Cuba: Crónicas de una mulata trotamundos

by hergit11

Cuando escribí el inventario de lugares que quería visitar antes de morir, La Habana, (Cuba) no figuraba en él. Nunca me admití que la más grande de las islas del Caribe me importara lo suficiente como para ir a verla. No obstante, estaba escrito que tenía que hacer este viaje. De seguro, debido a las reminiscencias de mi adolescencia, cuando escuchaba a Pablo Milanés cantar los versos del poeta Nicolás Guillén:
“No me dan pena los burgueses vencidos
Y cuando pienso que van a darme pena,
Aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.”

Entonces pensaba que Guillén fue una víctima del color de su piel. Por eso, cantaba a un tiempo nuevo, en el cual él, at last!, era HOMBRE y no negro.

También se sumaba un sentimiento de intriga, al cual no le bastaban las versiones del “después” de la revolución cubana contadas a través de las voces de los cubanos auto-expatriados ni a través de los espejuelos pro-castristas
¿Era Cuba el país dilapidado de las descripciones que me habían ofrecido los cubanos de Hialeah? O ¿fue la revolución lo que salvó a Cuba? ¿Hubiese podido esa nación, de no haber triunfado la guerrilla, conseguir que los niños dejaran de morir por falta de vacunas, las mujeres dejar de prostituirse para darle de comer a sus hijos, los hombres aprender a leer y escribir?
Lo que viví en el seno de este pueblo, cuya cultura tiene tanto en común con la dominicana, me sacó de dudas de una vez por todas.

(Sábado)
Nuestra aventura empezó a las cinco de la mañana, en compañía de una chica delgada, cuyo nombre es Jennifer, pero a quién llamamos Jen de cariño o por haraganería. Jen quería documentar La Habana para su próximo libro de fotografías. Aunque con diferentes agendas, a ambas nos animaba la idea de explorar la ciudad, saborear el rico sazón criollo y, quizás, comprar alguna artesanía. ¡Estábamos cargadas de optimismo!

Cuando llegamos al aeropuerto internacional de Tampa, la fila era enorme. En ella, se podían separar los cubanos de los extranjeros con solo mirar el volumen de las maletas. Unos cargados de carteras, fundas y bolsas, los demás con una carry on casi desinflada. Mi pinta latina y mi ligero equipaje contradecían los estereotipos.

Ya del otro lado del charco, Jen y yo pasamos por la aduana, luego inmigración e
inmediatamente nos dirigimos a la caseta de cambio de moneda. Nos percatamos de una cajera, protegida tras un grueso vidrio anti-bala. En otra fila esperamos unos quince minutos, aunque no avanzábamos una pulgada.
-¿Se rompió el ordenador?, pregunté.
– No. La cajera no abre hasta las nueve, me respondió un uniformado.
(Eran las 8:30 am)
-¡Pero hace rato que hay alguien adentro!
-Sí, está contando el dinero.
Decidimos marcharnos y cambiar el dinero en la ciudad.
Salimos de la terminal.
-¿Taxi, señorita?, ¿wanna e tasi?
-¿Por cuánto me lleva a La Habana?
-¿Dónde en La Habana?
-La Vieja Habana
-Por 30 c.u.c.
-¡Ay, qué caro!, respingo.
Camino unos pasos. Me hallo a otro taxista y luego a otro.
Preguntábamos la tarifa y la respuesta sigue variando. Nos echaban un vistazo y después nos daban una cotización: “25 c.u.c”, dijo una, “30” dólares, otro y “35” euros- otro más.
Rapidito nos quedó claro que el instrumento para medir los precios en Cuba no era el taxímetro, sino una métrica misteriosa decidida al ojo por ciento. Y de acuerdo a ésta, según la pinta que tengas, se asume cuanto debes pagar por algo.
También aprendimos que circulaba el peso cubano, el c.u.c. (otra moneda nacional), el dólar y el euro. Los taxistas aceptan cualquier moneda, las bodegas, nada más aprueban el c.u.c. o el peso cubano y el puesto de frutas, que funciona exclusivamente con peso cubano. Y como si todo esto fuera poco, independientemente de la moneda con la que una pagaba, el vuelto que nos daban era sin falta en moneda local. ¡A calcular, papá!

Tras mucho regatear, conseguimos que por $20 c.u.c. nos transportaran a la ciudad, situada a casi media hora. Al interrogar al chofer sobre la lógica de utilizar dos monedas nacionales, dijo: “cuando le encuentre la lógica, me avisa”.
Nos reímos. Sabemos que hay una explicación. Sin embargo, no se atreve a darla. Yo no me arriesgo a adivinarla.

En el trayecto, inquiere sobre nuestro origen y planes.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’…Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el “Sanki Panki” me reí muchísimo. Óyeme, como gocé con esa película, chica.
-¿Sí?…me va a costar verla, respondo.
-¿Piensan ir a la playa?, continúa, ¿quieren comprar habanos?, ¿qué día regresarán de vuelta al aeropuerto?
A cada plan nuestro, el taxista le aplicaba un ángulo de negocio en el cual quedaba automáticamente incluído en lo que fuera que quisiéramos hacer. Si le decía que quería ir a la playa, me contestaba “la puedo llevar, llámeme, que de paso invito a mi señora y nos vamos todos juntos. Si le decía que no fumo habanos, me preguntaba ¿qué fumas?
Lo pienso. Reconsidero mi respuesta inicial y respondo con un
-Nada.
Una vez desembarcadas en un café muy coqueto sobre el malecón, el chofer insiste en darme su teléfono.
-No dejes de llamarme para llevarte al aeropuerto.
Le tomamos el número.
-¡Okay!
-Bye
-¡Adios!

Paralelo al malecón corre un boulevard amplio, bien pavimentado, interrumpido por amplias rotondas en cuyo centro se levantan regios monumentos a la memoria de diversos héroes de la revolución. En cada una, hondeaba una radiante bandera blanca, azul y roja que empujaba un viento cálido y salado. En lo alto, unas nubes amenazan con tornarse gris.

A medida que avanzamos, tomando fotografías por el malecón, van saliendo a nuestro encuentro nuevos amigos.
El primero es un barrendero moreno vestido en un jumpsuit amarrillo, quien nos pregunta de dónde somos.
-Dominicana y mexicana, dice Jen, apuntando, primero a mí y luego a ella.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’, chica. Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el Sanki Panki me moría de la risa. Dio’ mio’, como gocé mirando esa película.
-Voy a tener que verla, le digo un tanto sorprendida, pues es la segunda vez, en el espacio de dos horas, que sale a relucir el título de la película.
-Oye, ya terminé aquí con mi trabajo. Las puedo llevar por La Vieja Habana, enseñarles el Callejón de Hamel, la rumba cubana, llevarla a ver lo que ustedes quieran. ¡Balla! (léase vaya), sin compromiso.
Saca la billetera. En una fracción de segundos, mi cerebro repasa el catálogo de las posibles prendas que mi nuevo amigo quisiera mostrarme desde la intimidad de su cartera.
Me muestra una foto de su hija.
-Mira, me regalas cualquier cosa. Déjame quitarme el uniforme y me voy con ustedes a darle un tour. Así me gano algo extra para llevarle a la niña. Lo que sea que me den, sin compromiso.
-Jen y yo nos miramos. Nosotras amamos brujulear, ir y venir a la libre, sin una tercera rueda condicionándonos el día.
-Mira, ¿por qué no quedamos mejor en hacer algo mañana?, le dice Jen, desplegando sus dones de diplomática.
No insiste.
Seguimos andando.
A medio kilómetro de allí, se nos acerca un muchacho vestido a la moda Gente de Zona.
Nos pregunta de donde somos.
-Dominicana. ¡Ah!, pero tú sabe’ que los cubanos y los dominicanos somos la misma cosa. Baya, que por poco se me salen los pipí de la risa mirando la película del bla, bla, bla, bla.

Bajo de la calzada a la calle. Quiero cruzar la avenida, dejarlo atrás. Me presiento que algo quiere este también. Hace un calor pegajoso, no se mueve una hoja y el cielo, antes celeste, ahora es una sábana sólida de nubes. Por dentro, me estoy poniendo tan densa como la atmósfera.
El chico cruza la avenida junto conmigo. Jen, ocupada en retratar, se ha quedado atrás.
-¿A dónde van?
-Al callejón de Hamel.
-No se apuren, yo las llevo, sin compromiso.
-No hace falta, chico.
-Pero chica, es sin compromiso.
-¿Qué haces?, me pregunta.
Dudo un instante. Si sigo poniéndole conversación no me lo quito de arriba, pienso.
-Chice, pero no sea’ así. Que solo te estoy poniendo conversación.
-Trabajo en la educación, digo, capitulando.
-Yo odiaba la escuela, contesta.
-¿Por qué?
-Las maestras mapeaban el piso conmigo. Me decían: “¡Maldito negro, sino la haces a la entrada, la haces a la salida! Prieto e’ mierda, pareces simio”. Me trataban muy mal. Baya, No tienes idea, chica, lo que es ser negro en este país.
Siento un calor que me sube de los pies hasta la nuca. Quisiera decirle tantas cosas. ¡Tantas! Intento no atragantarme y, tras un suspiro, logro a articular “a mí, ¡ni a ti! nadie tiene el derecho de decirnos que somos feos, hermano. Quítate eso de la cabeza”.
-Ay, Coco, si supieras… responde, bajando la mirada.
De pronto, verlo así me rompe el alma. Parece un buëy acostumbrado al yugo. Intento despedirme, pero todo parece indicar que se nos ha pegado con crazy glue. Eventualmente logro identificar cuál era su objetivo. Lograr que Jen le regale su gorra Nike y le brinde un trago de negrón. Cuando satisface sus deseos, nuestro escolta decide dejarnos seguir nuestro camino en paz. En agradecimiento, por el cocktail y la cachucha, nos hace una pomposa ofrenda de un billete de tres pesos con la imagen impresa del ícono argentino de barba y boina.
Antes de perderlo de vista, grita ¡vuelvan mañana a celebrá la rumba cubana!

A fin de llamar nuestra atención, entre el callejón y la Vieja Habana, los taxis nos tocan la bocina. Nos pintan igualmente los coco-taxis, secundados por un joven, tirando de una bicicleta, quien nos aborda. Su máquina es todo un homenaje a la invención humana. Con dos asientos de autobús anexados detrás, y por techo, una lona, parece la carroza de La Cenicienta antes de la mágica aparición del hada madrina.
-Vengan, que hoy tengo un especial. Por $10 (c.u.c) las llevo al centro y les doy la vuelta por todos los monumentos.
No sé si quería escaparme del calor, del hostigamiento o simplemente estaba agradecida de que el joven no me había dicho: -¡Dominicana!, los cubanos y los dominicanos …

Nos montamos cómodamente en la parte trasera de la bici y mientras recibimos el mencionado tour, gozo un mundo con las historias de nuestro conductor, que se llama Rangel.
Rangel nos relata sobre una experiencia que tuvo con un té de campanilla, que le produjo unas alucinaciones “BARBARÁ. Me pasé la noche encuerado huyendo de unos elefantes que me querían aplastar”.
Todo iba de lo más bien, hasta que se nos poncha una goma.
Nos desmontamos del “carrito” y seguimos a Rangel un par de cuadras hasta una esquina donde arreglaban neumáticos ponchados.
– “Son diez minuticos na’ má”, nos dice y se desaparece detrás de un portón de hojalata.
-Si los diez minutos de los cubanos se parecen a los de los dominicanos, anticipo que serán por lo menos veinte”, le susurro a Jen.
Pasados treinta minutos, los tres continuamos parados en una esquina, esperando a que la reparación de la llanta llegue a su final.
Unos uniformados de gris nos miran con recelo. Son miembros de la policía. Le piden a nuestro tour guide una explicación: ¿por qué están esas turistas paradas hace rato en esta esquina? El muchacho, visiblemente nervioso, les encamina hasta el taller para mostrarles que de verdad le están arreglando algo a la bici.
Los diez minutos resultaron ser cuarenta y cinco. Subimos de nuevo al aparato y, tan pronto ponemos las sentaderas sobre el vinil cubierto de parches, se desata un aguacero de proporciones mayúsculas. Si Rangel hablara inglés, le diría que is rainnig cats and dogs, pero como nos hemos estados comunicándonos en la lengua de Cervantes, le comento:
-Están cayendo burriquito’ aparejao’
-¡Ahora, si te salió lo dominicana!, grita contento. Baya, me acordaste la película esa, del negrito, flaquito, ¿tú sabes?, la de…

– ¿El sanki panki?… ¡No la he visto! La voy a tener que ver.

Permítanme explicarles quién es esta criatura. El sanki panki es un muchacho pobre que le hace compañía a las extranjeras a cambio de dinero, tragos, comida y regalos. En pago a tales generosidades, ellos les dedican su re-concentradísima atención y, además, les introducen tantas pulgadas de salami dominicano como puedan las susodichas aguantar. A propósito, se dice, que el salami de los dominicanos es Gran Induveca.

-¡Exacto!, esa misma.
-Mira, Rangel, no hemos cambiado el dinero que trajimos en c.u.c. ¿Nos llevas a una casa de cambio?
-Claro, claro.
-Y ahí nos puedes dejar. Nosotras seguiremos el resto del día por nuestra cuenta.
-¿Y no que querían ir a comer?
-Si. Hay muchos restaurantes por estos lados. Eso no es problema.
-No, pero déjenme llevarla. Hay un paladar cerquita. Con langosta y camarones o si no les gusta eso…
-No, de verdad. Gracias. Toma. Esto es lo que te debo, más una propinita. Un placer.
-Es que…mira…¡baya!, te buá-se’ sincero. . La comida e’ buena y me van a ayuda’ si ustedes comen ahí, chica. El dueño del paladar me da leche para la niña si le llevo clientes.
-¡Hum! ¿cual niña?… me pregunto mentalmente.

Recapitulemos. Rangel ha sido nuestro edecán por aproximadamente dos horas. Una hora la gastamos esperando la reparación de la bendita rueda. Tómese en cuenta que durante este par de horas, el tipo no paró de hablar. Nos contó del tecesito de campana y de otra vez que se fue al monte a buscar unos hongos que nacen de la caca de la vaca. Nos explicó que la mariguana se siembra con la yuca por que el ciclo de crecimiento de la una ayuda a que la otra…. En fin, ¡le ha dado tiempo a hablar hasta de la madre de los tomates! No obstante, no ha hecho mención de familia, esposa o hijas, ¡ni de casualidad!
En el intervalo de tiempo compartido, lo he observado detenidamente. Este mulato de piernas hermosas se ha sacado las cejas y está depilado en todas las áreas visibles. No tiene pelos en las axilas ni en los muslos ni en las piernas ni en los brazos ni en los antebrazos ni en el pecho. Repito, se de-pi-la. Eso solito lo encasilla en el hoyito de los metrosexuales. Y metrosexual bien hubiera podido ser, si en el parque otro guía en bicicleta no hubiera bromeado, diciendo:
-Tienen el mejor de los tour guides, porque vale por dos. Rangel por el día es guy por la noche gay.
Pero volvamos al asunto, la niña.
-¿En serio, tienes una hija, Rangel?, digo
-Sí.
(Diaaaablo, ¡qué cojones!, pienso)
Jen frunce el ceño. Entra ceja y ceja se le marcan dos líneas. En este preciso set de circunstancias, su rictus indica que la invade una incredulidad super-absoluta.
No tiene que decirme una palabra. Puedo leérselo en la mente: ¿Qué tiene una hija!, ¡mi madre, qué timbales!

Permítanme un segundo para irme por otra tangente. Quisiera hablarles de mi amiga. Cuando intuyo que no resultará ofensivo, la llamo “la grabadora”.
A Jen la maltrataron de niña. El papá se iba a trabajar a los ferrocarriles y la madrastra la golpeaba, como para desquitarse de que su güey la dejaba sola atendiendo a dos mocosas que no eran de ella.
Se sabrá algún día que los niños víctimas de abuso físico desarrollan una increíble habilidad para leer a las personas. Jen mira, pero más que mirar, traspasa igual que los rayos equis de Supermán; filmando, analizando. En otras palabras, ¡es un pinche radar!, una máquina adiestrada en el arte de leer conductas, señales, comportamientos humanos y medirle al prójimo los cambios de humor, sus verdades y sus mentiras En este caso en particular, es un gaydar muy preciso, cuasi infalible y bien cabrón.
Hacía rato, que Jen me había susurrado al oído que creía que Rangel era gay.
¿Por qué?… ¿Sería la precisión geométrica del short ajustado?, ¿la camiseta de nylon adherida a la tez canela como una segunda piel?, ¿ la muñeca partida?… I don’t know!
Recibimos la noticia de la existencia de la chamaquita como un presagio nefasto. Nuestro simpático guía turístico, igual los amiguitos antes que él, estaba en el negocio de exprimirnos hasta el último euro del bolsillo. Y para lograrlo, si tenía que dar a luz una niña… ¡ñooo!, por su madre que lo haría.
-Será manso cual paloma, pero pendejo, ¡que va!
Nos rogó tanto que se salió con la suya.
Fuimos a almorzar al paladar de su socio.

A la salida, nuestra caminata por cuenta propia duró poco porque se desprendió un torrencial que nos impidía avanzar. Dos pasitos y ¡de cabeza a meternos bajo un portal! De escabullida en escabullida, nos topamos con una tienda en construcción. Los obreros parecían haber terminado con las faenas del día y estaban sentados sobre latas de pintura, fumando.
–“Entren, no se mojen”, vociferó uno de ellos, gesticulando para que procediésemos a entrar al espacio polvoso y opaco. Accedimos.
-Saludos, digo
-¡Buenas tardes!, a coro.
-¿Visitando a Cuba?, dice el más delgado.
-Sí, pero como que la lluvia no nos quiere dejar.
-Ja, ja.
-¿De dónde son?
-Mexicana, ella y dominicana, afirmo poniéndome la mano en el esternón.
-Yo tengo un hermano en México. Estoy loco por ir.
-¿Y lo deja el gobierno salir fuera?
-Ahora sí. Hay algunos países, baya, que sí se puede.
-¿Cómo cuáles?
-Como México, Italia.
-¿Y para cuando piensa ir a ver a su hermano?
– ¡No es tan fácil chica! Hay que hacer mucho papeleo.
-¿Una visa?
-No chica, una visa no fuera na’.
-¿Entonces?
-Bueno. Fíjate. Lo primero que hay que hacer es poner un dinero en el banco. Son dos mil dórales, que ¡baya!, uno lo puede buscar, uno busca la manera. En fin, que lo del dinero se puede arreglar. El asunto está que la policía luego quiere saber de dónde carajo salió el dinero. Baya. Pa’ darme a entender, que los salarios aquí son una mielda, chica. Así, trabajando y cobrando un salario no te alcanza pa’ ahorrá un centavo. Entonces, por querer ir a ver a mi hermano, me meten preso, porque van a querer averigual como…Y no es que sea nada malo. No es nada ilegal ni nada, digo. Pero es por la izquierda, si me entiendes lo que te estoy diciendo. Entonces, sí puedo viajar fuera de Cuba, de poder, se podría, se puede. Lo que es imposible es cumplir con to’ lo requisito’, el papeleo y tuesas cosas, tú sabe’. O sea, que se podría, pero no se puede… ¿Me entendiste?
-Oh, sí. Te entendí perfectamente, respondo, mirándole a los ojos para que vea que de verdad lo estoy copiando.
-¡Guao!, qué fuerte, dice Jen.
Nos quedamos un ratito en silencio. De repente, como por acto de magia, paró de llover. Aprovechamos y le pagamos a un coco-taxi para que nos lleve a la calle 19 del Vedado, uno de los barrios más residenciales de la capital, donde estábamos hospedándonos.
No eran pocas las cuadras desde el malecón hasta allá, mas queríamos experimentar la aventura de un coco-taxi.
¿Qué es un coco-taxi?… Pues es la versión en esteroides de la bicicleta de Rangel. Es decir, es un aparato con capacidad de acomodar de una a tres personas en el asiento de atrás. A diferencia de la bici, este engendro está motorizado y en lugar de una lona agujereada, proporciona una cobertura solida sobre la cabeza del pasajero con láminas de hoja de latas soldadas en forma de medio coco. El coquito, si es que usted no se lo llega a imaginar con claridad, no tiene paredes laterales capaces de proteger los tripulantes. Es a esta configuración ahuecada y semi-circular que deben su nombre de pila.

A medida que subíamos desde la orilla del mar hasta El Vedado, el cielo se raja en dos. El agua empezó a caer cual si se tratara del segundo diluvio mundial. Era una puta cortina de agua, cuyas gotas caían con la fuerza de una piedra. Prácticamente, nos obligaban a cerrar los ojos.
A la pela que estábamos recibiendo, se sumaban las olas de agua enlodada que levantaban los coches al cruzar los charcos. Para acabarla de rematar, un autobús pasó volando, con tanta prisa, que produjo un oleaje colosal. Nos empapamos hasta la más recóndita abertura.
-No ‘ombre. Ya sí es verdad que no me queda un rinconcito seco, exclamé.
-De haber sabido que volvería a llover así, me hubiera ido para mi casa temprano, contestó el motociclista.
Tardamos unos quince minutos en arribar a la puerta de la casa donde íbamos a quedarnos.
Le pagamos al muchacho y punchamos el intercom para que la dueña nos abra el portón principal.
Les juro por lo más sagrado, la dueña no estaba ahí. No estaba ahí y nosotras, con un portátil americano, no teníamos señal para hacer una llamada, muchos menos conexión de wifi para poder contactarla. Afortunadamente, una pareja de españoles se acercó, aún secos de la cintura para arriba, gracias al amparo de sus paraguas.
-¿Vosotras también se quedáis aquí?
-Tenemos reservaciones para quedarnos, pero no hemos podido entrar.
-¿Teneis llave?
-No.
-Jodé, nosotros tampoco.
-Esperáis, que voy a llamar a la dueña, dice.
– Aló, oye, tía. ¡Tía!, que tienes unas muchachas esperándote. ¿Cómo que dónde? Pues en tu casa, coño. No. No sé cómo se llaman.
-Jen y Coco, le dijo
-Están empapadas. Parece que tienen rato…Ah, bueno. ¿Ya vienes?, ¿Cuánto, dices?, Ok, pero apúrate que está llov…ok, les digo. En diez minutos. Vale. Vale. Que en diez minutos viene.
Habiendo aprendido la lección sobre la interpretación no literal que se le da a los números en Cuba, especialmente cuando son aplicados a medir la hora, y considerando que la calle19 más parecía un canal que una calle, concluimos que era prudente buscar un lugar en el cual resguardarnos hasta que la señora hiciera acto de presencia.
Al cruzar, la casa de enfrente había convertido el garaje en cafetería. Sobre el cemento agrietado, en unas mesas redondas, bajo unos cuantos paraguas desteñidos, fuimos a parar.
Un cuarto de hora después llegó la anfitriona. Una cubana de seis pies de estatura. Los españoles entraron primero, nosotras detrás.
-Oye, perdóname. ¡Cosa más grande! No sabía que llegaban hoy, dice la cubana.
-Hace un mes que hicimos esta reservación, le respondo.
-Es que le muchacho que me maneja la página no me dijo que uste…
-Le escribí hoy, esta mañana por Air B&B, para recordárselo, dice Jen.
-No. Sí. No sabía… Es que yo no tengo internet en la casa. Las reservaciones, baya, que no soy yo que las acepta. Pero no importa. Déjenme ir a busca unas toallas. Pobrecitas. Mira como están, mojaditas. ¡Cosa más grande!
-Bueno, señora, ¿nos vamos a poder quedar aquí o no?, le pregunto, casi a punto de tener un síncope. Pensando ¡ahora sí!, vamos a tener que salir bajo un aguacero a buscar hotel.
-No. Sí. Sí se pueden quedar. Hay un apartamentico aquí al doblar. Se ve feíto por fuera, pero tiene de todo. Ahí se van a quedar. Espérate a que baje un poco esta lluvia, para llevarlas. Esta cerquita, a un par de bloques na’ má’.

A la media hora, cubiertas con un par de toallas y armadas con sombrillas, la dueña nos muestra la ruta para llegar al edificio de apartamentos donde dormiríamos.
Exhaustas, nos damos una ducha y nos tiramos en la cama.
Las fuerzas no nos alcanzaron ni para cruzar a “La Fiesta” a cenar.
-“Es un restauran’ de gran reputación”, afirmó la señora.
Estábamos trasnochadas, los pies hechos migajas… En fin, no pudimos levantarnos.
-Mañana será otro día, suspiré.
Mientras tanto, Jen se enroscaba en posición fetal, titiritando de frio.
Jen: – No doy más.
Yo: -Me neither. Menos mal que solo nos queda hasta el lunes temprano.
Jen:- Nos vamos el lunes por la noche. Nos quedan dos días más.
Yo:- ¡Coño, Jen! Te dije que teníamos que irnos por la mañanita, el lunes tengo que ir a trabajar.
Jen:- Te pregunté que si el vuelo de las seis estaba bien.
Yo:- Supuse que decías seis de la mañana.
Jen:- ¡Pues supusiste mal.
Yo: ¡Me cago en diez!
Jen: ¡No me hables mal!
Yo: Tengo el lunes una llamada con la oficina central. Y un reporte que enviar. Y mi jefe cuenta con que voy a participar en un programa radial.
Jen: Pos’ dile a la mujer que te diga cómo le has de hacer para encontrar internet y cuadrar.
Yo: Me cago en diez.
Jen: ¡No me hables mal!
++++
(Domingo)

Yo:- ¿Cuál es el plan?
Jen:- Desayunamos, pasamos por el cementerio donde enterraron a Colón y la Plaza de la Revolución, que están cerca. Después nos vamos a ver la rumba en el callejón.
Yo: Voy a necesitar tomarme un café, ¿desayunamos en casa de la anfitriona?, son cinco euros nada más.
Jen: Mejor vamos a comer algo por ahí. No quiero que se ponga a hablar y que tengamos que quedarnos conversando en su casa mucho rato.
Yo:- All right.
Andando, alcanzamos el cementerio y de ahí, nos tiramos unas fotos en la Plaza de la Revolución, una llanura árida hecha de hormigón, donde se cocinan los pies de calor.
La brutalidad del sol nos obliga a huir de allí en coco-taxi.
-Llévenos al Callejón de Hamel.
-Son doce c.u.c.
-Le doy cinco.
-Te lo dejo por nueve.
-Ok
-¿Qué volá? ¿van a ver el espectáculo de la rumba cubana?
-Sí.
-Van con tiempo, empieza a las doce y se termina a las tres.
-Cool.
No bien nos hemos apeado del coco amarrillo, escuchamos que la matrona encargada del espectáculo de rumba falleció la noche anterior. No va haber show.
Lo confirmamos con un vendedor ambulante. ¡No puede ser!
-Se murió la máma, repite.
Yo:- ¿Qué hacemos?
Jen:- Nos vamos a bañar a la playa.
Yo: ¿A la playa?
Jen: ahjá.
Los autobuses se toman en el Parque Central, ofreció por respuesta un vendedor de chicharrones, quien nos hacia la ronda para vendernos de su cuerito frito.
Tomamos otros coco-taxi y pasados diez minutos, aterrizamos en pleno Parque Central.
Allí tomamos un Jeep re-diseñado como taxi comunal, en el cual cabían unas ocho personas. Este ingenioso aparato nos traslada a orillas de una hermosa playa del Este.
Con un hueco en las tripas, nos acercamos al único restaurant de la zona. Un ventorrillo que consistía de seis mesas al aire libre. Antes de darnos un chapuzón, agarramos un par de menús plastificados. Yo me decido por el pescado del día. Jen opta por la mariscada.
-Te van a dar tres mierditas, como a mí ayer, le aconsejo.
-Estamos en el mar. De seguro que aquí le pondrán más mariscos.
El plato en cuestión salió igualito que el del día anterior, o sea, una porquería.

En la mesa da al lado, una chica cubana cubierta en tatuajes está sentada en la mesa con cuatro muchachos a quienes, por su acento, se les adivinaba una procedencia de allende los mares. Uno se le sienta bien pegadito a la tatuada y al hacerlo, se le cae la cerveza de la mano.
-Lo tienes nervioso, dice –relajando- uno de los amigos.
-¿Cómo no ponerse nervioso con una hembra así?, dice el otro.
-La morenita se sonríe y se toma un trago.
-Miro a Jen. Sé que ha estado registrándolos desde que nos sentamos. ¿Cómo explicar lo que veía? Cuatro hombres jóvenes, viajando sin mujeres, obviamente, straights, celebrándole “una conquista” al amigo.
El amigo, a su vez, era el único de los tres que no mantenía una distancia corporal respetuosa con la muchacha. Su lenguaje corporal era invasivo, una mano colocada sobre el espaldar de la silla de ella, su pierna casi tocando la de la chica.
-Creo que a ese le están celebrando una despedida de soltero, dice Jen.
-¿Será puta la cubana?
-Ssssch, habla bajito, por dios.
Una chica extranjera, pasada de tragos, le gritó a la mesa de los muchachos
-Cuando terminari, me la prestare, por favore.
-¡Ah!, pues sí es una puta, concluyo.
-Sssschh, ¡que te calles!

Al rato, nos ponemos los trajes de baño entre el follaje de los almendros, tratando de no pisar las toallas sanitarias ensangrentadas y botellas de Bucanero tiradas bajo las sombras. También ahí, al final de la tarde, nos ponemos la ropa seca, preparándonos para regresar, ya que no había baños, duchas o vestidores. En lugar de eso, la exuberante vegetación tropical nos prestaba sus hojas frondosas para jugar el papel de cuarto privado, inodoro o depósito para pañales desechables.
El chofer que nos trajo quedó de pasarnos a buscar. Sin embargo, jamás lo volvimos a ver. Unas chicas italianas, (no las borrachas del ventorrillo, sino otras) le habían pagado la ida y la vuelta al truhan del chofer. No se podían creer el desplante. Esperamos por horas. No llegaban más taxis. Ya oscuro, hacemos un arreglo de pago con un nuevo conductor que apareció por allí de milagro.
Este taxi nos deposita en la avenida del puerto, donde arribamos poco antes de la puesta en escena del cañonazo de las nueve. Entre la avenida del puerto y El Morro, hay un mar oscuro y bravo. Del otro lado, erguida en los tiempos coloniales, sobresale en el tope de la colina una fortaleza, regia como una imposición.
-Subamos al Morro a presenciar el disparo del cañón.
-¿Cómo cruzaremos hasta allá?
-¡Nadando no se va poder!
-Habrá que buscar un taxi.
Paramos uno.
-¿Cuánto nos cobra para subir al Morro?
-$15
-Te damos $5
-Te lo dejo por $8 si vienen de vuelta conmigo.
-Ok.

Una vez en la antigua fortaleza, descubrimos que necesitamos c.u.c. para comprar las entradas. Los euros se nos han acabado. Es domingo por la noche y las casas de cambio no abren hasta la mañana. Le pregunto a una chica uniformada de blanco, ¿me cambias 20 euros?
– ¡Ja!, amiga, ¿cómo se le ocurre pedirla a una cubana 20 duros? No sabe’ que a mí me pagan eso al mé’.
Para nuestra suerte, encontramos a una pareja de españoles. Ellos nos salvan de la situación. Canjeamos los euros por c.u.c’s. Pagamos. Nos adentramos en la fortaleza.

¿Qué les puedo contar del tan esperado cañonazo?
Llegadas las nueve, hay un gentío enorme. No vemos cuando los guardias vestidos de bufones se aproximan ceremoniosamente al milenario artefacto. Solo alcanzamos a escuchar el jodido disparo, cuyo estruendo nos pega un susto tremendo.
-¡Pucha madre!, gritó un sudamericano, sorprendido por el estruendo.
Al término del evento, buscamos entre una multitud al taxista con quien habíamos acordado retornar.
-¡Hey!, méxicanas!, le oímos clamar.
Nos subimos a su carro y hallamos dos turistas montados en el asiento trasero. ¡Había encontrado clientes y ya se iba a ir sin nosotras!
-Vengan corazones. Móntense, que llevo rato esperando a que salgan.
Nos propone que vayamos a un lugar nocturno llamado “La Fábrica”.
Jen quiere ir a bailar. Yo no doy para más. Lo conversamos. Le pedimos a Orlando que nos lleve al Vedado.

Esta vez sí fuimos a cenar al famoso restaurante “La Fiesta”.
Pedí cordero y Jen, una vaca frita. Ninguno de los dos platillos sabía rico.
De golpe, me entran unas ganas descomunales de largarme para mi casa. Dos días en la tierra del fallecido Fidel Castro y ya estoba contando los minutos para volver a mi mundo de broadband wifi, de precios fijos, de sándwiches con tomate y lechuga adentro, de cordero bien adobado con cúrcuma, de gente que no me pide en la calle las sobras de la pasta de diente o del desodorante, de no tener que recurrir al regateo, de policías que no atosigan al tour guide, de amigos desinteresados, de pagar con una sola moneda, de que no me traten de engañar con el cambio, de cuando me identifico como dominicana, no me hablen de un negrito que le vende el alma a las turistas a cambio de una pizza. ¡Ñoooooo!
++++
(Lunes)

Recién despunta el alba, me dedico a buscar una manera de conectarme con el internet. Necesito hacerle saber a mi jefe que estaré ausente.
Como recordarán, su humilde servidora tenía que presentarse a trabajar a principio de semana. Erróneamente, había asumido que nuestro vuelo de ida estaba planeado para las 6 a.m., en lugar de las 6 p.m. En vista de que nuestra anfitriona no tenía wifi, indago sobre las posibles alternativas.
-Si te vas al parque de la 14 con la 23, allí hay unos vendedores. Les compras una tarjeta. ¿Tienes celular? Bueno. Con el celular te montas en la red que aparece en la tarjeta. Te dan una hora de conectividad por $3 c.u.c. , me explica la gigantesca señora.
-Habla tú, Coco, añade. Tú suenas como si fueras de oriente. A tu amiga que no hable, que de una vez le van a notar que no es de por aquí.
-A mi amiga hay que sacarle las palabras con cucharita, le contesto.
-¡Buena suerte!
-Muchas gracias.

Llegamos a la intersección de la 14 con la 23. En cada uno de los bancos del parque hay una persona hablando por su portátil o enviando mensajes de texto o escribiendo un correo electrónico o con los audífonos puestos. Era todo un café-internet, menos el café.
Concluyo mi transacción con una de las vendedoras, escribo una explicación a mi supervisor, coordino con una colaboradora para que me reemplace en la radio, le hago saber a mi hermana por WhatsApp que mi estadía en el extranjero se extenderá más allá de lo que originalmente asumí y cuando termino, instintivamente, reviso la caja de outgoing messages, para descubrir que algunos de los correos no fueron enviados.
Preocupada, me acerco a la vendedora de las tarjetas y le inquiero: ¿qué está pasando?, ¿por qué no salen los correos?
-Ha de ser el hot spot, debe andar sobrecargado.
-Por mi madre, ¡no me diga una cosa así!
Me alejo del parque echando humo por las orejas.

Seguimos caminando en dirección al Hotel Nacional. De bajada, Jen le compra una copia pirateada de reguetón a un vendedor ambulante, quien nos advierte que
Debemos llegar al aeropuerto con tres horas de anticipación.
Fieles a su consejo, cerca de las 2:30 pm, abordamos un vehículo descapotable, pintado de color rosa, que data del 1950. Sentadas sobre el vinil blanco, finamente adornado con tachuelas doradas, enfilamos con destino al aeropuerto. En el camino, el propietario de la reliquia nos comenta que un gringo le han ofrecido $50,000 dólares por el carro.
-No puedo vendérselo, el gobierno lo tiene prohibido.
-¿Prohibido? ¿Adio’ y por qué?, pregunto.
-Porque es considerado patrimonio de la humanidad.
-¿O sea, que es tuyo, pero no se lo puedes vender a nadie?
-Se lo puedo vender a otro cubano residente en el país, a nadie más.
-Ya.
-Pero si un cubano tuviera $50,000 dórales para comprármelo, la policía lo investigaría. Los salarios son muy bajitos, tú sabe’. Y trabajando honradamente, nadie junta $50,000. No en Cuba.
-En otras palabras, amigo, usted no va a poder venderlo nunca.
-Nunca.
-¡Guao!, ¡qué fuerte!

Antes de darnos cuenta, estábamos frente a la terminal II del Aeropuerto Internacional de La Habana. En el trayecto, apenas unas pocas señales indicaban que conducíamos por el camino correcto. De hecho, la carretera que lleva al aeropuerto y las diferentes terminales del mismo, tienen una cosa en común: carecen de señales para guiar al viajante. Si una no tiene la dicha de ir en la compañía de un taxista aguzado, se pasarías dos horas preguntando o adivinando la ruta para encontrar las terminales.
Entramos a buscar nuestra línea aérea y nos percatamos que nos han traído a la terminal equivocada. Los vuelos correspondientes a nuestra línea área salen por la terminal III.
¿Podremos tomar un trencito o un autobús designado a movilizar pasajeros entre las diversas terminales?… preguntamos a los empleados del aeropuerto.
-No, tienen que tomar un taxi.
Tomamos otro taxi. En el trayecto, me aventuro a preguntar a conductor:
-Señor, ¿cómo es posible que ustedes, los taxistas no sepan las terminales por las cuales llegan y salen los vuelos? Se lo comento, porque he viajado por muchos aeropuertos y siempre, con decir el nombre de la línea aérea, el taxista sabe cuál terminal me toca.
-¡Ay, m’hijta! Aquí no es así la cosa. Uno no sabe nada. No hay información. A los choferes nadie nos dice ni por donde, ni a qué hora, ni nada.
-Entonces, ¿cómo sabe usted a que terminal llevar a sus pasajeros?
-¡Pues, el turista tiene que decirnos!
-¡Ah, caramba!, respondo, entre perpleja y … ¿cómo se diría en Cuba?… ¡¿EM…GADA!?
-Bueno, lo importante es que llegaremos a tiempo, dice Jen, con su espíritu conciliador en overdrive.
Aunque estuvimos a tiempo, el vuelo no tocó tierra con puntualidad.
Unas dos horas y tres latas de cervezas Presidente más tarde, ¡por fin!, nos llegó el momento de abordar.
La línea aérea Southwest no asigna los asientos de antemano, de manera que para de asegurar el orden de abordaje, se emplea un sistema de grupos y números, cuyo orden es masivamente ignorado por el espontáneo ánimo del isleño.
Un norte-americano insiste en mover a todos los cubanos que se le han puesto en frente.
-Excuse me, excuse, I am número A-17, explica con voz impaciente.
-Estamos en Cuba, “brothel”, le dice un hombre alto, sin molestarse tan siquiera a mirarle.
– Me importa un carajo, lo segunda otra voz.
-Honey, shut up, le dice la esposa.
-It’s the principle, it is myyyyyy turn, responde el desteñido hombrecito, evidentemente irritado,
-You better shut up, enfatiza la esposa.

¿Se movieron de lugar los tipos fuera del orden numérico?…
La respuesta te la dejo a tu imaginación.

Si me preguntas: ¿valió la pena este viaje?
Te responderé: -¡claro que sí!
De no haber sido por este fin de semana en La Habana, jamás habría podido decirle al espíritu de Guillén, donde quiera que se encuentre
– tienes razón poeta, los burgueses de otrora fueron vencidos. No obstante, en tu país todavía existe la pobreza, el racismo, la prostitución y una nueva burguesía que goza de muchos privilegios. Mientras tanto, tu pueblo sigue viviendo sin zapatos ni rosas, sin sombrero ni nubes, sin camisa ni sueños. Y hoy, soy yo quien piensa en sus largos días.

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