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Month: December, 2013

Resoluciones para el nuevo año

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Según publicó dos semanas atrás la Universidad de Scranton en su periódico de psicología, el cuarenta y cinco por ciento de los habitantes de los Estados Unidos hace alguna o varias resoluciones para el nuevo año. Entre las resoluciones más populares, señalan las estadísticas del estudio, se encuentran: bajar de peso, organizase mejor, gastar menos y ahorrar más dinero, mantenerse en forma y dejar de fumar. Desde luego, los medios de comunicación hacen eco de estas preocupaciones al saturar los canales con mensajes destinados a ayudarnos con el cumplimiento de estas metas. Y de ahí que el bombardeo mercadológico no sea pura coincidencia, como quizás usted ya habrá podido notar a través de la lluvia de anuncios sobre píldoras para rebajar, parches de nicotina, equipos de hacer ejercicio, etcétera, que nos baña durante esta época del año.  Si nos detenemos a pensar por un segundo, la adquisición de toda esta mercadería echa por tierra la resolución de gastar menos y ahorrar más, pero ¿qué sería del mundo capitalista si paráramos de comprar cachivaches? Sería el gran final de los sales y los garage sale, lo cual dejaría a mi tía sin un deporte que practicar los domingos, cuando esté aburrida.

Una cosa que ni usted ni yo no encontraremos en igual abundancia son aquellos mensajes relacionados con las causas que han originado la obesidad, los descontrolados impulsos de consumo, la ansiedad que nos mueve a fumar y la inactividad física que es producto, parcialmente, de una pobre planeación urbanística que no facilita en esta ciudad ir a pie hasta los lugares de trabajo ni transportarse en bicicleta de un punto a otro con relativa seguridad y ¡ni hablar de moverse con eficiencia en tren o autobús! Pero, ¿qué sería de la economía actual si la gente contara con la opción de transportarse sin la necesidad de adquirir uno o varios vehículos privados? Desaparecerían las razones que justifican la dependencia nacional del petróleo extranjero, la contaminación ambiental producida por nuestro querido amigo: el monóxido de carbono, los oficiales que castigan  nuestras  violaciones de tránsito, entre otras bendiciones.  O sea, una hecatombe de proporciones mayúsculas, porque  se supone que nuestro planeta NO necesita menor contaminación y que este país NO requiere de un cese a las expediciones bélicas que “en pos de la democracia” se le hacho a los países petroleros del medio oriente, y finalmente, ¡quién!, me pregunto, ¿quién no ama recibir una multa por conducir a cuarenta millas por hora en una zona residencial cuyo límite es de treinta y cinco? Sobre todo cuando el oficial en cuestión podría estar cazando timadores y proxenetas, es decir carteristas y chulos, cinco cuadras más abajo en lugar de estar halándole las orejas a gente decente que va a recoger sus niños a la escuela.

En fin, que a la hora de escribir mi lista de resoluciones para el 2014, me propongo reflexionar sobre el origen de mi sobrepeso antes de seguir ciegamente los argumentos del último comercial de televisión, ya que el año pasado me compré una bicicleta estática y llevo más de seis meses que no la he vuelto a montar.

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El boom de las gatas

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de Hergit Penzo Llenas

Erase una vez un reino lejano, bello como un oasis. Allí, llegados desde las cuatro esquinas del mundo antiguo, los súbditos compraban sus palacios aun antes de que la construcción empezara. Aquellos que atendían los caprichos de los asiduos visitantes rebozaban en ganancias prontamente derrochadas, sus bolsillos de tan llenos, parecían explotarse. Luego llegó el tiempo de las vacas flacas.
De las esperadas cuarenta horas reglamentarias, el bisturí corporativo empezó a cortar tajadas, como el dios dinero manda. Ante su perplejidad, a una persona le montaron sobre la espalda, a parte de la propia, tres, cuatro o cinco cargas. Pero ella no se quejaba, y se las apañaba para no perder la única entrada de efectivo que le quedaba. Así que, mientras más le exigían, más daba.
Con los años anunciaron los voceros, desde la gran atalaya, que en el reino la suerte mejoraba. ¡Qué alegría, amigos míos! ¡Mirad el mar de beduinos caminando frente a las fuentes que bailan! ¿Volverán mis compañeros a ocupar sus viejos puestos, ahora que desbordan los portones de la entrada?, le preguntó osadamente a su patrón un señor de cara redonda, bronceada.
-¡No hombre! de eso nada, si tú no puedes con tus asignaciones, mejor te largas. Hay veinte mil hambrientos que mañana te reemplazan. ¿O es que no ves que ahora mismo a cientos dimos de baja?
-¡Los visitantes se enferman, las órdenes se retrasan! ¿por qué a nadie se le ocurre llamar a Pedro para que vuelva a su plaza? se quejaba aquel señor… sin que nadie le escuchara.
Entonces, cuenta la leyenda, fue el gran boom de las gatas. En el reino tan bonito, antes lujo, brillo y plata, no se cambiaban las sábanas. En las cocinas de tanto cortar esquinas, creció el moho verdecito y parieron en sus nidos sendas crías las moradas cucarachas.
-¡Pensar que a esta tierra yo amaba! decían los súbditos tristes, perdidas las esperanzas. Las gatas, bestias glotonas, se comieron los planes de retiro, los bonos, los salarios, las vacaciones, los días de enfermedad, el horario de las tropas, las manzanas. Después, de puro canibalismo, acabaron masticando el buen servicio, la higiene, la sensatez, la sonrisa de las almas.
Siglos más tarde, cuando los arqueólogos desenterraron los restos de esta cuidad dorada, encontraron cuatro esqueletos felinos del tamaño de una montaña… y cien mil calaveritas humanas cubiertas de andrajos. Y de esta manera insana los obesos roedores destruyeron aquel reino, antes lujo, brillo y plata.

Porque el que nada siembra…

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¡Yo seré la primera persona en mi familia que irá a la universidad! afirmó una estudiante de último año de la escuela secundaria Rancho el pasado 5 de diciembre, cuando tuvo lugar una feria educativa sobre el tema de la educación superior. Allí estuvieron congregados representantes de diferentes universidades, agencias no lucrativas, las fuerzas armadas, escuelas vocaciones y colegios comunitarios, quienes informaron al estudiantado sobre los recursos y programas que estaban ofreciendo. En vista de que mi papel era hablar sobre becas, le pregunté a la citada estudiante si sabía cómo obtenerlas. –Sí.
-¿Has pedido a dos o tres maestros que te escriban cartas de recomendación?
-¡Claro!
-¿Tienes listo el ensayo que vas a utilizar para solicitar las becas?
-¡Por supuesto, ya le he pedido a una maestra que me lo ayude a corregir, porque sé que no debe tener faltas, me contestó con una sonrisa de oreja a oreja
-¿Y la transcripción de tus calificaciones?
-Aquí están, mire, y abrió una carpeta con las copias de los documentos sujetos con una grapa.
-¡Qué bien! veo que estás lista, le dije, muy contenta al ver que ella estaba muy enterada del asunto.
Unos minutos más tarde me tocó hacerle las mismas preguntas a un chico. Sus respuestas fueron: “¿ah?, ¿eh?, no y ‘I didn’t know I need it.”
–Tienes que hablar con tu consejero escolar para orientarte mejor, le digo.
–No sé quién es el consejero, contestó.
-¿Qué te gustaría hacer cuando termines la secundaria?
–No sé.
-¿Y tus padres, qué dicen?
–Nada.
-¿Cómo que nada?
-Ellos no se meten con eso, me respondió enfadado y se marchó.
¿Por qué a algunos jóvenes les entusiasma la idea de alcanzar una educación superior y a otros los pone de mal humor hablar de eso? ¿Por qué, dos adolecentes expuestos a la misma información, reaccionan de manera tan opuesta ante ella? De acuerdo a la Doctora Mathis, una veterana con treinta y cinco años de experiencia en el mundo de la educación, lo que hace la diferencia entre un estudiante motivado a continuar sus estudios y otro que lo no está, es el tipo de expectativa que de él tiene su familia. Si la expectativa reza: aunque aquí nadie obtuvo un título universitario, tú sí vas a tener uno, el estudiante tendrá claro que eso es lo que se espera de él y sabrá, entonces, hacia donde tiene que dirigirse. Por el contrario, si no hay una meta, si no existen expectativas depositadas en su futuro, los jóvenes no sabrán qué es lo que tienen que hacer con el resto de su vida académica. Por eso, señores, es importantísimo plantar la semilla de aspiraciones altas y bien definidas en la mente de los hijos, porque el que nada siembra… bueno, ustedes saben.

http://eltiempolv.com/opini%C3%B3n/aqu%C3%AD-entre-nos

http://www.eltiempolasvegas.com/articles/2013/12/12/opinion/doc52aa4794c4988315007455.txt

Tiempo de re-regalar

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Se acerca la navidad. Época de regalar. Con loco frenesí, nuestros familiares salen a buscarnos presentes y viceversa. Luego, habrá que meter los regalos en una caja, envolverlos, ponerlos debajo del arbolito y esperar ese día glorioso en el cual, con cara de asombro y una gran sonrisa, alguien abrirá el paquete con sincero o fingido regocijo, y diga: ¡pero mira qué bonito!
Una vez consumadas las fiestas navideñas, es tiempo de reciclar. Paso inventario a todos los regalos recibidos y llego a la inquietante conclusión de que solo me gustan dos, de los siete. Entonces, una resolución de año nuevo cobra vida: voy a deshacerme de aquello que de muy buena intención me han obsequiado y no me gusta. En Norteamérica se conoce esta práctica con el nombre de regift, o sea re-regalar. Por supuesto, este acto de “reaprovechamiento de los bienes” lo hago siempre de buen corazón, porque deseo que al destinatario le guste (más de lo que me gusto a mí) ese obscuro objeto que le estoy re-regalando.
Aunque antes lo ponía en duda, ahora sé que es cierto: “one man’s garbage is another man’s treasure,” pues siempre encuentro un destinatario sinceramente feliz de aceptar el producto reciclado en cuestión. ¿Dónde encuentro el feliz destinatario? -¡En la subasta del elefante blanco que organiza el club Toastmaster!
En el mes de enero los miembros del club donan aquellos presentes que están interesados en “reciclar” y estos, a su vez, son subastados. Con los fondos recaudados le hacemos un cheque a una organización sin fines de lucro o apoyamos al mismo club, que es también una entidad no lucrativa. De esta manera, matamos dos pájaros de un tiro: le donamos dinero a una misión importante para nosotros y, ¡maravilla! nos desembarazamos del sentido de la culpabilidad que sentimos al desprendernos de algo que un ser querido nos ha obsequiado. Aquí entre nos, me parece una solución salomónica.