Viaje a la fiesta de Globos en Albuquerque

by hergit11

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-¡Te va a encantar, chica!, me dijo Linda
-Hacía tiempo que quería ir a verla.
-¿Por cuántos días van?
-De viernes por la noche al domingo por la tarde. ¿Crees que es poco tiempo?
-Algo apretado, pero les alcanza si no hay brisa.
-Yo hubiera preferido tomarme una semana, pero Atena tiene un trabajo nuevo y no se atreve a pedir permiso.
-¿Y dónde está ahora?
-En A&B como directora de Relaciones Públicas.
-Ya, toma.
-¿Qué me has traído?
-El brochure del hotel, un mapa de Albuquerque y el calendario de actividades de la Fiesta Internacional de Globos. Es del año pasado, 2011, pero igual sirve para que te hagas la idea.
-¡Genial!
-¡Verás qué padre! ¿Qué día sales?
-El cinco de octubre.
-Toma muchas fotos. ¡Es tremendo espectáculo!, me dice con una sonrisa jocosa y se marcha.

Llegada la fecha, mi prometida y yo salimos para el aeropuerto con dos horas de adelanto. No nos topamos con mucho tráfico ni hubo una espera muy larga al pasar los puestos de seguridad en el McCarran International Airport, así que llegamos tempranísimo a la puerta de embarque que nos correspondía. Entonces, divisamos un bar cercano.
– ¿Una cerveza para matar el tiempo?, me propone la rubia platino.
-¡Claro!
Tres cervezas más tarde me siento muy relajada. Me voy a echar una siestecita en el avión, pienso. No obstante, un niño llorando y pateando en el asiento de atrás me arruinó el plan.

Aterrizamos en Albuquerque cerca de la medianoche. Nos anima descubrir el ambiente tan festivo, con globitos colgando por todas partes. La terminal era pequeña, fácil de caminar. Solo aquellos que veníamos en ese vuelo deambulábamos por el lugar, rompiendo el silencio con el eco de nuestros pasos. Detrás de los mostradores no había rastros del personal. Tocamos una campanita unas cien veces antes de que apareciera el representante de la compañía Rent a Car. Un señor calvo, con los ojos vidriosos, sale por la puerta del fondo, opuesta a la ventanilla de servicio. Era obvio que se acababa de despertar porque ostentaba sobre la mejilla derecha, como un sello, las marcas de algún tejido.
De inmediato, nos pide que firmemos aquí y allá.
-¿Cuál de las dos va a manejar?, pregunta.
-Ambas, dice mi media naranja.
-En ese caso, tendrán que pagar más, responde.
-¿Por qué?
-Para poder manejar dos personas el mismo vehículo, sin que les afecte la tarifa, tienen que estar casadas.
-O sea, ¿qué es un privilegio “exclusivo” para heterosexuales?, replica Atena, escribiendo con un gesto las comillas en el aire cuando articula la palabra.
Le doy un pellizco para que se calle, a sabiendas de que no se callará. Por mi parte, estoy demasiado cansada para ponerme a discutir sobre justicia social con el calvito de camisa arrugada. Me mantengo al margen del pleito.
El hombre dice: – Las reglas son las reglas.
No vale protestar, el contrato y sus términos, se quedan igual. Recogemos un coche de cuatro puertas y veinte minutos después llegamos al hotel.

El lobby lucía muy alegre. Estaba adornado, igualmente, con globos en miniatura. Tocamos la campanita unas cuantas veces. La recepcionista sale a recibirnos con las greñas alborotadas.
-Deme su identificación personal y tarjeta de crédito, por favor.
-Buenas noches, le dice Atena.
No le contesta.
Le doy lo que me pide.
-No encuentro su reservación, responde. ¿Me da su número de confirmación?
Tiro las maletas al suelo, abro la cartera. Hurgando, saco una docena de cosas antes de dar con la dichosa hoja. Mientras, la muchacha dice:
-Pos no tenemos cupo. Todos los hoteles de la ciudad están sold out. Este es un fin de semana muy busy, celebramos la Fiesta Internacional de balloons.

Mi amada está a punto de decir algo, cuando alargo el brazo y extendiendo el papel hacia la chica, quien luego se dedica a punchar y punchar el teclado por una eternidad.
Finamente, me entrega dos llaves y un bosquejo -que parece un laberinto- con las instrucciones de cómo llegar a nuestra habitación. Le doy las gracias. Recojo el equipaje, la cartera, las llaves, la confirmación y el mapa.
-Si es tan amable, llámenos para despertarnos en tres horas, le pide Atena.
-Okay.
Suena el ¡RING! y pego un brinco que me tumba de la cama. Estaba en el último de los sueños. El susto me deja con taquicardia. Nos alistamos de prisa, entusiasmadas. ¡Estamos locas por ver el ascenso de los globos en el alba!
De vuelta en la recepción alcanzo a ver unas cafeteras de aluminio contra la pared.
-Es un dólar por una taza, demanda una señora flaca. Le doy un billete de veinte.
-No tengo cambio, responde.
-¿Dónde puedo cambiar el dinero?
-Pregunte en la recepción.
La recepcionista tampoco tiene cambio.
-¡Qué se la va a hacer!, suspiro alejándome.

El minibús del hotel nos lleva al estacionamiento de donde parten los autobuses con destino al evento. Según oímos, unas cincuenta mil personas seremos transportadas por esta vía.
En la larga fila, observamos a la gente cargando sillas portables, mantas, múltiples envases térmicos y nos burlarnos de ellas. ¡Caramba! ¿Cuál es la necesidad de viajar con tantas cosas?…
Al rato, estamos montadas en el autobús con destino al campo. Allí, un valle inmenso es el hogar de cientos de canastas rellenas de telas multicolores que aguardan el momento para echarse a volar.
Titiritando de frío, caminamos alucinadas entre columnas y columnas de globos. Yo no le quitaba las manos de encima a la cámara fotográfica, con el dedo, cual gatillo, sobre el botón de disparar. ¡No me iba a perder por nada del mundo ese instante glorioso cuando una miríada sicodélica de esferas saliera flotando al unísono, como las voces de un coro, con la aurora de trasfondo!
El sol subió, pero los globos no.
– ¡¿Qué?!
-Que cancelaron el evento, señoras.
-¿Y por qué?
-Porque hay demasiado viento, ¿no ve?

Dimos más vueltas que un trompo antes de descubrir a las veinticinco, de las cincuenta mil personas, ya alineadas para regresar a la ciudad. Esperaban su turno sentadas en sus sillas plegadizas, arropadas en sus gruesas mantas de lana, calentándose con el té o el café que habían traído en sus envases térmicos. Atena y su servidora éramos, quizás, las únicas dos idiotas vestidas con unas finas camisetas de algodón en este descampado abatido por unas cortantes ráfagas más frías que el hielo. Mi valkiria me deja cuidando nuestro sitio en la cola y se marcha en busca de algo que pudiera calentarnos. Regresó con un cartón de papas fritas cubiertas de ese chile verde que tanto le encanta.
Nativa de San Antonio, Texas, creció comiendo picante. Yo, sin embargo, no estoy acostumbrada a eso. En definitiva, el chile nos eleva la temperatura, aunque brevemente. Tardamos dos horas y media para acceder al ómnibus que nos retornará a la ciudad.
Una vez en el pueblo, acordamos quedarnos despiertas. ¡Vamos a aprovechar al máximo! ¡Vamos a empaparnos de cultura local! Tomamos nuestro carro y nos vamos al centro.

Resulta que el comercio aún no estaba abierto. Los letreros aclaraban: abrimos a las 11.30 a.m. Miro el reloj, son las nueve de la mañana. Sin rumbo, como dos náufragas, navegamos las callecitas coquetas hasta que el primer restaurante abre las puertas. Muertas del hambre, nos lanzamos adentro de cabeza. Salvo las papitas, no le habíamos echado nada sólido al estómago desde el día anterior. Desayunamos el platillo más popular: carne de cerdo en chile rojo. La hartura nos pega durísimo. Inundada por un cansancio brutal, tiro la toalla:
-Vámonos a descansar.
-¡Excelente idea!, responde mi amazona.

Al anochecer teníamos planeado ir a ver El resplandor. Una de las revistas turísticas lo describía de la siguiente manera: “En la luz moribunda del poniente, incorporados sobre su llama fulgurante, brillan, cual lámparas chinas suspendidas en el espacio, una multitud de vejigas radiantes.”
A las cinco de la tarde estábamos de nuevo en pie. ¡Por fin veremos los globos!
De paso, paro en la tienda de la recepción para comprar un alka seltzer. Sin proponérmelo, me envuelvo en una conversación con Joanne, la dueña del local. Me cuenta algunas de sus experiencias como voluntaria de la fiesta. También, me recomienda que instale en mi teléfono el app con el programa de la misma.
-A fin de que te mantengas informada, porque si el viento sopla a más de diez millas por hora, la suspenden, ¿sabes?…
-¡Esta tecnología me hubiera servido tanto esta mañana!, gracias, le digo.
-Muchas gracias, repite Atena.
Casi al instante de instalar el app, me manda un boletín meteorológico: la velocidad del viento actual es de doce millas por horas.
-¿Qué piensas cariño? ¿nos vamos o nos quedamos?
-No sé.
– Vamos a preguntarle a Joanne.
Nuestra amiga nos dice que es muy probable que cancelen todo.
-Mejor nos vamos a ver tiendas, chula, ¿no?
-Sería una pena ir hasta las afueras en balde.
-¿Nos quedamos?
-Nos quedamos.

Anduvimos el casco viejo de punta a punta. Cuando los pies no nos daban para más, nos sentamos a cenar en un café al aire libre. El menú ofrecía una gama de platillos de tierra y de mar, la mayoría condimentados con chile.
-¿Sabe si suspendieron El resplandor?, le pregunto al camarero.
-Acabo de escuchar que se dio.
-¡Carajo, nos lo perdimos!, refunfuño mal humorada.
-Bueno, todavía tenemos mañana por la mañana, me consuela mi otra mitad.
-¡Es nuestra última oportunidad!

Imploro para que al día siguiente las condiciones del tiempo sean ideales.
Nos acostamos antes de las diez. Queremos estar descansadas cuando suene el teléfono a las cuatro de la madrugada.
Duermo apaciblemente, pero un dolor en las tripas me devuelve la conciencia. Un mugido quedo al principio, seguido de una serie de bramidos y cólicos feroces. Salgo disparada para el baño. Alcanzo a llegar con las justas, antes de que ocurra un vergonzoso accidente. No bien termino de desahogarme, empiezo a vomitar. El chile me sale a chorros, cual lava ardiente, por una y otra salida.
Me tiendo en el suelo, la frescura de las losetas me reconforta mientras abrazo la taza blanca. Luego me le siento encima y después la vuelvo a abrazar. En ese sube y baja me paso varias horas. Estoy empapada de sudor, -y de cultura- mi tez, normalmente rosadita, ha adquirido un tono amarillo verdoso. Botando chile hasta por los poros, trato de incorporarme, pero advierto que me faltan las fuerzas.
-¡Atena!, grito, creyendo que me voy a desmayar.
Atena abre la puerta con los ojos azules desorbitados.
-¡Muévete, muévete que estoy mal! vocifera empujándome, al tiempo que toma posesión del altar.
Nos turnamos.
A las cuatro llaman de la recepción. Arrastrándome, intento alcanzar el teléfono, mas no puedo, no sé para qué lo quiero, tal vez para pedir auxilio, no me acuerdo. Poco a poco me logro trepar en la cama. Creo que pierdo el conocimiento o me duermo durante intervalos de media hora.
He colocado el cubo de la basura al lado de la cama en caso de que tenga que seguir expulsando. Atena se ha enrollado al inodoro como una gata.
Eventualmente, enciendo la televisión. Los locutores de las seis anuncian, súper contentos, que soltaron los globos.
Quisiera ponerme a llorar, pero temo no tener suficiente líquido en el cuerpo para dos lágrimas.
¿Cómo haremos para soportar el vuelo sin descomponernos?, pienso en ese momento.

Invertimos cuarenta dólares en antidiarreicos para poder abordar el avión esa tarde.
Deseosa de ver, por lo menos, un globo volando, echo una ojeada esperanzada a medida que ascendemos. No obstante, aparte de unas cuantas nubes, no veo nada.

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
http://www.meridianoCoco.com

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