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Hablemos de todo un poco

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La Brecha

Man jump

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En la ciudad de Santiago de los Treinta Caballeros había una escuela llamada La Esperanza que fue construída y subvencionada por la Compañía Anónima Tabacalera. En La Esperanza los pálidos hijos del presidente de la fábrica y los hijos morenos de los obreros y campesinos recibían la misma educación.
La calidad de la docencia y del curriculum eran comparables a la de las mejores escuelas privadas de la época. El desempeño académico de los egresados de La Esperanza, apesar de la etnia oscura y el origen humilde de muchos de ellos, estaba a la altura de los alumnos procedentes de los institutos destinados a la clase alta, o media alta. Es decir, que no existía disparidad entre ricos y pobres, la condición racial o socioeconómica de los estudiantes no determinaba la calidad de la educación que recibían. En el argot educativo esta disparidad tiene un nombre, se llama:brecha académica. Esta es medida los Estados Unidos al recoger, entre otros, los resultados de los exámenes estandarizados, los grados, la tasa de deserción escolar y el número de graduados universitarios perteneciente a cada grupo.
La brecha académica existe en todas partes del mundo y aquí es más evidente entre los hispanos y afroamericanos, cuyos logros académicos están muy por debajo que sus contrapartes blancos. De hecho, la brecha académica entre los estudiantes hispanos y los blancos no ha disminuido en las últimas dos décadas, según un reporte publicado en 2011 por The National Center for Education Statistics (NCES), una subdivisión del Departamento de Educación de los Estados Unidos. Esta brecha, así mismo, es significativamente mayor en el caso de estudiantes en cuyos hogares no se habla el idioma inglés. Para estos estudiantes, el aprender un nuevo idioma se suma a la tarea de aprender a leer y a escribir. Son English Language Learners (ELL) y como tales tienen que trabajar más duro, decodificar más. Ahora bien, toda lengua es un código. Una vez el niño(a) aprende a descifrar el código de un idioma, puede transferir esa habilidad al otro. Por eso, y para ayudar a los hijos a recorrer parte del camino, los entendidos recomiendan que los padres alfabetizen sus chicos en su lengua natal. De esta forma los padres o tutores pueden ser parte de la solución en la titánica faena de cerrar la brecha académica. De ahí que, la participación activa de los padres en la educación de sus hijos es de rigor, pues no hay escuelas como La Esperanza en cada esquina y el actual sistema educativo no provee soluciones inmediatas o suficientemente rápidas para eliminar la distancia, a veces abismal, entre hispanos y blancos, ricos y pobres. Al problema de la disparidad hay que encontrarle soluciones. El soporte familiar es una de ellas, no es la única, pero es una que usted puede empezar a implementar ahora mismo.

El encanto de la costa o el porqué de muchos divorcios

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“Capital es capital y Santiago un platanal” reza un proverbio criollo que describe, con cierta fidelidad, el atraso de la provincia en comparación con Santo Domingo, una ciudad portuaria y turística. Al parecer, el contraste que se da entre la ideosincracia de la gente del interior y aquellos que gozan de un malecón no es exclusivo de mi tierra, pues también se evidencia en muchos otros pueblos del mundo retirados del mar y más específicamente apartados de las playas visitadas por extrangeros. Tras dos décadas de ausencia tuve la oportunidad de reencotrarme con el hombre de la costa, quien en Quisqueya es muy diferente al de las regiones situadas entre montañas. Aun hoy día, cuando la tecnología permite poner al alcance de la mano chorros de información, nuestros provincianos tardan en adoptar las nuevas modalidades que impone la vanguardia occidental. Siendo esto más evidente en la manera cómo las viejas costumbres y tradiciones pesan sobre los roles masculino y femenino. Por ejemplo, en el litoral caribeño, donde tanto los hombres como las mujeres trabajan en los complejos hoteleros de cantineros, camareros, croupiers, guías de excursiones y demás, ambos sexos producen un salario y -a veces- reciben comisiones y propinas. Esto hace que las mujeres no siempre y no totalmente dependan de sus hombres para poner comida sobre la mesa. Lo que no implica en lo absoluto que se basten, solo que sus ingresos le garantizan una participación más o menos de igual a igual en la economía hogareña. El “más o menos” citado con anterioridad alude a la odiosa y muy generalizada práctica de pagar a las mujeres un salario más bajo que a los hombres, pero eso es harina de otro costal. Por el momento, nos enfocaremos en ciertas modalidades expresivas que encontramos en algunos hombres casados durante una visita a la isla el pasado mes de Junio, las cuales diferían considerablemente entre sí cuando el caballero en cuestión era el único ente proveedor en la casa o no. Es decir, cuando para pagar los gastos de su supervivencia, la señora estaba o no a merced del señor. Pude notar que, acostumbrado a una mujer creadora de recursos, el costeño adopta un discurso en el cual se detectan menos, pocas o ninguna alusiones y quejas sobre la dependencia monetaria de la esposa y/o que la misma fuera interpretada como una sudorninación. Al restarle este elemento a las mecánicas matrimoniales, parecería que en las ciudades situadas a la orilla del mar se produjera una reevalución de los roles y una redistribución del poder. Las mujeres producen o podrían producir dinero y los hombres tienden a respetarla por ello. Permanecen juntos por razones que no vienen atadas a la vil subsistencia, aunque quizás tengan que ver con el progreso, a la conveniencia o al interés mutuo. Sin embargo, inclusive en estos casos, la esposa es percibida como una socia-compañera-camarada que lucha hombro a hombro y merece respeto, fidelidad y consideración. En cambio, en el interior el discurso tiende a plantear que: “es la madre de mis hijos”, “me está dando o me ha dado su juventud”, “es una buena mujer”, “me necesita”, “nunca ha trabajado,” etc. Frases que son código para explicar una relación de pareja mantenida por tradición, por lástima, por compromiso o por lo que sea ya que la mujer requiere de su marido pues no alcanza a suplir sus necesidades sin él, lo cual la tiende a colocar en una posición desventajosa. De ahí que, me atrevo a inferir, en las zonas turístico-costeñas existe un mayor balance del poder en las parejas. Y es que, aquí entre nos, cuando una ya es dueña de los medios para mantenerse y conciente de lo que eso significa, las dinámicas de pareja cambian y si son malas, se acaban.

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Adorable chatarra

ramen noodles

de Hergit Penzo Llenas
Los nortemaricanos le dicen Ramen noodles y en México Maruchan y es una sopa de fideos tan popular que la encontramos en su envoltura de plástico cuadriculada y multicolor tanto en los mercados étnicos y como también en los gigantescos super Walmarts. Además se la localiza dentro del microondas de miles de estudiantes que asisten de costa a costa a las universidades y la hallamos sobre la mesa de muchos inmigrantes recién llegados a los Estates o no tan just cruzados del río o apeados del avión. Los universitarios la consumen porque se han alejado del nido materno y no tienen quién les prepare un plato calientito y nutricional -como el Señor manda. Los segundos, simplemente, ejercen su real derecho a ingresar en el ámbito culinario de la exquisita comida de a dólar. Los fideos Maruchan, así secos, ondulados cual melena dominicana, amarillentos y deliosamente cargados de sal, harina y grasa son la opción por excelencia de todo haragán o toda persona muy corta de dinero, de tiempo o corta en habilidades para alimentarse con algo que requiera el cortar y mezclar varios ingredientes alimenticios. Sin embargo, aún hasta los que saben cocinar o gozan de un alma piadosa que les cocine, pasan por la fase, mejor dicho, ¡por el proceso inexorable! de descubrir y luego consumir en menor o mayor grado cantidades masivas de esta invención china, la cual ha sido distribuida en el globo gracias a los japoneses. Y es que, aquí entre nos, ¿quién ha osado privarse de la decadente desgustación de un cartón de estos archifamosos fideos? …
Habrá uno que otro que argumente que las siguientes dos palabras: alimenticio y nutritivo si han de aparecer citadas cerca de la marca en cuestión, sería únicamente en radical oposición a la misma. Para esos misioneros a raja tabla, lectores de Food Matters, asiduos espectadores de documentales en Netflix al estilo Supersize me y otros testimoniales por el estilo, para ellos es un absurdo dedicarle a una sopa instantánea un poco de dulce atención. Puesto que, según opinan, el acto de embutirse un paquete de Ramen noodles puede describirse de una forma: malo. De hecho, muy malo. Tan malo como comerse un pollo frito del coronel, una hamburgesa de McSabeQuién o unas papas fritas del King-noséqué.
Tarde o temprano, el proceso inexorable, la atracción fatal hacia la comida chatarra nos mata, si no la matamos primero. Con suerte, el colesterol, la diabetis, la talla del patalón, las fotos de hace unos años nos hacen recapacitar. Un día nos miramos al espejo y entendemos que no solo de Ramen noodles vive el hombre. No obstante, antes de ese instante de suprema revelación, nos atragantamos con una sopera repleta de Machuran y con cuanta porquería nos engordamos ¡perdón! encontramos en el camino. Y si usted me pregunta: ¿por qué?
Pues, yo diría ¡que es parte esencial de convertirse en un graduado o en un fiel ciudadano norteamericano!
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Voluntariado

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Ocuparse de lo abstracto cuando lo concreto no ha sido resuelto es dificil, por no decir imposible. A los que procedemos de una cultura de superviviencia, el día a día se nos presentaba con demasiados retos como para que nos sobreran las energías necesarias para emprender projectos sociales, humanitarios y comunitarios. De hecho, el servir de apoyo al círculo inmediato nos demandaba tanto, que solo la cohabitación compasiva se convertía un proyecto de voluntariado a tiempo completo. Pero aquí, en los Estados Unidos, el sistema nos provee una multitud de soluciones a los problemas de la supervivencia. Las estampillas o los bancos de comida ayudan a resolver el problema del hambre, el Plan Ocho/ Helping Hands/ el Departamento para la vivienda se ocupan -o tratan -de apalear la falta de un techo, en las escuelas los consejeros recolectan útiles escolares y ropa para donársela a nuestros hijos, las bibliotecas públicas facilitan el acceso a una gran variedad de recursos: computadoras, búsqueda de empleo, libros, películas, etc.
Una vez quedan cubiertas estas necesidades elementales, me pregunto: ¿podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a cosas más intangibles?… Creo que sí, porque ¡siempre es más fácil pensar con la barriga llena! No obstante, la inclinación natural tiende a volcarnos del lado hedonista y cuando nos sobran medios y tiempo solemos despilfarrarlos yendo de shopping o dedicándonos a cualquier otra actividad que no se podría describir exactamente como solidaria. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, al definir solidaridad, nos dice: “es horizontal e implica respeto mutuo. Es decir, que ubica a la persona en un trato de igual a igual al que se ayuda, generando compasión y entendimiento de la situación del otro sin ver de menos su condición, aportando y ayudando con la voluntad de las personas.” El concepto, como ven, no requiere explicaciones mayores. A pesar de eso, muy rara vez nos levantemos diciendo: ¡hoy voy a salir a trabajar como voluntario en pos de una causa! A menos que en la iglesia, en la familia o en el entorno cercano se encuentre alguien que ponga el tema sobre el tapete, la mayoría de nosotros pasamos por este mundo sin pensar en involucrarnos en otra misión que no sea la de vivir nuestra cotidianidad.
Sin embargo, a casi todos nos queda un spot en el corazón donde albergamos uno o varios intereses hacia algo que aspira mejorar la humanidad, su hábitat, su contexto y su relación con otras especies. Este interés puede enfocarse en los huérfanos, los ancianos, los obreros, los veteranos, los abusados sexualmente, los adictos, los iletrados, las víctimas de la violencia, los minusválidos, el medio ambiente, la paz, la equidad racial, la conservación de una cultura o de la atmósfera del planeta, por citar unas cuantas entre las muchas posibilidades. Por eso, si aun no ha descubierto que dar es mejor que recibir, le invito a considerar invertir su voluntad en un proyecto. Aquí entre nos, es un primer paso para erradicar la mentalidad de supervivencia que a veces arrastramos aun después de haber dejado atrás ese modo de vida.

La máquina en el cielo

satelite
Para aprender a hablar un idioma hay que decir muchos disparates, como lo hacen los niños muy pequeños, quienes en su inocencia son incapaces de entender el concepto de la vergüenza y carecen del miedo al ridículo. Ellos no piensan dos veces antes de decir las cosas. Su único objetivo es darse a entender y ¡cómo lo logran! Ya de adultos, nos volvemos expertos en el arte de llenar el libro de ejercicios y de repertir after me, pero no en el oficio de hablar inglés con cualquiera en cualquier ocasión que lo amerite. Conozco a muchas personas que han cursado todos los niveles habidos y por haber y todavía no dicen en voz alta ni good morning. Cuando les pregunto por qué, teniendo un diploma que avala su condición de angloparlantes jamás emplean el inglés, me responden: “pues creo que lo leo y lo escribo bien, pero me da pena hablarlo.” ¡Qué forma más vil de desperdiciar todo el tiempo y el dinero invertido en adquirir otro idioma! Lo que no se practica, se pierde porque a fuerza de no usarlo, uno termina por olvidar lo aprendido. Y es que, como en el proceso de caminar, primero se gatea y después se corre. Es decir, al principio se avanza despacio y con la práctica se anda más de prisa. A los adultos nos da vergüenza hablar con otros adultos como si estuviéramos gateando, o como se diría en mi terruño, macujeando. Tememos decir las palabras mal y hacer el ridículo. Quisiéramos abrir la boca y comunicarnos articuladamente, con rapidez, tal como lo hacemos en la lengua materna. En vista de que esto es imposible, optamos por no decir nada o decir “Ay don’ espik english.” Y así, con esta frase, auto-saboteamos la posibilidad de algún día lograr caminar o correr en inglés. Con esta frase, pasamos de gatear a la mudez, al silencio.
Yo llegué a los Estados Unidos ya adulta, sin dominio del idioma. Tuve que decidir entre el miedo al ridículo y el silencio. Aprendí que para alcanzar la fluidez hay que ser un poco sinvergüenza y algo inocente, igual que un niño. Antes de poder expresarme casi con tanta soltura como en español dije un montón de disparates, me corrigieron muchas veces y me puse colorada en numerosas ocasiones. Recuerdo una vez que se perdió la conexión del satélite en el hotel donde yo trabajaba. Los huéspedes, turistas americanos y canadienses, bajaron en tropel a la recepción, estaban enfadados porque sus televisores no tenían señal. Yo apenas sabía unas cuantas frasecitas en la rica lengua de Shakespeare. La palabra satélite nunca la había aprendido. Tampoco podía explicar bien que el aparato en cuestión no estaba funcionando. Solo se me ocurrió decir, apuntando al cielo: de machine in the sky is plrrrr. La pronunciación del recién inventado verbo “plrrr,” la acompañé con un movimiento de las manos que sugería la acción de algo roto. Supongo que me di a entender, pues un señor se dio vuelta para explicarle a su mujer lo que pasaba y le escuché decir: the satellite signal went down. De esta forma aprendí a decir que la señal del satélite se cayó. Luego, poco a poco, una barrabasada tras otra, llegué un día a expresarme con propiedad en inglés, desafiando el enunciado aquel que reza “cotorra vieja no aprende a hablar.” Aquí entre nos, ¡sí que puede!

50,000 niños viajando sin compañía

Photo from Univision

Photo from Univision


“Mientras nosotros vendamos materia prima a centavos la libra y compremos productos que cuestan cada uno muchos dólares, la balanza de pago de nuestra nación estará en rojo, o sea que viviremos para siempre endeudados y destinados a la pobreza,” exponía en su clase de macroeconomía el profesor Octavio Mota King, uno de los mejores maestros que he tenido. “Para romper este ciclo, necesitaríamos convertir nuestros metales, el cobre, hierro, acero, níquel, en refrigeradores, tostadores y automóviles, y nuestro cacao en barras de chocolate; es decir, que necesitaríamos transformar nuestros recursos naturales en productos terminados.” Entonces, la tragedia de los países tercermundistas, Honduras, el Salvador, la República Dominicana, radica en la incapacidad de mudar una economía agrícola (y de extracción de las riquezas minerales por monopolios extranjeros), a una economía industrial. Una transformación que es posible, como demuestra el caso de Corea del Sur, donde en el lapso de una generación los campesinos analfabetos pasaron a ser técnicos en informática e ingenieros, aunque para lograrlo esa nación debió invertir cuantiosamente en la alfabetización y preparación académica y técnica de su gente. No obstante, en América Latina esto no se ha dado. La pobreza de nuestros países se ha agudizado en las últimas décadas, creando condiciones de vida cada vez peores para sus habitantes. Y una población desesperada actúa de forma extrema, como por ejemplo, embarcándose en una travesía peligrosa, suicida, a través del río, el mar, o el desierto para alcanzar la frontera con la tierra prometida, los Estados Unidos. Y de ahi, que las entradas de inmigrantes indocumentados al suelo norteamericano no hayan cesado. Y de ahi que también, ahora más cincuenta mil niños se encuentren a la deriva, flotando entre un limbo burocrático que no les permite reunirse con sus seres queridos y un infierno que plantea retornarlos al entorno del cual salieron huyendo, el cual está plagado de hambre, corrupción, violencia e ignorancia. Una solución inhumana, pero no sorpresiva, porque de todos los posibles epítetos que se encuentran en el diccionario, humanitario con los indocumentados sería el último para describir el gobierno de Barak Obama. Así mismo, los Estados Unidos en tanto que país del primer mundo y en virtud del poder que confiere ser una potencia, impone las reglas que controlan los precios de la mercancía en el comercio global. El autor de Food Matters, Mark Bittman, expone el dilema con claridad meridiana: el maíz del norte, genéticamente alterado y producido a un costo mínimo gracias a la subvención otorgada por el Estado a los agricultores, es baratísimo y no compite en igualdad de condiciones con el maíz producido a más alto precio por el labrador mexicano. Este labrador, incapaz de vender su maíz manteniendo un margen de ganancia, se ve obligado a renunciar a la cosecha. Es él y muchos como él quienes terminan recogiendo las uvas en California o pelando pollos en Wisconsin. Y no porque sea fácil dejar los hijos y un universo entero detrás, si no porque ellos carecen en sus tierras de opciones viables para sobrevivir. Los 3.7 billones de dólares que Obama aspira a recibir para contratar más guardias fronterizos y más jueces destinados a acelerar las deportaciones, entre otras ideas no tan brillantes, estarían mejor invertidos en estabilizar los países de donde proceden estos niños. Aquí entre nos, no hay que ser un genio para entender que la respuesta al problema del éxodo masivo de adultos y niños mexicanos y centroamericanos no está en el número de guardias ni de jueces dedicados a atajarlos y luego deportarlos, si no en erradicar las razones macro-económicas que están produciendo el éxodo mismo, ¡que eso hasta lo deduce un estudiante de Mota King en tercer año de preparatoria!

Pobre mamá

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Las madres deben ser buenas, sacrificadas, abnegadas, entregadas, amorosas, limpias, dispuestas a quitarse el pan de la boca, sufridas, justas, ecuánimes, incansables, de una conducta intachable, íconos del buen ejemplo, etcétera, etcétera, etcétera. Eso es lo que la sociedad, la cultura y los medios de información masiva han acordado que es una madre ejemplar. La realidad es que, como ser humanos hechos de carne y hueso, las madres tienen un montón de defectos. Las que no son violentas son mal habladas o egoístas o tacañas o descuidadas o todas las anteriores o ninguna de las anteriores, pero sí otras cosas por el estilo y muchas otras más que por razones de espacio -y por no cargarles más el dado- no vamos a mencionar. Aunque se empeñen y lo traten de evitar, las madres marcan a sus hijos, los acomplejan, malcrían, envanecen, los tratan con favoritismo y los llenan de ínfulas y regalos lo mismo que los llenan de golpes e insultos. Y es por eso que a cada uno nos tocó tener una madre que hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo en el momento en que debió lidiar con tal o cual situación, o sea que fue ella y sus circunstancias, como diría Don Ortega y Gasset. Esta mujer se encontró a sí misma a medio camino entre el ideal que la norma le exigió que fuera, la madre que como persona bien intencionada aspiraba a ser y aquella que al final le salió de adentro. A veces, a causa de esta última, las madres se culpan, a menudo en silencio, por esa otra que fueron hace veinte o treinta años atrás, o uno o dos hijos atrás, cuando no habían acumulado la sabiduría, la experiencia, la madurez que tienen ahora. Las pobres, se sienten responsables de lo que usted y yo hemos resultado ser, porque, ¡ay, Jesús! se han llegado a creer que son las únicas responsables y las solas arquitectas de nuestros destinos. Y de ahí que algunas de nuestras madres guarden en el armario un montón de sinsabores por el papel que ellas jugaron en crear eso que somos, que como suele ocurrir, no es la versión que ellas soñaban de nosotros, si no un híbrido que guarda poca o considerable similitud con sus añoranzas y mucho mayor resemblanza con aquello que a usted y a mí nos dio la gana de ser. Sin embargo, el desencanto se da a la inversa, ya que es mutuo. No son pocos los hijos que cargan un ansia existencial, una crisis interna que lleva el nombre de su progenitora escrito en cada esquina. Esos hijos se sienten defraudados al comparar el modelo de “madre ejemplar” con la suya. Tal modelo, taladrado entre ceja y ceja con las maquinarias de consumo masivo: los dibujos de Disney, las películas de Hollywood, el cine de oro mexicano, las telenovelas, las comparaciones con la madre del vecino – pues no es secreto que las comparaciones son también de consumo masivo- dicho modelo, decía, es un mito. Está basado en expectativas irreales, expectativas que pertenecen al mundo de la ficción y no a esta tierra. Al igual que el resto del mundo, las madres evolucionan y progresan. Muchas ya no son ni siquiera la sombra de aquella archivada en nuestras memorias. A ellas, a nosotras, a todos nos engañaron con el cuento de hadas del perfecto amor filial y la abnegación sin par, un cuento que, aquí entre nos, es una realidad inalcanzable y un hueso muy duro de roer.

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Carne presta para la rapiña

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A parte enseñarnos algunos de los hábitos exóticos y no tan exóticos del proceso de cortejo y reproducción de los animales salvajes, el Discovery channel también ha servido para familiarizarnos con las estrategias de cacería de los depredadores más efectivos que habitan las selvas de este planeta. Una de ellas, que ha probado su infalibilidad tanto entre cazadores solitarios como los que atacan en manada, es seleccionar como una presa a un ejemplar que por cansancio, enfermedad o inexperiencia se ha separado del grupo y se encuentra aislado de los miembros del clan en capacidad de defenderlo. Para el cazador, este estado de distanciamiento e incomunicación es la primera ventaja que él tiene sobre su presa. En nuestra sociedad, al igual que entre las bestias silvestres, ocurre lo mismo. Según reportó Forbes, en Miami al Medicare y Medicad le facturaron fraudulentamente cerca de $237 millones de dólares durante 2011. Las facturas provenían de compañías, en su mayoría fantasmas, cuyo blanco principal eran personas de la tercera edad. Los ancianos resultaban ser la clientela ideal pues sufrían de una salud debilitada, una mente –a veces- distraída y vivían muy frecuentemente en soledad. En otras palabras, eran carne presta para la rapiña. Esta rapacidad se extiende a otros ámbitos y a otras víctimas. Tan pronto demostramos un poco de solvencia económica o cierta “independencia” financiera, al inmigrante, al estudiante universitario, a todos nosotros nos bombardean con promociones producidas por compañías de tarjetas de crédito. Aprovechándose de la falta de educación financiera, la terrible desinformación imperante dentro de la comunidad hispana, abusando de la ausencia potencial de una red familiar y/o social que nos de soporte, los dueños del dinero plástico nos acorralan con un sencillo argumento que parece inofensivo, compre ahora y pague después. Las reglas de ese juego siempre están escritas en mini letritas usando un lenguaje lleno de siglas y acrónimos: APR, DPR (annual percentage rate, daily periodic rate), etcétera. Así mismo, la explicación de la oferta y sus penalidades suele estar ubicada, y no por casualidad, en la parte trasera de una página tan visualmente saturada que da dolor de cabeza el leerla. ¡Por eso casi nadie la lee! Y eso, of course, es lo que busca el acreedor. Los grandes capitales elijen un diseño gráfico tan intrincado, no por salvar un árbol al ahorrase la tirada de una segunda página donde aparezcan las letras en tamaño legible, si no para que uno pierda el interés por leer los diminutos términos presentados en una hoja de papel atiborrada. Cualquier diseñador o especialista en mercadotecnia le puede confirmar esto, ya que está probado y requete-probado que la densidad de la página afecta la motivación del lector. Este viejo truco no pasa de moda. Los prestamistas hipotecarios y vendedores de bienes raíces que engatusaron a medio mundo cuando Las Vegas gozaba de su gran boom inmobiliario se lo saben de memoria. Aquí entre nos, en esta jungla de concreto, hasta las pólizas de las aseguradoras tienen más rayas que un tigre gracias a su arsenal de condiciones tan intrincadas como el diseño arriba mencionado. Estas últimas, menos inocentes que depredadoras, acumulan millones defraudando al consumidor. Así, pues, ¡mucho ojo! No se aparte de la manada y manténgase conectado e informado.
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Para matar el ocio del verano

dona beija

A algunos les gustan las mexicanas, a otros las venezolanas o las colombianas, pero a mí desde joven me encantaron las brasileñas. Si las miramos de cerca, no son unas muy diferentes de las otras, pues al fin y al cabo, son puro melodrama. ¡Melodramáticas!, así se describen todas las telenovelas del mundo, sin importar su nacionalidad, ya que todas coinciden en presentar las emociones y los estereotipos humanos con mucha fuerza y gran aspaviento. Hace veinte y tantos años – y es muy posible que todavía hoy – los papeles principales eran representados por actores blancos y hermosos, los criados solían ser oscuros, la madre o una chica de alcurnia encarnaban al mismísimo Satanás, la protagonista era siempre pura e inocente, en tanto que el protagonista lo personificaba un galán musculoso, valiente y varonil quien estaba eternamente atrapado entre dos amores hasta el final de la serie, cuando, como era de esperarse, él elegía “la prota”. Así mismo, a casi nadie le faltaban un maquillaje impecable aunque se estuviera levantando de la cama a primera hora de la mañana ni se le chorreaba el negro de las pestañas a pesar de haberse metido en la piscina de pies a cabeza. La amnesia, el incesto, la pobreza de unos contra la riqueza de otros, la traición, la mentira, la infidelidad, los celos y otros temas por el estilo eran una constante. Por más años de los que me atrevería a admitir en público, me pegaba una hartura de diez horas semanales de culebrones, como le dicen en España, pero una noche me cansé. Y es que me daba la impresión de estar viendo la misma cosa una y otra vez, solo que con escenarios, vestuarios y rostros diferentes. Fue por ese entonces que mi padre me regaló mi primera colección de libros de ficción: La cabaña del tío Tom, Diez mil leguas de viaje submarino, Mujercitas, La vuelta al mundo en 80 días, etcétera. ¡Y menos mal! porque no sé adónde hubiera ido yo a parar con la mente ociosa y el cuerpo burbujeante de hormonas como una coca cola. Desde ese día, cuando le dije adiós a Dona Beija y demás diosas del Olimpo telenovelero, los libros me han salvado del aburrimiento, de la ignorancia y de las malas compañías. Como quien dice, me han salvado la vida. Aquí entre nos, es el mejor regalo que recibí de mi padre y es uno de los mejores obsequios que puedes hacerle a tus hijos este verano y ¿por qué no? a ti mismo.

 

El mito de la virginidad

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Un mito, en tanto que tal puede ser real o imaginario, ya que la verdad del mito no está en su contenido, sino en el hecho de ser una creencia aceptada por vastos sectores sociales. (Florescano, Mitos Mexicanos)

Estudios estadísticos demuestran que “la edad de iniciación sexual de las mexicanas ha disminuido en la últimas décadas (…) Como consecuencia, los embarazos en las adolescentes son tan alarmantes que se han convertido en uno de los asuntos fundamentales de las políticas de población.” (Menkes, Sexualidad y embarazo adolescente en México). Sin embrago, la sociedad mexicana prefiere hacerse de la vista gorda ante la rampante evidencia de que las señoritas de su casa no se casan “señoritas,” pues desde muy temprana edad están activas sexualmente, con lo que las dejan a la merced de la ignorancia y la falta de información con respecto a la prevención de enfermedades sexuales y el embarazo.

Para los varones, por el contrario, la situación es totalmente diferente. Por lo general, ellos también experimentan una iniciación sexual precoz, mas en sus casos la pérdida de la virginidad es considerada como algo aceptable, celebrado e inclusive en el seno familiar se les instruye cómo hacerlo. En consecuencia, al hablar de virginidad, el concepto se aplica solo a la mujer, puesto que la virginidad masculina en tanto que premio u humillante pérdida no es existe. Esta doble moral juzga la virginidad femenina diferente a la iniciación sexual masculina, ya que restringe una y estimula la otra. Dicen los expertos, que este alto precio puesto sobre la virginidad femenina es producto de usar la sexualidad como un valor de cambio. Además, añaden, oculta el deseo machista de poseer un ideal de mujer “pura.” A fin de ilustrar este concepto, tomemos de ejemplo el uso del condón en la juventud mexicana. Se encontró que los jóvenes usan el condón únicamente cuando van a tener relaciones sexuales ocasionales “con el tipo de mujer poco comprometida” (Menkes, 252)

De ahí que la sexualidad haya sido revestida de innumerables atribuciones morales enunciadas como el Bien y el Mal. Esta carga simbólica sobre la sexualidad, y en especial de la virgen, parece tener de igual manera un sustrato en razones de tipo biológico. En vista que la reproducción se lleva a cabo en el cuerpo femenino, “el control de la capacidad reproductiva de las mujeres, y por lo tanto también de su sexualidad, es fundamental para la permanencia de cualquier cultura (…) La virginidad femenina aparece entonces como un ámbito que posee tal carácter sagrado que es profanado con el primer coito durante el cual el varón aparece como el instrumento de tal transgresión; el emisario de la maldad.” (Amuchastegui-Herrera, Ana. Valores Sexuales y virginidad en México) Así, la calificación del erotismo como “malo” aparece con frecuencia en la cultura popular mexicana. La protagonista de las telenovelas, por citar una referencia, suelen ser vírgenes y sus enemigas en contraste, mujeres muy sexuales. No obstante, como dijo Barthes, “la mejor de las armas contra el mito es, quizás, desmitificarlo a su vez. Es producir un mito artificial: y este mito reconstituido será la mitología verdadera” (Mitologías)

¿Quién, entonces, representaría la mitología verdadera?…Pues una mujer que exhibe una sexualidad sin trabas, un ente liberado y deliberado en su comportamiento y elecciones sexuales. Una mujer que se burle de la doble moral, que acabe con el disimulo que la sociedad le exige mantener a través de modelos religiosos antiguos, que no corresponden a la actualidad, y que son eternizados por una actitud machista que se niega a medir a la mujer con la misma vara con la que mide al hombre. Es decir, una mujer que no esté forzada a privarse de las mismas libertades sexuales que, por generaciones, los hombres han venido disfrutando sin ningún prejuicio tanto en México como en el resto de la América Latina. Pero sobretodo, y aquí entre nos esto es lo más importante, una mujer educada e informada sobre los recursos a su alcance para cuidarse de un embarazo indeseado y de las enfermedades sexuales. Un aprendizaje que debería empezar en casa, si a las hijas nos trataran igual que a los hijos.