a punchar y punchar el teclado por una eternidad.
Finamente, me entrega dos llaves y un bosquejo -que parece un laberinto- con las instrucciones de cómo llegar a nuestra habitación. Le doy las gracias. Recojo el equipaje, la cartera, las llaves, la confirmación y el mapa.
-Si es tan amable, llámenos para despertarnos en tres horas, le pide Atena.
-Okay.
Suena el ¡RING! y pego un brinco que me tumba de la cama. Estaba en el último de los sueños. El susto me deja con taquicardia. Nos alistamos de prisa, entusiasmadas. ¡Estamos locas por ver el ascenso de los globos en el alba!
De vuelta en la recepción alcanzo a ver unas cafeteras de aluminio contra la pared.
-Es un dólar por una taza, demanda una señora flaca. Le doy un billete de veinte.
-No tengo cambio, responde.
-¿Dónde puedo cambiar el dinero?
-Pregunte en la recepción.
La recepcionista tampoco tiene cambio.
-¡Qué se la va a hacer!, suspiro alejándome.

El minibús del hotel nos lleva al estacionamiento de donde parten los autobuses con destino al evento. Según oímos, unas cincuenta mil personas seremos transportadas por esta vía.
En la larga fila, observamos a la gente cargando sillas portables, mantas, múltiples envases térmicos y nos burlarnos de ellas. ¡Caramba! ¿Cuál es la necesidad de viajar con tantas cosas?…
Al rato, estamos montadas en el autobús con destino al campo. Allí, un valle inmenso es el hogar de cientos de canastas rellenas de telas multicolores que aguardan el momento para echarse a volar.
Titiritando de frío, caminamos alucinadas entre columnas y columnas de globos. Yo no le quitaba las manos de encima a la cámara fotográfica, con el dedo, cual gatillo, sobre el botón de disparar. ¡No me iba a perder por nada del mundo ese instante glorioso cuando una miríada sicodélica de esferas saliera flotando al unísono, como las voces de un coro, con la aurora de trasfondo!
El sol subió, pero los globos no.
– ¡¿Qué?!
-Que cancelaron el evento, señoras.
-¿Y por qué?
-Porque hay demasiado viento, ¿no ve?

Dimos más vueltas que un trompo antes de descubrir a las veinticinco, de las cincuenta mil personas, ya alineadas para regresar a la ciudad. Esperaban su turno sentadas en sus sillas plegadizas, arropadas en sus gruesas mantas de lana, calentándose con el té o el café que habían traído en sus envases térmicos. Atena y su servidora éramos, quizás, las únicas dos idiotas vestidas con unas finas camisetas de algodón en este descampado abatido por unas cortantes ráfagas más frías que el hielo. Mi valkiria me deja cuidando nuestro sitio en la cola y se marcha en busca de algo que pudiera calentarnos. Regresó con un cartón de papas fritas cubiertas de ese chile verde que tanto le encanta.
Nativa de San Antonio, Texas, creció comiendo picante. Yo, sin embargo, no estoy acostumbrada a eso. En definitiva, el chile nos eleva la temperatura, aunque brevemente. Tardamos dos horas y media para acceder al ómnibus que nos retornará a la ciudad.
Una vez en el pueblo, acordamos quedarnos despiertas. ¡Vamos a aprovechar al máximo! ¡Vamos a empaparnos de cultura local! Tomamos nuestro carro y nos vamos al centro.

Resulta que el comercio aún no estaba abierto. Los letreros aclaraban: abrimos a las 11.30 a.m. Miro el reloj, son las nueve de la mañana. Sin rumbo, como dos náufragas, navegamos las callecitas coquetas hasta que el primer restaurante abre las puertas. Muertas del hambre, nos lanzamos adentro de cabeza. Salvo las papitas, no le habíamos echado nada sólido al estómago desde el día anterior. Desayunamos el platillo más popular: carne de cerdo en chile rojo. La hartura nos pega durísimo. Inundada por un cansancio brutal, tiro la toalla:
-Vámonos a descansar.
-¡Excelente idea!, responde mi amazona.

Al anochecer teníamos planeado ir a ver El resplandor. Una de las revistas turísticas lo describía de la siguiente manera: “En la luz moribunda del poniente, incorporados sobre su llama fulgurante, brillan, cual lámparas chinas suspendidas en el espacio, una multitud de vejigas radiantes.”
A las cinco de la tarde estábamos de nuevo en pie. ¡Por fin veremos los globos!
De paso, paro en la tienda de la recepción para comprar un alka seltzer. Sin proponérmelo, me envuelvo en una conversación con Joanne, la dueña del local. Me cuenta algunas de sus experiencias como voluntaria de la fiesta. También, me recomienda que instale en mi teléfono el app con el programa de la misma.
-A fin de que te mantengas informada, porque si el viento sopla a más de diez millas por hora, la suspenden, ¿sabes?…
-¡Esta tecnología me hubiera servido tanto esta mañana!, gracias, le digo.
-Muchas gracias, repite Atena.
Casi al instante de instalar el app, me manda un boletín meteorológico: la velocidad del viento actual es de doce millas por horas.
-¿Qué piensas cariño? ¿nos vamos o nos quedamos?
-No sé.
– Vamos a preguntarle a Joanne.
Nuestra amiga nos dice que es muy probable que cancelen todo.
-Mejor nos vamos a ver tiendas, chula, ¿no?
-Sería una pena ir hasta las afueras en balde.
-¿Nos quedamos?
-Nos quedamos.

Anduvimos el casco viejo de punta a punta. Cuando los pies no nos daban para más, nos sentamos a cenar en un café al aire libre. El menú ofrecía una gama de platillos de tierra y de mar, la mayoría condimentados con chile.
-¿Sabe si suspendieron El resplandor?, le pregunto al camarero.
-Acabo de escuchar que se dio.
-¡Carajo, nos lo perdimos!, refunfuño mal humorada.
-Bueno, todavía tenemos mañana por la mañana, me consuela mi otra mitad.
-¡Es nuestra última oportunidad!

Imploro para que al día siguiente las condiciones del tiempo sean ideales.
Nos acostamos antes de las diez. Queremos estar descansadas cuando suene el teléfono a las cuatro de la madrugada.
Duermo apaciblemente, pero un dolor en las tripas me devuelve la conciencia. Un mugido quedo al principio, seguido de una serie de bramidos y cólicos feroces. Salgo disparada para el baño. Alcanzo a llegar con las justas, antes de que ocurra un vergonzoso accidente. No bien termino de desahogarme, empiezo a vomitar. El chile me sale a chorros, cual lava ardiente, por una y otra salida.
Me tiendo en el suelo, la frescura de las losetas me reconforta mientras abrazo la taza blanca. Luego me le siento encima y después la vuelvo a abrazar. En ese sube y baja me paso varias horas. Estoy empapada de sudor, -y de cultura- mi tez, normalmente rosadita, ha adquirido un tono amarillo verdoso. Botando chile hasta por los poros, trato de incorporarme, pero advierto que me faltan las fuerzas.
-¡Atena!, grito, creyendo que me voy a desmayar.
Atena abre la puerta con los ojos azules desorbitados.
-¡Muévete, muévete que estoy mal! vocifera empujándome, al tiempo que toma posesión del altar.
Nos turnamos.
A las cuatro llaman de la recepción. Arrastrándome, intento alcanzar el teléfono, mas no puedo, no sé para qué lo quiero, tal vez para pedir auxilio, no me acuerdo. Poco a poco me logro trepar en la cama. Creo que pierdo el conocimiento o me duermo durante intervalos de media hora.
He colocado el cubo de la basura al lado de la cama en caso de que tenga que seguir expulsando. Atena se ha enrollado al inodoro como una gata.
Eventualmente, enciendo la televisión. Los locutores de las seis anuncian, súper contentos, que soltaron los globos.
Quisiera ponerme a llorar, pero temo no tener suficiente líquido en el cuerpo para dos lágrimas.
¿Cómo haremos para soportar el vuelo sin descomponernos?, pienso en ese momento.

Invertimos cuarenta dólares en antidiarreicos para poder abordar el avión esa tarde.
Deseosa de ver, por lo menos, un globo volando, echo una ojeada esperanzada a medida que ascendemos. No obstante, aparte de unas cuantas nubes, no veo nada.

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
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Viaje al salón de belleza

salon
De visita en el salón

Ir al salón de belleza es una rutina semanal a la cual toda dominicana se acostumbra desde muy temprana edad. Si escarbo en mi memoria, no recuerdo un tiempo en el cual este hábito no estuviera presente. Mi mamá, abuela o tía me llevaba o me mandaban con alguien, pero semanalmente, ir al salón era como ir a la iglesia, inevitable.

Mi primer desrizado tuvo lugar a mis siete años de edad. Me lo hicieron en un “saloncito” que quedaba a una cuadra de mi casa. Para aclarar el uso de las comillas, entiéndase por “saloncito” un local que es a un salón de belleza lo que una bodeguita es a un supermercado.

El saloncito se caracteriza por quedar en un local improvisado, pintado a dos colores a golpe de esponja, por lo regular mal iluminado, a veces sin ventanas y bastante pequeño. Consta de un o dos lavaderos de cabeza, un abanico, un mostrador hecho de vidrio conocido como la vitrina, un par de secadoras y un par de sillas para el secado blower, que es como se llama a la secadora de pelo de mano.

Darse un blower, describe el proceso de recibir el secado a muñeca recibido por parte de una profesional de la estética, que bien puede ser la dueña o “la muchacha” (léase la subalterna) del salón. Las funciones de la dueña varían de establecimiento en establecimiento. En un saloncito que está empezando, la dueña se ocupa de todo, es una maestra en el arte de hacer mil cosas a la vez. Malabarista prodigiosa, maga de los platos chinos, ella se las apaña para atender, concomitante, a una clientela demandante. Mientras una persona se seca los rolos en la secadora, la dueña le pone el tinte a otra, convence a la tercera de dejarse el acondicionador por veinte minutos, vende a otra doña unas gotas, a fin de agregar brillo y luminosidad al pelo y le cobra un fiao’ a una quinta persona; todo sin desatender la cabeza dividida en cuadrantes de alguien que se va a tratar con algún químico de olor penetrante.

Si usted es oriundo de otra parte, es probable que emplee la palabra pelo para describir, por ejemplo, los pelos de un animal o el pelo hirsuto y más duro que crece en las partes privadas y recónditas del cuerpo humano. Pero en el argot criollo: “una se va a secar el pelo”, “una se cuida de no mojarse el pelo” y “el pelo luce precioso.”

La dueña también está a cargo de los clientes nuevos, de formar las relaciones con la clientela, de controlar el flujo de chismes para no meterse en muchos problemas y, en especial, es responsable de los casos difíciles. O sea, aquellos que requieren la maña y la experiencia de un antebrazo musculoso. No todo el mundo sabe cómo dar un blower.
Las estilistas nacidas en Quisqueya han sido, son y serán, las diosas invictas, las expertas sempiternas, las amas absolutas de una técnica que ha cruzado el mar. Pregúnteselo a cualquiera, desde Queens hasta Las Vegas, desde Roma hasta Madrid, ¡nadie da un blower mejor que una dominicana!

Por otro lado, “la muchacha”, es generalmente una adolescente, quizás la hija, la sobrina o la ahijada de la dueña, quien quiere iniciarse en el arte de la belleza y de paso ganarse unos pesos.

La muchacha se encarga “de dar el shampoo,” de secar a la gente de pelos buenos –sin mucho rizo- y otras tareas menores, tales como quitarle el cuté (se pronuncia Kuté) a las uñas. Cutex es la marca comercial de un esmalte. Originaria de Connecticut, fue introducida a la isla desde que el mundo es mundo. Desde entonces, el cutex se ha convertido en el nombre propio que designa a todos los esmaltes. De ahí que una pueda pedirle al vendedor de cosméticos que nos procuren un cuté de L’oreal o de Revlon; que equivaldría a decir a que nos compren un Toyota-Chevrolet. Pero ¡a quién le importan esas pequeñas contradicciones lingüísticas!

Volviendo al asunto. Debido a la generosidad exagerada de mis cromosomas paternos, yo poseo tanto pelo que alcanzaría para cubrir la calva de tres ancianos. La mayoría de mi pelo está localizado en la coronilla. Y este detalle es muy importante, como ustedes verán.

Ahora bien, desde el momento que la muchacha me suelta la cola y me empieza a dar el shampoo, ella sabe que no va a poder con ESTE pelo, por lo cual será un trabajo para la dueña. Si la propietaria ha tenido la oportunidad de entrenar a su ayudante, ésta sabe que no puede gritar una de las frases que más temo en la vida: ¡oiga, yo no voy a poder con este pajón!

Vociferar tal enunciado ofendería terriblemente a su humilde servidora. Sin embargo, me ha tocado más de una vez ser atendida por un personal poco entrenado, lo cual resuelta en mayor atención, miradas y comentarios que los que quisiera soportar. Dicha declaración es abrumadora: ¡Tierra, trágame!
De todo salir a pedir de boca, el traspaso de una cliente con la cabeza como la mía, a la silla de la dueña, acontece sin mucho aspaviento. Esto, gracias a un cruce de miradas entre las dos mujeres quienes, para entonces, sabían hablar entre ellas con los ojos. Con el tiempo aprendí a llegar con la cabeza ya lavada, amarrada en un moño empapado, que daba la ilusión de ser una masa manejable. Lo hacía para ahorrar tiempo y más que nada para evitar exponerme a un anuncio no solicitado.

Una vez lavado el pelo y ya sentada en la silla, la dueña estudiaba la melena leonina y nueve de cada diez veces luchaba por convencerme de ponerme rolos y meterme en la secadora. Yo no soporto la secadora, pero uno que otro día accedía, acaso por compasión. En esa época, era una esclava del reloj. De ahí que, el blower fuera mi primera opción, pues cortaba la duración del secado en dos.

Como sabrán, las peluqueras empiezan a secar desde atrás. Trazan una línea horizontal encima de la nuca, separando así una parcela de pelo y luego enrollan e inmovilizan el resto con una mariposa, generalmente de plástico. La hebra que me nace en la nuca, who knows why!, es fina y dócil. De manera que, cuando la peluquera seca el primer tercio, que se extiende de la nuca hasta más o menos la altura de las orejas, la labor de secarme el pelo ha sido -hasta entonces- llevadera.
Llegados a este punto y desde que el moño de la coronilla sale de su prisión, ocupando toda la franja ecuatorial de mi cabeza, una expresión de pánico y sorpresa se asienta sobre el rostro incrédulo de la señora. ¡El diablo, muchacha tu si tiene’ pelo! parecen decir esos ojos dilatados, esa frente empapada que ella se seca con un brazo a punto de caerse del sócalo, cansado. Esta condición de fatiga muscular convoca un grito adolorido, aunque silente, que es muy típico de este ámbito de trabajo: ¡ñoooooooo esa tipa me tumbó el brazo!

Consciente de que no me están haciendo un favor, si no que el servicio será apropiadamente remunerado, las penurias por las que pasan las pobrecitas peluqueras ya me tienen sin cuidado. Me planto a leer un libro como si la cosa no fuera conmigo y espero con paciencia el arribo triunfal a la moña del cepillo circular.
Este es el momento culminante de esta obra. Este melodrama de sudores, tirones y lágrimas llega a su punto álgido cuando la dueña se te pone enfrente para acabar de secar el cabello localizado sobre la frente, conocido popularmente como lo’ pelo d’alante o la moña.

Cuando la última hebra ha sido puesta en su lugar, la estilista, desatando la capa de tu cuello con ademán de torero, se quita del medio y te deja mirar en el espejo. En ese preciso instante los tambores del cielo suenan ¡pa pa pa Paaaa! y yo, dominicana de pura cepa, levito por encima de mi condición humana para emborracharme en el reflejo de mi lacia cabellera recién arreglada.

Crónicas de una mulata trotamundos.
De Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

Este verano, ¿te toca recoger manzanas?
 de Hergit “Coco” Llenas

            Hay un fenómeno conocido como “the Summer loss.” Este se refiere a la pérdida que sufren nuestros niños cuando se pasan el verano sin estudiar y sin repasar lo aprendido. A fuerza de no practicar ni aplicar los conocimientos adquiridos, nuestros estudiantes pierden la memoria de ello. Como resultado, al regresar a la escuela en el otoño, los profesores (as) se ven forzados a repasar mucho del contenido enseñado en el curso anterior, a fin de refrescar los conocimientos previamente obtenidos y posteriormente olvidados. Porque, como reza el refrán: “lo que no se usa, se pierde” o mejor aún: “el hábito hace al monje.”
Hace 150 años atrás, la economía de los Estados Unidos se basaba en la agricultura. Durante los meses del verano, los dueños de sembradíos requerían con urgencia toda la mano de obra disponible a fin de recoger las cosechas.
De ahí que, los niños en edad escolar fueran empleados por sus padres o los patrones de sus padres para laborar en el campo.
Desde esa época hasta la modernidad, la economía Norte-americana ha pasado primero por la industrialización y luego, por una transición que la ha convertido -casi en su totalidad- en una economía de servicio: la banca, el mercado de valores, las plataformas de internet, las líneas áreas, UPS, etc.
No obstante, todavía en estos tiempos, a finales de mayo o principios de junio, muchas de las escuelas públicas cierran sus puertas, mandando los niños a casa. En vista de que ya no tienen manzanas que ir a recoger al rancho, los muchachos se dedican a cualquier otra actividad veraniega.
Si los padres están realmente involucrados en la educación, es posible que los pequeños no se fosilicen jugando video-games o mirando estupideces en la televisión y/o por YouTube. Aprovechando así su tiempo para leer, asistir a cursos de escritura, pintura, música, danza, teatro o cualquier otra actividad que ayude a desarrollar y expresar sus talentos creativos. Si los padres realmente están BIEN involucrados, a este itinerario se podrían añadir actividades deportivas, tales como la natación, el tenis, el balón pie, el baloncesto y demás.
Otros padres, quienes carecen de amplios recursos económicos, considerarían las bibliotecas públicas, los museos locales y/o las clases a bajo costo ofrecidas por el departamento estatal de Parque y recreaciones (Park and Recreations), las cuales cuentan con campamentos, talleres, seminarios y hasta programas para conseguir credenciales tales como la de salvavidas; por citar alguna. (Dichos programas varían de comunidad en comunidad.)
En el último de los casos, la opción de formar una biblioteca personal siempre queda al alcance de la mano, ya sea inscribiéndose a una biblioteca local o comprando libros por 0.99 centavos en diversos mercados de pulgas.
El punto es, que a nuestros polluelos no se les debe dejar ociosos en el verano.
Puesto que “la ociosidad es la madre de todos los vicios.” Así pues, busquemos la manera de llenar esa esponjita maravillosa que son sus cerebros con algo más valioso que la basura destinada a las masas no-pensantes. ¡A leer, pues, en el verano!

Ser bilingüe: ¿ayuda?


de Hergit “Coco” Llenas

Hay padres que piensan: si le enseño a mis hijos a leer en español, luego se les va a hacer más difícil aprender a leer en inglés. De hecho, ¡es lo contrario!
Sin embargo, cuan provechosa sea la práctica del español en casa, dependerá en gran medida de cómo los adultos empleemos la lengua y cuales hábitos adoptemos en el hogar.
En general, y según afirman diversos estudios lingüísticos enfocados en la relación entre la lengua y el desarrollo de ciertas funciones cerebrales, el aprendizaje de un segundo o tercer de idioma es beneficioso para nuestros niños. Dichos estudios coincidieron en que los bilingües resolvemos problemas con mayor rapidez, tenemos una percepción más amplia del mundo y sabemos ponernos en el zapato del otro; es decir, tendemos a ser más empáticos cuando nos comparan con aquellas personas que solo dominan un idioma.
Ahora bien, dependiendo del uso que los padres hacemos del idioma, en especial durante los años formativos del niño, vamos a encontrar mayores o menores grados de aportes positivos. Por ejemplo, expresarse en oraciones enteras ayuda al pequeño a desarrollar su lenguaje. No es lo mismo emitir un monosílabo que comunicarles una idea completa. Si tu criaturita te pregunta: ¿mami, hay leche?, un simple “no” podría parecer suficiente, mas no es la respuesta ideal. Para ayudar a un niño a formar un vocabulario rico y a expresarse con sentido, es aconsejable que los adultos empleemos -o intentemos emplear tantas veces como sea posible- frases como: no, la leche se nos acabó esta mañana, pero tu papá ya salió a comprar más.
Sin importar nuestro idioma, es conveniente leer a nuestros niños y ¡mejor todavía si empezamos en edad pre-escolar! Pensar que por no saber inglés no puedes hacerlo, es un error. Aunque en la infancia temprana los niños no conozcan el alfabeto, sí serán capaces de entender cómo se lee por la forma en que tomas el libro, la dirección que se mueven tus ojos (de izquierda a derecha) y otras señales corporales (el dedo moviéndose bajo las palabras) que le ayudan a empezar a reconocer las mecánicas básicas asociadas con la lectura.
Además, se ha encontrado que la primera lengua sirve de mapa para el aprendizaje de la segunda. El estudiante que ha sido entrenado para descodificar una lengua, posee una ventaja sobre el estudiante que nunca ha sido expuesto a ninguna. De ahí que, es de rigor introducir en casa la lectura aun sea en la lengua natal, si es que aspiras a ver triunfar a tus hijos en una de las tareas más difíciles que embarca el joven cerebro de un humano: aprender a leer.

Cuba: Crónicas de una mulata trotamundos

Cuando escribí el inventario de lugares que quería visitar antes de morir, La Habana, (Cuba) no figuraba en él. Nunca me admití que la más grande de las islas del Caribe me importara lo suficiente como para ir a verla. No obstante, estaba escrito que tenía que hacer este viaje. De seguro, debido a las reminiscencias de mi adolescencia, cuando escuchaba a Pablo Milanés cantar los versos del poeta Nicolás Guillén:
“No me dan pena los burgueses vencidos
Y cuando pienso que van a darme pena,
Aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.”

Entonces pensaba que Guillén fue una víctima del color de su piel. Por eso, cantaba a un tiempo nuevo, en el cual él, at last!, era HOMBRE y no negro.

También se sumaba un sentimiento de intriga, al cual no le bastaban las versiones del “después” de la revolución cubana contadas a través de las voces de los cubanos auto-expatriados ni a través de los espejuelos pro-castristas
¿Era Cuba el país dilapidado de las descripciones que me habían ofrecido los cubanos de Hialeah? O ¿fue la revolución lo que salvó a Cuba? ¿Hubiese podido esa nación, de no haber triunfado la guerrilla, conseguir que los niños dejaran de morir por falta de vacunas, las mujeres dejar de prostituirse para darle de comer a sus hijos, los hombres aprender a leer y escribir?
Lo que viví en el seno de este pueblo, cuya cultura tiene tanto en común con la dominicana, me sacó de dudas de una vez por todas.

(Sábado)
Nuestra aventura empezó a las cinco de la mañana, en compañía de una chica delgada, cuyo nombre es Jennifer, pero a quién llamamos Jen de cariño o por haraganería. Jen quería documentar La Habana para su próximo libro de fotografías. Aunque con diferentes agendas, a ambas nos animaba la idea de explorar la ciudad, saborear el rico sazón criollo y, quizás, comprar alguna artesanía. ¡Estábamos cargadas de optimismo!

Cuando llegamos al aeropuerto internacional de Tampa, la fila era enorme. En ella, se podían separar los cubanos de los extranjeros con solo mirar el volumen de las maletas. Unos cargados de carteras, fundas y bolsas, los demás con una carry on casi desinflada. Mi pinta latina y mi ligero equipaje contradecían los estereotipos.

Ya del otro lado del charco, Jen y yo pasamos por la aduana, luego inmigración e
inmediatamente nos dirigimos a la caseta de cambio de moneda. Nos percatamos de una cajera, protegida tras un grueso vidrio anti-bala. En otra fila esperamos unos quince minutos, aunque no avanzábamos una pulgada.
-¿Se rompió el ordenador?, pregunté.
– No. La cajera no abre hasta las nueve, me respondió un uniformado.
(Eran las 8:30 am)
-¡Pero hace rato que hay alguien adentro!
-Sí, está contando el dinero.
Decidimos marcharnos y cambiar el dinero en la ciudad.
Salimos de la terminal.
-¿Taxi, señorita?, ¿wanna e tasi?
-¿Por cuánto me lleva a La Habana?
-¿Dónde en La Habana?
-La Vieja Habana
-Por 30 c.u.c.
-¡Ay, qué caro!, respingo.
Camino unos pasos. Me hallo a otro taxista y luego a otro.
Preguntábamos la tarifa y la respuesta sigue variando. Nos echaban un vistazo y después nos daban una cotización: “25 c.u.c”, dijo una, “30” dólares, otro y “35” euros- otro más.
Rapidito nos quedó claro que el instrumento para medir los precios en Cuba no era el taxímetro, sino una métrica misteriosa decidida al ojo por ciento. Y de acuerdo a ésta, según la pinta que tengas, se asume cuanto debes pagar por algo.
También aprendimos que circulaba el peso cubano, el c.u.c. (otra moneda nacional), el dólar y el euro. Los taxistas aceptan cualquier moneda, las bodegas, nada más aprueban el c.u.c. o el peso cubano y el puesto de frutas, que funciona exclusivamente con peso cubano. Y como si todo esto fuera poco, independientemente de la moneda con la que una pagaba, el vuelto que nos daban era sin falta en moneda local. ¡A calcular, papá!

Tras mucho regatear, conseguimos que por $20 c.u.c. nos transportaran a la ciudad, situada a casi media hora. Al interrogar al chofer sobre la lógica de utilizar dos monedas nacionales, dijo: “cuando le encuentre la lógica, me avisa”.
Nos reímos. Sabemos que hay una explicación. Sin embargo, no se atreve a darla. Yo no me arriesgo a adivinarla.

En el trayecto, inquiere sobre nuestro origen y planes.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’…Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el “Sanki Panki” me reí muchísimo. Óyeme, como gocé con esa película, chica.
-¿Sí?…me va a costar verla, respondo.
-¿Piensan ir a la playa?, continúa, ¿quieren comprar habanos?, ¿qué día regresarán de vuelta al aeropuerto?
A cada plan nuestro, el taxista le aplicaba un ángulo de negocio en el cual quedaba automáticamente incluído en lo que fuera que quisiéramos hacer. Si le decía que quería ir a la playa, me contestaba “la puedo llevar, llámeme, que de paso invito a mi señora y nos vamos todos juntos. Si le decía que no fumo habanos, me preguntaba ¿qué fumas?
Lo pienso. Reconsidero mi respuesta inicial y respondo con un
-Nada.
Una vez desembarcadas en un café muy coqueto sobre el malecón, el chofer insiste en darme su teléfono.
-No dejes de llamarme para llevarte al aeropuerto.
Le tomamos el número.
-¡Okay!
-Bye
-¡Adios!

Paralelo al malecón corre un boulevard amplio, bien pavimentado, interrumpido por amplias rotondas en cuyo centro se levantan regios monumentos a la memoria de diversos héroes de la revolución. En cada una, hondeaba una radiante bandera blanca, azul y roja que empujaba un viento cálido y salado. En lo alto, unas nubes amenazan con tornarse gris.

A medida que avanzamos, tomando fotografías por el malecón, van saliendo a nuestro encuentro nuevos amigos.
El primero es un barrendero moreno vestido en un jumpsuit amarrillo, quien nos pregunta de dónde somos.
-Dominicana y mexicana, dice Jen, apuntando, primero a mí y luego a ella.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’, chica. Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el Sanki Panki me moría de la risa. Dio’ mio’, como gocé mirando esa película.
-Voy a tener que verla, le digo un tanto sorprendida, pues es la segunda vez, en el espacio de dos horas, que sale a relucir el título de la película.
-Oye, ya terminé aquí con mi trabajo. Las puedo llevar por La Vieja Habana, enseñarles el Callejón de Hamel, la rumba cubana, llevarla a ver lo que ustedes quieran. ¡Balla! (léase vaya), sin compromiso.
Saca la billetera. En una fracción de segundos, mi cerebro repasa el catálogo de las posibles prendas que mi nuevo amigo quisiera mostrarme desde la intimidad de su cartera.
Me muestra una foto de su hija.
-Mira, me regalas cualquier cosa. Déjame quitarme el uniforme y me voy con ustedes a darle un tour. Así me gano algo extra para llevarle a la niña. Lo que sea que me den, sin compromiso.
-Jen y yo nos miramos. Nosotras amamos brujulear, ir y venir a la libre, sin una tercera rueda condicionándonos el día.
-Mira, ¿por qué no quedamos mejor en hacer algo mañana?, le dice Jen, desplegando sus dones de diplomática.
No insiste.
Seguimos andando.
A medio kilómetro de allí, se nos acerca un muchacho vestido a la moda Gente de Zona.
Nos pregunta de donde somos.
-Dominicana. ¡Ah!, pero tú sabe’ que los cubanos y los dominicanos somos la misma cosa. Baya, que por poco se me salen los pipí de la risa mirando la película del bla, bla, bla, bla.

Bajo de la calzada a la calle. Quiero cruzar la avenida, dejarlo atrás. Me presiento que algo quiere este también. Hace un calor pegajoso, no se mueve una hoja y el cielo, antes celeste, ahora es una sábana sólida de nubes. Por dentro, me estoy poniendo tan densa como la atmósfera.
El chico cruza la avenida junto conmigo. Jen, ocupada en retratar, se ha quedado atrás.
-¿A dónde van?
-Al callejón de Hamel.
-No se apuren, yo las llevo, sin compromiso.
-No hace falta, chico.
-Pero chica, es sin compromiso.
-¿Qué haces?, me pregunta.
Dudo un instante. Si sigo poniéndole conversación no me lo quito de arriba, pienso.
-Chice, pero no sea’ así. Que solo te estoy poniendo conversación.
-Trabajo en la educación, digo, capitulando.
-Yo odiaba la escuela, contesta.
-¿Por qué?
-Las maestras mapeaban el piso conmigo. Me decían: “¡Maldito negro, sino la haces a la entrada, la haces a la salida! Prieto e’ mierda, pareces simio”. Me trataban muy mal. Baya, No tienes idea, chica, lo que es ser negro en este país.
Siento un calor que me sube de los pies hasta la nuca. Quisiera decirle tantas cosas. ¡Tantas! Intento no atragantarme y, tras un suspiro, logro a articular “a mí, ¡ni a ti! nadie tiene el derecho de decirnos que somos feos, hermano. Quítate eso de la cabeza”.
-Ay, Coco, si supieras… responde, bajando la mirada.
De pronto, verlo así me rompe el alma. Parece un buëy acostumbrado al yugo. Intento despedirme, pero todo parece indicar que se nos ha pegado con crazy glue. Eventualmente logro identificar cuál era su objetivo. Lograr que Jen le regale su gorra Nike y le brinde un trago de negrón. Cuando satisface sus deseos, nuestro escolta decide dejarnos seguir nuestro camino en paz. En agradecimiento, por el cocktail y la cachucha, nos hace una pomposa ofrenda de un billete de tres pesos con la imagen impresa del ícono argentino de barba y boina.
Antes de perderlo de vista, grita ¡vuelvan mañana a celebrá la rumba cubana!

A fin de llamar nuestra atención, entre el callejón y la Vieja Habana, los taxis nos tocan la bocina. Nos pintan igualmente los coco-taxis, secundados por un joven, tirando de una bicicleta, quien nos aborda. Su máquina es todo un homenaje a la invención humana. Con dos asientos de autobús anexados detrás, y por techo, una lona, parece la carroza de La Cenicienta antes de la mágica aparición del hada madrina.
-Vengan, que hoy tengo un especial. Por $10 (c.u.c) las llevo al centro y les doy la vuelta por todos los monumentos.
No sé si quería escaparme del calor, del hostigamiento o simplemente estaba agradecida de que el joven no me había dicho: -¡Dominicana!, los cubanos y los dominicanos …

Nos montamos cómodamente en la parte trasera de la bici y mientras recibimos el mencionado tour, gozo un mundo con las historias de nuestro conductor, que se llama Rangel.
Rangel nos relata sobre una experiencia que tuvo con un té de campanilla, que le produjo unas alucinaciones “BARBARÁ. Me pasé la noche encuerado huyendo de unos elefantes que me querían aplastar”.
Todo iba de lo más bien, hasta que se nos poncha una goma.
Nos desmontamos del “carrito” y seguimos a Rangel un par de cuadras hasta una esquina donde arreglaban neumáticos ponchados.
– “Son diez minuticos na’ má”, nos dice y se desaparece detrás de un portón de hojalata.
-Si los diez minutos de los cubanos se parecen a los de los dominicanos, anticipo que serán por lo menos veinte”, le susurro a Jen.
Pasados treinta minutos, los tres continuamos parados en una esquina, esperando a que la reparación de la llanta llegue a su final.
Unos uniformados de gris nos miran con recelo. Son miembros de la policía. Le piden a nuestro tour guide una explicación: ¿por qué están esas turistas paradas hace rato en esta esquina? El muchacho, visiblemente nervioso, les encamina hasta el taller para mostrarles que de verdad le están arreglando algo a la bici.
Los diez minutos resultaron ser cuarenta y cinco. Subimos de nuevo al aparato y, tan pronto ponemos las sentaderas sobre el vinil cubierto de parches, se desata un aguacero de proporciones mayúsculas. Si Rangel hablara inglés, le diría que is rainnig cats and dogs, pero como nos hemos estados comunicándonos en la lengua de Cervantes, le comento:
-Están cayendo burriquito’ aparejao’
-¡Ahora, si te salió lo dominicana!, grita contento. Baya, me acordaste la película esa, del negrito, flaquito, ¿tú sabes?, la de…

– ¿El sanki panki?… ¡No la he visto! La voy a tener que ver.

Permítanme explicarles quién es esta criatura. El sanki panki es un muchacho pobre que le hace compañía a las extranjeras a cambio de dinero, tragos, comida y regalos. En pago a tales generosidades, ellos les dedican su re-concentradísima atención y, además, les introducen tantas pulgadas de salami dominicano como puedan las susodichas aguantar. A propósito, se dice, que el salami de los dominicanos es Gran Induveca.

-¡Exacto!, esa misma.
-Mira, Rangel, no hemos cambiado el dinero que trajimos en c.u.c. ¿Nos llevas a una casa de cambio?
-Claro, claro.
-Y ahí nos puedes dejar. Nosotras seguiremos el resto del día por nuestra cuenta.
-¿Y no que querían ir a comer?
-Si. Hay muchos restaurantes por estos lados. Eso no es problema.
-No, pero déjenme llevarla. Hay un paladar cerquita. Con langosta y camarones o si no les gusta eso…
-No, de verdad. Gracias. Toma. Esto es lo que te debo, más una propinita. Un placer.
-Es que…mira…¡baya!, te buá-se’ sincero. . La comida e’ buena y me van a ayuda’ si ustedes comen ahí, chica. El dueño del paladar me da leche para la niña si le llevo clientes.
-¡Hum! ¿cual niña?… me pregunto mentalmente.

Recapitulemos. Rangel ha sido nuestro edecán por aproximadamente dos horas. Una hora la gastamos esperando la reparación de la bendita rueda. Tómese en cuenta que durante este par de horas, el tipo no paró de hablar. Nos contó del tecesito de campana y de otra vez que se fue al monte a buscar unos hongos que nacen de la caca de la vaca. Nos explicó que la mariguana se siembra con la yuca por que el ciclo de crecimiento de la una ayuda a que la otra…. En fin, ¡le ha dado tiempo a hablar hasta de la madre de los tomates! No obstante, no ha hecho mención de familia, esposa o hijas, ¡ni de casualidad!
En el intervalo de tiempo compartido, lo he observado detenidamente. Este mulato de piernas hermosas se ha sacado las cejas y está depilado en todas las áreas visibles. No tiene pelos en las axilas ni en los muslos ni en las piernas ni en los brazos ni en los antebrazos ni en el pecho. Repito, se de-pi-la. Eso solito lo encasilla en el hoyito de los metrosexuales. Y metrosexual bien hubiera podido ser, si en el parque otro guía en bicicleta no hubiera bromeado, diciendo:
-Tienen el mejor de los tour guides, porque vale por dos. Rangel por el día es guy por la noche gay.
Pero volvamos al asunto, la niña.
-¿En serio, tienes una hija, Rangel?, digo
-Sí.
(Diaaaablo, ¡qué cojones!, pienso)
Jen frunce el ceño. Entra ceja y ceja se le marcan dos líneas. En este preciso set de circunstancias, su rictus indica que la invade una incredulidad super-absoluta.
No tiene que decirme una palabra. Puedo leérselo en la mente: ¿Qué tiene una hija!, ¡mi madre, qué timbales!

Permítanme un segundo para irme por otra tangente. Quisiera hablarles de mi amiga. Cuando intuyo que no resultará ofensivo, la llamo “la grabadora”.
A Jen la maltrataron de niña. El papá se iba a trabajar a los ferrocarriles y la madrastra la golpeaba, como para desquitarse de que su güey la dejaba sola atendiendo a dos mocosas que no eran de ella.
Se sabrá algún día que los niños víctimas de abuso físico desarrollan una increíble habilidad para leer a las personas. Jen mira, pero más que mirar, traspasa igual que los rayos equis de Supermán; filmando, analizando. En otras palabras, ¡es un pinche radar!, una máquina adiestrada en el arte de leer conductas, señales, comportamientos humanos y medirle al prójimo los cambios de humor, sus verdades y sus mentiras En este caso en particular, es un gaydar muy preciso, cuasi infalible y bien cabrón.
Hacía rato, que Jen me había susurrado al oído que creía que Rangel era gay.
¿Por qué?… ¿Sería la precisión geométrica del short ajustado?, ¿la camiseta de nylon adherida a la tez canela como una segunda piel?, ¿ la muñeca partida?… I don’t know!
Recibimos la noticia de la existencia de la chamaquita como un presagio nefasto. Nuestro simpático guía turístico, igual los amiguitos antes que él, estaba en el negocio de exprimirnos hasta el último euro del bolsillo. Y para lograrlo, si tenía que dar a luz una niña… ¡ñooo!, por su madre que lo haría.
-Será manso cual paloma, pero pendejo, ¡que va!
Nos rogó tanto que se salió con la suya.
Fuimos a almorzar al paladar de su socio.

A la salida, nuestra caminata por cuenta propia duró poco porque se desprendió un torrencial que nos impidía avanzar. Dos pasitos y ¡de cabeza a meternos bajo un portal! De escabullida en escabullida, nos topamos con una tienda en construcción. Los obreros parecían haber terminado con las faenas del día y estaban sentados sobre latas de pintura, fumando.
–“Entren, no se mojen”, vociferó uno de ellos, gesticulando para que procediésemos a entrar al espacio polvoso y opaco. Accedimos.
-Saludos, digo
-¡Buenas tardes!, a coro.
-¿Visitando a Cuba?, dice el más delgado.
-Sí, pero como que la lluvia no nos quiere dejar.
-Ja, ja.
-¿De dónde son?
-Mexicana, ella y dominicana, afirmo poniéndome la mano en el esternón.
-Yo tengo un hermano en México. Estoy loco por ir.
-¿Y lo deja el gobierno salir fuera?
-Ahora sí. Hay algunos países, baya, que sí se puede.
-¿Cómo cuáles?
-Como México, Italia.
-¿Y para cuando piensa ir a ver a su hermano?
– ¡No es tan fácil chica! Hay que hacer mucho papeleo.
-¿Una visa?
-No chica, una visa no fuera na’.
-¿Entonces?
-Bueno. Fíjate. Lo primero que hay que hacer es poner un dinero en el banco. Son dos mil dórales, que ¡baya!, uno lo puede buscar, uno busca la manera. En fin, que lo del dinero se puede arreglar. El asunto está que la policía luego quiere saber de dónde carajo salió el dinero. Baya. Pa’ darme a entender, que los salarios aquí son una mielda, chica. Así, trabajando y cobrando un salario no te alcanza pa’ ahorrá un centavo. Entonces, por querer ir a ver a mi hermano, me meten preso, porque van a querer averigual como…Y no es que sea nada malo. No es nada ilegal ni nada, digo. Pero es por la izquierda, si me entiendes lo que te estoy diciendo. Entonces, sí puedo viajar fuera de Cuba, de poder, se podría, se puede. Lo que es imposible es cumplir con to’ lo requisito’, el papeleo y tuesas cosas, tú sabe’. O sea, que se podría, pero no se puede… ¿Me entendiste?
-Oh, sí. Te entendí perfectamente, respondo, mirándole a los ojos para que vea que de verdad lo estoy copiando.
-¡Guao!, qué fuerte, dice Jen.
Nos quedamos un ratito en silencio. De repente, como por acto de magia, paró de llover. Aprovechamos y le pagamos a un coco-taxi para que nos lleve a la calle 19 del Vedado, uno de los barrios más residenciales de la capital, donde estábamos hospedándonos.
No eran pocas las cuadras desde el malecón hasta allá, mas queríamos experimentar la aventura de un coco-taxi.
¿Qué es un coco-taxi?… Pues es la versión en esteroides de la bicicleta de Rangel. Es decir, es un aparato con capacidad de acomodar de una a tres personas en el asiento de atrás. A diferencia de la bici, este engendro está motorizado y en lugar de una lona agujereada, proporciona una cobertura solida sobre la cabeza del pasajero con láminas de hoja de latas soldadas en forma de medio coco. El coquito, si es que usted no se lo llega a imaginar con claridad, no tiene paredes laterales capaces de proteger los tripulantes. Es a esta configuración ahuecada y semi-circular que deben su nombre de pila.

A medida que subíamos desde la orilla del mar hasta El Vedado, el cielo se raja en dos. El agua empezó a caer cual si se tratara del segundo diluvio mundial. Era una puta cortina de agua, cuyas gotas caían con la fuerza de una piedra. Prácticamente, nos obligaban a cerrar los ojos.
A la pela que estábamos recibiendo, se sumaban las olas de agua enlodada que levantaban los coches al cruzar los charcos. Para acabarla de rematar, un autobús pasó volando, con tanta prisa, que produjo un oleaje colosal. Nos empapamos hasta la más recóndita abertura.
-No ‘ombre. Ya sí es verdad que no me queda un rinconcito seco, exclamé.
-De haber sabido que volvería a llover así, me hubiera ido para mi casa temprano, contestó el motociclista.
Tardamos unos quince minutos en arribar a la puerta de la casa donde íbamos a quedarnos.
Le pagamos al muchacho y punchamos el intercom para que la dueña nos abra el portón principal.
Les juro por lo más sagrado, la dueña no estaba ahí. No estaba ahí y nosotras, con un portátil americano, no teníamos señal para hacer una llamada, muchos menos conexión de wifi para poder contactarla. Afortunadamente, una pareja de españoles se acercó, aún secos de la cintura para arriba, gracias al amparo de sus paraguas.
-¿Vosotras también se quedáis aquí?
-Tenemos reservaciones para quedarnos, pero no hemos podido entrar.
-¿Teneis llave?
-No.
-Jodé, nosotros tampoco.
-Esperáis, que voy a llamar a la dueña, dice.
– Aló, oye, tía. ¡Tía!, que tienes unas muchachas esperándote. ¿Cómo que dónde? Pues en tu casa, coño. No. No sé cómo se llaman.
-Jen y Coco, le dijo
-Están empapadas. Parece que tienen rato…Ah, bueno. ¿Ya vienes?, ¿Cuánto, dices?, Ok, pero apúrate que está llov…ok, les digo. En diez minutos. Vale. Vale. Que en diez minutos viene.
Habiendo aprendido la lección sobre la interpretación no literal que se le da a los números en Cuba, especialmente cuando son aplicados a medir la hora, y considerando que la calle19 más parecía un canal que una calle, concluimos que era prudente buscar un lugar en el cual resguardarnos hasta que la señora hiciera acto de presencia.
Al cruzar, la casa de enfrente había convertido el garaje en cafetería. Sobre el cemento agrietado, en unas mesas redondas, bajo unos cuantos paraguas desteñidos, fuimos a parar.
Un cuarto de hora después llegó la anfitriona. Una cubana de seis pies de estatura. Los españoles entraron primero, nosotras detrás.
-Oye, perdóname. ¡Cosa más grande! No sabía que llegaban hoy, dice la cubana.
-Hace un mes que hicimos esta reservación, le respondo.
-Es que le muchacho que me maneja la página no me dijo que uste…
-Le escribí hoy, esta mañana por Air B&B, para recordárselo, dice Jen.
-No. Sí. No sabía… Es que yo no tengo internet en la casa. Las reservaciones, baya, que no soy yo que las acepta. Pero no importa. Déjenme ir a busca unas toallas. Pobrecitas. Mira como están, mojaditas. ¡Cosa más grande!
-Bueno, señora, ¿nos vamos a poder quedar aquí o no?, le pregunto, casi a punto de tener un síncope. Pensando ¡ahora sí!, vamos a tener que salir bajo un aguacero a buscar hotel.
-No. Sí. Sí se pueden quedar. Hay un apartamentico aquí al doblar. Se ve feíto por fuera, pero tiene de todo. Ahí se van a quedar. Espérate a que baje un poco esta lluvia, para llevarlas. Esta cerquita, a un par de bloques na’ má’.

A la media hora, cubiertas con un par de toallas y armadas con sombrillas, la dueña nos muestra la ruta para llegar al edificio de apartamentos donde dormiríamos.
Exhaustas, nos damos una ducha y nos tiramos en la cama.
Las fuerzas no nos alcanzaron ni para cruzar a “La Fiesta” a cenar.
-“Es un restauran’ de gran reputación”, afirmó la señora.
Estábamos trasnochadas, los pies hechos migajas… En fin, no pudimos levantarnos.
-Mañana será otro día, suspiré.
Mientras tanto, Jen se enroscaba en posición fetal, titiritando de frio.
Jen: – No doy más.
Yo: -Me neither. Menos mal que solo nos queda hasta el lunes temprano.
Jen:- Nos vamos el lunes por la noche. Nos quedan dos días más.
Yo:- ¡Coño, Jen! Te dije que teníamos que irnos por la mañanita, el lunes tengo que ir a trabajar.
Jen:- Te pregunté que si el vuelo de las seis estaba bien.
Yo:- Supuse que decías seis de la mañana.
Jen:- ¡Pues supusiste mal.
Yo: ¡Me cago en diez!
Jen: ¡No me hables mal!
Yo: Tengo el lunes una llamada con la oficina central. Y un reporte que enviar. Y mi jefe cuenta con que voy a participar en un programa radial.
Jen: Pos’ dile a la mujer que te diga cómo le has de hacer para encontrar internet y cuadrar.
Yo: Me cago en diez.
Jen: ¡No me hables mal!
++++
(Domingo)

Yo:- ¿Cuál es el plan?
Jen:- Desayunamos, pasamos por el cementerio donde enterraron a Colón y la Plaza de la Revolución, que están cerca. Después nos vamos a ver la rumba en el callejón.
Yo: Voy a necesitar tomarme un café, ¿desayunamos en casa de la anfitriona?, son cinco euros nada más.
Jen: Mejor vamos a comer algo por ahí. No quiero que se ponga a hablar y que tengamos que quedarnos conversando en su casa mucho rato.
Yo:- All right.
Andando, alcanzamos el cementerio y de ahí, nos tiramos unas fotos en la Plaza de la Revolución, una llanura árida hecha de hormigón, donde se cocinan los pies de calor.
La brutalidad del sol nos obliga a huir de allí en coco-taxi.
-Llévenos al Callejón de Hamel.
-Son doce c.u.c.
-Le doy cinco.
-Te lo dejo por nueve.
-Ok
-¿Qué volá? ¿van a ver el espectáculo de la rumba cubana?
-Sí.
-Van con tiempo, empieza a las doce y se termina a las tres.
-Cool.
No bien nos hemos apeado del coco amarrillo, escuchamos que la matrona encargada del espectáculo de rumba falleció la noche anterior. No va haber show.
Lo confirmamos con un vendedor ambulante. ¡No puede ser!
-Se murió la máma, repite.
Yo:- ¿Qué hacemos?
Jen:- Nos vamos a bañar a la playa.
Yo: ¿A la playa?
Jen: ahjá.
Los autobuses se toman en el Parque Central, ofreció por respuesta un vendedor de chicharrones, quien nos hacia la ronda para vendernos de su cuerito frito.
Tomamos otros coco-taxi y pasados diez minutos, aterrizamos en pleno Parque Central.
Allí tomamos un Jeep re-diseñado como taxi comunal, en el cual cabían unas ocho personas. Este ingenioso aparato nos traslada a orillas de una hermosa playa del Este.
Con un hueco en las tripas, nos acercamos al único restaurant de la zona. Un ventorrillo que consistía de seis mesas al aire libre. Antes de darnos un chapuzón, agarramos un par de menús plastificados. Yo me decido por el pescado del día. Jen opta por la mariscada.
-Te van a dar tres mierditas, como a mí ayer, le aconsejo.
-Estamos en el mar. De seguro que aquí le pondrán más mariscos.
El plato en cuestión salió igualito que el del día anterior, o sea, una porquería.

En la mesa da al lado, una chica cubana cubierta en tatuajes está sentada en la mesa con cuatro muchachos a quienes, por su acento, se les adivinaba una procedencia de allende los mares. Uno se le sienta bien pegadito a la tatuada y al hacerlo, se le cae la cerveza de la mano.
-Lo tienes nervioso, dice –relajando- uno de los amigos.
-¿Cómo no ponerse nervioso con una hembra así?, dice el otro.
-La morenita se sonríe y se toma un trago.
-Miro a Jen. Sé que ha estado registrándolos desde que nos sentamos. ¿Cómo explicar lo que veía? Cuatro hombres jóvenes, viajando sin mujeres, obviamente, straights, celebrándole “una conquista” al amigo.
El amigo, a su vez, era el único de los tres que no mantenía una distancia corporal respetuosa con la muchacha. Su lenguaje corporal era invasivo, una mano colocada sobre el espaldar de la silla de ella, su pierna casi tocando la de la chica.
-Creo que a ese le están celebrando una despedida de soltero, dice Jen.
-¿Será puta la cubana?
-Ssssch, habla bajito, por dios.
Una chica extranjera, pasada de tragos, le gritó a la mesa de los muchachos
-Cuando terminari, me la prestare, por favore.
-¡Ah!, pues sí es una puta, concluyo.
-Sssschh, ¡que te calles!

Al rato, nos ponemos los trajes de baño entre el follaje de los almendros, tratando de no pisar las toallas sanitarias ensangrentadas y botellas de Bucanero tiradas bajo las sombras. También ahí, al final de la tarde, nos ponemos la ropa seca, preparándonos para regresar, ya que no había baños, duchas o vestidores. En lugar de eso, la exuberante vegetación tropical nos prestaba sus hojas frondosas para jugar el papel de cuarto privado, inodoro o depósito para pañales desechables.
El chofer que nos trajo quedó de pasarnos a buscar. Sin embargo, jamás lo volvimos a ver. Unas chicas italianas, (no las borrachas del ventorrillo, sino otras) le habían pagado la ida y la vuelta al truhan del chofer. No se podían creer el desplante. Esperamos por horas. No llegaban más taxis. Ya oscuro, hacemos un arreglo de pago con un nuevo conductor que apareció por allí de milagro.
Este taxi nos deposita en la avenida del puerto, donde arribamos poco antes de la puesta en escena del cañonazo de las nueve. Entre la avenida del puerto y El Morro, hay un mar oscuro y bravo. Del otro lado, erguida en los tiempos coloniales, sobresale en el tope de la colina una fortaleza, regia como una imposición.
-Subamos al Morro a presenciar el disparo del cañón.
-¿Cómo cruzaremos hasta allá?
-¡Nadando no se va poder!
-Habrá que buscar un taxi.
Paramos uno.
-¿Cuánto nos cobra para subir al Morro?
-$15
-Te damos $5
-Te lo dejo por $8 si vienen de vuelta conmigo.
-Ok.

Una vez en la antigua fortaleza, descubrimos que necesitamos c.u.c. para comprar las entradas. Los euros se nos han acabado. Es domingo por la noche y las casas de cambio no abren hasta la mañana. Le pregunto a una chica uniformada de blanco, ¿me cambias 20 euros?
– ¡Ja!, amiga, ¿cómo se le ocurre pedirla a una cubana 20 duros? No sabe’ que a mí me pagan eso al mé’.
Para nuestra suerte, encontramos a una pareja de españoles. Ellos nos salvan de la situación. Canjeamos los euros por c.u.c’s. Pagamos. Nos adentramos en la fortaleza.

¿Qué les puedo contar del tan esperado cañonazo?
Llegadas las nueve, hay un gentío enorme. No vemos cuando los guardias vestidos de bufones se aproximan ceremoniosamente al milenario artefacto. Solo alcanzamos a escuchar el jodido disparo, cuyo estruendo nos pega un susto tremendo.
-¡Pucha madre!, gritó un sudamericano, sorprendido por el estruendo.
Al término del evento, buscamos entre una multitud al taxista con quien habíamos acordado retornar.
-¡Hey!, méxicanas!, le oímos clamar.
Nos subimos a su carro y hallamos dos turistas montados en el asiento trasero. ¡Había encontrado clientes y ya se iba a ir sin nosotras!
-Vengan corazones. Móntense, que llevo rato esperando a que salgan.
Nos propone que vayamos a un lugar nocturno llamado “La Fábrica”.
Jen quiere ir a bailar. Yo no doy para más. Lo conversamos. Le pedimos a Orlando que nos lleve al Vedado.

Esta vez sí fuimos a cenar al famoso restaurante “La Fiesta”.
Pedí cordero y Jen, una vaca frita. Ninguno de los dos platillos sabía rico.
De golpe, me entran unas ganas descomunales de largarme para mi casa. Dos días en la tierra del fallecido Fidel Castro y ya estoba contando los minutos para volver a mi mundo de broadband wifi, de precios fijos, de sándwiches con tomate y lechuga adentro, de cordero bien adobado con cúrcuma, de gente que no me pide en la calle las sobras de la pasta de diente o del desodorante, de no tener que recurrir al regateo, de policías que no atosigan al tour guide, de amigos desinteresados, de pagar con una sola moneda, de que no me traten de engañar con el cambio, de cuando me identifico como dominicana, no me hablen de un negrito que le vende el alma a las turistas a cambio de una pizza. ¡Ñoooooo!
++++
(Lunes)

Recién despunta el alba, me dedico a buscar una manera de conectarme con el internet. Necesito hacerle saber a mi jefe que estaré ausente.
Como recordarán, su humilde servidora tenía que presentarse a trabajar a principio de semana. Erróneamente, había asumido que nuestro vuelo de ida estaba planeado para las 6 a.m., en lugar de las 6 p.m. En vista de que nuestra anfitriona no tenía wifi, indago sobre las posibles alternativas.
-Si te vas al parque de la 14 con la 23, allí hay unos vendedores. Les compras una tarjeta. ¿Tienes celular? Bueno. Con el celular te montas en la red que aparece en la tarjeta. Te dan una hora de conectividad por $3 c.u.c. , me explica la gigantesca señora.
-Habla tú, Coco, añade. Tú suenas como si fueras de oriente. A tu amiga que no hable, que de una vez le van a notar que no es de por aquí.
-A mi amiga hay que sacarle las palabras con cucharita, le contesto.
-¡Buena suerte!
-Muchas gracias.

Llegamos a la intersección de la 14 con la 23. En cada uno de los bancos del parque hay una persona hablando por su portátil o enviando mensajes de texto o escribiendo un correo electrónico o con los audífonos puestos. Era todo un café-internet, menos el café.
Concluyo mi transacción con una de las vendedoras, escribo una explicación a mi supervisor, coordino con una colaboradora para que me reemplace en la radio, le hago saber a mi hermana por WhatsApp que mi estadía en el extranjero se extenderá más allá de lo que originalmente asumí y cuando termino, instintivamente, reviso la caja de outgoing messages, para descubrir que algunos de los correos no fueron enviados.
Preocupada, me acerco a la vendedora de las tarjetas y le inquiero: ¿qué está pasando?, ¿por qué no salen los correos?
-Ha de ser el hot spot, debe andar sobrecargado.
-Por mi madre, ¡no me diga una cosa así!
Me alejo del parque echando humo por las orejas.

Seguimos caminando en dirección al Hotel Nacional. De bajada, Jen le compra una copia pirateada de reguetón a un vendedor ambulante, quien nos advierte que
Debemos llegar al aeropuerto con tres horas de anticipación.
Fieles a su consejo, cerca de las 2:30 pm, abordamos un vehículo descapotable, pintado de color rosa, que data del 1950. Sentadas sobre el vinil blanco, finamente adornado con tachuelas doradas, enfilamos con destino al aeropuerto. En el camino, el propietario de la reliquia nos comenta que un gringo le han ofrecido $50,000 dólares por el carro.
-No puedo vendérselo, el gobierno lo tiene prohibido.
-¿Prohibido? ¿Adio’ y por qué?, pregunto.
-Porque es considerado patrimonio de la humanidad.
-¿O sea, que es tuyo, pero no se lo puedes vender a nadie?
-Se lo puedo vender a otro cubano residente en el país, a nadie más.
-Ya.
-Pero si un cubano tuviera $50,000 dórales para comprármelo, la policía lo investigaría. Los salarios son muy bajitos, tú sabe’. Y trabajando honradamente, nadie junta $50,000. No en Cuba.
-En otras palabras, amigo, usted no va a poder venderlo nunca.
-Nunca.
-¡Guao!, ¡qué fuerte!

Antes de darnos cuenta, estábamos frente a la terminal II del Aeropuerto Internacional de La Habana. En el trayecto, apenas unas pocas señales indicaban que conducíamos por el camino correcto. De hecho, la carretera que lleva al aeropuerto y las diferentes terminales del mismo, tienen una cosa en común: carecen de señales para guiar al viajante. Si una no tiene la dicha de ir en la compañía de un taxista aguzado, se pasarías dos horas preguntando o adivinando la ruta para encontrar las terminales.
Entramos a buscar nuestra línea aérea y nos percatamos que nos han traído a la terminal equivocada. Los vuelos correspondientes a nuestra línea área salen por la terminal III.
¿Podremos tomar un trencito o un autobús designado a movilizar pasajeros entre las diversas terminales?… preguntamos a los empleados del aeropuerto.
-No, tienen que tomar un taxi.
Tomamos otro taxi. En el trayecto, me aventuro a preguntar a conductor:
-Señor, ¿cómo es posible que ustedes, los taxistas no sepan las terminales por las cuales llegan y salen los vuelos? Se lo comento, porque he viajado por muchos aeropuertos y siempre, con decir el nombre de la línea aérea, el taxista sabe cuál terminal me toca.
-¡Ay, m’hijta! Aquí no es así la cosa. Uno no sabe nada. No hay información. A los choferes nadie nos dice ni por donde, ni a qué hora, ni nada.
-Entonces, ¿cómo sabe usted a que terminal llevar a sus pasajeros?
-¡Pues, el turista tiene que decirnos!
-¡Ah, caramba!, respondo, entre perpleja y … ¿cómo se diría en Cuba?… ¡¿EM…GADA!?
-Bueno, lo importante es que llegaremos a tiempo, dice Jen, con su espíritu conciliador en overdrive.
Aunque estuvimos a tiempo, el vuelo no tocó tierra con puntualidad.
Unas dos horas y tres latas de cervezas Presidente más tarde, ¡por fin!, nos llegó el momento de abordar.
La línea aérea Southwest no asigna los asientos de antemano, de manera que para de asegurar el orden de abordaje, se emplea un sistema de grupos y números, cuyo orden es masivamente ignorado por el espontáneo ánimo del isleño.
Un norte-americano insiste en mover a todos los cubanos que se le han puesto en frente.
-Excuse me, excuse, I am número A-17, explica con voz impaciente.
-Estamos en Cuba, “brothel”, le dice un hombre alto, sin molestarse tan siquiera a mirarle.
– Me importa un carajo, lo segunda otra voz.
-Honey, shut up, le dice la esposa.
-It’s the principle, it is myyyyyy turn, responde el desteñido hombrecito, evidentemente irritado,
-You better shut up, enfatiza la esposa.

¿Se movieron de lugar los tipos fuera del orden numérico?…
La respuesta te la dejo a tu imaginación.

Si me preguntas: ¿valió la pena este viaje?
Te responderé: -¡claro que sí!
De no haber sido por este fin de semana en La Habana, jamás habría podido decirle al espíritu de Guillén, donde quiera que se encuentre
– tienes razón poeta, los burgueses de otrora fueron vencidos. No obstante, en tu país todavía existe la pobreza, el racismo, la prostitución y una nueva burguesía que goza de muchos privilegios. Mientras tanto, tu pueblo sigue viviendo sin zapatos ni rosas, sin sombrero ni nubes, sin camisa ni sueños. Y hoy, soy yo quien piensa en sus largos días.

Misericordia de Benito Pérez Galdós, un estudio de registros

Lenguaje verbal y orden social en Misericordia

En su representación realista de la vida de Madrid, Benito Pérez Galdós plasma en Misericordia las distintas formas de hablar de las gentes, creando una asociación entre el nivel social de los sujetos y el uso del español. El uso correcto o incorrecto del habla sirve en Misericordia como un identificador que marca las clases sociales entre criados y patrones, el pobre en comparación con el rico e incluso los pobres entre sí. Las descripciones, entre otros recursos literarios, habrían bastado para dar a entender la desigualdad social entre los personajes. No obstante, Galdós va más lejos en su afán por explicar la profundidad de la brecha. Para lograrlo, se vale de la forma cómo se expresa cada uno. Así, Galdós nos expone a las “capas ínfimas” y “los tipos más humildes” (Pérez Galdós, prefacio) de la sociedad española. Y para ello emplea un lenguaje que crea no sólo una caracterización de los personajes, sino también el lugar que ellos ocupan en el orden social. Por un lado, su estudio de la realidad abarca el sabor oral y por otro, plantea una problemática social. Al presentar el contraste entre ambas -la expresión y la condición- de una clase frente a la otra, Galdós pone en evidencia la disparidad social. El autor consigue esto a través de diversas variaciones lingüísticas. Para los fines de este trabajo, trataremos en específico los dialectos. Se definirá dialecto como “una comunidad lingüística cuyos miembros se comunican entre sí de manera consistente y hablan todos de manera semejante”. (Halliday, 239) Otro entendido lo describe como uno de los tipos de variedad idiomática que está incluida en el dominio de otra variedad mayor y que muestra una fuerte tendencia a repetirse. (Montes, 248) Desde el punto de vista de la sociolingüística, los dialectos son estructuras que revelan “el carácter jerárquico de la sociedad en términos de procedencia, sexo, generación, oficio, casta y clase. (López Morales, 238) Esa manera de hablar, pues, “funciona como un índice clasificatorio”. (206) La validez de dicho índice quedó demostrada con las investigaciones de Labov, quien descubrió que “el habla varía entre los miembros de una comunidad de acuerdo a la clase social” a la que pertenecen. (Halliday, 238) Considerando que hay variaciones/dialectos de muchos tipos, aclaramos que excluiremos lo familiar, lo nacional, lo urbano, para prestar atención exclusivamente al uso del lenguaje de acuerdo al nivel social de los personajes.
Desde las primeras páginas notamos múltiples incorrecciones en las que incurren los indigentes que hacen guardia en el lado Norte de la parroquia de San Sebastián. Galdós se sirve del lenguaje “no principalmente por su valor funcional, comunicativo, sino porque representa parte inseparable de una realidad determinada.” (Rogers, 248) Esa realidad es una fotografía tan fiel, que su estilo ha sido catalogado como “realismo científico”. (Wright, 96) En Misericordia encontramos que la gente de clase alta presta más atención al habla personal, entretanto, la gente que habita los estratos sociales más bajos adopta formas defectuosas del idioma, comete errores de pronunciación, se inventa ciertas palabras o a veces no las entiende; especialmente cuando éstas pertenecen a un registro más elevado. (Los registros son modos distintos de decir las cosas, [Halliday, 240]) De ahí que en personas de bajos recursos (Flora, Demetria, Eliseo y Casiana) aparezcan constantemente omisiones de la letra d al final de palabras, supresiones de la c entre vocal y consonante, empleo de la i para reemplazar otras letras, pronunciación errónea de nombres y verbos, además de barbarismos tales como mismamente. Por ejemplo, unos instantes antes de entablar un diálogo con el Don Carlos, Pulido se queja de lo “fulastre” que había sido el año. Durante su lamento, conjuga los verbos parecer y hacer, de la siguiente manera: “me paice a mí” y “quieren que no haiga pobres”. (4) Así mismo, cuando emplea palabras como: festividad, pobreza, palpitante, víctimas, Congreso, congregaciones, mendigos y discursos, las convierte en: “festividá”, “probeza”, “pulpitante”, “vítimas”, “congriogaciones”,” mentigos”. y “discursiones”. (4) Tan pronto Pulido ha concluido su perorata, aparece don Carlos, quien le regala una “perra grande.” Al mismo tiempo le dice: “No te la esperabas hoy: di la verdad. ¡Con este día!” Y luego: “Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es flojo milagro con estas heladas y este pícaro viento del Norte (…)”. (4)
Tanto en el gesto de entregar la moneda como en las descripciones de cada personaje: Pulido “mal envuelto en raída capa de paño pardo” (4) y don Carlos “que viste una luenga capa”, (4) el escritor establece que un individuo está en mejor posición económica que el otro. Mas, es usando como recurso el habla fallida del ciego que la posición social superior de Don Carlos es puesta en relieve. Halliday, en su artículo El lenguaje como semiótica, plantea que pertenecer a la burocracia exige mantener un dialecto “estándar”, es decir, nacional. (241) Este sigue o aspira a seguir la norma. Entiéndase por norma como “el eslabón intermedio que nos permite unir la teoría de la lengua-sistema con la lengua-idioma”, (Montes, 251) y como “un patrón de comportamiento lingüístico impreso en el individuo por la tradición de su medio”. (250) En el caso de Don Carlos, vemos que emplea un castellano estandarizado. Dicho estándar, agrega Morales, goza de mayor prestigio, sea éste real o supuesto. (35) Este prestigio establece el lugar superior que el burgués don Carlos ocupa en el orden social. (Montes, 241)
Pero aunque el dialecto funge como indicador social, no siempre sirve para establecer la jerarquía entre los limosneros. Benigna, mujer pobre, demuestra poseer una superioridad moral y verbal sobre los demás mendigos. Moral, por negarse a participar de sus chismes y por rechazar la práctica que tienen de atacarse entre sí. Verbal, porque aun dentro de un registro coloquial, hace un uso más estandarizado de la lengua. Es decir, que no habla el mismo dialecto que el resto. De hecho, se le describe por sus modales más finos “y su buena educación” (8). Estas virtudes también estarán presente en el dialecto que emplea. Según lo explica el narrador: “Como en toda región del mundo hay clases, sin que exceptúen de esta división capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo mismo”. Ciertamente, las ancianas dominaban sobre las nuevas. (7) Sin embargo, con la excepción de Benigna, el dialecto hablado por todos allí presentaba características similares a las de Pulido. Nótese el contraste entre la protagonista y los demás indigentes. Y cómo Benigna, una de las nuevas, es la que mejor se expresa.
-Benigna: “Tengo que hablar contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo, porque los demás conocimientos de la parroquia para nada sirven”. (12) “Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja con la lengua más pronto que yo con mis dedos”. (13)
-Flora: “Pero qué, ¿no creéis lo que vos dije? La caporala es rica, mismamente rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí a las que semos de verdadera solemnidá.” (8) “Ha sido melitar, tiene siete cruces sencillas y cinco riales…”. (8)
-Demetria: “¡Vaya si golía!…”. (8) “De si tien o no tien dinero en el Banco”. (9)
-Eliseo: “Aquí se viene a lo que se viene, y a guardar la circuspición”. (9) “Ea, que estamos en la casa de Dios, señoras. Guarden respeto y decencia unas para otras, como manda la santísima dotrina”. (12)
-Casiana: “(…) y si ella hubiá tenido conduta, no le faltarían cosas buenas en que acabar tranquila…”. (12) “Aquí no se habla mal de nadie”. (12)
El poder de unos sobre los otros seguía las pautas de un sistema de señoría impuesto por las mendigas de la parroquia. Por tanto, no es producto del lenguaje. Ya hemos visto como Benigna no adopta el mismo dialecto -inferior o sin prestigio- de los otros mendigos, pero en términos de su posición social, está colocada en un eslabón menor con respecto a las que gozan de mayor antigüedad.
También con relación a Doña Francisca Benigna es una subordinada, no sólo por su condición de criada, sino además por la forma estandarizada que adopta la doña y el tono de mando que asume para dirigirse a ella. Las dinámicas de poder entre una y otra quedan expuestas en las siguientes líneas: “¡Vaya unas horas!”, le reclama cuando llega tarde a la casa (17), y luego: “¡Ea! date prisa, que siento debilidad” (19). Así mismo, en lugar de pedirle “prepárame la medicina” (29), secamente se lo ordena. Una de las ocasiones donde se palpa cuan aguda es la desigualdad entre ambas, es en la escena donde Paca, molesta con Benigna por ser la receptora de los halagos de Ponce, le dice: “Siempre serás lo que fuistes (…) hay que ponerte siempre a distancia, no dejarte salir de tu baja condición, para que no te desmandes, para que no te subas a las barbas de los superiores.” (75) Con este tono despótico e imperativo, Paca establece y reclama su control y su superioridad sobre la sirvienta.
En la vorágine de la sociedad pre capitalista madrileña, algunos subieron y muchos quedaron abajo, atrapados en la indigencia. (Wietelmann, 237) Francisco Ponce –Francisquito- fue unos de esos que descendió a lo último de la pobreza. A pesar de ello, el galán asume un dialecto que es común entre los adinerados. En la obra de teatro Pigmaleón de George Bernard Shaw (adaptada al cine más tarde), el profesor de fonética Higgins apuesta convertir una pobre florista en duquesa. Se propone lograrlo enseñándole a la chica una nueva manera de expresarse, adecuada al dialecto propio de las clases pudientes. Esta obra de carácter social se ocupa de examinar cómo la distinción de clases es marcada por el habla, mientras que cuestiona la sociedad por juzgar a la gente como entes inferiores o superiores en función de su pronunciación y etiqueta. Galdós, a través del personaje de Francisco, propone burlarse de la supuesta ascendencia noble del personaje a través del dialecto que utiliza. A fin de que aclarar al lector esta intención, el narrador explica: “Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos y distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro terruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses y condes de sangre azul”. (46) El hablante, Ponce, es un “pelagatos”, (46) pero su registro quiere dar a entender lo contrario. A pesar de su precaria situación económica, se niega a ser reconocido como un muerto de hambre. De hecho, su compueblana Paca, le adjudica el título de “caballero”, (“un caballero de principios, y que sabe tratar con las damas”. [28]) Obsérvese el estilo florido y salpicado de palabras prestadas del francés que adopta esta “alma de Dios” al contar sus reminiscencias, cuando está hablando con la joven Obdulia; quien naciera en la opulencia, pero cayera en desgracia:
“No digo más que lo siento. Esa mujer ideal no se me ha olvidado, desde que la vi en París, paseando en el Bois con el Emperador. La he visto mil veces después, cuando flaneo solito por esas calles soñando despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas en mis habitaciones. Paréceme que la estoy viendo ahora, la que veo siempre…Es una idea, es un… no sé qué. Yo soy un hombre que adora los ideales, que no vive solo de la vil materia. Yo desprecio la vil materia, yo sé desprenderme del frágil barro…”
La interlocutora le comprende y le aúpa: “Entiendo, entiendo…Siga usted,” le dice. Deducimos, por su respuesta, que para Obdulia el registro de Ponce no es extraño. Y Ponce, a su vez, nos inspira lástima y risa por la ridiculez de su pomposa manera de hablar que no es más que un intento patético por aparentar ser un burgués muy fino. El uso de “bois” -que significa bosque- y “flaneo” -que proviene de ser un flâneur, es decir una persona que se pasea sin prisa observando y gozando del paisaje- en boca del lánguido galán enfatizan la incongruencia y exageran la desconexión que existe entre la variante lingüística y la posición social de Francisquito.
Mientras Obdulia se deja transportar a un mundo irreal con las historias de Francisco Ponce y parecer comprender todo lo que dice, a Benigna le ocurre lo opuesto. Ella ve con claridad que es un pobretón y no entiende -a veces- lo que dice. Una expresión de Ponce, en particular, le resulta extraña e indescifrable: “Siempre echándola a usted de menos, Benina…y muy desconsolado cuando brilla usted por su ausencia,” le dice él, y ella le responde: ¡Que brillo por mi ausencia!… ¿Pero qué disparates está usted diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de pueblo, esos términos tan fisnos…”. (44)
La pirueta del lenguaje la confunde y ella no logra descodificar la frase “brillar por su ausencia”, en consecuencia, deduce que es un disparate. Benigna es clara, directa y habla sin rodeos. (Rogers, 252) Ella conoce bien quien es Ponce:
“Voy a tener otra vez el gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre por la vergüenza que le da…¡Cuánta miseria en este mundo Señor! Bien dicen que quien más ha visto, más ve. Y cuando cree una es el acabose de la pobreza, resulta que hay otros mas miserables, porque una se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se alimenta…Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, y son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y educación, y no quieren rebajarse…¡ Dios mío, qué desgraciados son!”, nos dice. (45)
No obstante, como mujer de pueblo que dice ser, Benigna no ha adquirido un grado de lenguaje que le permita acceder al código empleado por Ponce. El sociolingüista López Morales plantea que la clase obrera posee “un código restringido”. De ahí que en Benigna aparezcan las características propias de su clase: bajo nivel de competencia en términos de sintaxis y vocabulario. (57- 58) Su restricción la limita, por eso no descodifica la frase dicha por Francisquito. También, nótese cómo Galdós va modificando y ajustando el lenguaje de acuerdo a las circunstancias y/o el interlocutor. Graciela Andrade comenta sobre este fenómeno y dice considerarlo como una de las propiedades más notables del escritor. (31) De tal manera, el dialecto de Benigna se considera menos culto cuando interactúa con Ponce y más educado cuando se la compara con los mendigos.
Del grupo de mendigos uno, Almuneda, se destaca por su amistad con Benigna y por lo particular de su dialecto. Almuneda dice ser eibrio de nacionalidad (36), eibrio es como él pronuncia la palabra hebreo. Su español tergiversado lo hace, tal vez, el personaje más inolvidable y pintoresco de Misericordia. En sus diálogos encontramos una transferencia de la lengua materna, o mezcla de varios idiomas producto del “gran vaivén geográfico y lingüístico entre tres culturas, la Cristiana-judía-islámica/Africana ha distinguido a España de sus vecinos europeos”, (Wright, 101-103) A continuación presentamos un ejemplo: “Dar yo ti…vida…Perdoñar mi…Yorar yo meses mochas, si tú no perdoñando mi…Estar loco…yo quierer ti…Si tú no quierer mí, Almuneda matar di él sigo.” (70)
Estigmatizado por su condición de hombre marginado y marginal, Almuneda está doblemente marcado debido su procedencia, puesto que “las diferencias étnicas desempeñan un papel importante en los cambios lingüísticos, y los mismos estigmatizan” (al inmigrante). (López Morales, 255) Incluso hasta la misma Benigna, al pensar en la tierra de origen del africano, asume que “hablan una lengua de todos los demonios, y que seguramente se diferenciarían de ella por las costumbres, por la religión y hasta por el vestido, pues allá, de fijo andaban con taparrabo…” (71) Más adelante, concluye que es “una tierra maldecida” y “una religión de los demonios coronados” (72) No obstante, esto no supone un rechazo por parte de Benigna, quien llega a solidarizarse con Almuneda al punto de pedirle a Doña Paca que le de albergue junto con él. “Eres buena, buenísima; pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro de los dátiles, porque creeré que te has vuelto loca,” le contesta. (114) Benigna sale en defensa de su amigo: “Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y otra para el pobre desnudo?” Los argumentos no conmueven a Paca. Para reiterar lo inamovible de su decisión, termina diciendo: “No, hija, no: es cuestión de estómago y de nervios…De asco me moriría, bien lo sabes.” (115) La situación de Almuneda se tornará aun peor cuando se descubra que padece de lepra. En este personaje, convergen ceguera, enfermedad, pobreza y procedencia para retratar la más precaria de todas las situaciones encontradas en Misericordia. Es, de todos mendigos, quien ha caído más bajo. La suma de tantos pesares lo aparta y lo hace singular, aunque nada parece distinguirlo con mayor fuerza que su forma dialectal. Diríamos que es imposible imaginarse a Almuneda separado de su jerigonza híbrida y especial.
En conclusión, encontramos que los miembros de la clase alta tienden a expresarse empleando un dialecto conocido como “estándar”, que se caracteriza por “un mayor grado de vigilancia” al habla personal. (Halliday, 239) Dicho estándar es visto como un símbolo de prestigio. Los dialectos de las clases bajas, al alejarse del estándar, son consideradas como dialectos inferiores por las faltas o perturbaciones a la lengua que tienden a presentar. Al contrastar los intercambios lingüísticos entre uno y otro grupo, se revelan los niveles jerárquicos establecidos por la sociedad. Así, el dialecto empleado por cada personaje funciona como un indicador de la estructura social, ubicándolo en el lugar que ocupan dentro de ella. Encontramos que desde las primeras páginas, que Galdós marca la diferencia de clases contrastando el dialecto empleado por los mendigos con el de un personaje burgués llamado don Carlos. Don Carlos adopta como dialecto el castellano “estándar.” Luego, vemos que los mendigos no están igualados en la pobreza. Se aprecia en Benigna un mayor apego a las normas, aunque dentro del marco de un registro coloquial. El dialecto de Benigna difiere de aquel que hablan los demás mendigos de la parroquia. La heroína posee una mejor educación y mejores modales, pero esto no significa que tenga más autoridad. Por su parte, la patrona de Benigna demuestra su superioridad social al adoptar, primero el dialecto estándar y también por emplear un tono despótico e imperativo. Así mismo, apreciamos el efecto de desconexión que resulta cuando se usa un dialecto que no corresponde a la realidad del personaje. Como resultado, Francisquito es retratado como un desubicado social. Finalmente, en la figura de Almuneda, hallamos el más acentuado ejemplo de disparidad. En él convergen las desgracias de ser pobre, ciego, leproso y extranjero. Su procedencia acerva la tragedia, pues ser moro, en la España de Misericordia, es ser menos. Para transmitirnos la marginalidad del personaje, el autor se inventa un dialecto tan distintivo que resulta imposible evocar el personaje separado de él.

Trabajos Citados
Alfieri, Graciela Andrade. “El lenguaje familiar de Pérez Galdós.” Hispanófila XXII (1964): 28- 37. ProQuest. Web. 13 Apr. 2016.
Barr, Lois Baer. “Social Decay and Disintegration in Misericordia.” Anales Galdosianos 17 (1982): 97-104. ProQuest. Web. 12 Apr. 2016.
Chamberlin, Vernon A. “Deleitar Enseñando: Humor and the Didactic in Galdos’s Misericordia.” Simposio: A Quarterly Journal in Modern Literatures 48.3 (1994): 174-83. ProQuest. Web. 12 Apr. 2016.
Geisler, Eberhard., and Fracisco Povedano, eds. Benito Pérez Galdós: Aportaciones ocasión de su 150 aniversario. Iberoamericana, 1996. Frankfurt. Alemania. Impreso.
Halliday, M.A.K. El lenguaje como semiótica social. Fondo de Cultura Económica, 1979. México. Impreso.
“Languages and Dialects”. The North American Review 104. 214 (1964): 30-64. University of Northern Iowa. Jstor. Web. 28 Mar. 2016.
López Morales, Humberto. Sociolingüística. Gredos, 1989. Madrid. España. Impreso.
Montes Giraldo, José Joaquín. “Lengua, dialecto y norma.” Instituto Virtual Cervantes XXXV.2 (1980): 238-257. Web. 10 Apr. 2016.
Pérez Galdós, Benito. Misericordia. Np, 2016. San Bernardino, CA. Impreso.
Ricard, Robert. Aspects de Galdós. Presses Universitaires de France, 1963. Paris. France. Impreso
Rogers, Douglas. “El lenguaje y personajes en Galdós.” Cuadernos Hispanoamericanos 206 (1967): 243-73. ProQuest. Web. 9 Apr. 2016.
 Sánchez García, Francisco Javier. “Sociolingüística y Sociología del lenguaje”. Promotora Española de Lingüística (2013). Web. Mar.28.2016.
Sobejano, Gonzalo. “Sobre la incógnita y realidad de Galdós.” Revista Hispánica Moderna XXX. 2 (1964): 90-107. ProQuest. Web. Mar. 28.
Wietelmann Bauer, Beth. “For Love and Money: Narrative Economies in Misericordia.” MLN 107.2 (1992): 235-49. ProQuest. Web. 12 Apr. 2016.
Wright, Amy. “La Mirada y los marginados en la Misericordia galdosiana.” Anales Galdosianos 44-45 (2009): 93-112. ProQuest. Web. 12 Apr. 2016.

¿Alguien dijo estrés?

Mi amiga Jennifer tiene serias lagunas mentales. Me cuenta que cuando trata de recordar algunas cosas que le enseñaron en la escuela, no consigue recuperar mucha de la instrucción que recibió. Por ejemplo, ha tenido que aprenderse de nuevo los puntos cardinales y refrescar parte de la historia de su país: ¿quién fue Benito Juárez?, o ¿por qué se libró la batalla de Puebla?
De acuerdo la doctora Meyerson, su terapista, el caso de Jennifer es común en los niños que han sufrido estrés. “Estudios del funcionamiento del cerebro han demostrado que sobre la corteza cerebral se forman cicatrices al experimentar este síndrome. Las conexiones neurológicas creadas bajo estrés producen algo parecido a unos “caminos” por donde viajan los neurotransmisores. Estas rutas son tóxicas y cada vez que la persona -niño o adulto- vuelve a sentirse estresado, él o ella vuelve a desandar lo andado. Es decir, vuelve a sufrir los efectos dañinos del estrés”, explicó la doctora.
Indagando más a profundidad en la infancia de mi amiga, Dr. Meyerson pudo establecer, a través de los reportes escolares correspondientes al período de separación de sus padres, que Jennifer sostuvo un declive académico severo en esa época.
Durante el período de separación de mis padres, yo también pasé por una etapa de cero en conducta. Me torné ansiosa, agresiva y mis propios compañeritos me tildaban de busca-pleitos. Fue mi manera de expresar la frustración de perder lo que hasta ese punto había sido mi núcleo familiar.
Las separaciones maritales no son los únicos detonadores de estrés en un(a) menor. Se ha demostrado, así mismo, que haber nacido en condiciones de pobreza, donde hay violencia (doméstica y/o callejera), poca comida, falta de estabilidad, carencia de cuidados médicos, entre muchas otras cosas, provoca un nivel de estrés tan profundo que debilita la capacidad de memoria y aprendizaje del cerebro -que fue lo que le pasó a Jenny-.
Sin embargo, reza un viejo proverbio que no hay problema sin solución. Las soluciones para lidiar con este veneno son tantas, que si usted hace google: ¿cómo lidiar con el estrés?, recibirá unas 206,000 respuestas a su búsqueda. La mayoría de ellas recomiendan la meditación y el ejercicio como remedios indispensables.
No obstante, menos y menos de nosotros disponemos del tiempo, la dedicación y/o la disciplina para invertir en ejercitarnos y detenernos unos minutos al día para simplemente reflexionar.
A pesar de que la tecnología nos ha regalado la máquina de fregar platos, de lavar ropa y el micro-ondas, nosotros parecemos vivir más y más de prisa cada día, disponiendo de menos horas de calidad para el silencio y las actividades deportivas, lo cual va degenerando en un cúmulo de estrés que nos está perjudicando y perjudicando a nuestros hijos.
Ahora que se aproximan las vacaciones navideñas, hagamos un esfuerzo por robarle un espacio a las veinticuatro horas para practicar un poco la desintoxicación del estrés.
Los resultados, dicen los entendidos, aparecerán muy pronto reflejados en las calificaciones de sus hijos y en la calidad de su vida diaria. ¡Felices pascuas!

“Tigueraje” ¿qué es?


¿Qué es el tigueraje? Podemos decir que es un grupo de “tígueres” llevando a cabo una actividad. Sin embargo, una definición tan llana pasaría por alto los múltiples niveles de significado enrollados en este concepto. He dicho tígueres y no “tigres”, porque me refiero a un tipo de persona o personaje y no a un felino. El tíguere es una reinvension/distorción de la palabra tigre.
No obstante, antes de explicar el tigueraje, hay que enternder al tíguere.
Existen diversos contextos a los cuales se aplica esta dinámica expresión.
Por ejemplo: si una joven le presenta a su madre un pretendiente y el susodicho no es de su agrado, es de esperarse que lo rechaze con una frase categórica y dilapidante que resumirá con gran economía porqué él no es ideal:¡ese tipo es un tíguere! Es decir, que posiblemente no tiene intenciones serias, es deshonesto, mujeriego, carece de buenos modales, es irrespetuoso, goza de mala reputación, le falta seriedad en sus asustos, o proviene de estratos socioeconómicos considerados “más bajos”; aunque esto último no siempre se aplica se, pues se puede ser tíguere sin ser pobre.
Otra aplicación sería, por ejemplo, si un amigo al encontrarse con otro, lo llama por tal nombre. Dado que relación entre ambos es cálida, el título se traduciría como una expresión de cariño.
–¡Eh, Juan Carlos, ¿cómo estás?
-¡Hey, tíguere, cuanto tiempo sin verte!

De la misma manera, si alguien se refiere a otro con admiración, queriendo resaltar alguna de sus cualidades dirá: “fulano es un tíguere en esa vaina,” o sea que el señor en cuestión entiende a profundidad un tema específico o materia determinada.

Además, existen algunos tígueres mutantes que resultarían inexplicables para cualquier hispanoparlante que no conozca la jerga dominicana. Por citar algunos: ese tíguere es un león, ese tíguere es un perro o ese tíguere es un caballo.
Cuando el tiguere es un león, se habla del arrojo, valentía o sabiduría de un individuo. Cuando se dice que es un perro, la connotación es negativa, pues en el argot de la isla nada hay más asqueroso, falto de moral y de costumbres que un perro.
El tíguere-caballo, es un hombre fuerte, trabajador, posiblemente atlético o si no lo es, por lo menos tiene mucha estámina, lo que puede o no transferirse al ámbito sexual. El caballo es código para semental, energía, poder, el yang o la energía masculina. Un tíguere que es un caballo es varonil, pura testosterona. Cuando la barranquillera hermosa nos canta: “estoy loca por mi tíguere, loca, loca, loca…”, nos está diciendo que su hombre la complace. Las letras del conocido merengue, en su desnudo lirismo, nos dejan muy claro que el tíguere no anda “comprado flores, sino condones.”
Y es que el tíguere es un ser carnal, vital y terrenal.
Es un tipo avispado, pues de lo contrario caería en la categoría de pendejo. De acuerdo a la idiosincrasia local, ser pendejo NO es un insulto mayor como en México y otros países del continente, es más bien ser medio cobarde, un poco lento y algo bueno-para-nada. Aún así, la condición es patética y ningún tíguere quisiera ser catalogado como tal.
Ser tíguere, pues, viene de la mano con el savoir faire que sólo se aprende en la calle, piropeando mujeres, fajándose a los puños, jugando baloncesto en las canchas de las esquinas, echando partidas de dominó’ al aire libre, visitando burdeles, remeneando las caderas, comiendo en las fondas de los barrios populares…

A veces el tíguere es una tíguera. En ese caso, ella también es fresca, sabrosa, mala-palabrosa e irreverente. Dependiendo de la situación, el concepto se referiría además a:
– buena en la cama, buena amante,
– chusma (en la boca de alguien que no la aprecia, como insulto),
– nada tonta (que no es una pendeja, en otras palabras)

El tigueraje, luego, es condición y el tíguere es individuo.
Hablemos, pues de la condición, la cual puede ser tanto positiva como negativa.
Digamos, que usted va a resolver algo a un lugar donde espera recibir un servicio rápido y eficiente, pero se encuentra con un desorden. Al referirse a este incidente, dirá que encontró allí un tigueraje.
El escenario contrario, se daría si usted estuvo en una fiesta muy divertida, donde se reencontró con amigos amenos y la pasó de película, entonces diría que se armó un tigueraje buenísimo.
Un tigueraje que se respete debe constar de muchos (o preferiblemente de todos), los elementos que siguen: música a todo volumen, mujeres cuyo buen ánimo despierte o provoque un tipo especial de tensión sexual que pudiera catalogarse de traviesa, -ayuda si hay ron y cervezas frías-, risas, chistes, cuentos colorao’ (subidos de tono), bailes de ritmos tropicales, conversación amena, algarabía, comida, amigos, familiares, vecinos, y ojalá que nada de lluvia. Aunque los aguaceros no amenazan al tigueraje, ya que no pueden cancelarse mutuamente porque ambos son líquidos, feroz en su espontaneidad y completamente naturales.

En resumen, ¿qué es el tigueraje?
Es decir lo que se piensa, es actuar auténticamente, con todo lo que esto conlleva. Es ser uno mismo. Nada es más auténtico, original y ocurrente que un tíguere(a). ¡Así de sencillo!