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Hablemos de todo un poco

Category: Aqui entre nos

Un precedente que hay que romper

US President George W. Bush(L) reads to
No ocurre  a menudo que los maestros del distrito escolar de Clark County (CCSD) regresen de sus vacaciones un mes antes para abrir la puerta de sus aulas.No ocurre a menudo, pero ocurre. De hecho, este mes de Agosto, 360 niños de cinco a ocho años de edad se sirvieron de un programa de verano, llamado Literacy LIftOFF*, cuyo propósito es ayudar a aquellos pequeños que más necesitan de un empujoncito. ¡Literacy LIftOFF*, además, es gratuito!

La ocasión es para celebrar porque la iniciativa, tanto en años anteriores como en el presente, le ha proporcionado a los participantes la oportunidad de recibir una enseñanza personalizada, intensa y tan profunda que en el espacio de unas cuantas semanas los niños experimentan un salto prodigioso.

Un salto hacia su crecimiento emocional, personal y académico.

En lo emocional, los pichones aprenden a despedirse de sus padres sin caer en una crisis de llanto, pues comienzan a perder la ansiedad que les produce el adiós, también aprenden a interactuar con otras personas fuera del círculo familiar y empiezan a hacer nuevos amigos.

En lo personal, al familiarizarse con las rutinas de la escuela antes que el resto del estudiantado, los chicos de Literacy LiftOff tienden a ser más desenvueltos. Como resultado, el día de la apertura oficial, ellos sirven de modelo, convirtiéndose así en los guías de su clase, en los líderes de sus compañeros.

En lo académico, se ha podido constatar una ganancia evidente y documentada en las áreas de reconocimiento de letras, fluidez, vocabulario, escritura, lectura, comprensión, etc.

Con tan buenas noticias, cualquiera asumiría que la tarea más fácil para los coordinadores de Literacy Liftoff ha sido conservar sus participantes. Sin embargo, este es el mayor obstáculo, pues a los padres no  solo les da trabajo traer a sus hijos a la hora exacta, si no que les da trabajo traerlos y punto.¡Qué lástima!, cuando hay tanto que ganar y nada que perder. Ojalá que el próximo verano nuestros padres digan ¡presente! y rompan con este penoso precedente.

*Literacy LiftOFF es una iniciativa de The Public Education Foundation y es dirigida por la Dra. Beverly Mathis

La Brecha

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En la ciudad de Santiago de los Treinta Caballeros había una escuela llamada La Esperanza que fue construída y subvencionada por la Compañía Anónima Tabacalera. En La Esperanza los pálidos hijos del presidente de la fábrica y los hijos morenos de los obreros y campesinos recibían la misma educación.
La calidad de la docencia y del curriculum eran comparables a la de las mejores escuelas privadas de la época. El desempeño académico de los egresados de La Esperanza, apesar de la etnia oscura y el origen humilde de muchos de ellos, estaba a la altura de los alumnos procedentes de los institutos destinados a la clase alta, o media alta. Es decir, que no existía disparidad entre ricos y pobres, la condición racial o socioeconómica de los estudiantes no determinaba la calidad de la educación que recibían. En el argot educativo esta disparidad tiene un nombre, se llama:brecha académica. Esta es medida los Estados Unidos al recoger, entre otros, los resultados de los exámenes estandarizados, los grados, la tasa de deserción escolar y el número de graduados universitarios perteneciente a cada grupo.
La brecha académica existe en todas partes del mundo y aquí es más evidente entre los hispanos y afroamericanos, cuyos logros académicos están muy por debajo que sus contrapartes blancos. De hecho, la brecha académica entre los estudiantes hispanos y los blancos no ha disminuido en las últimas dos décadas, según un reporte publicado en 2011 por The National Center for Education Statistics (NCES), una subdivisión del Departamento de Educación de los Estados Unidos. Esta brecha, así mismo, es significativamente mayor en el caso de estudiantes en cuyos hogares no se habla el idioma inglés. Para estos estudiantes, el aprender un nuevo idioma se suma a la tarea de aprender a leer y a escribir. Son English Language Learners (ELL) y como tales tienen que trabajar más duro, decodificar más. Ahora bien, toda lengua es un código. Una vez el niño(a) aprende a descifrar el código de un idioma, puede transferir esa habilidad al otro. Por eso, y para ayudar a los hijos a recorrer parte del camino, los entendidos recomiendan que los padres alfabetizen sus chicos en su lengua natal. De esta forma los padres o tutores pueden ser parte de la solución en la titánica faena de cerrar la brecha académica. De ahí que, la participación activa de los padres en la educación de sus hijos es de rigor, pues no hay escuelas como La Esperanza en cada esquina y el actual sistema educativo no provee soluciones inmediatas o suficientemente rápidas para eliminar la distancia, a veces abismal, entre hispanos y blancos, ricos y pobres. Al problema de la disparidad hay que encontrarle soluciones. El soporte familiar es una de ellas, no es la única, pero es una que usted puede empezar a implementar ahora mismo.

El magisterio es sexy

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La profesión de educador carece del respeto y de la reputación que solía tener en la sociedad americana hasta hace apenas unas cuantas décadas. Debido a esta crisis (¿de percepción?) a nuestra juventud no le atrae esta carrera por considerarla un oficio menor. Cada día menos estudiantes se enlistan en el magisterio. Sin embrago, tanto a nivel estatal como a nivel nacional, el déficit de maestros va vertiginosamente en aumento.
Para ayudarle a entender la envergadura de este problema le voy a dar una imagen que vale cien mil palabras: yo he visto a un director de escuela ahogarse en lágrimas de impotencia y de frustración al pensar en la posibilidad de tener que abrir su plantel con seis o siete maestros sustitutos. ¿Por qué? Porque un sustituto generalmente carece del aval, la experiencia y el entrenamiento para darles a sus hijos, señores lectores, la clase de educación de calidad que ellos se merecen.
Al analizar la carrera de educador, ¿está el vaso medio lleno o medio vacío?
Por un lado, se dice que es una carrera pobremente recompensada y un verdadero martirio. Por otro, ¿no será la ocasión perfecta para redefinir la trayectoria de una vida, cambiar el curso de una historia, formar y reformar otro ser humano, quien, de lo contrario, pasaría por su tiempo sin haber explotado toda su potencialidad?
De esto último habló el cantante Clint Holmes, quien nos contó que debía su exitosa carrera en Las Vegas a su maestra de quinto grado. Ella “fue responsable de haber implantado en mi cerebro la idea de aprender a tocar un instrumento musical: el saxofón. Sin ella, hoy yo no estaría aquí,” dijo Clint.
¡Y es que de eso se trata! El magisterio, cuando está bien impartido, tiene la capacidad de desenterrar los talentos, de pulir las habilidades innatas, de ayudar a vencer los miedos, de elevar las habilidades naturales y presentes en cada niño a fin de vencer la batalla contra la ignorancia y el analfabetismo.
Se podría decir que un maestro es un semi-dios, cuya responsabilidad es convertir día a día el polvo en barro y el barro en una pieza magistralmente lograda. Un semi-dios íntimo, humano e imperfecto, pero igual, con el talento maravilloso de dar un giro al eje de una existencia.
Mi propia existencia tuvo su redentora. Fue mi maestra de tercer grado: Doña Lucía de Jesús Álvarez. Mi mentora y mi amiga hasta un día del 2012 cuando murió. Y es por personas como ella, que entienden el papel inconmensurable, vital e importante que juegan en nuestras vidas, que el magisterio es un vaso medio lleno, o como diría la Doctora Edith Fernández al referirse a esta bella vocación: “es una profesión sexy.”

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Mexicanos fueron los primeros en luchar contra la segregación escolar

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Por Michel Leidermann
El caso “Méndez vs. Westminster” hoy en día, 60 años después, aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho (…) Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema (…)

Gonzalo Méndez era un granjero mexicano nacido en Chihuahua en 1913 que vivía en el condado de Orange, California, cerca de la ciudad de Los Ángeles y que junto con su esposa Felicitas, una puertorriqueña, nacida en 1916, creyeron haber hecho realidad su sueño americano aquél día de 1944, cuando consiguieron que un agricultor japonés les rentara su granja de espárragos.
Todo parecía ir de maravilla hasta que a Gonzalo se le ocurrió ir a matricular a su hija Sylvia, de 8 años, a la escuela de la Calle 17 de Westminster.
Allí comenzaron sus problemas: “Su hija no puede acudir a esta escuela”, le dijeron a Gonzalo, tajantemente.
Confundido, Gonzalo hizo la pregunta obvia: “¿Porqué?”. La respuesta fue sencilla: La niña es “mexicana” y esa escuela era para anglos. Para niños “blancos”. Que hablaban sólo inglés, nada de español. Esto a pesar de que los Méndez eran ciudadanos americanos de nacimiento, y que hablaban inglés.
En cambio, los directivos de la Escuela de la Calle 17 le ofrecieron otra opción: matricular a su hija en la escuela primaria Lincoln. Estaba en el mismo terreno que la escuela “blanca” (de hecho, ambos planteles compartían el mismo patio de juegos, aunque a distinta hora), y le aseguraron que allí la niña iba a estar “mejor”. La escuela Lincoln era “mexicana”. Todos los alumnos eran hijos de mexicanos: Morenitos, con rasgos indígenas o españoles (o ambos) y hablaban español.
Lo que no le dijeron fue que la escuela Lincoln era más vieja que la otra. El edificio estaba descuidado. Los pupitres, mobiliario y libros eran desechos de la escuela “blanca” (cuyos alumnos tenían todo nuevo). Los alumnos comían a campo abierto cerca de los pastizales para las vacas, hediondos y llenos de moscas. Incluso el nivel de la enseñanza era peor y se sabia que los maestros eran peor pagados que sus colegas “anglos”.
La discriminación era muy grande en ese tiempo contra los mexicanos. Cuando iban a los teatros se tenía que sentar arriba, no podía sentarse en el piso principal. En las tiendas, si venía un americano, lo atendían antes. Había restaurantes donde no servían a los mexicanos. Tampoco los dejaban entrar a los parques públicos ni a la alberca pública hasta que el agua estaba cochina y la iban a cambiar al día siguiente.
Esa era la norma en la California de los cuarenta, y de hecho en todo los Estados Unidos. Era común, siempre había sido así. No era raro ver letreros en negocios donde se prohibía la entrada a “Negros, mexicanos y perros”.

Los mexicanos tenían sus escuelas “especiales”, segregados de los niños anglos, para evitar que su “incapacidad” de hablar inglés “retrasara” el aprendizaje de todos. El pecado aparente de estos niños era hablar español. Estaba prohibido hablar ese idioma “horrible” en ese entonces.
Todavía hay ancianos mexico-americanos que recuerdan cómo sus maestros los agarraban a reglazos por hablar el “idioma de los esclavos”. De hecho, esto contribuyó a que muchos latinos de aquella generación perdieran su idioma: Fue por presión, no por decisión.
Pero esa situación no era “normal” para Gonzalo.
El granjero pudo haber dejado el asunto por considerarlo sin importancia, y dedicarse únicamente a su trabajo. Pero Gonzalo no hizo eso. En cambio, se indignó. Se puso furioso. No porque fuera ajeno a la discriminación: Tanto él como su esposa Felicitas la habían padecido desde siempre. Se habían acostumbrado, y aún así, habían logrado avanzar, prosperar.
Pero esto era distinto: A ellos, los podían discriminar, no importaba. Pero a su hija, una niñita inocente de 8 años, no. Es la reacción normal de cualquier padre de familia. Sylvia no podía ser discriminada por su origen. Y menos en su propio país.
Gonzalo comenzó a llamar a sus amigos, a sus vecinos, y a todo conocido mexicano y latino que vivía en el condado de Orange. Todos tenían hijos a quienes les prohibían entrar a las mejores escuelas, por ser mexicanos.
Algunos de estos padres acababan de regresar de combatir por Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, y habían sido condecorados. Eran héroes de guerra. ¿Y así les pagaban? “Si los mexicanos somos buenos para ir a la guerra y luchar junto a los anglos, ¿porqué no somos lo suficientemente buenos para que nuestros hijos vayan a las mismas escuelas que los anglos?”, se preguntaban.
Acordaron que ya estaban hartos de la situación, que había qué hacer algo. ¿Pero qué?
Los Méndez y sus amigos William Guzmán, Frank Palomino, Thomas Estrada y Lorenzo Ramírez, no hicieron protestas. No llevaron pancartas, no gritaron consignas, no hicieron plantones, ni se declararon en huelga de hambre. Su estrategia fue muy simple, pero demoledora: Entre todos, juntaron dinero para contratar a David Marcus , un abogado de Los Ángeles experto en derechos civiles, (que había ganado sus últimos dos casos).
Y el 2 de marzo de 1945 sometieron una demanda por discriminación en la Corte del Distrito Federal en Los Ángeles contra cuatro Distritos Escolares de California: Westminster, Santa Ana, Garden Grove y El Modena (ahora Orange Este) y a nombre de 5,000 alumnos latinos.
Cuando el caso “Méndez vs. Westminster” llegó a juicio, los directivos escolares, maestros y funcionarios no pudieron justificar el motivo por el cual los niños “mexicanos” “debieran” estar en una escuela separada. Hablaban inglés. Y los que no, lo aprendían rapidísimo… siempre y cuando los incluyeran en una clase de niños anglos.
La decisión del juez Paul McCormick, en Los Ángeles el 18 de febrero de 1946, fue clara: Los niños mexicanos y latinos no tenían porqué ser discriminados. Podían asistir a cualquier escuela que quisieran, y los directivos no tenían derecho a negarles la matricula.
Los Méndez habían ganado. Pero no por mucho tiempo: Los directivos escolares no iban a permitir que los niños mexicanos entraran a sus escuelas tan fácilmente, por lo que apelaron la decisión ante la Corte de Apelaciones del Noveno Distrito, en San Francisco.
Pero allí también el 14 de abril de 1947, la corte federal en decisión unánime, ratificó la decisión del primer juez: Los niños mexicanos de California tienen igual derecho que los demás de asistir a cualquier escuela. Lo garantiza la Constitución. El caso fue una hazaña histórica para los latinos y que ha tenido muy poco o nada de reconocimiento publico.
Dos meses después, el gobernador republicano de California, Earl Warren, quien fuera posteriormente presidente de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y que en 1954 escribió la decisión en el caso “Brown vs.Junta de Educación” que prohibió la segregación entre blancos y negros en las escuelas públicas de EE.UU, aprobó el decreto de ley que ratificó la abolición de la segregación racial en las escuelas de California, todo basado en la sentencia favorable a los Méndez.
Más aún, el abogado negro Thurgood Marshall, quien colaboró en el caso “Méndez vs. Westminster” representando a la ACLU, American Jewish Congress, Japanese American Citizens League, y la NAACP, se basó en el mismo Méndez para conducir la defensa de Brown y transformarse en un símbolo de los derechos civiles en EE.UU.
Hoy en día, 60 años después, el caso Méndez aún no es muy conocido, ni por el publico general ni es una caso que se estudia en las Escuelas de Derecho.
Sin embargo, es muy importante no sólo para los derechos de los latinos en Estados Unidos, sino para todos. Fue sin lugar a dudas el antecedente que ayudó a pavimentar el camino para que se presentaran otras demandas por discriminación escolar, como la famosísima “Brown vs. Buró de Educación”, que fue resuelta por la Corte Suprema que en su justificación cita el caso Méndez de 1947 y que acabó definitivamente con la segregación de los negros en las escuelas a nivel nacional, cuando en septiembre de 1957, y protegidos por soldados federales, nueve estudiantes negros se integraron a la escuela secundaria Central High de Little Rock, terminando de hecho con la segregación racial en las escuelas publicas.
Sylvia, la niñita “mexicana” a la que no dejaron entrar a la escuela de “gringos”, la mayor de los tres hermanos Méndez, es hoy una enfermera retirada de 67 años que vive en Fullerton (California), y pasa su tiempo dando conferencias y visitando escuelas para impulsar la lucha por los derechos civiles, no solo de los latinos sino de todo mundo.
Gonzalo falleció cuando apenas tenía 51 años, en 1964, lamentando que nadie nunca reconociera la lucha de la familia por los derechosde los alumnos latinos.
Pero Felícitas, su viuda, vivió lo suficiente como para ver que, en 1998, se nombrara una nueva escuela secundaria en su honor: “The Gonzalo and Felicitas Mendez Fundamental School”. La escuela está ubicada en Santa Ana, Condado Orange, California, a poca distancia de la escuela donde los Méndez fueran discriminados.
La pareja Méndez vivió en una época difícil para los latinos. Mucho más difícil que ahora, pero no se dejaron atropellar. Pelearon por sus derechos, pero inteligentemente. Y ganaron.
Desafortunadamente, la segregación racial continúa en Estados Unidos, aunque no como política oficial. En una gran mayoría de escuelas la segregación tanto por grupos étnicos, como por matriculas y desempeño, continua.
Muchas familias anglas matriculan a sus hijos en escuelas privadas, donde dicen que obtienen una mejor educación. Ahora la segregación es económica, no política. Es por la pobreza y por razones demográficas: hay gente que se muda de los centros de las ciudades donde viven las minorías.
El Servicio Postal de los Estados Unidos lanzó en septiembre, una estampilla conmemorativa en honor del caso Méndez vs. Westminster que simboliza el derecho que tenemos a una igualdad educativa.

http://www.ellatinoarkansas.com/content.cfm?ArticleID=2435

El encanto de la costa o el porqué de muchos divorcios

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“Capital es capital y Santiago un platanal” reza un proverbio criollo que describe, con cierta fidelidad, el atraso de la provincia en comparación con Santo Domingo, una ciudad portuaria y turística. Al parecer, el contraste que se da entre la ideosincracia de la gente del interior y aquellos que gozan de un malecón no es exclusivo de mi tierra, pues también se evidencia en muchos otros pueblos del mundo retirados del mar y más específicamente apartados de las playas visitadas por extrangeros. Tras dos décadas de ausencia tuve la oportunidad de reencotrarme con el hombre de la costa, quien en Quisqueya es muy diferente al de las regiones situadas entre montañas. Aun hoy día, cuando la tecnología permite poner al alcance de la mano chorros de información, nuestros provincianos tardan en adoptar las nuevas modalidades que impone la vanguardia occidental. Siendo esto más evidente en la manera cómo las viejas costumbres y tradiciones pesan sobre los roles masculino y femenino. Por ejemplo, en el litoral caribeño, donde tanto los hombres como las mujeres trabajan en los complejos hoteleros de cantineros, camareros, croupiers, guías de excursiones y demás, ambos sexos producen un salario y -a veces- reciben comisiones y propinas. Esto hace que las mujeres no siempre y no totalmente dependan de sus hombres para poner comida sobre la mesa. Lo que no implica en lo absoluto que se basten, solo que sus ingresos le garantizan una participación más o menos de igual a igual en la economía hogareña. El “más o menos” citado con anterioridad alude a la odiosa y muy generalizada práctica de pagar a las mujeres un salario más bajo que a los hombres, pero eso es harina de otro costal. Por el momento, nos enfocaremos en ciertas modalidades expresivas que encontramos en algunos hombres casados durante una visita a la isla el pasado mes de Junio, las cuales diferían considerablemente entre sí cuando el caballero en cuestión era el único ente proveedor en la casa o no. Es decir, cuando para pagar los gastos de su supervivencia, la señora estaba o no a merced del señor. Pude notar que, acostumbrado a una mujer creadora de recursos, el costeño adopta un discurso en el cual se detectan menos, pocas o ninguna alusiones y quejas sobre la dependencia monetaria de la esposa y/o que la misma fuera interpretada como una sudorninación. Al restarle este elemento a las mecánicas matrimoniales, parecería que en las ciudades situadas a la orilla del mar se produjera una reevalución de los roles y una redistribución del poder. Las mujeres producen o podrían producir dinero y los hombres tienden a respetarla por ello. Permanecen juntos por razones que no vienen atadas a la vil subsistencia, aunque quizás tengan que ver con el progreso, a la conveniencia o al interés mutuo. Sin embargo, inclusive en estos casos, la esposa es percibida como una socia-compañera-camarada que lucha hombro a hombro y merece respeto, fidelidad y consideración. En cambio, en el interior el discurso tiende a plantear que: “es la madre de mis hijos”, “me está dando o me ha dado su juventud”, “es una buena mujer”, “me necesita”, “nunca ha trabajado,” etc. Frases que son código para explicar una relación de pareja mantenida por tradición, por lástima, por compromiso o por lo que sea ya que la mujer requiere de su marido pues no alcanza a suplir sus necesidades sin él, lo cual la tiende a colocar en una posición desventajosa. De ahí que, me atrevo a inferir, en las zonas turístico-costeñas existe un mayor balance del poder en las parejas. Y es que, aquí entre nos, cuando una ya es dueña de los medios para mantenerse y conciente de lo que eso significa, las dinámicas de pareja cambian y si son malas, se acaban.

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Adorable chatarra

ramen noodles

de Hergit Penzo Llenas
Los nortemaricanos le dicen Ramen noodles y en México Maruchan y es una sopa de fideos tan popular que la encontramos en su envoltura de plástico cuadriculada y multicolor tanto en los mercados étnicos y como también en los gigantescos super Walmarts. Además se la localiza dentro del microondas de miles de estudiantes que asisten de costa a costa a las universidades y la hallamos sobre la mesa de muchos inmigrantes recién llegados a los Estates o no tan just cruzados del río o apeados del avión. Los universitarios la consumen porque se han alejado del nido materno y no tienen quién les prepare un plato calientito y nutricional -como el Señor manda. Los segundos, simplemente, ejercen su real derecho a ingresar en el ámbito culinario de la exquisita comida de a dólar. Los fideos Maruchan, así secos, ondulados cual melena dominicana, amarillentos y deliosamente cargados de sal, harina y grasa son la opción por excelencia de todo haragán o toda persona muy corta de dinero, de tiempo o corta en habilidades para alimentarse con algo que requiera el cortar y mezclar varios ingredientes alimenticios. Sin embargo, aún hasta los que saben cocinar o gozan de un alma piadosa que les cocine, pasan por la fase, mejor dicho, ¡por el proceso inexorable! de descubrir y luego consumir en menor o mayor grado cantidades masivas de esta invención china, la cual ha sido distribuida en el globo gracias a los japoneses. Y es que, aquí entre nos, ¿quién ha osado privarse de la decadente desgustación de un cartón de estos archifamosos fideos? …
Habrá uno que otro que argumente que las siguientes dos palabras: alimenticio y nutritivo si han de aparecer citadas cerca de la marca en cuestión, sería únicamente en radical oposición a la misma. Para esos misioneros a raja tabla, lectores de Food Matters, asiduos espectadores de documentales en Netflix al estilo Supersize me y otros testimoniales por el estilo, para ellos es un absurdo dedicarle a una sopa instantánea un poco de dulce atención. Puesto que, según opinan, el acto de embutirse un paquete de Ramen noodles puede describirse de una forma: malo. De hecho, muy malo. Tan malo como comerse un pollo frito del coronel, una hamburgesa de McSabeQuién o unas papas fritas del King-noséqué.
Tarde o temprano, el proceso inexorable, la atracción fatal hacia la comida chatarra nos mata, si no la matamos primero. Con suerte, el colesterol, la diabetis, la talla del patalón, las fotos de hace unos años nos hacen recapacitar. Un día nos miramos al espejo y entendemos que no solo de Ramen noodles vive el hombre. No obstante, antes de ese instante de suprema revelación, nos atragantamos con una sopera repleta de Machuran y con cuanta porquería nos engordamos ¡perdón! encontramos en el camino. Y si usted me pregunta: ¿por qué?
Pues, yo diría ¡que es parte esencial de convertirse en un graduado o en un fiel ciudadano norteamericano!
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Voluntariado

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Ocuparse de lo abstracto cuando lo concreto no ha sido resuelto es dificil, por no decir imposible. A los que procedemos de una cultura de superviviencia, el día a día se nos presentaba con demasiados retos como para que nos sobreran las energías necesarias para emprender projectos sociales, humanitarios y comunitarios. De hecho, el servir de apoyo al círculo inmediato nos demandaba tanto, que solo la cohabitación compasiva se convertía un proyecto de voluntariado a tiempo completo. Pero aquí, en los Estados Unidos, el sistema nos provee una multitud de soluciones a los problemas de la supervivencia. Las estampillas o los bancos de comida ayudan a resolver el problema del hambre, el Plan Ocho/ Helping Hands/ el Departamento para la vivienda se ocupan -o tratan -de apalear la falta de un techo, en las escuelas los consejeros recolectan útiles escolares y ropa para donársela a nuestros hijos, las bibliotecas públicas facilitan el acceso a una gran variedad de recursos: computadoras, búsqueda de empleo, libros, películas, etc.
Una vez quedan cubiertas estas necesidades elementales, me pregunto: ¿podemos permitirnos el lujo de dedicarnos a cosas más intangibles?… Creo que sí, porque ¡siempre es más fácil pensar con la barriga llena! No obstante, la inclinación natural tiende a volcarnos del lado hedonista y cuando nos sobran medios y tiempo solemos despilfarrarlos yendo de shopping o dedicándonos a cualquier otra actividad que no se podría describir exactamente como solidaria. El escritor uruguayo Eduardo Galeano, al definir solidaridad, nos dice: “es horizontal e implica respeto mutuo. Es decir, que ubica a la persona en un trato de igual a igual al que se ayuda, generando compasión y entendimiento de la situación del otro sin ver de menos su condición, aportando y ayudando con la voluntad de las personas.” El concepto, como ven, no requiere explicaciones mayores. A pesar de eso, muy rara vez nos levantemos diciendo: ¡hoy voy a salir a trabajar como voluntario en pos de una causa! A menos que en la iglesia, en la familia o en el entorno cercano se encuentre alguien que ponga el tema sobre el tapete, la mayoría de nosotros pasamos por este mundo sin pensar en involucrarnos en otra misión que no sea la de vivir nuestra cotidianidad.
Sin embargo, a casi todos nos queda un spot en el corazón donde albergamos uno o varios intereses hacia algo que aspira mejorar la humanidad, su hábitat, su contexto y su relación con otras especies. Este interés puede enfocarse en los huérfanos, los ancianos, los obreros, los veteranos, los abusados sexualmente, los adictos, los iletrados, las víctimas de la violencia, los minusválidos, el medio ambiente, la paz, la equidad racial, la conservación de una cultura o de la atmósfera del planeta, por citar unas cuantas entre las muchas posibilidades. Por eso, si aun no ha descubierto que dar es mejor que recibir, le invito a considerar invertir su voluntad en un proyecto. Aquí entre nos, es un primer paso para erradicar la mentalidad de supervivencia que a veces arrastramos aun después de haber dejado atrás ese modo de vida.

¡Por eso maté a mi tía!

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-¡Por eso maté a mi tía!, escuché decir a una señorita en la pantalla.
¿Quién se atreve a confesar semejante crimen en la televisión de manera tan desfachatada?, me pregunté realmente intrigada. Al dar la vuelta, me percaté de que se trataba de la villana de una telenovela, quien poseía una capacidad extraordinaria para sacar de quicio al hombre al cual le profesaba su amor. El galán, desesperado por las intrigas urdidas por ella, la agarró por el cuello y la zarandeó con fuerza varonil durante uno de los episodios emitidos la semana pasada.
Normalmente, yo hubiera adoptado una posición de testigo ocular indiferente, archivando este “incidente” en la carpeta de asuntos tele-noveleros sin importancia. Sobre todo, al entender que desde la perspectiva del escritor, el subconsciente colectivo necesitaba expresar su frustración contra esa criminal que había asesinado a un miembro de su propia familia. El argumento narrativo se prestaba, pues, para que la fuerza brutal del macho la castigara por nosotros, para hacer justicia.
Dos días después, me vi en la necesidad de hablar sobre un asusto personal con mi madre. Esto ocurrió entre las nueve y las once de la noche, que es el bloque de tiempo sagrado durante el cual los aficionados a este tipo de teatro no admiten interrupciones, al menos no las admiten de buen agrado. Mientras esperaba los comerciales, tuve que sufrir unas cuantas escenas del drama. En una de ellas, el protagonista, harto de las amenazas que le hacía la mujer que mató a su tía, la apretó por el brazo y le dio una buena sacudida. Lo mismo ocurrió la próxima noche, cuando por puro espíritu investigativo, me dediqué -por tercera vez- a ver el blockbuster. Descubrí, sin gran sorpresa, que ya fuera por esto o por aquello, a la chica la maltrataban a diario.
-Madre, ¿no notas algo?, pregunté.
-Sí, las medias nylon están muy oscuras para ese vestido tan claro, me contestó.
-¿Nada más?
-¡Qué esa muchacha tiene los ojos muy bonitos!
En otras palabras, para la teleaudiencia bien entrenada, o sea mi madre y otras personas como ella, estos actos de violencia intrafamiliar son algo común y cotidiano, tan parte del ensamblaje de estos productos de consumo masivo ¡que pasan completamente inadvertidos!
Eduardo Correa en su diario oficial llamado Prevención de Violencia Intrafamiliar, define esta última como “el acto de poder u omisión recurrente, intencional o cíclico, con el que se domina, somete, controla o agrede física, verbal, psicoemocional o sexualmente a cualquier miembro de la familia, dentro o fuera de su domicilio (…)” Las oficinas de gobierno mexicano han reportado últimamente altos índices de violencia.
Dice Correa que son tan altos, porque “probablemente están relacionados con el desempleo y el incremento de los niveles de estrés producidos por la creciente pobreza y el abuso del alcohol.” Los expertos señalan que “esta forma de violencia es un abuso que refuerza las jerarquías de género y edad.” De ahí que, en el 91% de los casos, la violencia es generada por un hombre, como reportó INMUJERES durante el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. (México)
Aquí entre nos, en nuestra ciudad, la violencia doméstica es un problema tan grave como lo está siendo al sur de la frontera. Para remediarlo, nos toca empezar a mirar la violencia como el crimen y la injusticia que es y no como algo natural. Piense en eso la próxima vez que golpeen a una chica en su telenovela favorita. Porque si queremos solucionar este problema, nos toca ajustar nuestra perspectiva al respecto. Eso sería lo primero, y más fácil,  más rápido que intentar erradicar las causas mayores: pobreza, desempleo y abuso del alcohol, de las cuales tenemos todavía para un rato.

50,000 niños viajando sin compañía

Photo from Univision

Photo from Univision


“Mientras nosotros vendamos materia prima a centavos la libra y compremos productos que cuestan cada uno muchos dólares, la balanza de pago de nuestra nación estará en rojo, o sea que viviremos para siempre endeudados y destinados a la pobreza,” exponía en su clase de macroeconomía el profesor Octavio Mota King, uno de los mejores maestros que he tenido. “Para romper este ciclo, necesitaríamos convertir nuestros metales, el cobre, hierro, acero, níquel, en refrigeradores, tostadores y automóviles, y nuestro cacao en barras de chocolate; es decir, que necesitaríamos transformar nuestros recursos naturales en productos terminados.” Entonces, la tragedia de los países tercermundistas, Honduras, el Salvador, la República Dominicana, radica en la incapacidad de mudar una economía agrícola (y de extracción de las riquezas minerales por monopolios extranjeros), a una economía industrial. Una transformación que es posible, como demuestra el caso de Corea del Sur, donde en el lapso de una generación los campesinos analfabetos pasaron a ser técnicos en informática e ingenieros, aunque para lograrlo esa nación debió invertir cuantiosamente en la alfabetización y preparación académica y técnica de su gente. No obstante, en América Latina esto no se ha dado. La pobreza de nuestros países se ha agudizado en las últimas décadas, creando condiciones de vida cada vez peores para sus habitantes. Y una población desesperada actúa de forma extrema, como por ejemplo, embarcándose en una travesía peligrosa, suicida, a través del río, el mar, o el desierto para alcanzar la frontera con la tierra prometida, los Estados Unidos. Y de ahi, que las entradas de inmigrantes indocumentados al suelo norteamericano no hayan cesado. Y de ahi que también, ahora más cincuenta mil niños se encuentren a la deriva, flotando entre un limbo burocrático que no les permite reunirse con sus seres queridos y un infierno que plantea retornarlos al entorno del cual salieron huyendo, el cual está plagado de hambre, corrupción, violencia e ignorancia. Una solución inhumana, pero no sorpresiva, porque de todos los posibles epítetos que se encuentran en el diccionario, humanitario con los indocumentados sería el último para describir el gobierno de Barak Obama. Así mismo, los Estados Unidos en tanto que país del primer mundo y en virtud del poder que confiere ser una potencia, impone las reglas que controlan los precios de la mercancía en el comercio global. El autor de Food Matters, Mark Bittman, expone el dilema con claridad meridiana: el maíz del norte, genéticamente alterado y producido a un costo mínimo gracias a la subvención otorgada por el Estado a los agricultores, es baratísimo y no compite en igualdad de condiciones con el maíz producido a más alto precio por el labrador mexicano. Este labrador, incapaz de vender su maíz manteniendo un margen de ganancia, se ve obligado a renunciar a la cosecha. Es él y muchos como él quienes terminan recogiendo las uvas en California o pelando pollos en Wisconsin. Y no porque sea fácil dejar los hijos y un universo entero detrás, si no porque ellos carecen en sus tierras de opciones viables para sobrevivir. Los 3.7 billones de dólares que Obama aspira a recibir para contratar más guardias fronterizos y más jueces destinados a acelerar las deportaciones, entre otras ideas no tan brillantes, estarían mejor invertidos en estabilizar los países de donde proceden estos niños. Aquí entre nos, no hay que ser un genio para entender que la respuesta al problema del éxodo masivo de adultos y niños mexicanos y centroamericanos no está en el número de guardias ni de jueces dedicados a atajarlos y luego deportarlos, si no en erradicar las razones macro-económicas que están produciendo el éxodo mismo, ¡que eso hasta lo deduce un estudiante de Mota King en tercer año de preparatoria!

Pobre mamá

mother with child

Las madres deben ser buenas, sacrificadas, abnegadas, entregadas, amorosas, limpias, dispuestas a quitarse el pan de la boca, sufridas, justas, ecuánimes, incansables, de una conducta intachable, íconos del buen ejemplo, etcétera, etcétera, etcétera. Eso es lo que la sociedad, la cultura y los medios de información masiva han acordado que es una madre ejemplar. La realidad es que, como ser humanos hechos de carne y hueso, las madres tienen un montón de defectos. Las que no son violentas son mal habladas o egoístas o tacañas o descuidadas o todas las anteriores o ninguna de las anteriores, pero sí otras cosas por el estilo y muchas otras más que por razones de espacio -y por no cargarles más el dado- no vamos a mencionar. Aunque se empeñen y lo traten de evitar, las madres marcan a sus hijos, los acomplejan, malcrían, envanecen, los tratan con favoritismo y los llenan de ínfulas y regalos lo mismo que los llenan de golpes e insultos. Y es por eso que a cada uno nos tocó tener una madre que hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo en el momento en que debió lidiar con tal o cual situación, o sea que fue ella y sus circunstancias, como diría Don Ortega y Gasset. Esta mujer se encontró a sí misma a medio camino entre el ideal que la norma le exigió que fuera, la madre que como persona bien intencionada aspiraba a ser y aquella que al final le salió de adentro. A veces, a causa de esta última, las madres se culpan, a menudo en silencio, por esa otra que fueron hace veinte o treinta años atrás, o uno o dos hijos atrás, cuando no habían acumulado la sabiduría, la experiencia, la madurez que tienen ahora. Las pobres, se sienten responsables de lo que usted y yo hemos resultado ser, porque, ¡ay, Jesús! se han llegado a creer que son las únicas responsables y las solas arquitectas de nuestros destinos. Y de ahí que algunas de nuestras madres guarden en el armario un montón de sinsabores por el papel que ellas jugaron en crear eso que somos, que como suele ocurrir, no es la versión que ellas soñaban de nosotros, si no un híbrido que guarda poca o considerable similitud con sus añoranzas y mucho mayor resemblanza con aquello que a usted y a mí nos dio la gana de ser. Sin embargo, el desencanto se da a la inversa, ya que es mutuo. No son pocos los hijos que cargan un ansia existencial, una crisis interna que lleva el nombre de su progenitora escrito en cada esquina. Esos hijos se sienten defraudados al comparar el modelo de “madre ejemplar” con la suya. Tal modelo, taladrado entre ceja y ceja con las maquinarias de consumo masivo: los dibujos de Disney, las películas de Hollywood, el cine de oro mexicano, las telenovelas, las comparaciones con la madre del vecino – pues no es secreto que las comparaciones son también de consumo masivo- dicho modelo, decía, es un mito. Está basado en expectativas irreales, expectativas que pertenecen al mundo de la ficción y no a esta tierra. Al igual que el resto del mundo, las madres evolucionan y progresan. Muchas ya no son ni siquiera la sombra de aquella archivada en nuestras memorias. A ellas, a nosotras, a todos nos engañaron con el cuento de hadas del perfecto amor filial y la abnegación sin par, un cuento que, aquí entre nos, es una realidad inalcanzable y un hueso muy duro de roer.

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