Camarones a la diabla en Las Cruces

by hergit11


Este viaje en particular era especialmente significativo dado que Rocío había quedado de verse con su ex-prometida. Lo de viajar no era nada nuevo. Había y seguiría habiendo muchos otros viajes. Esa era la naturaleza de su trabajo. Ir y venir entre el este y el oeste de la unión americana compartiendo con las iglesias, organizaciones sin fines de lucro y líderes comunitarios el mensaje de un nuevo paradigma. Cada vez que tomaba un avión y partía desde La Florida hasta el viejo oeste, lamentaba dejar tan solos a sus dos gatos, los cuales habían llegado a amarse, a pesar de una semana de resabios de Gabriel, el mayor, quien finalmente sucumbió a los encantos y la chulería de su hermanito adoptivo Jorge.
A Rocío, lo único que no le gustaba de su actual posición, era dejar sin compañía a sus “niños”, como se refiere ella a sus mascotas. Desde que Gabo veía la maleta salir del armario, le entraba una ansiedad enfermiza. Se agitaba mucho y lloraba frente a la puerta de entrada del moderno apartamento, demandando salir a la calle a vagabundear su enojo. Jorge, todavía muy pequeñito para comprender el significado de una maleta morada abierta sobre la cama, no entendía el mal humor de Gabriel. Entonces, Rocío levantaba en vilo a su tigre en miniatura y le decía con una sonrisa divertida: “Pero bueno, Gabo, ¿es que me vas a hacer esta pataleta cada vez que salgo de viaje?, ¿por qué crees que te busqué un hermanito?…”
Gabo se contorsionaba para zafarse del abrazo forzoso y se iba a subir a la cornisa de una de las ventanas de la sala por donde entraba una luz blanquísima.
Ella meneaba la cabeza de un lado para otro, susurrando: pobrecito.
En esos momentos, quizás para sentirse menos culpable, agarraba al bebé de rubio platino y lo acunaba entre sus brazos. Este, a su vez, se ponía a ronronear extasiado mientras el Gabo se quedaba mirando la escena desde lejos con cara de irritación. Rocío pensaba que si el felino pudiera hablar en el idioma de los humanos les diría: “son un par de pendejos”. Aunque, no hacía falta que se lo dijera en cristiano porque todo en su actitud lo daba a entender.
Rocío amaba este gato que padecía la ansiedad de la separación como si fuera un amante abandonado o un adulto en cuya infancia se sintió muchas veces huérfano. ¡Cómo no entenderlo si así se sentía a veces también ella misma! Sin embargo, Rocío nunca fue una huérfana, por lo menos no oficialmente. Por el contrario, sus padres vivieron largas vidas, más largas de lo que hubieran querido, pero eso es harina de otro costal.
El caso es que Gabo, animal domesticado al fin, se parecía a Rocío en más de una cosa y esa reacción uber emocional ante la víspera de un viaje era una de ellas. Luego, cuando el ama regresaba a casa y abría de par en par la puerta vociferando: ¡¿dónde están mis amores?! A Gabo se le pasaba la malasangre y volvía a ser el mismo tipo afectivo y pegajoso de siempre. No sabía guardar rencores. Y en eso también se parecía mucho a la dueña.

Una vez terminado en compromiso de trabajo por el cual había venido hasta Las Cruces, Rocío se había ido a comer a un restaurante de tapas españolas, donde se habría de encontrar con su ex, como lo habían acordado desde hacía una semana.
Al parecer, en la prisa de una mudanza que llevaba meses planeada y anunciada, la muchacha con quien Rocío compartió casi tres años de su vida, había olvidado unas cuantas pertenencias sin mucho valor nominal y se había llevado –accidentalmente, según dijo- unas cuantas pertenencias de Rocío, tales como un collar que esmeraldas de Tiffany entre otras alhajas en oro y piedras preciosas. De ahí que, hayan acordado reunirse en FIRE tapas, para intercambiar las pertenencias en cuestión.
Había pasado más de un mes desde la mudanza. Durante ese lapso de tiempo, Rocío había extrañado e incluso llorado por la ausencia de la otra. No obstante, por lo general, se sentía aliviada.
Conociendo lo traicionero que puede llegar a ser el corazón, ahora se preguntaba si éste le daría un vuelco al ver a Reyna entrar de nuevo a ese lugar tan lleno de memorias de buenos momentos. ¿Se sentiría tentada a acostarse con ella?, ¿caería de nuevo en la telaraña de su seducción?, ¿o le sería indiferente?

Rocío tenía por costumbre viajar con poco equipaje. Mas para este viaje había llenado la maleta con casi cincuenta libras de peso. Entre las cosas que empacó se encontraban: uno de dos pares de zapatos, uno de dos patines rollerblades y una caterva de vestidos, abrigos, camisetas, blusas y otras prendas de vestir olvidadas en el hogar que tuvieron en común, localizado a una cuadra de la playa. También, entre estos bártulos y apretadas por una banda de goma, se encontraban cartas de acreedores a quien la ex parecía deberle unos cuartos. Esto sorprendió mucho a Rocío porque ¿que hacía Reyna con su dinero, cuando por los últimos tres años nunca había tenido que mantener la casa? Lo opuesto era cierto, jamás padeció las carencias del pasado: que le cortaran la electricidad, le re-poseyeran el carro, le quitaran el cable, la hicieran dormir en el suelo, le incautaran el cheque o la hirieran con una navaja. Se pasó tres años comiendo en cafés gourmet, viajando por México y el Caribe, enviándole unos chelitos a su padre, quien ¡por fin! había podido comprarse unas botas de cocodrilo. Llegada a este punto, Rocío se preguntó, ¿serían de cocodrilo las lágrimas que Reyna derramaba cuando se retrasaba con el pago del carro y le pedía a su mujer que la ayudara con la deuda?…
En resumen, que Reyna fue tratada como una reina, perdonando la redundancia.

Poco antes de decidirse por ella, Rocío pasó revista a las fortalezas y posibles debilidades de su pretendiente. Mentalmente hizo dos columnas. Una con los aspectos positivos, la cual llamó “los pros” y otras con la contraparte, que llamó “los cons”.
En la primera columna anotó: apasonamiento, calidez, trabajo con personas necesitadas, quince años más joven, tiene bonitos pechos, sabe cocinar, mantiene una buena higiene personal, sabe bailar salsa, bachata y merengue, es amable con la gente, es de baja estatura, es latina, cocina rico, entiende el humor negro, no le da vergüenza tomar a otra mujer de las manos en público, promete dar buenos masajes, usaba rompa interior provocativa, ¡es capricornio!, sus labios son carnosos, escucha, trae flores y regalos, habla de fidelidad como algo valioso y no negociable, conoce sobre teléfonos inteligentes y sus aplicaciones, le gustaba decorar, sabe un poco de electricidad, ama los animales, ama comer y aventurarse a probar comidas internacionales, gusta de pasear por los parques nacionales, le habla a las plantas, cree en Dios, en la magia y en los ovnis, practica reiki.
En la otra columna, la lista incluía: se viste como una cualquiera, manda fotos semi-desnuda, repite todo lo que oye igual que un perico, le da vergüenza que la escuchen hablar en inglés y escribir en español, ¡es capricornio¡, es muy tenaz en la manera de hacer la corte, tanto que casi pareciera un asedio sistemático, es quince años más joven, no gusta de la lectura, nunca ha viajado al extranjero, no le interesa seguir educándose, usa caretas porque teme decir la verdad y prefiere decir lo que el otro quiere escuchar, aún no se ha decido profesionalmente por lo que ama, si no lo que hace porque le pagan bien, tiene hambre de teneres, es insegura, vive insatisfecha y posee una tendencia a la tristeza y el drama, se siente importante cuando la pretenden muchas personas a la vez, es rencorosa y le gusta la vida nocturna.
Cuando terminó con las dos listas, Roció sumó las entradas y optó por enredarse con la enfermera; ya que, matemáticamente hablando, era más los pros que los cons.
Lo que nunca anticipó Rocío fue que uno, uno solo de los cons valiera por diez.

¿Qué significaba para ella que Reyna viviera insatisfecha? Pues era como echarle un puño de sal a una herida abierta. Significaba revivir un trauma infantil over and over again. Rocío había quedado profundamente marcada por la crianza de una madre maniaco-depresiva. Como suele ocurrir con los pacientes con el disco duro jodido, la mamá convalecía de un estado mental en el cual lo que hoy le olía a flores, mañana le olía a mierda.
Tanto Rocío como su hermano Pedro, habían sido un par de niños bien portados. Al igual que cualquier otro niño, anhelaban amor, cuidado y ternura. Eso, que muchos niños reciben de forma tan natural que llegan darlo por sentado, los hermanitos se lo tenían que ganar desviviéndose por complacer a la adulta que los tenía a su cargo. De más está decir que el intento fue repetida y sistemáticamente en vano. En consecuencia, el concepto del amor que aprendieron fue el de un amor roto. Para ellos, amor era complacer, obedecer, no llevar la contraria, andar en puntillas y darse, darse, darse con la esperanza de recibir a cambio de un poquito de cariño, respeto, cuidado y dulzura. La programación a la cual fueron expuestos asociaba el amor con un sentimiento avasallador de creer que no llegaban a ser nunca lo suficientemente buenos, never good enough. No importaba lo que hicieran por complacer a mamá, mamá tenía días en los cuales ellos, sus hijos, no eran otra cosa más que un obstáculo, un estorbo, una jaula de hierro que apresaba su espíritu inquieto, su corazón muerto de un hambre que ni Pedro ni Rocío podían ¡ni debían! saciar.
En fin, Rocío estaba hecha para aguantar bastantes cons, menos ese. Menos esa manía de Reyna de no sentirse satisfecha, amada, respetada, atendida y mimada, cuando en realidad sí lo era. Cada vez que Reyna se enfadaba, la celaba, la calumniaba, la acusaba, le peleaba, se repetía en Rocío la eterna sensación de no ser good enough. Esto terminó convirtiéndose en la razón number one para el rompimiento definitivo del noviazgo, o como me dijo Rocío, “fue el deal breaker.”
A las seis de la tarde, mientras estas reflexiones le pasaban por la mente a la evangelista, recibió un mensaje de texto por el teléfono móvil.
-“En unos minutos te llamo.”
-Ok, m’hija. Ya estoy en el restaurante, ¿te pido algo en lo que llegas?
No le contestó.
Segundos más tarde, Rocío abre el menú y se decide por los camarones a la diabla. “Nos gustan a las dos”, dice en voz baja y los ordena.
Dos tapas, unos cuantos artículos de la revista gratuita que recogió en la recepción y un vaso de sangría después, se siente llena. Mira el reloj. Pronto serían las ocho. Reyna no había dado señal de vida en dos horas.
Rocío se presta a pedir la cuenta y justo en el momento que levanta el brazo para llamar la atención del camarero, recibe otro mensaje.
-“Quise comunicarme contigo, pero perdí la señal.”
-¿Qué me querías decir?, responde.
En vez de escribir un texto, Reyna la llama.
-Hola. Perdona. Es que, mira, andaba con mi hermana. Y… es que nos quedamos sin barritas en el celular. Sé que es tarde. Bla-bla-bla.
Roció escucha con calma la retahíla de explicaciones incoherentes que Reyna se empeña en desembuchar. Cuando finalmente hace una pausa, le dice: te dejaré tus cosas con mi tía. Ponte de acuerdo con ella y pásalas a buscar uno de estos días, ¿okay? Okay. Bueno. Adiós.
Cuelga y se queda mirando el pedazo de pan con mantequilla sobre el mantel rojo.
Quisiera sentirse molesta o decepcionada. Quisiera pronunciar alguna frase hiriente, ponerle un epíteto bien sucio al nombre de Reyna. En lugar de ello, añade un par de dólares a la propina y le dice al camarero:
-Estaban divinos los camarones a la diabla. En ningún lugar los hace tan ricos como aquí.

Crónicas de una mulata trotamundos: Cuaderno de viajes y experiencias
De Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

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