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¡Ay, Puerto Rico!


de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

Los estudios demuestran que los niños de color (negros y latinos), continúan quedándose atrás en comparación con los estudiantes de la raza blanca y asiática. Este atraso es conocido como la brecha académica. Esta brecha académica no se ha cerrado en décadas; en consecuencia, nuestros niños hispanos no pueden competir en igualdad de condiciones en el mercado laboral ni en la realización del sueño americano.  

Para palear esta crisis y empujados por el estado de emergencia que los huracanes dejaron a su paso, la Secretaría de Educación de Puerto Rico está queriendo añadir al menú de opciones escolares las escuelas alianzas (o charter, como se les conoce en inglés).
Ahora mismo, la señora secretaría, Julia Keleher, cuenta con el soporte del Gobernador de la isla y con el apoyo de padres boricuas que vinieron desde el continente a compartir sus experiencias como usuarios de este modelo educativo.
Entre los testimonios compartidos, el Reverendo Michael Carrión, tocó las fibras de todos los corazones al narrar su odisea cuando estaba trabajando para crear una escuela para los niños y jóvenes del South Bronx, un vecindario plagado por las gangas, la pobreza y la violencia. Después de fracasar dos veces en el intento de lograr la autorización para abrir el plantel, el dinámico líder puertorriqueño consiguió que le otorgaran el permiso. Hoy día, su escuela charter es un modelo a seguir a la hora de mostrar un ejemplo de cómo se lograr cambiar la trayectoria de una población que vive en condiciones de alto riesgo.
Así mismo, una comitiva de padres, maestros y directores vinieron desde Filadelfia en representación de una escuela charter bilingüe llamada Antonia Pantoja. Las experiencias de este grupo iluminaron en San Juan a una audiencia poco acostumbrada a escuchar otras maneras de implementación, soporte académico e innovación que sí tienen cabida dentro de una charter, gracias a la amplia latitud que este tipo de escuela ofrece para la individualización de la enseñanza.
Como si fuera poco, Osvaldo García, el director y fundador de Passport, una charter para estudiantes que sufren de autismo, habló de la esperanza de mejores servicios ofrecidos a través de este tipo de iniciativas. En su exposición, compartió los detalles de cómo se consigue un más alto nivel de calidad al descentralizar las escuelas de la burocracia impuesta por los distritos.
Muchas familias puertorriqueñas aspiran a enviar a sus hijos a escuelas privadas o a otras escuelas distintas a las que le fueron asignadas en función del lugar dónde viven, pero no tienen el dinero para pagar por una educación privada y -bajo las leyes operantes- carecen de acceso a una charter.
La administración presente tiene la voluntad de mejorar esta realidad, pero (y como ya es costumbre), el sindicato de maestros ha lanzado una campaña para desacreditar esta propuesta, haciéndola pasar como un atentado de privatización que quiere acabar con la educación pública. A sabiendas de que las escuelas charter son públicas, gratuitas y abiertas a todos.
Nelson Mandela dijo: “Education is the most powerful weapon which you can use to change the world.” Es decir, la educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo. Puerto Rico está listo para cambiar el suyo. Ojalá que las fuerzas opositoras y sus campañas de mentiras no sepulten de nuevo la idea de darle a la Isla del Encanto las oportunidades que tanto sus niños necesitan.

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Cuba: Crónicas de una mulata trotamundos

Cuando escribí el inventario de lugares que quería visitar antes de morir, La Habana, (Cuba) no figuraba en él. Nunca me admití que la más grande de las islas del Caribe me importara lo suficiente como para ir a verla. No obstante, estaba escrito que tenía que hacer este viaje. De seguro, debido a las reminiscencias de mi adolescencia, cuando escuchaba a Pablo Milanés cantar los versos del poeta Nicolás Guillén:
“No me dan pena los burgueses vencidos
Y cuando pienso que van a darme pena,
Aprieto bien los dientes y cierro bien los ojos.
Pienso en mis largos días sin zapatos ni rosas.
Pienso en mis largos días sin sombrero ni nubes.
Pienso en mis largos días sin camisa ni sueños.
Pienso en mis largos días con mi piel prohibida.
Pienso en mis largos días.”

Entonces pensaba que Guillén fue una víctima del color de su piel. Por eso, cantaba a un tiempo nuevo, en el cual él, at last!, era HOMBRE y no negro.

También se sumaba un sentimiento de intriga, al cual no le bastaban las versiones del “después” de la revolución cubana contadas a través de las voces de los cubanos auto-expatriados ni a través de los espejuelos pro-castristas
¿Era Cuba el país dilapidado de las descripciones que me habían ofrecido los cubanos de Hialeah? O ¿fue la revolución lo que salvó a Cuba? ¿Hubiese podido esa nación, de no haber triunfado la guerrilla, conseguir que los niños dejaran de morir por falta de vacunas, las mujeres dejar de prostituirse para darle de comer a sus hijos, los hombres aprender a leer y escribir?
Lo que viví en el seno de este pueblo, cuya cultura tiene tanto en común con la dominicana, me sacó de dudas de una vez por todas.

(Sábado)
Nuestra aventura empezó a las cinco de la mañana, en compañía de una chica delgada, cuyo nombre es Jennifer, pero a quién llamamos Jen de cariño o por haraganería. Jen quería documentar La Habana para su próximo libro de fotografías. Aunque con diferentes agendas, a ambas nos animaba la idea de explorar la ciudad, saborear el rico sazón criollo y, quizás, comprar alguna artesanía. ¡Estábamos cargadas de optimismo!

Cuando llegamos al aeropuerto internacional de Tampa, la fila era enorme. En ella, se podían separar los cubanos de los extranjeros con solo mirar el volumen de las maletas. Unos cargados de carteras, fundas y bolsas, los demás con una carry on casi desinflada. Mi pinta latina y mi ligero equipaje contradecían los estereotipos.

Ya del otro lado del charco, Jen y yo pasamos por la aduana, luego inmigración e
inmediatamente nos dirigimos a la caseta de cambio de moneda. Nos percatamos de una cajera, protegida tras un grueso vidrio anti-bala. En otra fila esperamos unos quince minutos, aunque no avanzábamos una pulgada.
-¿Se rompió el ordenador?, pregunté.
– No. La cajera no abre hasta las nueve, me respondió un uniformado.
(Eran las 8:30 am)
-¡Pero hace rato que hay alguien adentro!
-Sí, está contando el dinero.
Decidimos marcharnos y cambiar el dinero en la ciudad.
Salimos de la terminal.
-¿Taxi, señorita?, ¿wanna e tasi?
-¿Por cuánto me lleva a La Habana?
-¿Dónde en La Habana?
-La Vieja Habana
-Por 30 c.u.c.
-¡Ay, qué caro!, respingo.
Camino unos pasos. Me hallo a otro taxista y luego a otro.
Preguntábamos la tarifa y la respuesta sigue variando. Nos echaban un vistazo y después nos daban una cotización: “25 c.u.c”, dijo una, “30” dólares, otro y “35” euros- otro más.
Rapidito nos quedó claro que el instrumento para medir los precios en Cuba no era el taxímetro, sino una métrica misteriosa decidida al ojo por ciento. Y de acuerdo a ésta, según la pinta que tengas, se asume cuanto debes pagar por algo.
También aprendimos que circulaba el peso cubano, el c.u.c. (otra moneda nacional), el dólar y el euro. Los taxistas aceptan cualquier moneda, las bodegas, nada más aprueban el c.u.c. o el peso cubano y el puesto de frutas, que funciona exclusivamente con peso cubano. Y como si todo esto fuera poco, independientemente de la moneda con la que una pagaba, el vuelto que nos daban era sin falta en moneda local. ¡A calcular, papá!

Tras mucho regatear, conseguimos que por $20 c.u.c. nos transportaran a la ciudad, situada a casi media hora. Al interrogar al chofer sobre la lógica de utilizar dos monedas nacionales, dijo: “cuando le encuentre la lógica, me avisa”.
Nos reímos. Sabemos que hay una explicación. Sin embargo, no se atreve a darla. Yo no me arriesgo a adivinarla.

En el trayecto, inquiere sobre nuestro origen y planes.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’…Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el “Sanki Panki” me reí muchísimo. Óyeme, como gocé con esa película, chica.
-¿Sí?…me va a costar verla, respondo.
-¿Piensan ir a la playa?, continúa, ¿quieren comprar habanos?, ¿qué día regresarán de vuelta al aeropuerto?
A cada plan nuestro, el taxista le aplicaba un ángulo de negocio en el cual quedaba automáticamente incluído en lo que fuera que quisiéramos hacer. Si le decía que quería ir a la playa, me contestaba “la puedo llevar, llámeme, que de paso invito a mi señora y nos vamos todos juntos. Si le decía que no fumo habanos, me preguntaba ¿qué fumas?
Lo pienso. Reconsidero mi respuesta inicial y respondo con un
-Nada.
Una vez desembarcadas en un café muy coqueto sobre el malecón, el chofer insiste en darme su teléfono.
-No dejes de llamarme para llevarte al aeropuerto.
Le tomamos el número.
-¡Okay!
-Bye
-¡Adios!

Paralelo al malecón corre un boulevard amplio, bien pavimentado, interrumpido por amplias rotondas en cuyo centro se levantan regios monumentos a la memoria de diversos héroes de la revolución. En cada una, hondeaba una radiante bandera blanca, azul y roja que empujaba un viento cálido y salado. En lo alto, unas nubes amenazan con tornarse gris.

A medida que avanzamos, tomando fotografías por el malecón, van saliendo a nuestro encuentro nuevos amigos.
El primero es un barrendero moreno vestido en un jumpsuit amarrillo, quien nos pregunta de dónde somos.
-Dominicana y mexicana, dice Jen, apuntando, primero a mí y luego a ella.
-¿¡Dominicana!? Los cubanos y los dominicanos somos lo’ mismo’, chica. Tú sabe’, nosotros, la gente del Caribe. Cuando vi el Sanki Panki me moría de la risa. Dio’ mio’, como gocé mirando esa película.
-Voy a tener que verla, le digo un tanto sorprendida, pues es la segunda vez, en el espacio de dos horas, que sale a relucir el título de la película.
-Oye, ya terminé aquí con mi trabajo. Las puedo llevar por La Vieja Habana, enseñarles el Callejón de Hamel, la rumba cubana, llevarla a ver lo que ustedes quieran. ¡Balla! (léase vaya), sin compromiso.
Saca la billetera. En una fracción de segundos, mi cerebro repasa el catálogo de las posibles prendas que mi nuevo amigo quisiera mostrarme desde la intimidad de su cartera.
Me muestra una foto de su hija.
-Mira, me regalas cualquier cosa. Déjame quitarme el uniforme y me voy con ustedes a darle un tour. Así me gano algo extra para llevarle a la niña. Lo que sea que me den, sin compromiso.
-Jen y yo nos miramos. Nosotras amamos brujulear, ir y venir a la libre, sin una tercera rueda condicionándonos el día.
-Mira, ¿por qué no quedamos mejor en hacer algo mañana?, le dice Jen, desplegando sus dones de diplomática.
No insiste.
Seguimos andando.
A medio kilómetro de allí, se nos acerca un muchacho vestido a la moda Gente de Zona.
Nos pregunta de donde somos.
-Dominicana. ¡Ah!, pero tú sabe’ que los cubanos y los dominicanos somos la misma cosa. Baya, que por poco se me salen los pipí de la risa mirando la película del bla, bla, bla, bla.

Bajo de la calzada a la calle. Quiero cruzar la avenida, dejarlo atrás. Me presiento que algo quiere este también. Hace un calor pegajoso, no se mueve una hoja y el cielo, antes celeste, ahora es una sábana sólida de nubes. Por dentro, me estoy poniendo tan densa como la atmósfera.
El chico cruza la avenida junto conmigo. Jen, ocupada en retratar, se ha quedado atrás.
-¿A dónde van?
-Al callejón de Hamel.
-No se apuren, yo las llevo, sin compromiso.
-No hace falta, chico.
-Pero chica, es sin compromiso.
-¿Qué haces?, me pregunta.
Dudo un instante. Si sigo poniéndole conversación no me lo quito de arriba, pienso.
-Chice, pero no sea’ así. Que solo te estoy poniendo conversación.
-Trabajo en la educación, digo, capitulando.
-Yo odiaba la escuela, contesta.
-¿Por qué?
-Las maestras mapeaban el piso conmigo. Me decían: “¡Maldito negro, sino la haces a la entrada, la haces a la salida! Prieto e’ mierda, pareces simio”. Me trataban muy mal. Baya, No tienes idea, chica, lo que es ser negro en este país.
Siento un calor que me sube de los pies hasta la nuca. Quisiera decirle tantas cosas. ¡Tantas! Intento no atragantarme y, tras un suspiro, logro a articular “a mí, ¡ni a ti! nadie tiene el derecho de decirnos que somos feos, hermano. Quítate eso de la cabeza”.
-Ay, Coco, si supieras… responde, bajando la mirada.
De pronto, verlo así me rompe el alma. Parece un buëy acostumbrado al yugo. Intento despedirme, pero todo parece indicar que se nos ha pegado con crazy glue. Eventualmente logro identificar cuál era su objetivo. Lograr que Jen le regale su gorra Nike y le brinde un trago de negrón. Cuando satisface sus deseos, nuestro escolta decide dejarnos seguir nuestro camino en paz. En agradecimiento, por el cocktail y la cachucha, nos hace una pomposa ofrenda de un billete de tres pesos con la imagen impresa del ícono argentino de barba y boina.
Antes de perderlo de vista, grita ¡vuelvan mañana a celebrá la rumba cubana!

A fin de llamar nuestra atención, entre el callejón y la Vieja Habana, los taxis nos tocan la bocina. Nos pintan igualmente los coco-taxis, secundados por un joven, tirando de una bicicleta, quien nos aborda. Su máquina es todo un homenaje a la invención humana. Con dos asientos de autobús anexados detrás, y por techo, una lona, parece la carroza de La Cenicienta antes de la mágica aparición del hada madrina.
-Vengan, que hoy tengo un especial. Por $10 (c.u.c) las llevo al centro y les doy la vuelta por todos los monumentos.
No sé si quería escaparme del calor, del hostigamiento o simplemente estaba agradecida de que el joven no me había dicho: -¡Dominicana!, los cubanos y los dominicanos …

Nos montamos cómodamente en la parte trasera de la bici y mientras recibimos el mencionado tour, gozo un mundo con las historias de nuestro conductor, que se llama Rangel.
Rangel nos relata sobre una experiencia que tuvo con un té de campanilla, que le produjo unas alucinaciones “BARBARÁ. Me pasé la noche encuerado huyendo de unos elefantes que me querían aplastar”.
Todo iba de lo más bien, hasta que se nos poncha una goma.
Nos desmontamos del “carrito” y seguimos a Rangel un par de cuadras hasta una esquina donde arreglaban neumáticos ponchados.
– “Son diez minuticos na’ má”, nos dice y se desaparece detrás de un portón de hojalata.
-Si los diez minutos de los cubanos se parecen a los de los dominicanos, anticipo que serán por lo menos veinte”, le susurro a Jen.
Pasados treinta minutos, los tres continuamos parados en una esquina, esperando a que la reparación de la llanta llegue a su final.
Unos uniformados de gris nos miran con recelo. Son miembros de la policía. Le piden a nuestro tour guide una explicación: ¿por qué están esas turistas paradas hace rato en esta esquina? El muchacho, visiblemente nervioso, les encamina hasta el taller para mostrarles que de verdad le están arreglando algo a la bici.
Los diez minutos resultaron ser cuarenta y cinco. Subimos de nuevo al aparato y, tan pronto ponemos las sentaderas sobre el vinil cubierto de parches, se desata un aguacero de proporciones mayúsculas. Si Rangel hablara inglés, le diría que is rainnig cats and dogs, pero como nos hemos estados comunicándonos en la lengua de Cervantes, le comento:
-Están cayendo burriquito’ aparejao’
-¡Ahora, si te salió lo dominicana!, grita contento. Baya, me acordaste la película esa, del negrito, flaquito, ¿tú sabes?, la de…

– ¿El sanki panki?… ¡No la he visto! La voy a tener que ver.

Permítanme explicarles quién es esta criatura. El sanki panki es un muchacho pobre que le hace compañía a las extranjeras a cambio de dinero, tragos, comida y regalos. En pago a tales generosidades, ellos les dedican su re-concentradísima atención y, además, les introducen tantas pulgadas de salami dominicano como puedan las susodichas aguantar. A propósito, se dice, que el salami de los dominicanos es Gran Induveca.

-¡Exacto!, esa misma.
-Mira, Rangel, no hemos cambiado el dinero que trajimos en c.u.c. ¿Nos llevas a una casa de cambio?
-Claro, claro.
-Y ahí nos puedes dejar. Nosotras seguiremos el resto del día por nuestra cuenta.
-¿Y no que querían ir a comer?
-Si. Hay muchos restaurantes por estos lados. Eso no es problema.
-No, pero déjenme llevarla. Hay un paladar cerquita. Con langosta y camarones o si no les gusta eso…
-No, de verdad. Gracias. Toma. Esto es lo que te debo, más una propinita. Un placer.
-Es que…mira…¡baya!, te buá-se’ sincero. . La comida e’ buena y me van a ayuda’ si ustedes comen ahí, chica. El dueño del paladar me da leche para la niña si le llevo clientes.
-¡Hum! ¿cual niña?… me pregunto mentalmente.

Recapitulemos. Rangel ha sido nuestro edecán por aproximadamente dos horas. Una hora la gastamos esperando la reparación de la bendita rueda. Tómese en cuenta que durante este par de horas, el tipo no paró de hablar. Nos contó del tecesito de campana y de otra vez que se fue al monte a buscar unos hongos que nacen de la caca de la vaca. Nos explicó que la mariguana se siembra con la yuca por que el ciclo de crecimiento de la una ayuda a que la otra…. En fin, ¡le ha dado tiempo a hablar hasta de la madre de los tomates! No obstante, no ha hecho mención de familia, esposa o hijas, ¡ni de casualidad!
En el intervalo de tiempo compartido, lo he observado detenidamente. Este mulato de piernas hermosas se ha sacado las cejas y está depilado en todas las áreas visibles. No tiene pelos en las axilas ni en los muslos ni en las piernas ni en los brazos ni en los antebrazos ni en el pecho. Repito, se de-pi-la. Eso solito lo encasilla en el hoyito de los metrosexuales. Y metrosexual bien hubiera podido ser, si en el parque otro guía en bicicleta no hubiera bromeado, diciendo:
-Tienen el mejor de los tour guides, porque vale por dos. Rangel por el día es guy por la noche gay.
Pero volvamos al asunto, la niña.
-¿En serio, tienes una hija, Rangel?, digo
-Sí.
(Diaaaablo, ¡qué cojones!, pienso)
Jen frunce el ceño. Entra ceja y ceja se le marcan dos líneas. En este preciso set de circunstancias, su rictus indica que la invade una incredulidad super-absoluta.
No tiene que decirme una palabra. Puedo leérselo en la mente: ¿Qué tiene una hija!, ¡mi madre, qué timbales!

Permítanme un segundo para irme por otra tangente. Quisiera hablarles de mi amiga. Cuando intuyo que no resultará ofensivo, la llamo “la grabadora”.
A Jen la maltrataron de niña. El papá se iba a trabajar a los ferrocarriles y la madrastra la golpeaba, como para desquitarse de que su güey la dejaba sola atendiendo a dos mocosas que no eran de ella.
Se sabrá algún día que los niños víctimas de abuso físico desarrollan una increíble habilidad para leer a las personas. Jen mira, pero más que mirar, traspasa igual que los rayos equis de Supermán; filmando, analizando. En otras palabras, ¡es un pinche radar!, una máquina adiestrada en el arte de leer conductas, señales, comportamientos humanos y medirle al prójimo los cambios de humor, sus verdades y sus mentiras En este caso en particular, es un gaydar muy preciso, cuasi infalible y bien cabrón.
Hacía rato, que Jen me había susurrado al oído que creía que Rangel era gay.
¿Por qué?… ¿Sería la precisión geométrica del short ajustado?, ¿la camiseta de nylon adherida a la tez canela como una segunda piel?, ¿ la muñeca partida?… I don’t know!
Recibimos la noticia de la existencia de la chamaquita como un presagio nefasto. Nuestro simpático guía turístico, igual los amiguitos antes que él, estaba en el negocio de exprimirnos hasta el último euro del bolsillo. Y para lograrlo, si tenía que dar a luz una niña… ¡ñooo!, por su madre que lo haría.
-Será manso cual paloma, pero pendejo, ¡que va!
Nos rogó tanto que se salió con la suya.
Fuimos a almorzar al paladar de su socio.

A la salida, nuestra caminata por cuenta propia duró poco porque se desprendió un torrencial que nos impidía avanzar. Dos pasitos y ¡de cabeza a meternos bajo un portal! De escabullida en escabullida, nos topamos con una tienda en construcción. Los obreros parecían haber terminado con las faenas del día y estaban sentados sobre latas de pintura, fumando.
–“Entren, no se mojen”, vociferó uno de ellos, gesticulando para que procediésemos a entrar al espacio polvoso y opaco. Accedimos.
-Saludos, digo
-¡Buenas tardes!, a coro.
-¿Visitando a Cuba?, dice el más delgado.
-Sí, pero como que la lluvia no nos quiere dejar.
-Ja, ja.
-¿De dónde son?
-Mexicana, ella y dominicana, afirmo poniéndome la mano en el esternón.
-Yo tengo un hermano en México. Estoy loco por ir.
-¿Y lo deja el gobierno salir fuera?
-Ahora sí. Hay algunos países, baya, que sí se puede.
-¿Cómo cuáles?
-Como México, Italia.
-¿Y para cuando piensa ir a ver a su hermano?
– ¡No es tan fácil chica! Hay que hacer mucho papeleo.
-¿Una visa?
-No chica, una visa no fuera na’.
-¿Entonces?
-Bueno. Fíjate. Lo primero que hay que hacer es poner un dinero en el banco. Son dos mil dórales, que ¡baya!, uno lo puede buscar, uno busca la manera. En fin, que lo del dinero se puede arreglar. El asunto está que la policía luego quiere saber de dónde carajo salió el dinero. Baya. Pa’ darme a entender, que los salarios aquí son una mielda, chica. Así, trabajando y cobrando un salario no te alcanza pa’ ahorrá un centavo. Entonces, por querer ir a ver a mi hermano, me meten preso, porque van a querer averigual como…Y no es que sea nada malo. No es nada ilegal ni nada, digo. Pero es por la izquierda, si me entiendes lo que te estoy diciendo. Entonces, sí puedo viajar fuera de Cuba, de poder, se podría, se puede. Lo que es imposible es cumplir con to’ lo requisito’, el papeleo y tuesas cosas, tú sabe’. O sea, que se podría, pero no se puede… ¿Me entendiste?
-Oh, sí. Te entendí perfectamente, respondo, mirándole a los ojos para que vea que de verdad lo estoy copiando.
-¡Guao!, qué fuerte, dice Jen.
Nos quedamos un ratito en silencio. De repente, como por acto de magia, paró de llover. Aprovechamos y le pagamos a un coco-taxi para que nos lleve a la calle 19 del Vedado, uno de los barrios más residenciales de la capital, donde estábamos hospedándonos.
No eran pocas las cuadras desde el malecón hasta allá, mas queríamos experimentar la aventura de un coco-taxi.
¿Qué es un coco-taxi?… Pues es la versión en esteroides de la bicicleta de Rangel. Es decir, es un aparato con capacidad de acomodar de una a tres personas en el asiento de atrás. A diferencia de la bici, este engendro está motorizado y en lugar de una lona agujereada, proporciona una cobertura solida sobre la cabeza del pasajero con láminas de hoja de latas soldadas en forma de medio coco. El coquito, si es que usted no se lo llega a imaginar con claridad, no tiene paredes laterales capaces de proteger los tripulantes. Es a esta configuración ahuecada y semi-circular que deben su nombre de pila.

A medida que subíamos desde la orilla del mar hasta El Vedado, el cielo se raja en dos. El agua empezó a caer cual si se tratara del segundo diluvio mundial. Era una puta cortina de agua, cuyas gotas caían con la fuerza de una piedra. Prácticamente, nos obligaban a cerrar los ojos.
A la pela que estábamos recibiendo, se sumaban las olas de agua enlodada que levantaban los coches al cruzar los charcos. Para acabarla de rematar, un autobús pasó volando, con tanta prisa, que produjo un oleaje colosal. Nos empapamos hasta la más recóndita abertura.
-No ‘ombre. Ya sí es verdad que no me queda un rinconcito seco, exclamé.
-De haber sabido que volvería a llover así, me hubiera ido para mi casa temprano, contestó el motociclista.
Tardamos unos quince minutos en arribar a la puerta de la casa donde íbamos a quedarnos.
Le pagamos al muchacho y punchamos el intercom para que la dueña nos abra el portón principal.
Les juro por lo más sagrado, la dueña no estaba ahí. No estaba ahí y nosotras, con un portátil americano, no teníamos señal para hacer una llamada, muchos menos conexión de wifi para poder contactarla. Afortunadamente, una pareja de españoles se acercó, aún secos de la cintura para arriba, gracias al amparo de sus paraguas.
-¿Vosotras también se quedáis aquí?
-Tenemos reservaciones para quedarnos, pero no hemos podido entrar.
-¿Teneis llave?
-No.
-Jodé, nosotros tampoco.
-Esperáis, que voy a llamar a la dueña, dice.
– Aló, oye, tía. ¡Tía!, que tienes unas muchachas esperándote. ¿Cómo que dónde? Pues en tu casa, coño. No. No sé cómo se llaman.
-Jen y Coco, le dijo
-Están empapadas. Parece que tienen rato…Ah, bueno. ¿Ya vienes?, ¿Cuánto, dices?, Ok, pero apúrate que está llov…ok, les digo. En diez minutos. Vale. Vale. Que en diez minutos viene.
Habiendo aprendido la lección sobre la interpretación no literal que se le da a los números en Cuba, especialmente cuando son aplicados a medir la hora, y considerando que la calle19 más parecía un canal que una calle, concluimos que era prudente buscar un lugar en el cual resguardarnos hasta que la señora hiciera acto de presencia.
Al cruzar, la casa de enfrente había convertido el garaje en cafetería. Sobre el cemento agrietado, en unas mesas redondas, bajo unos cuantos paraguas desteñidos, fuimos a parar.
Un cuarto de hora después llegó la anfitriona. Una cubana de seis pies de estatura. Los españoles entraron primero, nosotras detrás.
-Oye, perdóname. ¡Cosa más grande! No sabía que llegaban hoy, dice la cubana.
-Hace un mes que hicimos esta reservación, le respondo.
-Es que le muchacho que me maneja la página no me dijo que uste…
-Le escribí hoy, esta mañana por Air B&B, para recordárselo, dice Jen.
-No. Sí. No sabía… Es que yo no tengo internet en la casa. Las reservaciones, baya, que no soy yo que las acepta. Pero no importa. Déjenme ir a busca unas toallas. Pobrecitas. Mira como están, mojaditas. ¡Cosa más grande!
-Bueno, señora, ¿nos vamos a poder quedar aquí o no?, le pregunto, casi a punto de tener un síncope. Pensando ¡ahora sí!, vamos a tener que salir bajo un aguacero a buscar hotel.
-No. Sí. Sí se pueden quedar. Hay un apartamentico aquí al doblar. Se ve feíto por fuera, pero tiene de todo. Ahí se van a quedar. Espérate a que baje un poco esta lluvia, para llevarlas. Esta cerquita, a un par de bloques na’ má’.

A la media hora, cubiertas con un par de toallas y armadas con sombrillas, la dueña nos muestra la ruta para llegar al edificio de apartamentos donde dormiríamos.
Exhaustas, nos damos una ducha y nos tiramos en la cama.
Las fuerzas no nos alcanzaron ni para cruzar a “La Fiesta” a cenar.
-“Es un restauran’ de gran reputación”, afirmó la señora.
Estábamos trasnochadas, los pies hechos migajas… En fin, no pudimos levantarnos.
-Mañana será otro día, suspiré.
Mientras tanto, Jen se enroscaba en posición fetal, titiritando de frio.
Jen: – No doy más.
Yo: -Me neither. Menos mal que solo nos queda hasta el lunes temprano.
Jen:- Nos vamos el lunes por la noche. Nos quedan dos días más.
Yo:- ¡Coño, Jen! Te dije que teníamos que irnos por la mañanita, el lunes tengo que ir a trabajar.
Jen:- Te pregunté que si el vuelo de las seis estaba bien.
Yo:- Supuse que decías seis de la mañana.
Jen:- ¡Pues supusiste mal.
Yo: ¡Me cago en diez!
Jen: ¡No me hables mal!
Yo: Tengo el lunes una llamada con la oficina central. Y un reporte que enviar. Y mi jefe cuenta con que voy a participar en un programa radial.
Jen: Pos’ dile a la mujer que te diga cómo le has de hacer para encontrar internet y cuadrar.
Yo: Me cago en diez.
Jen: ¡No me hables mal!
++++
(Domingo)

Yo:- ¿Cuál es el plan?
Jen:- Desayunamos, pasamos por el cementerio donde enterraron a Colón y la Plaza de la Revolución, que están cerca. Después nos vamos a ver la rumba en el callejón.
Yo: Voy a necesitar tomarme un café, ¿desayunamos en casa de la anfitriona?, son cinco euros nada más.
Jen: Mejor vamos a comer algo por ahí. No quiero que se ponga a hablar y que tengamos que quedarnos conversando en su casa mucho rato.
Yo:- All right.
Andando, alcanzamos el cementerio y de ahí, nos tiramos unas fotos en la Plaza de la Revolución, una llanura árida hecha de hormigón, donde se cocinan los pies de calor.
La brutalidad del sol nos obliga a huir de allí en coco-taxi.
-Llévenos al Callejón de Hamel.
-Son doce c.u.c.
-Le doy cinco.
-Te lo dejo por nueve.
-Ok
-¿Qué volá? ¿van a ver el espectáculo de la rumba cubana?
-Sí.
-Van con tiempo, empieza a las doce y se termina a las tres.
-Cool.
No bien nos hemos apeado del coco amarrillo, escuchamos que la matrona encargada del espectáculo de rumba falleció la noche anterior. No va haber show.
Lo confirmamos con un vendedor ambulante. ¡No puede ser!
-Se murió la máma, repite.
Yo:- ¿Qué hacemos?
Jen:- Nos vamos a bañar a la playa.
Yo: ¿A la playa?
Jen: ahjá.
Los autobuses se toman en el Parque Central, ofreció por respuesta un vendedor de chicharrones, quien nos hacia la ronda para vendernos de su cuerito frito.
Tomamos otros coco-taxi y pasados diez minutos, aterrizamos en pleno Parque Central.
Allí tomamos un Jeep re-diseñado como taxi comunal, en el cual cabían unas ocho personas. Este ingenioso aparato nos traslada a orillas de una hermosa playa del Este.
Con un hueco en las tripas, nos acercamos al único restaurant de la zona. Un ventorrillo que consistía de seis mesas al aire libre. Antes de darnos un chapuzón, agarramos un par de menús plastificados. Yo me decido por el pescado del día. Jen opta por la mariscada.
-Te van a dar tres mierditas, como a mí ayer, le aconsejo.
-Estamos en el mar. De seguro que aquí le pondrán más mariscos.
El plato en cuestión salió igualito que el del día anterior, o sea, una porquería.

En la mesa da al lado, una chica cubana cubierta en tatuajes está sentada en la mesa con cuatro muchachos a quienes, por su acento, se les adivinaba una procedencia de allende los mares. Uno se le sienta bien pegadito a la tatuada y al hacerlo, se le cae la cerveza de la mano.
-Lo tienes nervioso, dice –relajando- uno de los amigos.
-¿Cómo no ponerse nervioso con una hembra así?, dice el otro.
-La morenita se sonríe y se toma un trago.
-Miro a Jen. Sé que ha estado registrándolos desde que nos sentamos. ¿Cómo explicar lo que veía? Cuatro hombres jóvenes, viajando sin mujeres, obviamente, straights, celebrándole “una conquista” al amigo.
El amigo, a su vez, era el único de los tres que no mantenía una distancia corporal respetuosa con la muchacha. Su lenguaje corporal era invasivo, una mano colocada sobre el espaldar de la silla de ella, su pierna casi tocando la de la chica.
-Creo que a ese le están celebrando una despedida de soltero, dice Jen.
-¿Será puta la cubana?
-Ssssch, habla bajito, por dios.
Una chica extranjera, pasada de tragos, le gritó a la mesa de los muchachos
-Cuando terminari, me la prestare, por favore.
-¡Ah!, pues sí es una puta, concluyo.
-Sssschh, ¡que te calles!

Al rato, nos ponemos los trajes de baño entre el follaje de los almendros, tratando de no pisar las toallas sanitarias ensangrentadas y botellas de Bucanero tiradas bajo las sombras. También ahí, al final de la tarde, nos ponemos la ropa seca, preparándonos para regresar, ya que no había baños, duchas o vestidores. En lugar de eso, la exuberante vegetación tropical nos prestaba sus hojas frondosas para jugar el papel de cuarto privado, inodoro o depósito para pañales desechables.
El chofer que nos trajo quedó de pasarnos a buscar. Sin embargo, jamás lo volvimos a ver. Unas chicas italianas, (no las borrachas del ventorrillo, sino otras) le habían pagado la ida y la vuelta al truhan del chofer. No se podían creer el desplante. Esperamos por horas. No llegaban más taxis. Ya oscuro, hacemos un arreglo de pago con un nuevo conductor que apareció por allí de milagro.
Este taxi nos deposita en la avenida del puerto, donde arribamos poco antes de la puesta en escena del cañonazo de las nueve. Entre la avenida del puerto y El Morro, hay un mar oscuro y bravo. Del otro lado, erguida en los tiempos coloniales, sobresale en el tope de la colina una fortaleza, regia como una imposición.
-Subamos al Morro a presenciar el disparo del cañón.
-¿Cómo cruzaremos hasta allá?
-¡Nadando no se va poder!
-Habrá que buscar un taxi.
Paramos uno.
-¿Cuánto nos cobra para subir al Morro?
-$15
-Te damos $5
-Te lo dejo por $8 si vienen de vuelta conmigo.
-Ok.

Una vez en la antigua fortaleza, descubrimos que necesitamos c.u.c. para comprar las entradas. Los euros se nos han acabado. Es domingo por la noche y las casas de cambio no abren hasta la mañana. Le pregunto a una chica uniformada de blanco, ¿me cambias 20 euros?
– ¡Ja!, amiga, ¿cómo se le ocurre pedirla a una cubana 20 duros? No sabe’ que a mí me pagan eso al mé’.
Para nuestra suerte, encontramos a una pareja de españoles. Ellos nos salvan de la situación. Canjeamos los euros por c.u.c’s. Pagamos. Nos adentramos en la fortaleza.

¿Qué les puedo contar del tan esperado cañonazo?
Llegadas las nueve, hay un gentío enorme. No vemos cuando los guardias vestidos de bufones se aproximan ceremoniosamente al milenario artefacto. Solo alcanzamos a escuchar el jodido disparo, cuyo estruendo nos pega un susto tremendo.
-¡Pucha madre!, gritó un sudamericano, sorprendido por el estruendo.
Al término del evento, buscamos entre una multitud al taxista con quien habíamos acordado retornar.
-¡Hey!, méxicanas!, le oímos clamar.
Nos subimos a su carro y hallamos dos turistas montados en el asiento trasero. ¡Había encontrado clientes y ya se iba a ir sin nosotras!
-Vengan corazones. Móntense, que llevo rato esperando a que salgan.
Nos propone que vayamos a un lugar nocturno llamado “La Fábrica”.
Jen quiere ir a bailar. Yo no doy para más. Lo conversamos. Le pedimos a Orlando que nos lleve al Vedado.

Esta vez sí fuimos a cenar al famoso restaurante “La Fiesta”.
Pedí cordero y Jen, una vaca frita. Ninguno de los dos platillos sabía rico.
De golpe, me entran unas ganas descomunales de largarme para mi casa. Dos días en la tierra del fallecido Fidel Castro y ya estoba contando los minutos para volver a mi mundo de broadband wifi, de precios fijos, de sándwiches con tomate y lechuga adentro, de cordero bien adobado con cúrcuma, de gente que no me pide en la calle las sobras de la pasta de diente o del desodorante, de no tener que recurrir al regateo, de policías que no atosigan al tour guide, de amigos desinteresados, de pagar con una sola moneda, de que no me traten de engañar con el cambio, de cuando me identifico como dominicana, no me hablen de un negrito que le vende el alma a las turistas a cambio de una pizza. ¡Ñoooooo!
++++
(Lunes)

Recién despunta el alba, me dedico a buscar una manera de conectarme con el internet. Necesito hacerle saber a mi jefe que estaré ausente.
Como recordarán, su humilde servidora tenía que presentarse a trabajar a principio de semana. Erróneamente, había asumido que nuestro vuelo de ida estaba planeado para las 6 a.m., en lugar de las 6 p.m. En vista de que nuestra anfitriona no tenía wifi, indago sobre las posibles alternativas.
-Si te vas al parque de la 14 con la 23, allí hay unos vendedores. Les compras una tarjeta. ¿Tienes celular? Bueno. Con el celular te montas en la red que aparece en la tarjeta. Te dan una hora de conectividad por $3 c.u.c. , me explica la gigantesca señora.
-Habla tú, Coco, añade. Tú suenas como si fueras de oriente. A tu amiga que no hable, que de una vez le van a notar que no es de por aquí.
-A mi amiga hay que sacarle las palabras con cucharita, le contesto.
-¡Buena suerte!
-Muchas gracias.

Llegamos a la intersección de la 14 con la 23. En cada uno de los bancos del parque hay una persona hablando por su portátil o enviando mensajes de texto o escribiendo un correo electrónico o con los audífonos puestos. Era todo un café-internet, menos el café.
Concluyo mi transacción con una de las vendedoras, escribo una explicación a mi supervisor, coordino con una colaboradora para que me reemplace en la radio, le hago saber a mi hermana por WhatsApp que mi estadía en el extranjero se extenderá más allá de lo que originalmente asumí y cuando termino, instintivamente, reviso la caja de outgoing messages, para descubrir que algunos de los correos no fueron enviados.
Preocupada, me acerco a la vendedora de las tarjetas y le inquiero: ¿qué está pasando?, ¿por qué no salen los correos?
-Ha de ser el hot spot, debe andar sobrecargado.
-Por mi madre, ¡no me diga una cosa así!
Me alejo del parque echando humo por las orejas.

Seguimos caminando en dirección al Hotel Nacional. De bajada, Jen le compra una copia pirateada de reguetón a un vendedor ambulante, quien nos advierte que
Debemos llegar al aeropuerto con tres horas de anticipación.
Fieles a su consejo, cerca de las 2:30 pm, abordamos un vehículo descapotable, pintado de color rosa, que data del 1950. Sentadas sobre el vinil blanco, finamente adornado con tachuelas doradas, enfilamos con destino al aeropuerto. En el camino, el propietario de la reliquia nos comenta que un gringo le han ofrecido $50,000 dólares por el carro.
-No puedo vendérselo, el gobierno lo tiene prohibido.
-¿Prohibido? ¿Adio’ y por qué?, pregunto.
-Porque es considerado patrimonio de la humanidad.
-¿O sea, que es tuyo, pero no se lo puedes vender a nadie?
-Se lo puedo vender a otro cubano residente en el país, a nadie más.
-Ya.
-Pero si un cubano tuviera $50,000 dórales para comprármelo, la policía lo investigaría. Los salarios son muy bajitos, tú sabe’. Y trabajando honradamente, nadie junta $50,000. No en Cuba.
-En otras palabras, amigo, usted no va a poder venderlo nunca.
-Nunca.
-¡Guao!, ¡qué fuerte!

Antes de darnos cuenta, estábamos frente a la terminal II del Aeropuerto Internacional de La Habana. En el trayecto, apenas unas pocas señales indicaban que conducíamos por el camino correcto. De hecho, la carretera que lleva al aeropuerto y las diferentes terminales del mismo, tienen una cosa en común: carecen de señales para guiar al viajante. Si una no tiene la dicha de ir en la compañía de un taxista aguzado, se pasarías dos horas preguntando o adivinando la ruta para encontrar las terminales.
Entramos a buscar nuestra línea aérea y nos percatamos que nos han traído a la terminal equivocada. Los vuelos correspondientes a nuestra línea área salen por la terminal III.
¿Podremos tomar un trencito o un autobús designado a movilizar pasajeros entre las diversas terminales?… preguntamos a los empleados del aeropuerto.
-No, tienen que tomar un taxi.
Tomamos otro taxi. En el trayecto, me aventuro a preguntar a conductor:
-Señor, ¿cómo es posible que ustedes, los taxistas no sepan las terminales por las cuales llegan y salen los vuelos? Se lo comento, porque he viajado por muchos aeropuertos y siempre, con decir el nombre de la línea aérea, el taxista sabe cuál terminal me toca.
-¡Ay, m’hijta! Aquí no es así la cosa. Uno no sabe nada. No hay información. A los choferes nadie nos dice ni por donde, ni a qué hora, ni nada.
-Entonces, ¿cómo sabe usted a que terminal llevar a sus pasajeros?
-¡Pues, el turista tiene que decirnos!
-¡Ah, caramba!, respondo, entre perpleja y … ¿cómo se diría en Cuba?… ¡¿EM…GADA!?
-Bueno, lo importante es que llegaremos a tiempo, dice Jen, con su espíritu conciliador en overdrive.
Aunque estuvimos a tiempo, el vuelo no tocó tierra con puntualidad.
Unas dos horas y tres latas de cervezas Presidente más tarde, ¡por fin!, nos llegó el momento de abordar.
La línea aérea Southwest no asigna los asientos de antemano, de manera que para de asegurar el orden de abordaje, se emplea un sistema de grupos y números, cuyo orden es masivamente ignorado por el espontáneo ánimo del isleño.
Un norte-americano insiste en mover a todos los cubanos que se le han puesto en frente.
-Excuse me, excuse, I am número A-17, explica con voz impaciente.
-Estamos en Cuba, “brothel”, le dice un hombre alto, sin molestarse tan siquiera a mirarle.
– Me importa un carajo, lo segunda otra voz.
-Honey, shut up, le dice la esposa.
-It’s the principle, it is myyyyyy turn, responde el desteñido hombrecito, evidentemente irritado,
-You better shut up, enfatiza la esposa.

¿Se movieron de lugar los tipos fuera del orden numérico?…
La respuesta te la dejo a tu imaginación.

Si me preguntas: ¿valió la pena este viaje?
Te responderé: -¡claro que sí!
De no haber sido por este fin de semana en La Habana, jamás habría podido decirle al espíritu de Guillén, donde quiera que se encuentre
– tienes razón poeta, los burgueses de otrora fueron vencidos. No obstante, en tu país todavía existe la pobreza, el racismo, la prostitución y una nueva burguesía que goza de muchos privilegios. Mientras tanto, tu pueblo sigue viviendo sin zapatos ni rosas, sin sombrero ni nubes, sin camisa ni sueños. Y hoy, soy yo quien piensa en sus largos días.

Misericordia de Benito Pérez Galdós, un estudio de registros

Lenguaje verbal y orden social en Misericordia

En su representación realista de la vida de Madrid, Benito Pérez Galdós plasma en Misericordia las distintas formas de hablar de las gentes, creando una asociación entre el nivel social de los sujetos y el uso del español. El uso correcto o incorrecto del habla sirve en Misericordia como un identificador que marca las clases sociales entre criados y patrones, el pobre en comparación con el rico e incluso los pobres entre sí. Las descripciones, entre otros recursos literarios, habrían bastado para dar a entender la desigualdad social entre los personajes. No obstante, Galdós va más lejos en su afán por explicar la profundidad de la brecha. Para lograrlo, se vale de la forma cómo se expresa cada uno. Así, Galdós nos expone a las “capas ínfimas” y “los tipos más humildes” (Pérez Galdós, prefacio) de la sociedad española. Y para ello emplea un lenguaje que crea no sólo una caracterización de los personajes, sino también el lugar que ellos ocupan en el orden social. Por un lado, su estudio de la realidad abarca el sabor oral y por otro, plantea una problemática social. Al presentar el contraste entre ambas -la expresión y la condición- de una clase frente a la otra, Galdós pone en evidencia la disparidad social. El autor consigue esto a través de diversas variaciones lingüísticas. Para los fines de este trabajo, trataremos en específico los dialectos. Se definirá dialecto como “una comunidad lingüística cuyos miembros se comunican entre sí de manera consistente y hablan todos de manera semejante”. (Halliday, 239) Otro entendido lo describe como uno de los tipos de variedad idiomática que está incluida en el dominio de otra variedad mayor y que muestra una fuerte tendencia a repetirse. (Montes, 248) Desde el punto de vista de la sociolingüística, los dialectos son estructuras que revelan “el carácter jerárquico de la sociedad en términos de procedencia, sexo, generación, oficio, casta y clase. (López Morales, 238) Esa manera de hablar, pues, “funciona como un índice clasificatorio”. (206) La validez de dicho índice quedó demostrada con las investigaciones de Labov, quien descubrió que “el habla varía entre los miembros de una comunidad de acuerdo a la clase social” a la que pertenecen. (Halliday, 238) Considerando que hay variaciones/dialectos de muchos tipos, aclaramos que excluiremos lo familiar, lo nacional, lo urbano, para prestar atención exclusivamente al uso del lenguaje de acuerdo al nivel social de los personajes.
Desde las primeras páginas notamos múltiples incorrecciones en las que incurren los indigentes que hacen guardia en el lado Norte de la parroquia de San Sebastián. Galdós se sirve del lenguaje “no principalmente por su valor funcional, comunicativo, sino porque representa parte inseparable de una realidad determinada.” (Rogers, 248) Esa realidad es una fotografía tan fiel, que su estilo ha sido catalogado como “realismo científico”. (Wright, 96) En Misericordia encontramos que la gente de clase alta presta más atención al habla personal, entretanto, la gente que habita los estratos sociales más bajos adopta formas defectuosas del idioma, comete errores de pronunciación, se inventa ciertas palabras o a veces no las entiende; especialmente cuando éstas pertenecen a un registro más elevado. (Los registros son modos distintos de decir las cosas, [Halliday, 240]) De ahí que en personas de bajos recursos (Flora, Demetria, Eliseo y Casiana) aparezcan constantemente omisiones de la letra d al final de palabras, supresiones de la c entre vocal y consonante, empleo de la i para reemplazar otras letras, pronunciación errónea de nombres y verbos, además de barbarismos tales como mismamente. Por ejemplo, unos instantes antes de entablar un diálogo con el Don Carlos, Pulido se queja de lo “fulastre” que había sido el año. Durante su lamento, conjuga los verbos parecer y hacer, de la siguiente manera: “me paice a mí” y “quieren que no haiga pobres”. (4) Así mismo, cuando emplea palabras como: festividad, pobreza, palpitante, víctimas, Congreso, congregaciones, mendigos y discursos, las convierte en: “festividá”, “probeza”, “pulpitante”, “vítimas”, “congriogaciones”,” mentigos”. y “discursiones”. (4) Tan pronto Pulido ha concluido su perorata, aparece don Carlos, quien le regala una “perra grande.” Al mismo tiempo le dice: “No te la esperabas hoy: di la verdad. ¡Con este día!” Y luego: “Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es flojo milagro con estas heladas y este pícaro viento del Norte (…)”. (4)
Tanto en el gesto de entregar la moneda como en las descripciones de cada personaje: Pulido “mal envuelto en raída capa de paño pardo” (4) y don Carlos “que viste una luenga capa”, (4) el escritor establece que un individuo está en mejor posición económica que el otro. Mas, es usando como recurso el habla fallida del ciego que la posición social superior de Don Carlos es puesta en relieve. Halliday, en su artículo El lenguaje como semiótica, plantea que pertenecer a la burocracia exige mantener un dialecto “estándar”, es decir, nacional. (241) Este sigue o aspira a seguir la norma. Entiéndase por norma como “el eslabón intermedio que nos permite unir la teoría de la lengua-sistema con la lengua-idioma”, (Montes, 251) y como “un patrón de comportamiento lingüístico impreso en el individuo por la tradición de su medio”. (250) En el caso de Don Carlos, vemos que emplea un castellano estandarizado. Dicho estándar, agrega Morales, goza de mayor prestigio, sea éste real o supuesto. (35) Este prestigio establece el lugar superior que el burgués don Carlos ocupa en el orden social. (Montes, 241)
Pero aunque el dialecto funge como indicador social, no siempre sirve para establecer la jerarquía entre los limosneros. Benigna, mujer pobre, demuestra poseer una superioridad moral y verbal sobre los demás mendigos. Moral, por negarse a participar de sus chismes y por rechazar la práctica que tienen de atacarse entre sí. Verbal, porque aun dentro de un registro coloquial, hace un uso más estandarizado de la lengua. Es decir, que no habla el mismo dialecto que el resto. De hecho, se le describe por sus modales más finos “y su buena educación” (8). Estas virtudes también estarán presente en el dialecto que emplea. Según lo explica el narrador: “Como en toda región del mundo hay clases, sin que exceptúen de esta división capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo mismo”. Ciertamente, las ancianas dominaban sobre las nuevas. (7) Sin embargo, con la excepción de Benigna, el dialecto hablado por todos allí presentaba características similares a las de Pulido. Nótese el contraste entre la protagonista y los demás indigentes. Y cómo Benigna, una de las nuevas, es la que mejor se expresa.
-Benigna: “Tengo que hablar contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo, porque los demás conocimientos de la parroquia para nada sirven”. (12) “Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja con la lengua más pronto que yo con mis dedos”. (13)
-Flora: “Pero qué, ¿no creéis lo que vos dije? La caporala es rica, mismamente rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí a las que semos de verdadera solemnidá.” (8) “Ha sido melitar, tiene siete cruces sencillas y cinco riales…”. (8)
-Demetria: “¡Vaya si golía!…”. (8) “De si tien o no tien dinero en el Banco”. (9)
-Eliseo: “Aquí se viene a lo que se viene, y a guardar la circuspición”. (9) “Ea, que estamos en la casa de Dios, señoras. Guarden respeto y decencia unas para otras, como manda la santísima dotrina”. (12)
-Casiana: “(…) y si ella hubiá tenido conduta, no le faltarían cosas buenas en que acabar tranquila…”. (12) “Aquí no se habla mal de nadie”. (12)
El poder de unos sobre los otros seguía las pautas de un sistema de señoría impuesto por las mendigas de la parroquia. Por tanto, no es producto del lenguaje. Ya hemos visto como Benigna no adopta el mismo dialecto -inferior o sin prestigio- de los otros mendigos, pero en términos de su posición social, está colocada en un eslabón menor con respecto a las que gozan de mayor antigüedad.
También con relación a Doña Francisca Benigna es una subordinada, no sólo por su condición de criada, sino además por la forma estandarizada que adopta la doña y el tono de mando que asume para dirigirse a ella. Las dinámicas de poder entre una y otra quedan expuestas en las siguientes líneas: “¡Vaya unas horas!”, le reclama cuando llega tarde a la casa (17), y luego: “¡Ea! date prisa, que siento debilidad” (19). Así mismo, en lugar de pedirle “prepárame la medicina” (29), secamente se lo ordena. Una de las ocasiones donde se palpa cuan aguda es la desigualdad entre ambas, es en la escena donde Paca, molesta con Benigna por ser la receptora de los halagos de Ponce, le dice: “Siempre serás lo que fuistes (…) hay que ponerte siempre a distancia, no dejarte salir de tu baja condición, para que no te desmandes, para que no te subas a las barbas de los superiores.” (75) Con este tono despótico e imperativo, Paca establece y reclama su control y su superioridad sobre la sirvienta.
En la vorágine de la sociedad pre capitalista madrileña, algunos subieron y muchos quedaron abajo, atrapados en la indigencia. (Wietelmann, 237) Francisco Ponce –Francisquito- fue unos de esos que descendió a lo último de la pobreza. A pesar de ello, el galán asume un dialecto que es común entre los adinerados. En la obra de teatro Pigmaleón de George Bernard Shaw (adaptada al cine más tarde), el profesor de fonética Higgins apuesta convertir una pobre florista en duquesa. Se propone lograrlo enseñándole a la chica una nueva manera de expresarse, adecuada al dialecto propio de las clases pudientes. Esta obra de carácter social se ocupa de examinar cómo la distinción de clases es marcada por el habla, mientras que cuestiona la sociedad por juzgar a la gente como entes inferiores o superiores en función de su pronunciación y etiqueta. Galdós, a través del personaje de Francisco, propone burlarse de la supuesta ascendencia noble del personaje a través del dialecto que utiliza. A fin de que aclarar al lector esta intención, el narrador explica: “Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos y distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro terruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses y condes de sangre azul”. (46) El hablante, Ponce, es un “pelagatos”, (46) pero su registro quiere dar a entender lo contrario. A pesar de su precaria situación económica, se niega a ser reconocido como un muerto de hambre. De hecho, su compueblana Paca, le adjudica el título de “caballero”, (“un caballero de principios, y que sabe tratar con las damas”. [28]) Obsérvese el estilo florido y salpicado de palabras prestadas del francés que adopta esta “alma de Dios” al contar sus reminiscencias, cuando está hablando con la joven Obdulia; quien naciera en la opulencia, pero cayera en desgracia:
“No digo más que lo siento. Esa mujer ideal no se me ha olvidado, desde que la vi en París, paseando en el Bois con el Emperador. La he visto mil veces después, cuando flaneo solito por esas calles soñando despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas en mis habitaciones. Paréceme que la estoy viendo ahora, la que veo siempre…Es una idea, es un… no sé qué. Yo soy un hombre que adora los ideales, que no vive solo de la vil materia. Yo desprecio la vil materia, yo sé desprenderme del frágil barro…”
La interlocutora le comprende y le aúpa: “Entiendo, entiendo…Siga usted,” le dice. Deducimos, por su respuesta, que para Obdulia el registro de Ponce no es extraño. Y Ponce, a su vez, nos inspira lástima y risa por la ridiculez de su pomposa manera de hablar que no es más que un intento patético por aparentar ser un burgués muy fino. El uso de “bois” -que significa bosque- y “flaneo” -que proviene de ser un flâneur, es decir una persona que se pasea sin prisa observando y gozando del paisaje- en boca del lánguido galán enfatizan la incongruencia y exageran la desconexión que existe entre la variante lingüística y la posición social de Francisquito.
Mientras Obdulia se deja transportar a un mundo irreal con las historias de Francisco Ponce y parecer comprender todo lo que dice, a Benigna le ocurre lo opuesto. Ella ve con claridad que es un pobretón y no entiende -a veces- lo que dice. Una expresión de Ponce, en particular, le resulta extraña e indescifrable: “Siempre echándola a usted de menos, Benina…y muy desconsolado cuando brilla usted por su ausencia,” le dice él, y ella le responde: ¡Que brillo por mi ausencia!… ¿Pero qué disparates está usted diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de pueblo, esos términos tan fisnos…”. (44)
La pirueta del lenguaje la confunde y ella no logra descodificar la frase “brillar por su ausencia”, en consecuencia, deduce que es un disparate. Benigna es clara, directa y habla sin rodeos. (Rogers, 252) Ella conoce bien quien es Ponce:
“Voy a tener otra vez el gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre por la vergüenza que le da…¡Cuánta miseria en este mundo Señor! Bien dicen que quien más ha visto, más ve. Y cuando cree una es el acabose de la pobreza, resulta que hay otros mas miserables, porque una se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se alimenta…Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, y son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y educación, y no quieren rebajarse…¡ Dios mío, qué desgraciados son!”, nos dice. (45)
No obstante, como mujer de pueblo que dice ser, Benigna no ha adquirido un grado de lenguaje que le permita acceder al código empleado por Ponce. El sociolingüista López Morales plantea que la clase obrera posee “un código restringido”. De ahí que en Benigna aparezcan las características propias de su clase: bajo nivel de competencia en términos de sintaxis y vocabulario. (57- 58) Su restricción la limita, por eso no descodifica la frase dicha por Francisquito. También, nótese cómo Galdós va modificando y ajustando el lenguaje de acuerdo a las circunstancias y/o el interlocutor. Graciela Andrade comenta sobre este fenómeno y dice considerarlo como una de las propiedades más notables del escritor. (31) De tal manera, el dialecto de Benigna se considera menos culto cuando interactúa con Ponce y más educado cuando se la compara con los mendigos.
Del grupo de mendigos uno, Almuneda, se destaca por su amistad con Benigna y por lo particular de su dialecto. Almuneda dice ser eibrio de nacionalidad (36), eibrio es como él pronuncia la palabra hebreo. Su español tergiversado lo hace, tal vez, el personaje más inolvidable y pintoresco de Misericordia. En sus diálogos encontramos una transferencia de la lengua materna, o mezcla de varios idiomas producto del “gran vaivén geográfico y lingüístico entre tres culturas, la Cristiana-judía-islámica/Africana ha distinguido a España de sus vecinos europeos”, (Wright, 101-103) A continuación presentamos un ejemplo: “Dar yo ti…vida…Perdoñar mi…Yorar yo meses mochas, si tú no perdoñando mi…Estar loco…yo quierer ti…Si tú no quierer mí, Almuneda matar di él sigo.” (70)
Estigmatizado por su condición de hombre marginado y marginal, Almuneda está doblemente marcado debido su procedencia, puesto que “las diferencias étnicas desempeñan un papel importante en los cambios lingüísticos, y los mismos estigmatizan” (al inmigrante). (López Morales, 255) Incluso hasta la misma Benigna, al pensar en la tierra de origen del africano, asume que “hablan una lengua de todos los demonios, y que seguramente se diferenciarían de ella por las costumbres, por la religión y hasta por el vestido, pues allá, de fijo andaban con taparrabo…” (71) Más adelante, concluye que es “una tierra maldecida” y “una religión de los demonios coronados” (72) No obstante, esto no supone un rechazo por parte de Benigna, quien llega a solidarizarse con Almuneda al punto de pedirle a Doña Paca que le de albergue junto con él. “Eres buena, buenísima; pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro de los dátiles, porque creeré que te has vuelto loca,” le contesta. (114) Benigna sale en defensa de su amigo: “Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y otra para el pobre desnudo?” Los argumentos no conmueven a Paca. Para reiterar lo inamovible de su decisión, termina diciendo: “No, hija, no: es cuestión de estómago y de nervios…De asco me moriría, bien lo sabes.” (115) La situación de Almuneda se tornará aun peor cuando se descubra que padece de lepra. En este personaje, convergen ceguera, enfermedad, pobreza y procedencia para retratar la más precaria de todas las situaciones encontradas en Misericordia. Es, de todos mendigos, quien ha caído más bajo. La suma de tantos pesares lo aparta y lo hace singular, aunque nada parece distinguirlo con mayor fuerza que su forma dialectal. Diríamos que es imposible imaginarse a Almuneda separado de su jerigonza híbrida y especial.
En conclusión, encontramos que los miembros de la clase alta tienden a expresarse empleando un dialecto conocido como “estándar”, que se caracteriza por “un mayor grado de vigilancia” al habla personal. (Halliday, 239) Dicho estándar es visto como un símbolo de prestigio. Los dialectos de las clases bajas, al alejarse del estándar, son consideradas como dialectos inferiores por las faltas o perturbaciones a la lengua que tienden a presentar. Al contrastar los intercambios lingüísticos entre uno y otro grupo, se revelan los niveles jerárquicos establecidos por la sociedad. Así, el dialecto empleado por cada personaje funciona como un indicador de la estructura social, ubicándolo en el lugar que ocupan dentro de ella. Encontramos que desde las primeras páginas, que Galdós marca la diferencia de clases contrastando el dialecto empleado por los mendigos con el de un personaje burgués llamado don Carlos. Don Carlos adopta como dialecto el castellano “estándar.” Luego, vemos que los mendigos no están igualados en la pobreza. Se aprecia en Benigna un mayor apego a las normas, aunque dentro del marco de un registro coloquial. El dialecto de Benigna difiere de aquel que hablan los demás mendigos de la parroquia. La heroína posee una mejor educación y mejores modales, pero esto no significa que tenga más autoridad. Por su parte, la patrona de Benigna demuestra su superioridad social al adoptar, primero el dialecto estándar y también por emplear un tono despótico e imperativo. Así mismo, apreciamos el efecto de desconexión que resulta cuando se usa un dialecto que no corresponde a la realidad del personaje. Como resultado, Francisquito es retratado como un desubicado social. Finalmente, en la figura de Almuneda, hallamos el más acentuado ejemplo de disparidad. En él convergen las desgracias de ser pobre, ciego, leproso y extranjero. Su procedencia acerva la tragedia, pues ser moro, en la España de Misericordia, es ser menos. Para transmitirnos la marginalidad del personaje, el autor se inventa un dialecto tan distintivo que resulta imposible evocar el personaje separado de él.

Trabajos Citados
Alfieri, Graciela Andrade. “El lenguaje familiar de Pérez Galdós.” Hispanófila XXII (1964): 28- 37. ProQuest. Web. 13 Apr. 2016.
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Chamberlin, Vernon A. “Deleitar Enseñando: Humor and the Didactic in Galdos’s Misericordia.” Simposio: A Quarterly Journal in Modern Literatures 48.3 (1994): 174-83. ProQuest. Web. 12 Apr. 2016.
Geisler, Eberhard., and Fracisco Povedano, eds. Benito Pérez Galdós: Aportaciones ocasión de su 150 aniversario. Iberoamericana, 1996. Frankfurt. Alemania. Impreso.
Halliday, M.A.K. El lenguaje como semiótica social. Fondo de Cultura Económica, 1979. México. Impreso.
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López Morales, Humberto. Sociolingüística. Gredos, 1989. Madrid. España. Impreso.
Montes Giraldo, José Joaquín. “Lengua, dialecto y norma.” Instituto Virtual Cervantes XXXV.2 (1980): 238-257. Web. 10 Apr. 2016.
Pérez Galdós, Benito. Misericordia. Np, 2016. San Bernardino, CA. Impreso.
Ricard, Robert. Aspects de Galdós. Presses Universitaires de France, 1963. Paris. France. Impreso
Rogers, Douglas. “El lenguaje y personajes en Galdós.” Cuadernos Hispanoamericanos 206 (1967): 243-73. ProQuest. Web. 9 Apr. 2016.
 Sánchez García, Francisco Javier. “Sociolingüística y Sociología del lenguaje”. Promotora Española de Lingüística (2013). Web. Mar.28.2016.
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La nueva segregación socio-económica


de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

Durante el mes de enero, en toda la nación se ha celebrado la semana de las opciones escolares. Mucho se ha escrito sobre los diversos eventos que tuvieron lugar en cada una de las ciudades donde se dieron citas miles de padres, estudiantes, directores, maestros y líderes comunitarios para celebrar tan gloriosa ocasión. De manera que no lloveremos sobre mojado. Sin embargo, algo que nos parece pertinente es explicar con más calma ¿qué en sí se estuvo celebrando?
Por definición, la opción escolar es el derecho que tiene cada padre a escoger el mejor ambiente de aprendizaje para sus hijos; puesto que, como sabemos de sobra, cada niño(a) es único y diferente.
El derecho a escoger, una piensa, es la cosa más obvia del mundo. Cada día, nosotros lo ejercemos en los Estados Unidos de Norteamérica. Somos libres de usar el modelo de teléfonos que se nos antoja, las compañías y planes de los celulares que más nos convienen y lo mismo pasa con casi todos los demás aspectos de nuestra cotidianidad; ya sea el supermercado, el banco, el gimnasio, el seguro médico o la universidad. No obstante, cuando se trata de las escuelas públicas tradicionales, usted no tiene otra opción que mandar a sus polluelos a la escuela que le han asignado en función de su código postal.
Para quienes viven en códigos postales dónde hay muy buenas escuelas, este arreglo es ¡fenomenal! Para los que viven en áreas dónde las instituciones de enseñanza operan con bajo (o pésimo) rendimiento, la realidad es muy triste y pesarosa.
¿Por qué?… porque si no tiene usted los medios para pagar por otra OPCIÓN ESCOLAR, sus hijos estarán obligados a asistir a un plantel donde la excelencia académica brilla por su ausencia.
Desde luego, hay formas de darle la vuelta al sistema. Pregúntele a cualquier agente de bienes raíces y ella le dirá que una de las razones más contundentes para que un ser pensante -y con cachorritos- compre o alquile una propiedad, es el infalible, inefable, invictus argumento de mudarse a una zona en la cual las escuelas están catalogadas como de las mejores. El que no pueda pagar por tal privilegio, se queda, como decimos en mi media isla tropical: “con una mano delante y otra detrás”.
Entonces, para resolver este dilema de segregación socio-económica, surge la OPCIÓN ESCOLAR, cuyo propósito principal es darle una salida a aquellas familias que poseen recursos financieros limitados.
Así pues, la OPCIÓN ESCOLAR, como derecho y como movimiento, es uno de los pilares más importantes en el avance de una agenda de que defiende la igualdad social dentro de las comunidades desfavorecidas, sean éstas pobres, latinas y/o de color.
¿Qué tienen en común Barak Obama, Sonia Sotomayor y Condoleezza Rice?… ¡que recibieron una educación privada de alta calidad! De haber asistido a una escuela cayéndose a pedazos, es muy posible que no habrían llegado a ser quienes son hoy.
Las becas, los vouchers, las cuentas de ahorro para la educación (ESAs), las escuelas magnets, las escuelas charter, las escuelas privadas, la educación a distancia, la educación desde el hogar, la suma de todas las anteriores y sus múltiples posibles combinaciones, son salidas. Y son esas salidas lo que sacará de la pobreza a nuestros hijos y a todos los segmentos de la sociedad a quienes se les ha negado el derecho a escoger la excelencia debido a su código postal.
El derecho a una buena educación, aunque no tenga usted la billetera para pagarla, es el dilema de justicia social más importante de esta generación. Las celebraciones de enero son, simplemente, un recordatorio. No olvidemos, pues, que todos los niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad que se ajuste a sus necesidades y lo prepare para hacer realidad el sueño de un futuro mejor. Y es eso, precisamente, lo que hemos estado celebrando con las opciones escolares.

¿Alguien dijo estrés?


de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para American Federation for Children

Mi amiga Jennifer tiene serias lagunas mentales. Me cuenta que cuando trata de recordar algunas cosas que le enseñaron en la escuela, no consigue recuperar mucha de la instrucción que recibió. Por ejemplo, ha tenido que aprenderse de nuevo los puntos cardinales y refrescar parte de la historia de su país: ¿quién fue Benito Juárez?, o ¿por qué se libró la batalla de Puebla?
De acuerdo la doctora Meyerson, su terapista, el caso de Jennifer es común en los niños que han sufrido estrés. “Estudios del funcionamiento del cerebro han demostrado que sobre la corteza cerebral se forman cicatrices al experimentar este síndrome. Las conexiones neurológicas creadas bajo estrés producen algo parecido a unos “caminos” por donde viajan los neurotransmisores. Estas rutas son tóxicas y cada vez que la persona -niño o adulto- vuelve a sentirse estresado, él o ella vuelve a desandar lo andado. Es decir, vuelve a sufrir los efectos dañinos del estrés”, explicó la doctora.
Indagando más a profundidad en la infancia de mi amiga, Dr. Meyerson pudo establecer, a través de los reportes escolares correspondientes al período de separación de sus padres, que Jennifer sostuvo un declive académico severo en esa época.
Durante el período de separación de mis padres, yo también pasé por una etapa de cero en conducta. Me torné ansiosa, agresiva y mis propios compañeritos me tildaban de busca-pleitos. Fue mi manera de expresar la frustración de perder lo que hasta ese punto había sido mi núcleo familiar.
Las separaciones maritales no son los únicos detonadores de estrés en un(a) menor. Se ha demostrado, así mismo, que haber nacido en condiciones de pobreza, donde hay violencia (doméstica y/o callejera), poca comida, falta de estabilidad, carencia de cuidados médicos, entre muchas otras cosas, provoca un nivel de estrés tan profundo que debilita la capacidad de memoria y aprendizaje del cerebro -que fue lo que le pasó a Jenny-.
Sin embargo, reza un viejo proverbio que no hay problema sin solución. Las soluciones para lidiar con este veneno son tantas, que si usted hace google: ¿cómo lidiar con el estrés?, recibirá unas 206,000 respuestas a su búsqueda. La mayoría de ellas recomiendan la meditación y el ejercicio como remedios indispensables.
No obstante, menos y menos de nosotros disponemos del tiempo, la dedicación y/o la disciplina para invertir en ejercitarnos y detenernos unos minutos al día para simplemente reflexionar.
A pesar de que la tecnología nos ha regalado la máquina de fregar platos, de lavar ropa y el micro-ondas, nosotros parecemos vivir más y más de prisa cada día, disponiendo de menos horas de calidad para el silencio y las actividades deportivas, lo cual va degenerando en un cúmulo de estrés que nos está perjudicando y perjudicando a nuestros hijos.
Ahora que se aproximan las vacaciones navideñas, hagamos un esfuerzo por robarle un espacio a las veinticuatro horas para practicar un poco la desintoxicación del estrés.
Los resultados, dicen los entendidos, aparecerán muy pronto reflejados en las calificaciones de sus hijos y en la calidad de su vida diaria. ¡Felices pascuas!

program implementation meets reality

 

by Hergit Penzo Llenas
National Director of Latino Outreach
American Federation for Children

Over the last two years, I have heard talk of a phenomenon described as “the apathy of the low-income family” when it comes to the betterment of and involvement in their child’s education. This statement usually comes from individuals who have not had the opportunity to work with these kinds of families. But I have. In my experience, the problem is not apathy, but, in fact, it runs much deeper than that. Let me explain.

On September 2015, a few months after the Nevada legislation passed the Education Savings Account program (ESA), I met Nancy, a Mexican immigrant, mother of three well-mannered girls, and a stay-at-home mom whose husband works in landscaping. 

On that warm afternoon in September, I was manning my first informational booth at an event in Las Vegas when Nancy approached my table. We talked about the ESA, a new and revolutionary program, which would allow her to have access to state funds to pay for ANY(!) educational choices she deemed suitable for her three girls: private school, home based education, virtual academies, online learning, tutoring, even therapies. We also discussed the legal challenges that programs like this had faced in many states. Afterwards, I gave her some flyers in Spanish and my business card. Nancy told me she was willing to take her chances and give it a try.

A few days later, she contacted me:

 –Coco, ¿por favor, me podrías ayudar a llenar los papeles de la ESA? (could you, please, help me fill out the ESA application?), she asked. Mi inglés es limitado y no quiero cometer un error (My English is limited, and I do not want to make a mistake.)

-¡Claro!, con mucho gusto (Of course! It would be my pleasure.), I answered, super excited to be able to assist my first client.

We agreed that we would meet at her house the next day at 9 am.

Since I was expected to inform families about the application process, I had previously surfed the Nevada Treasurer’s website to learn how to navigate the portal. It took me about 20-25 minutes to complete the ESA application process. Based on this practice run, I estimated that helping Nancy with the applications of her two school-aged girls would not take longer than an hour.

I was wrong. It took us almost the entire morning!

Little did I know that: 1. Although Nancy owned a computer, she was not computer literate. 2. The scanner and her desk top could not “talk to each other” given that she lost the connecting cable, and the device was not Wi-Fi ready. 3. The cable-less scanner would ONLY allow us to save the scanned documents on a flash drive, which Nancy did not have nor had she ever heard of such a thing. After looking for the cable for a while, and once we figured out that we could not save the documents, we headed to the nearest Office Depot to purchase a flash drive. The drive between the store and Nancy’s house was 20 minutes each way. It was close to 11 am when we made it back to her house.
We then started to fill out the application online. On a few occasions, we were “dropped” from the website, and had to start all over again. Long story short, when we finally completed the two applications, it was almost noon. A process that took me 20 minutes to complete at home ended up being a three-hour ordeal for her and a four-hour task for me (adding the travel time back and forth from my house to hers).

Let’s imagine if Nancy would’ve had to figure this process out by herself. Chances are that it would have taken even longer or she would have given up before finishing. Furthermore, even though the language was a limiting factor, her lack of computer skills was the real problem. For many families that I’ve come in contact with, not having a computer and Wi-Fi at home made matters worse.

Thankfully, we eventually started creating workshops in facilities around the state that were equipped with computers, Wi-Fi, volunteers and scanners to assist applicants with the application process. Working families showed up in big numbers prepared and enthusiastic about making a difference in their children’s education.

Apathy was never the issue and rarely is for parents who love their children.  Access to the knowledge to navigate the system, lack of resources, disinformation, language limitations, feeling intimidated by paperwork and forms, among many other factors are usually what deters parents from participating. In our fight to ensure that parents across this country are given the right to choose how their child is educated, let’s keep this in mind before tagging certain groups with labels such as apathetic.   

“No se trata de cuanto ganas, si no de cuanto gastas”


De Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Molización Hispana
para la American Federation for Children

“No se trata de cuanto ganas, si no de cuanto gastas”, me dijo mi padre un día de invierno hace casi 25 años. Este consejo ha sido uno de los pilares que han regido mi vida y, definitivamente, una de las razones de la estabilidad financiera que haya podido tener.
Un lustro atrás ganaba apenas unos $12 la hora, es decir menos de $25,000 verdes al año. No obstante, me alcanzaba para cubrir mis gastos y pasear un poquito. Desde luego, no era la Vida-Loca ni mucho menos, pero igual no malpasaba e incluso guardaba un dólar para el día lluvioso o como dicen los americanos: “a rainy day” que es lo mismo que “tener un pe$o para la vergüenza”, como decía Herman Penzo, mi viejo.
“Puedes tener un millón en el banco, mas si te compras un helicóptero de 1.5 millones, te quedas pobre al instante. Sin embargo, si ganas $20 y gastas $15, siempre tendrás un monto positivo del cual echar mano, aunque este sea de $5 pesos. Así de sencillo explicaba el dilema, ¡el secreto!, de la liquidez financiera mi progenitor.
¡Y es que así de sencillo es!… si alguien se toma el tiempo de explicárnoslo y
–MUCHISIMO MÁS IMPORTANTE- no los enseña con su ejemplo.

¿Y a qué viene todo esto?
Pues viene al caso porque nuestros hijos aprenden de nosotros, los adultos en su vida, cómo entender y manejarse con el dinero. Para quienes leyeron “Poor Dad, Rich Dad” (padre rico, padre pobre, en cristiano) este concepto no es del todo ajeno. Tampoco lo es para quienes escuchan predicar el evangelio de la abundancia a través de las charlas como las de Abraham Hicks y otros pastores de variopintas denominaciones.

La falta de conocimiento financiero ha convertido la comunidad hispana en una de las presas mas fáciles de atrapar en las redes de los embaucadores, farsantes, patanes y charlatanes sobre esta bella tierra. Esta falta de entendimiento es, a su vez, pasado de padre a hijo, de hija a nieto, hasta el infinito. De ahí que, los depredadores hagan su fiesta entre y a costa de nosotros.
¡Mucho ojo! A espabilarse. No permitamos que nuestras futuras generaciones tropiecen con la misma piedra. ¡Es hora de levantar los pies! Si usted tiene demasiadas excusas para educarse debidamente sobre el tema de qué es el dinero, cómo trabaja y cuando es propicio tomar riesgos para multiplicarlo, si está demasiado cansada, aburrido, ocupada o sobrecogido por la FALTA de estabilidad financiera en su vida, entonces, POR LO MENOS, permita que sus hijos tomen clases o lean libros sobre alfabetización financiera (finantial literacy). Facilite que se eduquen, “que se empapen” sobre el tema.
Porque, aquí entre nos, ¡ya está bueno!
Ya está bueno de endeudarse hasta las narices, de no tener o perder el crédito, de someternos a tasas de interés exorbitantes, de que nuestros hijos salgan de las universidades con una deuda que les tomará 20 o 3 años saldar.

Este sistema está hecho para que nos lleguen mil solicitudes de crédito por correo y cero, nada, ninguna para educarnos sobre la complejidad de los préstamos, hipotecas, notas bancarias, APRs, ciclos, términos, proporcionalidad entre deuda e ingreso y un montón de otras reglas que gobiernan la economía personal, local, mundial y global -dicho se ha de paso-.
Entonces, ¡manos a la obra, pues!

Vamos a pescar

Hay un proverbio que reza: “dale a un hombre un pescado y le quitaras el hambre ese día. Mas si se enseñas a pescar, le matarás el hambre de por vida.”
Nosotros, los hombres y mujeres que llegamos a los Estados Unidos venimos huyéndole a una realidad que se niega a darnos las herramientas para aprender a pescar. Venimos buscando el conocimiento para prosperar. Y a veces lo logramos. Si carecíamos de un trabajo, aquí lo encontramos, si no teníamos casa propia, aquí la compramos, si andabamos a pie, aquí adquirimos un vehiculo y si en la casa no había televisión o había solo una, aquí nos compramos un par de pantalla planas.
Cuando miramos a nuestro alrededor, reconocemos con alegría que los niños tienen qué comer, dónde dormir y una tele para jugar con la consola de video. Es decir, tienen mucho más de lo que quizás sus padres tenían a la misma edad. Llegados a ese punto, a veces, algunos nos damos por satisfechos.
Agregamos una parrillada a la orilla de un lago el domingo y unas cervezas frías al final de la tarde. Y así, como a una hormiga a la cual se le acaba el universo al borde de la hoja, nos contentamos con vivir este sueño pequeño: un universo que abarca cama, casa, comida y trabajo.
Mientras tanto, a fuera de esas cuatro paredes de lucha, apetitos y descanzos hay otro mundo. Ese mundo es tan grande como lo es la selva amazónica con relación a una hojita. Es un mundo lleno de posibilidades, en el cual sueños mayores esperan. Y usted lo sabe. Sabe que la vida es otra cosa. Que hay un rincón del alma todavía sin saciar. Desconociendo como llenar ese espacio de algo significativo, nos volcamos en el marido, en comprar chucherías, en ver novelas, en pasivamente orar por algo, lo que sea que ocupe la mente por un rato. Sin embargo, todo lo citado con anterioridad no sacia ese vacio. Pero optamos por no pensar en eso; o quizas, cuando reflexionamos, no nos gusta escuchar la vocecita que nos dice: “sabes que tu existencia no es vivir en la rutina”.
Colmadas las necesidades básicas, del otro lado de la animal supervivencia, queda una tierra prometida. Esa tierra prometida es un lugar próspero y fecundo, en la cual la creatividad humana es puesta a prueba para generar soluciones ingeniosas a los miles problemas que nos quedan por solucionar en este país, en particular en el Estado de Tennessee y específicamente en la ciudad de Memphis, donde las tres cuartas (3/4) partes de los niños en 8avo grado no están leyendo a nivel.
Hoy, quisiera hacerle una invitación a dar un paso fuera de la hoja que constituye su universo personal, a fin de participar en un movimiento revolucionario. Únase a quienes buscamos crear cambios en la educación local. No espere a que alguien atrape el pescado y se lo entregue. Salga con nosotros a pescar. Encuéntrenos en Facebook bajo School Choice Now o escribanos a CLLenas@FederationFor Children.org

Si no estamos sentados en la mesa, somos parte del menú

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De Hergit Penzo Llenas

Directora Nacional de Participación Hispana
para la American Federation for Children

Desde hace tiempo los legisladores de Tennessee han tenido la oportunidad de pasar diversas propuestas de ley que crearían Opciones Escolares*(ver articulo anterior). No obstante, las propuestas no han pasado, a pesar de que muchas encuestas hablan del inmenso interés que tenemos por ellas.

En teoría, el deber de los legisladores es representarnos, pero una cosa es la teoría y otra es la práctica. En la práctica, los funcionarios públicos están aliados con este círculo o con aquél.

Una organización muy poderosa, con la capacidad de ejercer mucha presión, es el Sindicato Nacional de Maestros, (conocido por sus siglas en inglés como NEA). La NEA tiene una postura muy definida en lo que se refiere a la Opción Escolar: simplemente, la odia.

De ahí que, haya entablado varias demandas judiciales oponiendo los programas de becas/vouchers/cuentas educativas de costa a costa. El caso más reciente se escuchó en la Florida, donde la Suprema Corte decidió a favor de los padres y en contra del sindicato. En Nevada, la NEA está peleando la Education Savings Account, una cuenta que permite dar fondos estatales a cualquier familia que elija educar a sus hijos fuera del distrito escolar.

¿Por qué odia “la unión” el derecho a estas opciones?…pues, una cosa es lo que ellos dicen y otra es la que sugiere el sentido común. Desde su punto de vista, todos los fondos destinados para la educación escolar le deben pertenecer a las escuelas públicas. Necesariamente, ¿hay que poner todos los huevos en una sola canasta?…

La evidencia demuestra que invirtiendo más dinero no se ha mejorado la calidad de la educación. Si no, ¿cómo se explica que en las últimas décadas los presupuestos escolares han ido en aumento mientras que la calidad de la educación ha ido en deterioro? Si el dinero resolviera el problema, EEUU tendría la mejor educación del mundo.

Usando el sentido común, argumentamos que la Opción Escolar da a los maestros la manera de trabajar independientemente. Por ejemplo, abriendo cooperativas, enseñando a domicilio, dando tutorías, solo por citar algunos escenarios. En estos escenarios, la sindicalización no es necesaria. ¿Puede un sindicato sobrevivir sin las contribuciones de sus miembros?…

A fin de asegurar su propia supervivencia, han obstaculizado el crecimiento de las Opciones Escolares para proteger sus propios intereses.Como archi-enemigo de la Opción Escolar, la NEA ejerce presión sobre los legisladores, a quienes le pagan por sus campañas. En consecuencia, el destino de nuestros niños a tener acceso a mayores alternativas educativas está atrapado en las redes de la politiquería.

Los legisladores entienden que los niños necesitan otras alternativas, mas no se sienten obligados a favorecerlas, ya que ¿para qué buscarse un problema con el partido o con el sindicato?

Ahora bien, cabe preguntarnos ¿y si se buscan un problema con nosotros? A nuestros legisladores les interesa mantenerse en el poder. Como votantes, nosotros podemos dar o quitar ese poder. Si se niegan a representarnos, nosotros le negamos la posibilidad de re-elegirse. Si usted quiere que en Tennessee existan Opciones Escolares para sus niños, hágase sentir.

Soplan Nuevos Vientos

Soplan nuevos vientos

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de Hergit Penzo Llenas
Directora Nacional de Participación Hispana
para la American Federation for Children

Todo ha cambiado a nuestro alrededor. Ya no se ven en cada esquina ni teléfonos públicos ni Blockbusters.  En su lugar existe Netflix, con miles de películas disponibles al instante y diversos teléfonos inteligentes que cuentan con cientos de aplicaciones entre las cuales podemos escoger. No obstante, algunas cosas se han quedado estancadas en el tiempo de la abuelita. Una de ellas es la educación.

Nos mudamos a un vecindario y si tenemos niños en edad escolar, el sistema no nos ofrece varias opciones. Solo tenemos una : enviar a los niños a una escuela pública localizada dentro del perímetro de nuestro código postal. Con suerte, esa escuela contará con los recursos, el personal y las técnicas necesarias para educar adecuadamente a nuestros hijos. Aunque usted y yo sabemos que cada hijo es distinto y, en consecuencia, no todos van a caber dentro de un mismo molde.

Digamos, por poner un ejemplo, que su niño no está avanzando en lectura con la rapidez que avanzaron sus hermanitos. Tal vez le da vergüenza leer en voz alta, quizás tiene una discapacidad o sencillamente él es uno de esos niños cuyo cerebro aprende de manera diferente, lo que es un fenómeno muy común. De hecho, investigadores (ver Understood.org) han dado a conocer que por cada cinco estudiantes, hay uno cuyo cerebro opera de manera diferente. Esto no implica que tenga un retraso, simplemente así funciona. Es posible que la maestra lo note y que la escuela rápidamente ajuste su programa de enseñanza para facilitar el proceso de aprendizaje del niño. De manera que, sin pérdida de tiempo, su niño recibe el soporte idóneo para triunfar académicamente y ¡en la vida!, porque ya sabemos que sin una buena educación nuestros hijos no podrán competir en el mundo del mañana.

¿Qué ocurriría si el escenario escolar del ejemplo anterior fuera lo opuesto?, ¿qué opciones tendría usted si la escuela pública no le puede ayudar? Supongamos que hay otra escuela, una privada o una academia virtual o una cooperativa de maestros y ellos le dicen: nosotros podemos ayudarle. No obstante, a usted no le alcanza el dinero para pagar por la colegiatura. ¿Y entones?…

Entonces, si vive en un estado donde existe Opción Escolar, usted tendría acceso a fondos estatales para pagar por otra alternativa. Ejerciendo el derecho a la Opción Escolar, las familias calificadas reciben un regalo del Estado (total o parcial) para pagar por la educación de sus hijos fuera del sistema público.

Porque creemos que todos nuestros niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad, nosotros promovemos y defendemos la Opción Escolar. Somos la American Federation for Children y estamos trabajando en Tennessee para crear más oportunidades educativas para nuestra comunidad. Visítenos: http://www.federationforchildren.org y/o escríbanos CLLenas@FederationForChilden.org Estamos para servirle.