El dilema del depresivo

by hergit11

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Una de cada diez personas en los Estados Unidos está pasando por una depresión o ha sufrido de una depresión profunda en el transcurro del último año, según un análisis publicado por Health.com y logrado gracias a la recopilación de datos aportados por las agencias federales dedicadas a la salud. Así mismo el Centro de Control y Prevención de Enfermedades reportó que quienes tienden a padecer de esta condición son, con mayor frecuencia: personas de la raza negra o hispanos, individuos de 45 a 64 años de edad, mujeres, desempleados, quienes no terminaron la secundaria, los divorciados y/o aquellos que carecen de seguro médico. Cuando hablamos de depresión, entiéndase que es un estado de infelicidad y de desesperanza cuyos síntomas incluyen falta de energía, insomnio, falta de concentración y, en ocasiones, tendencias suicidas. A propósito y al margen, Las Vegas recibió el oscuro galardón de ser “la capital del suicidio de América” pues la tasa de suicidios aquí dobla la del resto del país. (National Public Radio, 2008)
La depresión, apunta una de las teorías, se debe a un desbalance químico en el cerebro y para balancearlo los psiquiatras recetan drogas como Lexapro, Prozac y Zoloft. Los doctores, las instrucciones escritas en el frasco y el sentido común – que es el menos común de los sentidos, como dice mi madre- recomiendan que no se mezclen estos medicamentos con el alcohol. Sin embargo, no ocurre así necesariamente porque, para cuando un deprimido(a) saca la fuerza de cargar con sus huesos hasta el consultorio de un médico, es muy probable que de antemano haya estado consumiendo una que otra sustancia lícita o ilícita con el fin de embotarse los sentidos. Considerando que el alcohol es una droga legalizada, está socialmente aceptada y se puede encontrar 24/7, la posibilidad de que el paciente se tropiece con una botella o se vea expuesto a un par de copas no es tan remota. Desde luego, el psiquiatra advertirá a su cliente sobre el peligro de tomar bebidas alcohólicas durante el tratamiento, y el cliente, como lo hizo mi amigo, el croupier, asentiría sin rechistar a tal demanda. Luego, viendo que el antidepresivo no surge efecto de inmediato o simplemente no surge efecto y punto, mi amigo, llamémosle C. se volcará en la bebida. Como resultado C. se sentirá aun más deprimido, que es una de las múltiples consecuencias de ligar el alcohol con los antidepresivos. Llegado a este punto, dejará de tomarse la medicina y se dedicará a consumir whisky, porque de acuerdo a su lógica “no debe mezclar.” Después rectificará, volverá al doctor, pedirá que le cambie el medicamento “por otro mejor”, el doctor le escribirá una nueva receta y el ciclo empezará de nuevo, una y otra vez y otra vez. Mientras tanto, las razones que lo han hecho recaer tantas veces no han sido atendidas y mucho menos resueltas. Ese algo que es la causa de su infelicidad, de su desesperanza, de su dependencia al alcohol, sigue intacto. Nadie parece haber contemplado que durante las tres, cuatro, cinco semanas que los medicamentos se tardan en restaurar el supuesto balance cerebral, C. no tiene nada a qué aferrarse. Él, como muchos de nuestros residentes, vive en extrema soledad y asilamiento. Entonces, me pregunto: ¿Habrá una solución para su dilema? ¿Quizás más soporte médico o comunitario?…A raíz de los recortes presupuestarios, cada día hay menos programas de salud mental disponibles en la comunidad y C. está desempleado, no tiene seguro médico y el poco dinero que recibe se le va en comprar single malt whiskie. ¿Ahora qué? Quisiera que alguien me lo explique.

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