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Month: May, 2013

Rosita Morales-Peralta: A Taste of Nicaragua

Rosita Morales Peraltacon Gobernador SandovalRosita Peralta-A taste of Nicaragua

Responsable de haber creado el consulado móvil nicaragüense, fundadora de múltiples organizaciones comunitarias y autora de un libro de cocina, nuestra heroína, Rosita Morales-Peralta es una señora jovial llena de amor, de humor y de un gran positivismo.
Hasta los quince años, Rosita no conoció otra que la vida cómoda que le proporcionada su padre, dueño de una prospera finca cafetera. Ahí pasaba tranquilamente el verano, y luego se iba al internado de monjas donde cursaba sus estudios.
La política, la vida citadina, el paradero de su madre, eran todas cosas ajenas a ellas, pero al explotar la revolución sandinista, su realidad de pronto se volvió otra.
-Tiene 48 horas para salir del país, le dijeron.
Y así, sin más, Rosita salió de Nicaragua con una mano adelante y otra atrás. Al aterrizar en San Francisco la esperaba una extraña a quien con el tiempo aprendería a reconocer como su mamá.
Uno no sabe lo que tiene hasta que no lo pierde, dice el refrán. Y Rosita no supo lo que había perdido hasta cuando se encontró recogiendo uvas en Livermont, California. “Había días que me echaba a llorar en pleno campo”, nos cuenta; luego hace una pausa y finalmente agrega, “cuando me veía así pensaba: yo estoy ahorita en el lugar de los trabajadores de mi papá. A pesar de eso “no soy una persona resentida”. Por el contrario, “ha sido una gran lección de humildad.”
Ni tonta ni perezosa, Rosita aprendió inglés, adquirió una formación que le permitió alcanzar mejores oportunidades de empleo, y hoy por hoy es la presidente de la Fundación Nicaragüense y la precursora de Latinas en Acción, una organización cuyo propósito es ayudar a la mujer hispana a capacitarse, a levantarse de situaciones tales como el desempleo, la falta de hogar, el abuso doméstico, el abuso laboral y la explotación sexual.
-“La idea es crear una red de apoyo que aúne las fuerzas de toda la comunidad, sin importar las nacionalidades. Unidas, apoyándonos entre nosotras, las mujeres podemos formar una trenza que nadie puede romper. Mi visión es llegar a tener un centro de servicio en Las Vegas, dotado de los recursos necesarios para ayudar a las niñas prostituidas y a las mujeres en general… porque hay muchas cosas que tienen que cambiar. Y hay que entender las leyes y utilizarlas inteligentemente para producir ese cambio.”
También en Nicaragua, el país que tan brutalmente le enseñó el quítate tú pa’ ponerme yo, Rosita está aportando su grano de arena para generar algunos cambios. Lleva ropa de regalo, juguetes, zapatos, champú y jabones, y se los entrega a la muchedumbre hambrienta, desesperada, que habita La Chureca, el basurero más grande de Centro América. Un lugar donde los niños y los adultos escarban 7 kilómetros de despojos, peleándose con los buitres por un pedazo de pan. Para esa población paupérrima, una lata de aluminio o una botella de plástico representa la esperanza de sobrevivir un día más. A ellos Rosita les trae cientos de canastas básicas, vacunas y -varias veces- a un pediatra, primo suyo.
-¿Por qué, entre tantos necesitados, vas a La Chureca? le pregunto.
-Por una foto que vi de una niña comiendo desperdicios sentada en una pila de basura, con un buitre a su espalda. Me partió el corazón.
Y es por esa naturaleza suya, que se conmueve y se mueve a la acción, que hoy celebramos a Rosita Morales-Peralta: una activista, una líder y un rayo de sol.

http://eltiempolv.com/articles/2013/05/30/ciudad_and_estado/doc51a7986d577e4829637870.txt

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Alba de las Sombras: Una Indocumentada

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Alba, cuando trabajó con la tarjeta del seguro social de una amiga de New Jersey, se llamaba Cecilia, y a partir del 2004, al llegar a Las Vegas, compró el nombre de Martha en una esquina cerca de Eastern con Bonanza.
Alba salió de Republica Dominica con una visa de paseo poco después del 9/11, usando otro nombre que temió publicar. A salida del país dejó tres hijos. Los dos más pequeños quedaron bajo la custodia del papá. Esta custodia nunca supuso ser una ausencia extendida, si no un arreglo temporal. Desde entonces han pasado once largos años.
Alba es una mujer cincuentona, morena y trabajadora.
Desde su llegada a los Estados Unidos se ha dedicado a limpiar casas y a cuidar los niños ajenos, a pesar de que con anterioridad se dedicaba a vender relojes Rolex y Cartier en una de las tiendas más prestigiosas de su pueblo natal.
En New Jersey tuvo la suerte de caer en las manos de una pareja de médicos con dos hijos. Los señores fueron, a su manera de ver “sumamente amables con ella.” Le proporcionaron una habitación en el sótano de la casa, el pan nuestro de cada día y un salario de US$350 dólares por semana, el cual le pagaban muy puntualmente los domingos por la mañana, antes de Alba tomar el día libre.
A su vez, Alba, conocida por ellos como Cecilia, se ocupaba seis veces por semana de cuidar a Zacharias y Jacob, limpiar la casa de arriba a abajo, cocinar las tres comidas, planchar la ropa, fregar los platos, mojar las plantas, pasear al perro, y además organizar los armarios y acomodar la despensa al menos una vez por semana. Sus días consistían de 17 horas laborales que empezaban las cinco mañana y no se extendían, por lo regular, pasadas las diez de la noche; o sea que recibía una compensación de $3.43 por hora (17 x 6 /$350)
Aunque carecía de seguro médico, de plan de retiro, de vacaciones pagadas, Alba me confiesa que en aquellos días se sentía “una mujer realmente afortunada.” Y es que comparada con su próxima patrona, Miss. Laquisha, la pareja de médicos eran a walk in the park.
La señora Laquisha requería de Alba todos los oficios citados anteriormente, pero nunca le pagaba a tiempo, y “para decir la verdad, ni siquiera me pagaba todo lo que me debía”, me dice.
La hija de Miss. Laquisha, una niña adoptada, tiene necesidades especiales. Es una criatura violenta, intranquila, que no duerme. La pequeña despierta muchas veces por las noches y como la madre no se levanta, viene a buscar a Martha.
Martha, a quien conocemos como Alba, fue recientemente hospitalizada debido a un severo desgaste físico.
Dada la severidad de su condición el doctor le pidió que dejara el trabajo.
Pero imagínese, ¿cómo puedo yo dejar de trabajar?, me pregunta, se pregunta a sí misma…le pregunta a usted.
La situación de Alba no es única.
Cientos de miles de trabajadores indocumentados están sufriendo abusos similares y peores: los obreros de la construcción en Texas, los granjeros en Iowa, los cocineros en New York, los agricultores en California, las niñeras y domésticas de Nevada, ¡la lista es larga!
Y es por Alba y por los 11 millones de indocumentados que hoy celebramos la lucha por la reforma migratoria. Y que celebramos las miles de mujeres que, como Alba, viven y trabajan en las sombras.

http://eltiempolv.com/articles/2013/05/16/ciudad_and_estado/doc519529c0ac023232035155.txt