Coco'sWords

Hablemos de todo un poco

Category: equality

Si no estamos sentados en la mesa, somos parte del menú

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De Hergit Penzo Llenas

Directora Nacional de Participación Hispana
para la American Federation for Children

Desde hace tiempo los legisladores de Tennessee han tenido la oportunidad de pasar diversas propuestas de ley que crearían Opciones Escolares*(ver articulo anterior). No obstante, las propuestas no han pasado, a pesar de que muchas encuestas hablan del inmenso interés que tenemos por ellas.

En teoría, el deber de los legisladores es representarnos, pero una cosa es la teoría y otra es la práctica. En la práctica, los funcionarios públicos están aliados con este círculo o con aquél.

Una organización muy poderosa, con la capacidad de ejercer mucha presión, es el Sindicato Nacional de Maestros, (conocido por sus siglas en inglés como NEA). La NEA tiene una postura muy definida en lo que se refiere a la Opción Escolar: simplemente, la odia.

De ahí que, haya entablado varias demandas judiciales oponiendo los programas de becas/vouchers/cuentas educativas de costa a costa. El caso más reciente se escuchó en la Florida, donde la Suprema Corte decidió a favor de los padres y en contra del sindicato. En Nevada, la NEA está peleando la Education Savings Account, una cuenta que permite dar fondos estatales a cualquier familia que elija educar a sus hijos fuera del distrito escolar.

¿Por qué odia “la unión” el derecho a estas opciones?…pues, una cosa es lo que ellos dicen y otra es la que sugiere el sentido común. Desde su punto de vista, todos los fondos destinados para la educación escolar le deben pertenecer a las escuelas públicas. Necesariamente, ¿hay que poner todos los huevos en una sola canasta?…

La evidencia demuestra que invirtiendo más dinero no se ha mejorado la calidad de la educación. Si no, ¿cómo se explica que en las últimas décadas los presupuestos escolares han ido en aumento mientras que la calidad de la educación ha ido en deterioro? Si el dinero resolviera el problema, EEUU tendría la mejor educación del mundo.

Usando el sentido común, argumentamos que la Opción Escolar da a los maestros la manera de trabajar independientemente. Por ejemplo, abriendo cooperativas, enseñando a domicilio, dando tutorías, solo por citar algunos escenarios. En estos escenarios, la sindicalización no es necesaria. ¿Puede un sindicato sobrevivir sin las contribuciones de sus miembros?…

A fin de asegurar su propia supervivencia, han obstaculizado el crecimiento de las Opciones Escolares para proteger sus propios intereses.Como archi-enemigo de la Opción Escolar, la NEA ejerce presión sobre los legisladores, a quienes le pagan por sus campañas. En consecuencia, el destino de nuestros niños a tener acceso a mayores alternativas educativas está atrapado en las redes de la politiquería.

Los legisladores entienden que los niños necesitan otras alternativas, mas no se sienten obligados a favorecerlas, ya que ¿para qué buscarse un problema con el partido o con el sindicato?

Ahora bien, cabe preguntarnos ¿y si se buscan un problema con nosotros? A nuestros legisladores les interesa mantenerse en el poder. Como votantes, nosotros podemos dar o quitar ese poder. Si se niegan a representarnos, nosotros le negamos la posibilidad de re-elegirse. Si usted quiere que en Tennessee existan Opciones Escolares para sus niños, hágase sentir.

Soplan Nuevos Vientos

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de Hergit “Coco” Llenas

Todo ha cambiado a nuestro alrededor. Ya no se ven en cada esquina ni teléfonos públicos ni Blockbusters.  En su lugar existe Netflix, con miles de películas disponibles al instante y diversos teléfonos inteligentes que cuentan con cientos de aplicaciones entre las cuales podemos escoger. No obstante, algunas cosas se han quedado estancadas en el tiempo de la abuelita. Una de ellas es la educación.

Nos mudamos a un vecindario y si tenemos niños en edad escolar, el sistema no nos ofrece varias opciones. Solo tenemos una : enviar a los niños a una escuela pública localizada dentro del perímetro de nuestro código postal. Con suerte, esa escuela contará con los recursos, el personal y las técnicas necesarias para educar adecuadamente a nuestros hijos. Aunque usted y yo sabemos que cada hijo es distinto y, en consecuencia, no todos van a caber dentro de un mismo molde.

Digamos, por poner un ejemplo, que su niño no está avanzando en lectura con la rapidez que avanzaron sus hermanitos. Tal vez le da vergüenza leer en voz alta, quizás tiene una discapacidad o sencillamente él es uno de esos niños cuyo cerebro aprende de manera diferente, lo que es un fenómeno muy común. De hecho, investigadores (ver Understood.org) han dado a conocer que por cada cinco estudiantes, hay uno cuyo cerebro opera de manera diferente. Esto no implica que tenga un retraso, simplemente así funciona. Es posible que la maestra lo note y que la escuela rápidamente ajuste su programa de enseñanza para facilitar el proceso de aprendizaje del niño. De manera que, sin pérdida de tiempo, su niño recibe el soporte idóneo para triunfar académicamente y ¡en la vida!, porque ya sabemos que sin una buena educación nuestros hijos no podrán competir en el mundo del mañana.

¿Qué ocurriría si el escenario escolar del ejemplo anterior fuera lo opuesto?, ¿qué opciones tendría usted si la escuela pública no le puede ayudar? Supongamos que hay otra escuela, una privada o una academia virtual o una cooperativa de maestros y ellos le dicen: nosotros podemos ayudarle. No obstante, a usted no le alcanza el dinero para pagar por la colegiatura. ¿Y entones?…

Entonces, si vive en un estado donde existe Opción Escolar, usted tendría acceso a fondos estatales para pagar por otra alternativa. Ejerciendo el derecho a la Opción Escolar, las familias calificadas reciben un regalo del Estado (total o parcial) para pagar por la educación de sus hijos fuera del sistema público.

Porque creemos que todos nuestros niños merecen tener acceso a una educación de alta calidad, nosotros promovemos y defendemos la Opción Escolar. Somos la American Federation for Children y estamos trabajando en Tennessee para crear más oportunidades educativas para nuestra comunidad. Visítenos: http://www.federationforchildren.org y/o escríbanos CLLenas@FederationForChilden.org Estamos para servirle.

La Brecha

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http://eltiempolv.com/opini%C3%B3n/brecha

En la ciudad de Santiago de los Treinta Caballeros había una escuela llamada La Esperanza que fue construída y subvencionada por la Compañía Anónima Tabacalera. En La Esperanza los pálidos hijos del presidente de la fábrica y los hijos morenos de los obreros y campesinos recibían la misma educación.
La calidad de la docencia y del curriculum eran comparables a la de las mejores escuelas privadas de la época. El desempeño académico de los egresados de La Esperanza, apesar de la etnia oscura y el origen humilde de muchos de ellos, estaba a la altura de los alumnos procedentes de los institutos destinados a la clase alta, o media alta. Es decir, que no existía disparidad entre ricos y pobres, la condición racial o socioeconómica de los estudiantes no determinaba la calidad de la educación que recibían. En el argot educativo esta disparidad tiene un nombre, se llama:brecha académica. Esta es medida los Estados Unidos al recoger, entre otros, los resultados de los exámenes estandarizados, los grados, la tasa de deserción escolar y el número de graduados universitarios perteneciente a cada grupo.
La brecha académica existe en todas partes del mundo y aquí es más evidente entre los hispanos y afroamericanos, cuyos logros académicos están muy por debajo que sus contrapartes blancos. De hecho, la brecha académica entre los estudiantes hispanos y los blancos no ha disminuido en las últimas dos décadas, según un reporte publicado en 2011 por The National Center for Education Statistics (NCES), una subdivisión del Departamento de Educación de los Estados Unidos. Esta brecha, así mismo, es significativamente mayor en el caso de estudiantes en cuyos hogares no se habla el idioma inglés. Para estos estudiantes, el aprender un nuevo idioma se suma a la tarea de aprender a leer y a escribir. Son English Language Learners (ELL) y como tales tienen que trabajar más duro, decodificar más. Ahora bien, toda lengua es un código. Una vez el niño(a) aprende a descifrar el código de un idioma, puede transferir esa habilidad al otro. Por eso, y para ayudar a los hijos a recorrer parte del camino, los entendidos recomiendan que los padres alfabetizen sus chicos en su lengua natal. De esta forma los padres o tutores pueden ser parte de la solución en la titánica faena de cerrar la brecha académica. De ahí que, la participación activa de los padres en la educación de sus hijos es de rigor, pues no hay escuelas como La Esperanza en cada esquina y el actual sistema educativo no provee soluciones inmediatas o suficientemente rápidas para eliminar la distancia, a veces abismal, entre hispanos y blancos, ricos y pobres. Al problema de la disparidad hay que encontrarle soluciones. El soporte familiar es una de ellas, no es la única, pero es una que usted puede empezar a implementar ahora mismo.

Mexicanos fueron los primeros en luchar contra la segregación escolar

Mendez fmly

Por Michel Leidermann
El caso “Méndez vs. Westminster” hoy en día, 60 años después, aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho (…) Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema (…)

Gonzalo Méndez era un granjero mexicano nacido en Chihuahua en 1913 que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles y que junto con su esposa Felicitas, una puertorriqueña, nacida en 1916, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja de espárragos.
Todo parecía ir de maravilla hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a matricular a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 de Westminster.
Allí comenzaron sus problemas: “Su hija no puede acudir a esta escuela”, le dijeron a Gonzalo, tajantemente.
Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: “¿Porqué?”. La respuesta fue sencilla: La niña es “mexicana” y esa escuela era para anglos. Para niños “blancos”. Que hablaban sólo inglés, nada de español. Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.
En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron otra opción: matricular a su hija en la escuela primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela “blanca” (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar “mejor”. La escuela Lincoln era “mexicana”. Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos) y hablaban español.
Lo que no le dijeron fue que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobiliario y libros eran desechos de la escuela “blanca” (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Los alumnos comían a campo abierto cerca de los pastizales para las vacas, hediondos y llenos de moscas. Incluso el nivel de la enseñanza era peor y se sabia que los maestros eran peor pagados que sus colegas “anglos”.
La discriminación era muy grande en ese tiempo contra los mexicanos. Cuando iban a los teatros se tenía que sentar arriba, no podía sentarse en el piso principal. En las tiendas, si venía un americano, lo atendían antes. Había restaurantes donde no servían a los mexicanos. Tampoco los dejaban entrar a los parques públicos ni a la alberca pública hasta que el agua estaba cochina y la iban a cambiar al día siguiente.
Esa era la norma en la California de los cuarenta, y de hecho en todo los Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a “Negros, mexicanos y perros”.

Los mexicanos tenían sus escuelas “especiales”, segregados de los niños anglos, para evitar que su “incapacidad” de hablar inglés “retrasara” el aprendizaje de todos. El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibido hablar ese idioma “horrible” en ese entonces.
Todavía hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el “idioma de los esclavos”. De hecho, esto contribuyó a que muchos latinos de aquella generación perdieran su idioma: Fue por presión, no por decisión.
Pero esa situación no era “normal” para Gonzalo.
El granjero pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse únicamente a su trabajo. Pero Gonzalo no hizo eso. En cambio, se indignó. Se puso furioso. No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.
Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de 8 años, no. Es la reacción normal de cualquier padre de familia. Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.
Gonzalo comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano y latino que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibían entrar a las mejores escuelas, por ser mexicanos.
Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban? “Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?”, se preguntaban.
Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?
Los Méndez y sus amigos William Guzmán, Frank Palomino, Thomas Estrada y Lorenzo Ramírez, no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar a David Marcus , un abogado de Los Ángeles experto en derechos civiles, (que había ganado sus últimos dos casos).
Y el 2 de marzo de 1945 sometieron una demanda por discriminación en la Corte del Distrito Federal en Los Ángeles contra cuatro Distritos Escolares de California: Westminster, Santa Ana, Garden Grove y El Modena (ahora Orange Este) y a nombre de 5,000 alumnos latinos.
Cuando el caso “Méndez vs. Westminster” llegó a juicio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el cual los niños “mexicanos” “debieran” estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo… siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.
La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles el 18 de febrero de 1946, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a negarles la matricula.
Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.
Pero allí también el 14 de abril de 1947, la corte federal en decisión unánime, ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. El caso fue una hazaña histórica para los latinos y que ha tenido muy poco o nada de reconocimiento publico.
Dos meses después, el gobernador republicano de California, Earl Warren, quien fuera posteriormente presidente de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y que en 1954 escribió la decisión en el caso “Brown vs.Junta de Educación” que prohibió la segregación entre blancos y negros en las escuelas públicas de EE.UU, aprobó el decreto de ley que ratificó la abolición de la segregación racial en las escuelas de California, todo basado en la sentencia favorable a los Méndez.
Más aún, el abogado negro Thurgood Marshall, quien colaboró en el caso “Méndez vs. Westminster” representando a la ACLU, American Jewish Congress, Japanese American Citizens League, y la NAACP, se basó en el mismo Méndez para conducir la defensa de Brown y transformarse en un símbolo de los derechos civiles en EE.UU.
Hoy en día, 60 años después, el caso Méndez aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho.
Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema que en su justificación cita el caso Méndez de 1947 y que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional, cuando en septiembre de 1957, y protegidos por soldados federales, nueve estudiantes negros se integraron a la escuela secundaria Central High de Little Rock, terminando de hecho con la segregación racial en las escuelas publicas.
Sylvia, la niñita “mexicana” a la que no dejaron entrar a la escuela de “gringos”, la mayor de los tres hermanos Méndez, es hoy una enfermera retirada de 67 años que vive en Fullerton (California), y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los latinos sino de todo mundo.
Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechosde los alumnos latinos.
Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: “The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School”. La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.
La pareja Méndez vivió en una época difícil para los latinos. Mucho más difícil que ahora, pero no se dejaron atropellar. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente. Y ganaron.
Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial. En una gran mayoría de escuelas la segregación tanto por grupos étnicos, como por matriculas y desempeño, continua.
Muchas familias anglas matriculan a sus hijos en escuelas privadas, donde dicen que obtienen una mejor educación. Ahora la segregación es económica, no política. Es por la pobreza y por razones demográficas: hay gente que se muda de los centros de las ciudades donde viven las minorías.
El Servicio Postal de los Estados Unidos lanzó en septiembre, una estampilla conmemorativa en honor del caso Méndez vs. Westminster que simboliza el derecho que tenemos a una igualdad educativa.

http://www.ellatinoarkansas.com/content.cfm?ArticleID=2435

El encanto de la costa o el porqué de muchos divorcios

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“Capital es capital y Santiago un platanal” reza un proverbio criollo que describe, con cierta fidelidad, el atraso de la provincia en comparación con Santo Domingo, una ciudad portuaria y turística. Al parecer, el contraste que se da entre la ideosincracia de la gente del interior y aquellos que gozan de un malecón no es exclusivo de mi tierra, pues también se evidencia en muchos otros pueblos del mundo retirados del mar y más específicamente apartados de las playas visitadas por extrangeros. Tras dos décadas de ausencia tuve la oportunidad de reencotrarme con el hombre de la costa, quien en Quisqueya es muy diferente al de las regiones situadas entre montañas. Aun hoy día, cuando la tecnología permite poner al alcance de la mano chorros de información, nuestros provincianos tardan en adoptar las nuevas modalidades que impone la vanguardia occidental. Siendo esto más evidente en la manera cómo las viejas costumbres y tradiciones pesan sobre los roles masculino y femenino. Por ejemplo, en el litoral caribeño, donde tanto los hombres como las mujeres trabajan en los complejos hoteleros de cantineros, camareros, croupiers, guías de excursiones y demás, ambos sexos producen un salario y -a veces- reciben comisiones y propinas. Esto hace que las mujeres no siempre y no totalmente dependan de sus hombres para poner comida sobre la mesa. Lo que no implica en lo absoluto que se basten, solo que sus ingresos le garantizan una participación más o menos de igual a igual en la economía hogareña. El “más o menos” citado con anterioridad alude a la odiosa y muy generalizada práctica de pagar a las mujeres un salario más bajo que a los hombres, pero eso es harina de otro costal. Por el momento, nos enfocaremos en ciertas modalidades expresivas que encontramos en algunos hombres casados durante una visita a la isla el pasado mes de Junio, las cuales diferían considerablemente entre sí cuando el caballero en cuestión era el único ente proveedor en la casa o no. Es decir, cuando para pagar los gastos de su supervivencia, la señora estaba o no a merced del señor. Pude notar que, acostumbrado a una mujer creadora de recursos, el costeño adopta un discurso en el cual se detectan menos, pocas o ninguna alusiones y quejas sobre la dependencia monetaria de la esposa y/o que la misma fuera interpretada como una sudorninación. Al restarle este elemento a las mecánicas matrimoniales, parecería que en las ciudades situadas a la orilla del mar se produjera una reevalución de los roles y una redistribución del poder. Las mujeres producen o podrían producir dinero y los hombres tienden a respetarla por ello. Permanecen juntos por razones que no vienen atadas a la vil subsistencia, aunque quizás tengan que ver con el progreso, a la conveniencia o al interés mutuo. Sin embargo, inclusive en estos casos, la esposa es percibida como una socia-compañera-camarada que lucha hombro a hombro y merece respeto, fidelidad y consideración. En cambio, en el interior el discurso tiende a plantear que: “es la madre de mis hijos”, “me está dando o me ha dado su juventud”, “es una buena mujer”, “me necesita”, “nunca ha trabajado,” etc. Frases que son código para explicar una relación de pareja mantenida por tradición, por lástima, por compromiso o por lo que sea ya que la mujer requiere de su marido pues no alcanza a suplir sus necesidades sin él, lo cual la tiende a colocar en una posición desventajosa. De ahí que, me atrevo a inferir, en las zonas turístico-costeñas existe un mayor balance del poder en las parejas. Y es que, aquí entre nos, cuando una ya es dueña de los medios para mantenerse y conciente de lo que eso significa, las dinámicas de pareja cambian y si son malas, se acaban.

http://eltiempolv.com/opini%C3%B3n/aqu%C3%AD-entre-nos-31

Viaje a la fiesta de Globos en Albuquerque

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-¡Te va a encantar, chica!, me dijo Linda
-Hacía tiempo que quería ir a verla.
-¿Por cuántos días van?
-De viernes por la noche al domingo por la tarde. ¿Crees que es poco tiempo?
-Algo apretado, pero les alcanza si no hay brisa.
-Yo hubiera preferido tomarme una semana, pero Atena tiene un trabajo nuevo y no se atreve a pedir permiso.
-¿Y dónde está ahora?
-En A&B como directora de Relaciones Públicas.
-Ya, toma.
-¿Qué me has traído?
-El brochure del hotel, un mapa de Albuquerque y el calendario de actividades de la Fiesta Internacional de Globos. Es del año pasado, 2011, pero igual sirve para que te hagas la idea.
-¡Genial!
-¡Verás qué padre! ¿Qué día sales?
-El cinco de octubre.
-Toma muchas fotos. ¡Es tremendo espectáculo!, me dice con una sonrisa jocosa y se marcha.

Llegada la fecha, mi prometida y yo salimos para el aeropuerto con dos horas de adelanto. No nos topamos con mucho tráfico ni hubo una espera muy larga al pasar los puestos de seguridad en el McCarran International Airport, así que llegamos tempranísimo a la puerta de embarque que nos correspondía. Entonces, divisamos un bar cercano.
– ¿Una cerveza para matar el tiempo?, me propone la rubia platino.
-¡Claro!
Tres cervezas más tarde me siento muy relajada. Me voy a echar una siestecita en el avión, pienso. No obstante, un niño llorando y pateando en el asiento de atrás me arruinó el plan.

Aterrizamos en Albuquerque cerca de la medianoche. Nos anima descubrir el ambiente tan festivo, con globitos colgando por todas partes. La terminal era pequeña, fácil de caminar. Solo aquellos que veníamos en ese vuelo deambulábamos por el lugar, rompiendo el silencio con el eco de nuestros pasos. Detrás de los mostradores no había rastros del personal. Tocamos una campanita unas cien veces antes de que apareciera el representante de la compañía Rent a Car. Un señor calvo, con los ojos vidriosos, sale por la puerta del fondo, opuesta a la ventanilla de servicio. Era obvio que se acababa de despertar porque ostentaba sobre la mejilla derecha, como un sello, las marcas de algún tejido.
De inmediato, nos pide que firmemos aquí y allá.
-¿Cuál de las dos va a manejar?, pregunta.
-Ambas, dice mi media naranja.
-En ese caso, tendrán que pagar más, responde.
-¿Por qué?
-Para poder manejar dos personas el mismo vehículo, sin que les afecte la tarifa, tienen que estar casadas.
-O sea, ¿qué es un privilegio “exclusivo” para heterosexuales?, replica Atena, escribiendo con un gesto las comillas en el aire cuando articula la palabra.
Le doy un pellizco para que se calle, a sabiendas de que no se callará. Por mi parte, estoy demasiado cansada para ponerme a discutir sobre justicia social con el calvito de camisa arrugada. Me mantengo al margen del pleito.
El hombre dice: – Las reglas son las reglas.
No vale protestar, el contrato y sus términos, se quedan igual. Recogemos un coche de cuatro puertas y veinte minutos después llegamos al hotel.

El lobby lucía muy alegre. Estaba adornado, igualmente, con globos en miniatura. Tocamos la campanita unas cuantas veces. La recepcionista sale a recibirnos con las greñas alborotadas.
-Deme su identificación personal y tarjeta de crédito, por favor.
-Buenas noches, le dice Atena.
No le contesta.
Le doy lo que me pide.
-No encuentro su reservación, responde. ¿Me da su número de confirmación?
Tiro las maletas al suelo, abro la cartera. Hurgando, saco una docena de cosas antes de dar con la dichosa hoja. Mientras, la muchacha dice:
-Pos no tenemos cupo. Todos los hoteles de la ciudad están sold out. Este es un fin de semana muy busy, celebramos la Fiesta Internacional de balloons.

Mi amada está a punto de decir algo, cuando alargo el brazo y extendiendo el papel hacia la chica, quien luego se dedica a punchar y punchar el teclado por una eternidad.
Finamente, me entrega dos llaves y un bosquejo -que parece un laberinto- con las instrucciones de cómo llegar a nuestra habitación. Le doy las gracias. Recojo el equipaje, la cartera, las llaves, la confirmación y el mapa.
-Si es tan amable, llámenos para despertarnos en tres horas, le pide Atena.
-Okay.
Suena el ¡RING! y pego un brinco que me tumba de la cama. Estaba en el último de los sueños. El susto me deja con taquicardia. Nos alistamos de prisa, entusiasmadas. ¡Estamos locas por ver el ascenso de los globos en el alba!
De vuelta en la recepción alcanzo a ver unas cafeteras de aluminio contra la pared.
-Es un dólar por una taza, demanda una señora flaca. Le doy un billete de veinte.
-No tengo cambio, responde.
-¿Dónde puedo cambiar el dinero?
-Pregunte en la recepción.
La recepcionista tampoco tiene cambio.
-¡Qué se la va a hacer!, suspiro alejándome.

El minibús del hotel nos lleva al estacionamiento de donde parten los autobuses con destino al evento. Según oímos, unas cincuenta mil personas seremos transportadas por esta vía.
En la larga fila, observamos a la gente cargando sillas portables, mantas, múltiples envases térmicos y nos burlarnos de ellas. ¡Caramba! ¿Cuál es la necesidad de viajar con tantas cosas?…
Al rato, estamos montadas en el autobús con destino al campo. Allí, un valle inmenso es el hogar de cientos de canastas rellenas de telas multicolores que aguardan el momento para echarse a volar.
Titiritando de frío, caminamos alucinadas entre columnas y columnas de globos. Yo no le quitaba las manos de encima a la cámara fotográfica, con el dedo, cual gatillo, sobre el botón de disparar. ¡No me iba a perder por nada del mundo ese instante glorioso cuando una miríada sicodélica de esferas saliera flotando al unísono, como las voces de un coro, con la aurora de trasfondo!
El sol subió, pero los globos no.
– ¡¿Qué?!
-Que cancelaron el evento, señoras.
-¿Y por qué?
-Porque hay demasiado viento, ¿no ve?

Dimos más vueltas que un trompo antes de descubrir a las veinticinco, de las cincuenta mil personas, ya alineadas para regresar a la ciudad. Esperaban su turno sentadas en sus sillas plegadizas, arropadas en sus gruesas mantas de lana, calentándose con el té o el café que habían traído en sus envases térmicos. Atena y su servidora éramos, quizás, las únicas dos idiotas vestidas con unas finas camisetas de algodón en este descampado abatido por unas cortantes ráfagas más frías que el hielo. Mi valkiria me deja cuidando nuestro sitio en la cola y se marcha en busca de algo que pudiera calentarnos. Regresó con un cartón de papas fritas cubiertas de ese chile verde que tanto le encanta.
Nativa de San Antonio, Texas, creció comiendo picante. Yo, sin embargo, no estoy acostumbrada a eso. En definitiva, el chile nos eleva la temperatura, aunque brevemente. Tardamos dos horas y media para acceder al ómnibus que nos retornará a la ciudad.
Una vez en el pueblo, acordamos quedarnos despiertas. ¡Vamos a aprovechar al máximo! ¡Vamos a empaparnos de cultura local! Tomamos nuestro carro y nos vamos al centro.

Resulta que el comercio aún no estaba abierto. Los letreros aclaraban: abrimos a las 11.30 a.m. Miro el reloj, son las nueve de la mañana. Sin rumbo, como dos náufragas, navegamos las callecitas coquetas hasta que el primer restaurante abre las puertas. Muertas del hambre, nos lanzamos adentro de cabeza. Salvo las papitas, no le habíamos echado nada sólido al estómago desde el día anterior. Desayunamos el platillo más popular: carne de cerdo en chile rojo. La hartura nos pega durísimo. Inundada por un cansancio brutal, tiro la toalla:
-Vámonos a descansar.
-¡Excelente idea!, responde mi amazona.

Al anochecer teníamos planeado ir a ver El resplandor. Una de las revistas turísticas lo describía de la siguiente manera: “En la luz moribunda del poniente, incorporados sobre su llama fulgurante, brillan, cual lámparas chinas suspendidas en el espacio, una multitud de vejigas radiantes.”
A las cinco de la tarde estábamos de nuevo en pie. ¡Por fin veremos los globos!
De paso, paro en la tienda de la recepción para comprar un alka seltzer. Sin proponérmelo, me envuelvo en una conversación con Joanne, la dueña del local. Me cuenta algunas de sus experiencias como voluntaria de la fiesta. También, me recomienda que instale en mi teléfono el app con el programa de la misma.
-A fin de que te mantengas informada, porque si el viento sopla a más de diez millas por hora, la suspenden, ¿sabes?…
-¡Esta tecnología me hubiera servido tanto esta mañana!, gracias, le digo.
-Muchas gracias, repite Atena.
Casi al instante de instalar el app, me manda un boletín meteorológico: la velocidad del viento actual es de doce millas por horas.
-¿Qué piensas cariño? ¿nos vamos o nos quedamos?
-No sé.
– Vamos a preguntarle a Joanne.
Nuestra amiga nos dice que es muy probable que cancelen todo.
-Mejor nos vamos a ver tiendas, chula, ¿no?
-Sería una pena ir hasta las afueras en balde.
-¿Nos quedamos?
-Nos quedamos.

Anduvimos el casco viejo de punta a punta. Cuando los pies no nos daban para más, nos sentamos a cenar en un café al aire libre. El menú ofrecía una gama de platillos de tierra y de mar, la mayoría condimentados con chile.
-¿Sabe si suspendieron El resplandor?, le pregunto al camarero.
-Acabo de escuchar que se dio.
-¡Carajo, nos lo perdimos!, refunfuño mal humorada.
-Bueno, todavía tenemos mañana por la mañana, me consuela mi otra mitad.
-¡Es nuestra última oportunidad!

Imploro para que al día siguiente las condiciones del tiempo sean ideales.
Nos acostamos antes de las diez. Queremos estar descansadas cuando suene el teléfono a las cuatro de la madrugada.
Duermo apaciblemente, pero un dolor en las tripas me devuelve la conciencia. Un mugido quedo al principio, seguido de una serie de bramidos y cólicos feroces. Salgo disparada para el baño. Alcanzo a llegar con las justas, antes de que ocurra un vergonzoso accidente. No bien termino de desahogarme, empiezo a vomitar. El chile me sale a chorros, cual lava ardiente, por una y otra salida.
Me tiendo en el suelo, la frescura de las losetas me reconforta mientras abrazo la taza blanca. Luego me le siento encima y después la vuelvo a abrazar. En ese sube y baja me paso varias horas. Estoy empapada de sudor, -y de cultura- mi tez, normalmente rosadita, ha adquirido un tono amarillo verdoso. Botando chile hasta por los poros, trato de incorporarme, pero advierto que me faltan las fuerzas.
-¡Atena!, grito, creyendo que me voy a desmayar.
Atena abre la puerta con los ojos azules desorbitados.
-¡Muévete, muévete que estoy mal! vocifera empujándome, al tiempo que toma posesión del altar.
Nos turnamos.
A las cuatro llaman de la recepción. Arrastrándome, intento alcanzar el teléfono, mas no puedo, no sé para qué lo quiero, tal vez para pedir auxilio, no me acuerdo. Poco a poco me logro trepar en la cama. Creo que pierdo el conocimiento o me duermo durante intervalos de media hora.
He colocado el cubo de la basura al lado de la cama en caso de que tenga que seguir expulsando. Atena se ha enrollado al inodoro como una gata.
Eventualmente, enciendo la televisión. Los locutores de las seis anuncian, súper contentos, que soltaron los globos.
Quisiera ponerme a llorar, pero temo no tener suficiente líquido en el cuerpo para dos lágrimas.
¿Cómo haremos para soportar el vuelo sin descomponernos?, pienso en ese momento.

Invertimos cuarenta dólares en antidiarreicos para poder abordar el avión esa tarde.
Deseosa de ver, por lo menos, un globo volando, echo una ojeada esperanzada a medida que ascendemos. No obstante, aparte de unas cuantas nubes, no veo nada.

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
http://www.meridianoCoco.com

Alba de las Sombras: Una Indocumentada

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Alba, cuando trabajó con la tarjeta del seguro social de una amiga de New Jersey, se llamaba Cecilia, y a partir del 2004, al llegar a Las Vegas, compró el nombre de Martha en una esquina cerca de Eastern con Bonanza.
Alba salió de Republica Dominica con una visa de paseo poco después del 9/11, usando otro nombre que temió publicar. A salida del país dejó tres hijos. Los dos más pequeños quedaron bajo la custodia del papá. Esta custodia nunca supuso ser una ausencia extendida, si no un arreglo temporal. Desde entonces han pasado once largos años.
Alba es una mujer cincuentona, morena y trabajadora.
Desde su llegada a los Estados Unidos se ha dedicado a limpiar casas y a cuidar los niños ajenos, a pesar de que con anterioridad se dedicaba a vender relojes Rolex y Cartier en una de las tiendas más prestigiosas de su pueblo natal.
En New Jersey tuvo la suerte de caer en las manos de una pareja de médicos con dos hijos. Los señores fueron, a su manera de ver “sumamente amables con ella.” Le proporcionaron una habitación en el sótano de la casa, el pan nuestro de cada día y un salario de US$350 dólares por semana, el cual le pagaban muy puntualmente los domingos por la mañana, antes de Alba tomar el día libre.
A su vez, Alba, conocida por ellos como Cecilia, se ocupaba seis veces por semana de cuidar a Zacharias y Jacob, limpiar la casa de arriba a abajo, cocinar las tres comidas, planchar la ropa, fregar los platos, mojar las plantas, pasear al perro, y además organizar los armarios y acomodar la despensa al menos una vez por semana. Sus días consistían de 17 horas laborales que empezaban las cinco mañana y no se extendían, por lo regular, pasadas las diez de la noche; o sea que recibía una compensación de $3.43 por hora (17 x 6 /$350)
Aunque carecía de seguro médico, de plan de retiro, de vacaciones pagadas, Alba me confiesa que en aquellos días se sentía “una mujer realmente afortunada.” Y es que comparada con su próxima patrona, Miss. Laquisha, la pareja de médicos eran a walk in the park.
La señora Laquisha requería de Alba todos los oficios citados anteriormente, pero nunca le pagaba a tiempo, y “para decir la verdad, ni siquiera me pagaba todo lo que me debía”, me dice.
La hija de Miss. Laquisha, una niña adoptada, tiene necesidades especiales. Es una criatura violenta, intranquila, que no duerme. La pequeña despierta muchas veces por las noches y como la madre no se levanta, viene a buscar a Martha.
Martha, a quien conocemos como Alba, fue recientemente hospitalizada debido a un severo desgaste físico.
Dada la severidad de su condición el doctor le pidió que dejara el trabajo.
Pero imagínese, ¿cómo puedo yo dejar de trabajar?, me pregunta, se pregunta a sí misma…le pregunta a usted.
La situación de Alba no es única.
Cientos de miles de trabajadores indocumentados están sufriendo abusos similares y peores: los obreros de la construcción en Texas, los granjeros en Iowa, los cocineros en New York, los agricultores en California, las niñeras y domésticas de Nevada, ¡la lista es larga!
Y es por Alba y por los 11 millones de indocumentados que hoy celebramos la lucha por la reforma migratoria. Y que celebramos las miles de mujeres que, como Alba, viven y trabajan en las sombras.

http://eltiempolv.com/articles/2013/05/16/ciudad_and_estado/doc519529c0ac023232035155.txt

Just moments ago, the Nevada Senate Legislative Operations and Elections committee voted to amend SJR13

First day of marriage equality in D.C., March 3, 2010

Just moments ago, the Nevada Senate Legislative Operations and Elections committee voted to amend SJR13, legislation that would begin the multi-year process that would repeal the state’s ban on same-sex marriage to include language that would allow same-sex couples the right to marry the person they love.
Real more at:http://hrc.org/blog/entry/one-step-closer-to-marriage-equality-in-nevada

Justice cannot wait

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At age 22, I thought I found the one true love. I don’t know, and I will never know if I was right. We were students living in Paris, a place where it still is not an easy task to become nationalized. After several attemps to extent my visa, I was asked, très poliment, to leave. She remained in City of Light to finish her studies and that is how the story ended.

Twenty years have gone by and not much has changed there or here in the United States. After becoming a naturalized American citizen, thanks to the due diligence of my parents, I met a tall, witty blond called Dawn, who is my lovely fiancé. We have been engaged for years; however, since the State of Nevada is not that progressive, we cannot get married. Even if we could get married, and I was not a citizen, she could not file a petition on my behalf.  We were lucky to find each other when “my papers” were not longer an issue, but for my friends Monica & Sylvia, Jose & JP timing was not perfect. They were just not as fortunate. As a result, they are now forced to live in the shadows of a system that could break them apart forever at any given time. That upsets me! That is why today I am raising my voice for comprehensive immigration reform.

Our current system is broken. It needs to be fixed. It needs to be inclusive. Keeping families together doesn’t and shouldn’t translate into “keeping traditionally defined nuclear families together.” Families come in different shapes and sizes. Dawn is my family. The day we decide to adopt, those children will be our family too. LGBT partners and LGBT families have the right to stay together just like anybody else. Comprehensive Immigration Reform just cannot wait. Our generation and many generations before us have already waited for justice for too long.

http://www.hrc.org/blog/entry/immigration-reform-that-includes-the-lgbt-community