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Category: Human Rights

¿Por qué su código postal le puede perjudicar?

de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para la American Federation for Children

En una de mis vidas anteriores fui vendedora de bienes raíces. Mis clientes solían ser primeros compradores de clase media o media/baja. Con frecuencia, las familias que tenían hijos en edad escolar me llegaron a proponer que les encontrara cualquier cosa dentro del marco del precio que estaban dispuestos a pagar, sin importar mucho qué fuera o cómo se viera, siempre y cuando estuviera ubicada en una dirección cuya escuela asignada se destacara por su alto rendimiento académico. Entonces, en vez de ir a indagar a los motores de búsqueda que sirven a los profesionales del mundo inmobiliario, me iba a las páginas del distrito escolar a estudiar los reportes sobre las escuelas.
En más de una ocasión, mis familias tuvieron que claudicar el sueño de una casa y conformarse con un apartamento en un barrio “fino”, léase muy residencial.
Y esto era así porque las escuelas premiadas con cinco estrellas o consideraras tipo “A” (o cualquier otro tipo de métrica empleada para determinar el valor del desempeño escolar); estaban localizadas, por lo general, lejos de los vecindarios pobres y dentro de los suburbios donde viven las clases más pudientes.
Llegados a este punto, quizás se pregunte: ¿Y por qué?, ¿por qué están las escuelas con mejores recursos ubicadas en centros urbanos donde viven aquellos que gozan de mejores salarios e ingresos cuando debería ser lo contrario? Es decir, allí donde hay una necesidad más grande, deberían haber escuelas con mayor cantidad de recursos.
Para subvencionar las escuelas públicas existen fórmulas, éstas determinan de dónde salen los fondos. Las tres fuentes principales para mantener el costo de una escuela pública son: el gobierno estatal, el gobierno federal y el condado. El condado recauda fondos principalmente a través de la recolección de impuestos sobre la vivienda, entre otros.
Ahora bien, un ciudadano que vive en un vecindario donde el precio promedio de las casas es de medio millón de dólares pagará un porcentaje más alto de impuestos que otro ciudadano cuya residencia esté valorada, digamos en $115,000. De ahí que, la porción de impuestos que recauda el condado para mantener la escuela pública en un lugar caro será más alta que la porción de impuestos pagados por residencias ubicadas en barrios de gente trabajadora. Como resultado, se crea un tipo de segregación socio-económica.
Aquellos que tienen, aportan y reciben muchos más. Y las que no tienen para aportar mucho, reciben poco. En otras palabras, hay igualdad, porque la fórmula es aplicada a todos por igual, pero no hay EQUIDAD. Por definición, equidad significa “dar a cada uno lo que se merece en función de sus méritos o condiciones” y también “cualidad que consiste en no favorecer en un trato a una persona perjudicando a otra.”
En vista de que la fórmula es la fórmula, y eso no ha podido -hasta la fecha- cambiarlo nadie, las familias de bajos recursos están destinadas a no romper nunca con las cadenas de la desigualdad económica, siendo condenadas a mandar a sus hijos a escuelas con menos recursos, lo que puede derivar en un mediocre desempeño educativo. Y es por esa razón que su servidora y The American Federation for Children creen y luchan por defender opciones escolares para todos. A fin de que nuestros niños, especialmente aquellos más desfavorecidos, puedan tener acceso a una educación de alta calidad independientemente del código postal donde les haya tocado vivir.

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¿Un sucio secreto?

de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de participación hispana
para la American federation for Children

Una de cada tres jóvenes que va a entrar en la escuela secundaria en el área metropolitana de Indianápolis ha reportado haber sido víctima de asalto sexual, según comentaba Tony Mason, Presidente de The Urban League (UL) en esta ciudad. –“Y estos son los casos reportados, pero hay mucho silencio alrededor de este tema. Sospechamos que la cifra es aún más alta,” añadió Guadalupe Kelle, quien está a cargo del programa de salud y bienestar para esta organización dedicada a dar soporte a la comunidad.
Aunque se han derrumbado muchos de los tabúes que dominaban la idiosincrasia de la sociedad latinoamericana, otros persisten a pesar de los tiempos.
Por ejemplo, en la época de la abuelita, era una vergüenza convertirse en una mujer divorciada, como lo era también casarse sin ser virgen. Y hasta hace unos pocos años, declararse abiertamente gay era un escándalo de proporciones mayúsculas. Sin embargo, cuando Ricky Martin vino a anunciar su destape, a nadie le pareció el final del mundo.
No obstante, si una jovencita ha sido violada o toqueteada, sus padres y/o allegados esconden la afrenta para -según ellos- “proteger al honor familiar”, forzando la víctima a guardar silencio sobre un tema que es tabú.
Explicaba la gran poeta Maya Angelou que este acto predatorio, especialmente cometido en niñas y jóvenes de tierna edad, convierte esa almita en un ser cínico, que pasa de no saber nada a no creer en nada. (“because rape on the body of a young person, more often than not, introduces cynicism, and there is nothing quite so tragic as a young cynic. Because it means the person has gone from knowing nothing to believing nothing.”)
¿Quiénes son los agresores? De acuerdo a Valeria Gurr, una experta en el área de prevención contra el abuso sexual de menores: “el violador, usualmente, es el novio de la madre, un tío, un primo, un amigo, un hermano u otra persona bienvenida y conocida en el seno de la familia. Rara vez es un completo extraño, aunque eso también puede darse. Por lo regular, es alguien mayor. Esa persona mayor inculca en el menor sentimientos de culpabilidad, complicidad, terror y/o temor, para evitar que lo delaten”.
A través de la imposición del silencio, se da impunidad al culpable, se daña la psiquis de la niña y se continúa perpetuando un tabú al cual ¡hace rato debió llegarle la hora!
Basta. Es hora de hablar sin morbosidad y desde el amor sobre las mujeres violadas en nuestras familias, con las mujeres violadas en nuestras escuelas, de las mujeres violadas en nuestra sociedad. Hay que sacar este esqueleto del armario si buscamos erradicar y curar una epidemia que está afligiendo tanto Indianápolis como el resto del país.

Rastreando el dinero

de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

A pocos días de haber sido dada a conocer la noticia de una nueva ley que permitiría crear en Puerto Rico escuelas charters (alianzas) y programas estatales de vales (o vouchers), el sindicato de maestros ha entablado una demanda en su contra.

Esta práctica es ya común por parte de este gremio, el cual tanto dentro como fuera de la isla, se ha dedicado por décadas a sofocar sistemáticamente todo proyecto legislativo que busque introducir otras opciones escolares para los estudiantes desde el kínder hasta el último año de la preparatoria.

Y usted –quizás- se preguntará: ¿cuál es el interés que tiene el sindicato de maestros de mantener las cosas como están?… Pues, los mensajes pagados por la multimillonaria agrupación dicen que lo hacen por salvar a nuestros niños de las garras de intereses que no tienen al estudiante como su foco de atención.

Aunque la verdadera razón detrás de la inversión de millones de dólares en campañas de difamación, más gastos de cortes y abogados, es mantener intacta una estructura que les genera miles de millones de dólares en recolección de fondos a nivel nacional, lo cual les convierte en uno de los gremios más ricos y poderosos del país.

Cada maestro que trabaja en una escuela pública está sujeto a pagarle mensualmente un costo de membresía al sindicato. A cambio, el sindicato negocia los términos laborales en acuerdos hechos con los distritos escolares. Dichos contratos establecen las condiciones de trabajo, los salarios y otras regulaciones que rigen al maestro empleado por una escuela pública.

Ahora bien, en un mercado abierto, donde los maestros podrían elegir dónde ir a ejercer su carrera, en un mercado que no dependa de la oferta de plazas creadas por un monopolio –el distrito-, se rompe la obligación de pagarle membresía al sindicato, puesto que los profesores podrían escoger entre un menú de empleadores diferentes. De igual manera, los padres, a su vez, podrían optar por inscribir a sus niños donde mejor les convenga, teniendo en cuenta las necesidades individuales de cada uno.

Siguiendo una lógica disparatada, el sindicato de maestros aboga por un sistema monolítico de escuelas públicas tradicionales que debe responsabilizarse de educar los niños de un país bajo un sistema de una sola talla que les sirva a todos. Esta lógica descarta la pluralidad de iniciativas enfocadas a servir al estudiante, para enfocarse en cómo servirse a sí misma.

Si seguimos de cerca el rastro del dinero, podemos ver con claridad que la motivación aquí no es el bienestar de nuestros hijos, pero la conservación y preservación de una estructura monetaria que se debilitaría con la introducción de cambios e innovaciones dentro del sistema educativo tradicional.

Este circo vergonzoso montado por el sindicato de maestro se repite ahora en Puerto Rico, como lo hiciera anteriormente ¡unas treinta veces! en el territorio continental.
A los padres de la Isla del Encanto les resta organizase y no permitir que les arranquen de las manos estas oportunidades tan necesarias para el futuro de sus hijos. Así que ¡a la carga, mis valientes!

de Hergit “Coco” Llenas

¡Ay, Puerto Rico!


de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

Los estudios demuestran que los niños de color (negros y latinos), continúan quedándose atrás en comparación con los estudiantes de la raza blanca y asiática. Este atraso es conocido como la brecha académica. Esta brecha académica no se ha cerrado en décadas; en consecuencia, nuestros niños hispanos no pueden competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral ni en la realización del sueño americano.  

Para palear esta crisis y empujados por el estado de emergencia que los huracanes dejaron a su paso, la Secretaría de Educación de Puerto Rico está queriendo añadir al menú de opciones escolares las escuelas alianzas (o charter, como se les conoce en inglés).
Ahora mismo, la señora secretaría, Julia Keleher, cuenta con el soporte del Gobernador de la isla y con el apoyo de padres boricuas que vinieron desde el continente a compartir sus experiencias como usuarios de este modelo educativo.
Entre los testimonios compartidos, el Reverendo Michael Carrión, tocó las fibras de todos los corazones al narrar su odisea cuando estaba trabajando para crear una escuela para los niños y jóvenes del South Bronx, un vecindario plagado por las gangas, la pobreza y la violencia. Después de fracasar dos veces en el intento de lograr la autorización para abrir el plantel, el dinámico líder puertorriqueño consiguió que le otorgaran el permiso. Hoy día, su escuela charter es un modelo a seguir a la hora de mostrar un ejemplo de cómo se lograr cambiar la trayectoria de una población que vive en condiciones de alto riesgo.
Así mismo, una comitiva de padres, maestros y directores vinieron desde Filadelfia en representación de una escuela charter bilingüe llamada Antonia Pantoja. Las experiencias de este grupo iluminaron en San Juan a una audiencia poco acostumbrada a escuchar otras maneras de implementación, soporte académico e innovación que sí tienen cabida dentro de una charter, gracias a la amplia latitud que este tipo de escuela ofrece para la individualización de la enseñanza.
Como si fuera poco, Osvaldo García, el director y fundador de Passport, una charter para estudiantes que sufren de autismo, habló de la esperanza de mejores servicios ofrecidos a través de este tipo de iniciativas. En su exposición, compartió los detalles de cómo se consigue un más alto nivel de calidad al descentralizar las escuelas de la burocracia impuesta por los distritos.
Muchas familias puertorriqueñas aspiran a enviar a sus hijos a escuelas privadas o a otras escuelas distintas a las que le fueron asignadas en función del lugar dónde viven, pero no tienen el dinero para pagar por una educación privada y -bajo las leyes operantes- carecen de acceso a una charter.
La administración presente tiene la voluntad de mejorar esta realidad, pero (y como ya es costumbre), el sindicato de maestros ha lanzado una campaña para desacreditar esta propuesta, haciéndola pasar como un atentado de privatización que quiere acabar con la educación pública. A sabiendas de que las escuelas charter son públicas, gratuitas y abiertas a todos.
Nelson Mandela dijo: “Education is the most powerful weapon which you can use to change the world.” Es decir, la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo. Puerto Rico está listo para cambiar el suyo. Ojalá que las fuerzas opositoras y sus campañas de mentiras no sepulten de nuevo la idea de darle a la Isla del Encanto las oportunidades que tanto sus niños necesitan.

La nueva segregación socio-económica


de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

Durante el mes de enero, en toda la nación se ha celebrado la semana de las opciones escolares. Mucho se ha escrito sobre los diversos eventos que tuvieron lugar en cada una de las ciudades donde se dieron citas miles de padres, estudiantes, directores, maestros y líderes comunitarios para celebrar tan gloriosa ocasión. De manera que no lloveremos sobre mojado. Sin embargo, algo que nos parece pertinente es explicar con más calma ¿qué en sí se estuvo celebrando?
Por definición, la opción escolar es el derecho que tiene cada padre a escoger el mejor ambiente de aprendizaje para sus hijos; puesto que, como sabemos de sobra, cada niño(a) es único y diferente.
El derecho a escoger, una piensa, es la cosa más obvia del mundo. Cada día, nosotros lo ejercemos en los Estados Unidos de Norteamérica. Somos libres de usar el modelo de teléfonos que se nos antoja, las compañías y planes de los celulares que más nos convienen y lo mismo pasa con casi todos los demás aspectos de nuestra cotidianidad; ya sea el supermercado, el banco, el gimnasio, el seguro médico o la universidad. No obstante, cuando se trata de las escuelas públicas tradicionales, usted no tiene otra opción que mandar a sus polluelos a la escuela que le han asignado en función de su código postal.
Para quienes viven en códigos postales dónde hay muy buenas escuelas, este arreglo es ¡fenomenal! Para los que viven en áreas dónde las instituciones de enseñanza operan con bajo (o pésimo) rendimiento, la realidad es muy triste y pesarosa.
¿Por qué?… porque si no tiene usted los medios para pagar por otra OPCIÓN ESCOLAR, sus hijos estarán obligados a asistir a un plantel donde la excelencia académica brilla por su ausencia.
Desde luego, hay formas de darle la vuelta al sistema. Pregúntele a cualquier agente de bienes raíces y ella le dirá que una de las razones más contundentes para que un ser pensante -y con cachorritos- compre o alquile una propiedad, es el infalible, inefable, invictus argumento de mudarse a una zona en la cual las escuelas están catalogadas como de las mejores. El que no pueda pagar por tal privilegio, se queda, como decimos en mi media isla tropical: “con una mano delante y otra detrás”.
Entonces, para resolver este dilema de segregación socio-económica, surge la OPCIÓN ESCOLAR, cuyo propósito principal es darle una salida a aquellas familias que poseen recursos financieros limitados.
Así pues, la OPCIÓN ESCOLAR, como derecho y como movimiento, es uno de los pilares más importantes en el avance de una agenda de que defiende la igualdad social dentro de las comunidades desfavorecidas, sean éstas pobres, latinas y/o de color.
¿Qué tienen en común Barak Obama, Sonia Sotomayor y Condoleezza Rice?… ¡que recibieron una educación privada de alta calidad! De haber asistido a una escuela cayéndose a pedazos, es muy posible que no habrían llegado a ser quienes son hoy.
Las becas, los vouchers, las cuentas de ahorro para la educación (ESAs), las escuelas magnets, las escuelas charter, las escuelas privadas, la educación a distancia, la educación desde el hogar, la suma de todas las anteriores y sus múltiples posibles combinaciones, son salidas. Y son esas salidas lo que sacará de la pobreza a nuestros hijos y a todos los segmentos de la sociedad a quienes se les ha negado el derecho a escoger la excelencia debido a su código postal.
El derecho a una buena educación, aunque no tenga usted la billetera para pagarla, es el dilema de justicia social más importante de esta generación. Las celebraciones de enero son, simplemente, un recordatorio. No olvidemos, pues, que todos los niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad que se ajuste a sus necesidades y lo prepare para hacer realidad el sueño de un futuro mejor. Y es eso, precisamente, lo que hemos estado celebrando con las opciones escolares.

Soplan Nuevos Vientos

Soplan nuevos vientos

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de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para la American Federation for Children

Todo ha cambiado a nuestro alrededor. Ya no se ven en cada esquina ni teléfonos públicos ni Blockbusters.  En su lugar existe Netflix, con miles de películas disponibles al instante y diversos teléfonos inteligentes que cuentan con cientos de aplicaciones entre las cuales podemos escoger. No obstante, algunas cosas se han quedado estancadas en el tiempo de la abuelita. Una de ellas es la educación.

Nos mudamos a un vecindario y si tenemos niños en edad escolar, el sistema no nos ofrece varias opciones. Solo tenemos una : enviar a los niños a una escuela pública localizada dentro del perímetro de nuestro código postal. Con suerte, esa escuela contará con los recursos, el personal y las técnicas necesarias para educar adecuadamente a nuestros hijos. Aunque usted y yo sabemos que cada hijo es distinto y, en consecuencia, no todos van a caber dentro de un mismo molde.

Digamos, por poner un ejemplo, que su niño no está avanzando en lectura con la rapidez que avanzaron sus hermanitos. Tal vez le da vergüenza leer en voz alta, quizás tiene una discapacidad o sencillamente él es uno de esos niños cuyo cerebro aprende de manera diferente, lo que es un fenómeno muy común. De hecho, investigadores (ver Understood.org) han dado a conocer que por cada cinco estudiantes, hay uno cuyo cerebro opera de manera diferente. Esto no implica que tenga un retraso, simplemente así funciona. Es posible que la maestra lo note y que la escuela rápidamente ajuste su programa de enseñanza para facilitar el proceso de aprendizaje del niño. De manera que, sin pérdida de tiempo, su niño recibe el soporte idóneo para triunfar académicamente y ¡en la vida!, porque ya sabemos que sin una buena educación nuestros hijos no podrán competir en el mundo del mañana.

¿Qué ocurriría si el escenario escolar del ejemplo anterior fuera lo opuesto?, ¿qué opciones tendría usted si la escuela pública no le puede ayudar? Supongamos que hay otra escuela, una privada o una academia virtual o una cooperativa de maestros y ellos le dicen: nosotros podemos ayudarle. No obstante, a usted no le alcanza el dinero para pagar por la colegiatura. ¿Y entones?…

Entonces, si vive en un estado donde existe Opción Escolar, usted tendría acceso a fondos estatales para pagar por otra alternativa. Ejerciendo el derecho a la Opción Escolar, las familias calificadas reciben un regalo del Estado (total o parcial) para pagar por la educación de sus hijos fuera del sistema público.

Porque creemos que todos nuestros niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad, nosotros promovemos y defendemos la Opción Escolar. Somos la American Federation for Children y estamos trabajando en Tennessee para crear más oportunidades educativas para nuestra comunidad. Visítenos: http://www.federationforchildren.org y/o escríbanos CLLenas@FederationForChilden.org Estamos para servirle.

Mexicanos fueron los primeros en luchar contra la segregación escolar

Mendez fmly

Por Michel Leidermann
El caso “Méndez vs. Westminster” hoy en día, 60 años después, aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho (…) Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema (…)

Gonzalo Méndez era un granjero mexicano nacido en Chihuahua en 1913 que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles y que junto con su esposa Felicitas, una puertorriqueña, nacida en 1916, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja de espárragos.
Todo parecía ir de maravilla hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a matricular a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 de Westminster.
Allí comenzaron sus problemas: “Su hija no puede acudir a esta escuela”, le dijeron a Gonzalo, tajantemente.
Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: “¿Porqué?”. La respuesta fue sencilla: La niña es “mexicana” y esa escuela era para anglos. Para niños “blancos”. Que hablaban sólo inglés, nada de español. Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.
En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron otra opción: matricular a su hija en la escuela primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela “blanca” (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar “mejor”. La escuela Lincoln era “mexicana”. Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos) y hablaban español.
Lo que no le dijeron fue que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobiliario y libros eran desechos de la escuela “blanca” (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Los alumnos comían a campo abierto cerca de los pastizales para las vacas, hediondos y llenos de moscas. Incluso el nivel de la enseñanza era peor y se sabia que los maestros eran peor pagados que sus colegas “anglos”.
La discriminación era muy grande en ese tiempo contra los mexicanos. Cuando iban a los teatros se tenía que sentar arriba, no podía sentarse en el piso principal. En las tiendas, si venía un americano, lo atendían antes. Había restaurantes donde no servían a los mexicanos. Tampoco los dejaban entrar a los parques públicos ni a la alberca pública hasta que el agua estaba cochina y la iban a cambiar al día siguiente.
Esa era la norma en la California de los cuarenta, y de hecho en todo los Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a “Negros, mexicanos y perros”.

Los mexicanos tenían sus escuelas “especiales”, segregados de los niños anglos, para evitar que su “incapacidad” de hablar inglés “retrasara” el aprendizaje de todos. El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibido hablar ese idioma “horrible” en ese entonces.
Todavía hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el “idioma de los esclavos”. De hecho, esto contribuyó a que muchos latinos de aquella generación perdieran su idioma: Fue por presión, no por decisión.
Pero esa situación no era “normal” para Gonzalo.
El granjero pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse únicamente a su trabajo. Pero Gonzalo no hizo eso. En cambio, se indignó. Se puso furioso. No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.
Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de 8 años, no. Es la reacción normal de cualquier padre de familia. Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.
Gonzalo comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano y latino que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibían entrar a las mejores escuelas, por ser mexicanos.
Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban? “Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?”, se preguntaban.
Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?
Los Méndez y sus amigos William Guzmán, Frank Palomino, Thomas Estrada y Lorenzo Ramírez, no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar a David Marcus , un abogado de Los Ángeles experto en derechos civiles, (que había ganado sus últimos dos casos).
Y el 2 de marzo de 1945 sometieron una demanda por discriminación en la Corte del Distrito Federal en Los Ángeles contra cuatro Distritos Escolares de California: Westminster, Santa Ana, Garden Grove y El Modena (ahora Orange Este) y a nombre de 5,000 alumnos latinos.
Cuando el caso “Méndez vs. Westminster” llegó a juicio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el cual los niños “mexicanos” “debieran” estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo… siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.
La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles el 18 de febrero de 1946, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a negarles la matricula.
Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.
Pero allí también el 14 de abril de 1947, la corte federal en decisión unánime, ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. El caso fue una hazaña histórica para los latinos y que ha tenido muy poco o nada de reconocimiento publico.
Dos meses después, el gobernador republicano de California, Earl Warren, quien fuera posteriormente presidente de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y que en 1954 escribió la decisión en el caso “Brown vs.Junta de Educación” que prohibió la segregación entre blancos y negros en las escuelas públicas de EE.UU, aprobó el decreto de ley que ratificó la abolición de la segregación racial en las escuelas de California, todo basado en la sentencia favorable a los Méndez.
Más aún, el abogado negro Thurgood Marshall, quien colaboró en el caso “Méndez vs. Westminster” representando a la ACLU, American Jewish Congress, Japanese American Citizens League, y la NAACP, se basó en el mismo Méndez para conducir la defensa de Brown y transformarse en un símbolo de los derechos civiles en EE.UU.
Hoy en día, 60 años después, el caso Méndez aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho.
Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema que en su justificación cita el caso Méndez de 1947 y que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional, cuando en septiembre de 1957, y protegidos por soldados federales, nueve estudiantes negros se integraron a la escuela secundaria Central High de Little Rock, terminando de hecho con la segregación racial en las escuelas publicas.
Sylvia, la niñita “mexicana” a la que no dejaron entrar a la escuela de “gringos”, la mayor de los tres hermanos Méndez, es hoy una enfermera retirada de 67 años que vive en Fullerton (California), y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los latinos sino de todo mundo.
Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechosde los alumnos latinos.
Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: “The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School”. La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.
La pareja Méndez vivió en una época difícil para los latinos. Mucho más difícil que ahora, pero no se dejaron atropellar. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente. Y ganaron.
Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial. En una gran mayoría de escuelas la segregación tanto por grupos étnicos, como por matriculas y desempeño, continua.
Muchas familias anglas matriculan a sus hijos en escuelas privadas, donde dicen que obtienen una mejor educación. Ahora la segregación es económica, no política. Es por la pobreza y por razones demográficas: hay gente que se muda de los centros de las ciudades donde viven las minorías.
El Servicio Postal de los Estados Unidos lanzó en septiembre, una estampilla conmemorativa en honor del caso Méndez vs. Westminster que simboliza el derecho que tenemos a una igualdad educativa.

http://www.ellatinoarkansas.com/content.cfm?ArticleID=2435

¿Hay que esperar por un mundo ideal?

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http://eltiempolasvegas.com/articles/2013/11/07/opinion/doc527c1465e0bd6649266152.txt
¿Hay que esperar por un mundo ideal?
Si viviéramos en un mundo ideal no sería necesario que existieran grupos en defensa de los derechos humanos u organizaciones para combatir el hambre, ni entidades que se ocuparan de ayudar la educación pública, porque en un mundo ideal la gente no sería abusada, maltratada o discriminada por el prójimo, la distribución de las riquezas sería equitativa y la educación de nuestros niños sería un derecho inalienable y una gran prioridad.

Pero como vivimos en un mundo que no es perfecto, existen agencias cuya función es la de suplir aquellos bienes y servicios que una sociedad determinada ha sido incapaz de proveer para ella misma. Una de esas agencias es The Public Education Foundation, donde laboro, la cual se ocupa de movilizar a la comunidad y de localizar recursos para mejorar las oportunidades educativas de los niños en las escuelas públicas.

Al explicarle el otro día a una amiga española -que vive en Alemania- sobre la naturaleza de mi trabajo, su respuesta fue, más o menos, la siguiente: -Pero, tía, ¿cómo es posible que la educación pública, un deber y una responsabilidad del estado, necesite de la comunidad para cumplir con su obligación?… ¡Eso es una aberración!

Como ven, Cristina es un poco dramática, no obstante, tiene razón. En un mundo ideal mi empleo no existiría. Yo tendría que buscar otra manera de ganarme la vida. Desde luego, yo lo haría con mucho gusto con tal de que todos los niños, especialmente los de este distrito, tuvieran igualdad de oportunidades para triunfar en la escuela, en la vida.

Al compartir con mi amiga algunos detalles sobre nuestro actual sistema educativo, solo conseguí alarmarla más: ¡Qué barbaridad! ¡No lo entiendo!, me decía cuando le hablaba sobre la falta de fondos para sostener apropiadamente las escuelas, la poca comunicación e integración entre los padres y la escuela, el número reducido de maestros para tantos alumnos, la tasa de graduación, la cual es una de las más bajas del país, ¡en fin!

Y aquí entre nos, no la puedo culpar por su alarma, porque ¿cómo podría ella ponerse en nuestro lugar, si recibió una excelente formación en unas escuelas públicas bien dotadas, a pesar de que su mundo no es todavía el ideal?…

Alba de las Sombras: Una Indocumentada

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Alba, cuando trabajó con la tarjeta del seguro social de una amiga de New Jersey, se llamaba Cecilia, y a partir del 2004, al llegar a Las Vegas, compró el nombre de Martha en una esquina cerca de Eastern con Bonanza.
Alba salió de Republica Dominica con una visa de paseo poco después del 9/11, usando otro nombre que temió publicar. A salida del país dejó tres hijos. Los dos más pequeños quedaron bajo la custodia del papá. Esta custodia nunca supuso ser una ausencia extendida, si no un arreglo temporal. Desde entonces han pasado once largos años.
Alba es una mujer cincuentona, morena y trabajadora.
Desde su llegada a los Estados Unidos se ha dedicado a limpiar casas y a cuidar los niños ajenos, a pesar de que con anterioridad se dedicaba a vender relojes Rolex y Cartier en una de las tiendas más prestigiosas de su pueblo natal.
En New Jersey tuvo la suerte de caer en las manos de una pareja de médicos con dos hijos. Los señores fueron, a su manera de ver “sumamente amables con ella.” Le proporcionaron una habitación en el sótano de la casa, el pan nuestro de cada día y un salario de US$350 dólares por semana, el cual le pagaban muy puntualmente los domingos por la mañana, antes de Alba tomar el día libre.
A su vez, Alba, conocida por ellos como Cecilia, se ocupaba seis veces por semana de cuidar a Zacharias y Jacob, limpiar la casa de arriba a abajo, cocinar las tres comidas, planchar la ropa, fregar los platos, mojar las plantas, pasear al perro, y además organizar los armarios y acomodar la despensa al menos una vez por semana. Sus días consistían de 17 horas laborales que empezaban las cinco mañana y no se extendían, por lo regular, pasadas las diez de la noche; o sea que recibía una compensación de $3.43 por hora (17 x 6 /$350)
Aunque carecía de seguro médico, de plan de retiro, de vacaciones pagadas, Alba me confiesa que en aquellos días se sentía “una mujer realmente afortunada.” Y es que comparada con su próxima patrona, Miss. Laquisha, la pareja de médicos eran a walk in the park.
La señora Laquisha requería de Alba todos los oficios citados anteriormente, pero nunca le pagaba a tiempo, y “para decir la verdad, ni siquiera me pagaba todo lo que me debía”, me dice.
La hija de Miss. Laquisha, una niña adoptada, tiene necesidades especiales. Es una criatura violenta, intranquila, que no duerme. La pequeña despierta muchas veces por las noches y como la madre no se levanta, viene a buscar a Martha.
Martha, a quien conocemos como Alba, fue recientemente hospitalizada debido a un severo desgaste físico.
Dada la severidad de su condición el doctor le pidió que dejara el trabajo.
Pero imagínese, ¿cómo puedo yo dejar de trabajar?, me pregunta, se pregunta a sí misma…le pregunta a usted.
La situación de Alba no es única.
Cientos de miles de trabajadores indocumentados están sufriendo abusos similares y peores: los obreros de la construcción en Texas, los granjeros en Iowa, los cocineros en New York, los agricultores en California, las niñeras y domésticas de Nevada, ¡la lista es larga!
Y es por Alba y por los 11 millones de indocumentados que hoy celebramos la lucha por la reforma migratoria. Y que celebramos las miles de mujeres que, como Alba, viven y trabajan en las sombras.

http://eltiempolv.com/articles/2013/05/16/ciudad_and_estado/doc519529c0ac023232035155.txt