Viaje al salón de belleza

by hergit11

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De visita en el salón

Ir al salón de belleza es una rutina semanal a la cual toda dominicana se acostumbra desde muy temprana edad. Si escarbo en mi memoria, no recuerdo un tiempo en el cual este hábito no estuviera presente. Mi mamá, abuela o tía me llevaba o me mandaban con alguien, pero semanalmente, ir al salón era como ir a la iglesia, inevitable.

Mi primer desrizado tuvo lugar a mis siete años de edad. Me lo hicieron en un “saloncito” que quedaba a una cuadra de mi casa. Para aclarar el uso de las comillas, entiéndase por “saloncito” un local que es a un salón de belleza lo que una bodeguita es a un supermercado.

El saloncito se caracteriza por quedar en un local improvisado, pintado a dos colores a golpe de esponja, por lo regular mal iluminado, a veces sin ventanas y bastante pequeño. Consta de un o dos lavaderos de cabeza, un abanico, un mostrador hecho de vidrio conocido como la vitrina, un par de secadoras y un par de sillas para el secado blower, que es como se llama a la secadora de pelo de mano.

Darse un blower, describe el proceso de recibir el secado a muñeca recibido por parte de una profesional de la estética, que bien puede ser la dueña o “la muchacha” (léase la subalterna) del salón. Las funciones de la dueña varían de establecimiento en establecimiento. En un saloncito que está empezando, la dueña se ocupa de todo, es una maestra en el arte de hacer mil cosas a la vez. Malabarista prodigiosa, maga de los platos chinos, ella se las apaña para atender, concomitante, a una clientela demandante. Mientras una persona se seca los rolos en la secadora, la dueña le pone el tinte a otra, convence a la tercera de dejarse el acondicionador por veinte minutos, vende a otra doña unas gotas, a fin de agregar brillo y luminosidad al pelo y le cobra un fiao’ a una quinta persona; todo sin desatender la cabeza dividida en cuadrantes de alguien que se va a tratar con algún químico de olor penetrante.

Si usted es oriundo de otra parte, es probable que emplee la palabra pelo para describir, por ejemplo, los pelos de un animal o el pelo hirsuto y más duro que crece en las partes privadas y recónditas del cuerpo humano. Pero en el argot criollo: “una se va a secar el pelo”, “una se cuida de no mojarse el pelo” y “el pelo luce precioso.”

La dueña también está a cargo de los clientes nuevos, de formar las relaciones con la clientela, de controlar el flujo de chismes para no meterse en muchos problemas y, en especial, es responsable de los casos difíciles. O sea, aquellos que requieren la maña y la experiencia de un antebrazo musculoso. No todo el mundo sabe cómo dar un blower.
Las estilistas nacidas en Quisqueya han sido, son y serán, las diosas invictas, las expertas sempiternas, las amas absolutas de una técnica que ha cruzado el mar. Pregúnteselo a cualquiera, desde Queens hasta Las Vegas, desde Roma hasta Madrid, ¡nadie da un blower mejor que una dominicana!

Por otro lado, “la muchacha”, es generalmente una adolescente, quizás la hija, la sobrina o la ahijada de la dueña, quien quiere iniciarse en el arte de la belleza y de paso ganarse unos pesos.

La muchacha se encarga “de dar el shampoo,” de secar a la gente de pelos buenos –sin mucho rizo- y otras tareas menores, tales como quitarle el cuté (se pronuncia Kuté) a las uñas. Cutex es la marca comercial de un esmalte. Originaria de Connecticut, fue introducida a la isla desde que el mundo es mundo. Desde entonces, el cutex se ha convertido en el nombre propio que designa a todos los esmaltes. De ahí que una pueda pedirle al vendedor de cosméticos que nos procuren un cuté de L’oreal o de Revlon; que equivaldría a decir a que nos compren un Toyota-Chevrolet. Pero ¡a quién le importan esas pequeñas contradicciones lingüísticas!

Volviendo al asunto. Debido a la generosidad exagerada de mis cromosomas paternos, yo poseo tanto pelo que alcanzaría para cubrir la calva de tres ancianos. La mayoría de mi pelo está localizado en la coronilla. Y este detalle es muy importante, como ustedes verán.

Ahora bien, desde el momento que la muchacha me suelta la cola y me empieza a dar el shampoo, ella sabe que no va a poder con ESTE pelo, por lo cual será un trabajo para la dueña. Si la propietaria ha tenido la oportunidad de entrenar a su ayudante, ésta sabe que no puede gritar una de las frases que más temo en la vida: ¡oiga, yo no voy a poder con este pajón!

Vociferar tal enunciado ofendería terriblemente a su humilde servidora. Sin embargo, me ha tocado más de una vez ser atendida por un personal poco entrenado, lo cual resuelta en mayor atención, miradas y comentarios que los que quisiera soportar. Dicha declaración es abrumadora: ¡Tierra, trágame!
De todo salir a pedir de boca, el traspaso de una cliente con la cabeza como la mía, a la silla de la dueña, acontece sin mucho aspaviento. Esto, gracias a un cruce de miradas entre las dos mujeres quienes, para entonces, sabían hablar entre ellas con los ojos. Con el tiempo aprendí a llegar con la cabeza ya lavada, amarrada en un moño empapado, que daba la ilusión de ser una masa manejable. Lo hacía para ahorrar tiempo y más que nada para evitar exponerme a un anuncio no solicitado.

Una vez lavado el pelo y ya sentada en la silla, la dueña estudiaba la melena leonina y nueve de cada diez veces luchaba por convencerme de ponerme rolos y meterme en la secadora. Yo no soporto la secadora, pero uno que otro día accedía, acaso por compasión. En esa época, era una esclava del reloj. De ahí que, el blower fuera mi primera opción, pues cortaba la duración del secado en dos.

Como sabrán, las peluqueras empiezan a secar desde atrás. Trazan una línea horizontal encima de la nuca, separando así una parcela de pelo y luego enrollan e inmovilizan el resto con una mariposa, generalmente de plástico. La hebra que me nace en la nuca, who knows why!, es fina y dócil. De manera que, cuando la peluquera seca el primer tercio, que se extiende de la nuca hasta más o menos la altura de las orejas, la labor de secarme el pelo ha sido -hasta entonces- llevadera.
Llegados a este punto y desde que el moño de la coronilla sale de su prisión, ocupando toda la franja ecuatorial de mi cabeza, una expresión de pánico y sorpresa se asienta sobre el rostro incrédulo de la señora. ¡El diablo, muchacha tu si tiene’ pelo! parecen decir esos ojos dilatados, esa frente empapada que ella se seca con un brazo a punto de caerse del sócalo, cansado. Esta condición de fatiga muscular convoca un grito adolorido, aunque silente, que es muy típico de este ámbito de trabajo: ¡ñoooooooo esa tipa me tumbó el brazo!

Consciente de que no me están haciendo un favor, si no que el servicio será apropiadamente remunerado, las penurias por las que pasan las pobrecitas peluqueras ya me tienen sin cuidado. Me planto a leer un libro como si la cosa no fuera conmigo y espero con paciencia el arribo triunfal a la moña del cepillo circular.
Este es el momento culminante de esta obra. Este melodrama de sudores, tirones y lágrimas llega a su punto álgido cuando la dueña se te pone enfrente para acabar de secar el cabello localizado sobre la frente, conocido popularmente como lo’ pelo d’alante o la moña.

Cuando la última hebra ha sido puesta en su lugar, la estilista, desatando la capa de tu cuello con ademán de torero, se quita del medio y te deja mirar en el espejo. En ese preciso instante los tambores del cielo suenan ¡pa pa pa Paaaa! y yo, dominicana de pura cepa, levito por encima de mi condición humana para emborracharme en el reflejo de mi lacia cabellera recién arreglada.

Crónicas de una mulata trotamundos.
De Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

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