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Hablemos de todo un poco

Category: Education

Un precedente que hay que romper

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No ocurre  a menudo que los maestros del distrito escolar de Clark County (CCSD) regresen de sus vacaciones un mes antes para abrir la puerta de sus aulas.No ocurre a menudo, pero ocurre. De hecho, este mes de Agosto, 360 niños de cinco a ocho años de edad se sirvieron de un programa de verano, llamado Literacy LIftOFF*, cuyo propósito es ayudar a aquellos pequeños que más necesitan de un empujoncito. ¡Literacy LIftOFF*, además, es gratuito!

La ocasión es para celebrar porque la iniciativa, tanto en años anteriores como en el presente, le ha proporcionado a los participantes la oportunidad de recibir una enseñanza personalizada, intensa y tan profunda que en el espacio de unas cuantas semanas los niños experimentan un salto prodigioso.

Un salto hacia su crecimiento emocional, personal y académico.

En lo emocional, los pichones aprenden a despedirse de sus padres sin caer en una crisis de llanto, pues comienzan a perder la ansiedad que les produce el adiós, también aprenden a interactuar con otras personas fuera del círculo familiar y empiezan a hacer nuevos amigos.

En lo personal, al familiarizarse con las rutinas de la escuela antes que el resto del estudiantado, los chicos de Literacy LiftOff tienden a ser más desenvueltos. Como resultado, el día de la apertura oficial, ellos sirven de modelo, convirtiéndose así en los guías de su clase, en los líderes de sus compañeros.

En lo académico, se ha podido constatar una ganancia evidente y documentada en las áreas de reconocimiento de letras, fluidez, vocabulario, escritura, lectura, comprensión, etc.

Con tan buenas noticias, cualquiera asumiría que la tarea más fácil para los coordinadores de Literacy Liftoff ha sido conservar sus participantes. Sin embargo, este es el mayor obstáculo, pues a los padres no  solo les da trabajo traer a sus hijos a la hora exacta, si no que les da trabajo traerlos y punto.¡Qué lástima!, cuando hay tanto que ganar y nada que perder. Ojalá que el próximo verano nuestros padres digan ¡presente! y rompan con este penoso precedente.

*Literacy LiftOFF es una iniciativa de The Public Education Foundation y es dirigida por la Dra. Beverly Mathis

La Brecha

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En la ciudad de Santiago de los Treinta Caballeros había una escuela llamada La Esperanza que fue construída y subvencionada por la Compañía Anónima Tabacalera. En La Esperanza los pálidos hijos del presidente de la fábrica y los hijos morenos de los obreros y campesinos recibían la misma educación.
La calidad de la docencia y del curriculum eran comparables a la de las mejores escuelas privadas de la época. El desempeño académico de los egresados de La Esperanza, apesar de la etnia oscura y el origen humilde de muchos de ellos, estaba a la altura de los alumnos procedentes de los institutos destinados a la clase alta, o media alta. Es decir, que no existía disparidad entre ricos y pobres, la condición racial o socioeconómica de los estudiantes no determinaba la calidad de la educación que recibían. En el argot educativo esta disparidad tiene un nombre, se llama:brecha académica. Esta es medida los Estados Unidos al recoger, entre otros, los resultados de los exámenes estandarizados, los grados, la tasa de deserción escolar y el número de graduados universitarios perteneciente a cada grupo.
La brecha académica existe en todas partes del mundo y aquí es más evidente entre los hispanos y afroamericanos, cuyos logros académicos están muy por debajo que sus contrapartes blancos. De hecho, la brecha académica entre los estudiantes hispanos y los blancos no ha disminuido en las últimas dos décadas, según un reporte publicado en 2011 por The National Center for Education Statistics (NCES), una subdivisión del Departamento de Educación de los Estados Unidos. Esta brecha, así mismo, es significativamente mayor en el caso de estudiantes en cuyos hogares no se habla el idioma inglés. Para estos estudiantes, el aprender un nuevo idioma se suma a la tarea de aprender a leer y a escribir. Son English Language Learners (ELL) y como tales tienen que trabajar más duro, decodificar más. Ahora bien, toda lengua es un código. Una vez el niño(a) aprende a descifrar el código de un idioma, puede transferir esa habilidad al otro. Por eso, y para ayudar a los hijos a recorrer parte del camino, los entendidos recomiendan que los padres alfabetizen sus chicos en su lengua natal. De esta forma los padres o tutores pueden ser parte de la solución en la titánica faena de cerrar la brecha académica. De ahí que, la participación activa de los padres en la educación de sus hijos es de rigor, pues no hay escuelas como La Esperanza en cada esquina y el actual sistema educativo no provee soluciones inmediatas o suficientemente rápidas para eliminar la distancia, a veces abismal, entre hispanos y blancos, ricos y pobres. Al problema de la disparidad hay que encontrarle soluciones. El soporte familiar es una de ellas, no es la única, pero es una que usted puede empezar a implementar ahora mismo.

El magisterio es sexy

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La profesión de educador carece del respeto y de la reputación que solía tener en la sociedad americana hasta hace apenas unas cuantas décadas. Debido a esta crisis (¿de percepción?) a nuestra juventud no le atrae esta carrera por considerarla un oficio menor. Cada día menos estudiantes se enlistan en el magisterio. Sin embrago, tanto a nivel estatal como a nivel nacional, el déficit de maestros va vertiginosamente en aumento.
Para ayudarle a entender la envergadura de este problema le voy a dar una imagen que vale cien mil palabras: yo he visto a un director de escuela ahogarse en lágrimas de impotencia y de frustración al pensar en la posibilidad de tener que abrir su plantel con seis o siete maestros sustitutos. ¿Por qué? Porque un sustituto generalmente carece del aval, la experiencia y el entrenamiento para darles a sus hijos, señores lectores, la clase de educación de calidad que ellos se merecen.
Al analizar la carrera de educador, ¿está el vaso medio lleno o medio vacío?
Por un lado, se dice que es una carrera pobremente recompensada y un verdadero martirio. Por otro, ¿no será la ocasión perfecta para redefinir la trayectoria de una vida, cambiar el curso de una historia, formar y reformar otro ser humano, quien, de lo contrario, pasaría por su tiempo sin haber explotado toda su potencialidad?
De esto último habló el cantante Clint Holmes, quien nos contó que debía su exitosa carrera en Las Vegas a su maestra de quinto grado. Ella “fue responsable de haber implantado en mi cerebro la idea de aprender a tocar un instrumento musical: el saxofón. Sin ella, hoy yo no estaría aquí,” dijo Clint.
¡Y es que de eso se trata! El magisterio, cuando está bien impartido, tiene la capacidad de desenterrar los talentos, de pulir las habilidades innatas, de ayudar a vencer los miedos, de elevar las habilidades naturales y presentes en cada niño a fin de vencer la batalla contra la ignorancia y el analfabetismo.
Se podría decir que un maestro es un semi-dios, cuya responsabilidad es convertir día a día el polvo en barro y el barro en una pieza magistralmente lograda. Un semi-dios íntimo, humano e imperfecto, pero igual, con el talento maravilloso de dar un giro al eje de una existencia.
Mi propia existencia tuvo su redentora. Fue mi maestra de tercer grado: Doña Lucía de Jesús Álvarez. Mi mentora y mi amiga hasta un día del 2012 cuando murió. Y es por personas como ella, que entienden el papel inconmensurable, vital e importante que juegan en nuestras vidas, que el magisterio es un vaso medio lleno, o como diría la Doctora Edith Fernández al referirse a esta bella vocación: “es una profesión sexy.”

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Mexicanos fueron los primeros en luchar contra la segregación escolar

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Por Michel Leidermann
El caso “Méndez vs. Westminster” hoy en día, 60 años después, aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho (…) Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema (…)

Gonzalo Méndez era un granjero mexicano nacido en Chihuahua en 1913 que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles y que junto con su esposa Felicitas, una puertorriqueña, nacida en 1916, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja de espárragos.
Todo parecía ir de maravilla hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a matricular a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 de Westminster.
Allí comenzaron sus problemas: “Su hija no puede acudir a esta escuela”, le dijeron a Gonzalo, tajantemente.
Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: “¿Porqué?”. La respuesta fue sencilla: La niña es “mexicana” y esa escuela era para anglos. Para niños “blancos”. Que hablaban sólo inglés, nada de español. Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.
En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron otra opción: matricular a su hija en la escuela primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela “blanca” (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar “mejor”. La escuela Lincoln era “mexicana”. Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos) y hablaban español.
Lo que no le dijeron fue que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobiliario y libros eran desechos de la escuela “blanca” (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Los alumnos comían a campo abierto cerca de los pastizales para las vacas, hediondos y llenos de moscas. Incluso el nivel de la enseñanza era peor y se sabia que los maestros eran peor pagados que sus colegas “anglos”.
La discriminación era muy grande en ese tiempo contra los mexicanos. Cuando iban a los teatros se tenía que sentar arriba, no podía sentarse en el piso principal. En las tiendas, si venía un americano, lo atendían antes. Había restaurantes donde no servían a los mexicanos. Tampoco los dejaban entrar a los parques públicos ni a la alberca pública hasta que el agua estaba cochina y la iban a cambiar al día siguiente.
Esa era la norma en la California de los cuarenta, y de hecho en todo los Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a “Negros, mexicanos y perros”.

Los mexicanos tenían sus escuelas “especiales”, segregados de los niños anglos, para evitar que su “incapacidad” de hablar inglés “retrasara” el aprendizaje de todos. El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibido hablar ese idioma “horrible” en ese entonces.
Todavía hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el “idioma de los esclavos”. De hecho, esto contribuyó a que muchos latinos de aquella generación perdieran su idioma: Fue por presión, no por decisión.
Pero esa situación no era “normal” para Gonzalo.
El granjero pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse únicamente a su trabajo. Pero Gonzalo no hizo eso. En cambio, se indignó. Se puso furioso. No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.
Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de 8 años, no. Es la reacción normal de cualquier padre de familia. Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.
Gonzalo comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano y latino que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibían entrar a las mejores escuelas, por ser mexicanos.
Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban? “Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?”, se preguntaban.
Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?
Los Méndez y sus amigos William Guzmán, Frank Palomino, Thomas Estrada y Lorenzo Ramírez, no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar a David Marcus , un abogado de Los Ángeles experto en derechos civiles, (que había ganado sus últimos dos casos).
Y el 2 de marzo de 1945 sometieron una demanda por discriminación en la Corte del Distrito Federal en Los Ángeles contra cuatro Distritos Escolares de California: Westminster, Santa Ana, Garden Grove y El Modena (ahora Orange Este) y a nombre de 5,000 alumnos latinos.
Cuando el caso “Méndez vs. Westminster” llegó a juicio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el cual los niños “mexicanos” “debieran” estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo… siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.
La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles el 18 de febrero de 1946, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a negarles la matricula.
Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.
Pero allí también el 14 de abril de 1947, la corte federal en decisión unánime, ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. El caso fue una hazaña histórica para los latinos y que ha tenido muy poco o nada de reconocimiento publico.
Dos meses después, el gobernador republicano de California, Earl Warren, quien fuera posteriormente presidente de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y que en 1954 escribió la decisión en el caso “Brown vs.Junta de Educación” que prohibió la segregación entre blancos y negros en las escuelas públicas de EE.UU, aprobó el decreto de ley que ratificó la abolición de la segregación racial en las escuelas de California, todo basado en la sentencia favorable a los Méndez.
Más aún, el abogado negro Thurgood Marshall, quien colaboró en el caso “Méndez vs. Westminster” representando a la ACLU, American Jewish Congress, Japanese American Citizens League, y la NAACP, se basó en el mismo Méndez para conducir la defensa de Brown y transformarse en un símbolo de los derechos civiles en EE.UU.
Hoy en día, 60 años después, el caso Méndez aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho.
Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema que en su justificación cita el caso Méndez de 1947 y que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional, cuando en septiembre de 1957, y protegidos por soldados federales, nueve estudiantes negros se integraron a la escuela secundaria Central High de Little Rock, terminando de hecho con la segregación racial en las escuelas publicas.
Sylvia, la niñita “mexicana” a la que no dejaron entrar a la escuela de “gringos”, la mayor de los tres hermanos Méndez, es hoy una enfermera retirada de 67 años que vive en Fullerton (California), y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los latinos sino de todo mundo.
Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechosde los alumnos latinos.
Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: “The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School”. La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.
La pareja Méndez vivió en una época difícil para los latinos. Mucho más difícil que ahora, pero no se dejaron atropellar. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente. Y ganaron.
Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial. En una gran mayoría de escuelas la segregación tanto por grupos étnicos, como por matriculas y desempeño, continua.
Muchas familias anglas matriculan a sus hijos en escuelas privadas, donde dicen que obtienen una mejor educación. Ahora la segregación es económica, no política. Es por la pobreza y por razones demográficas: hay gente que se muda de los centros de las ciudades donde viven las minorías.
El Servicio Postal de los Estados Unidos lanzó en septiembre, una estampilla conmemorativa en honor del caso Méndez vs. Westminster que simboliza el derecho que tenemos a una igualdad educativa.

http://www.ellatinoarkansas.com/content.cfm?ArticleID=2435