Curación milagrosa:Viaje a dentro de mi

by hergit11

Llueve una vez más y como de costumbre, cuando veo llover, la canción de Sonia Silvestre “la tarde está llorando y es por ti” toca dentro de mi cabeza. No obstante, algo esta vez es diferente. La música ya no trae consigo una capota negra de tristeza con la cual me cubre el corazón. De hecho, he abierto la puerta del frente de la casa y he salido a gozar de la lluvia. Respiro su olor, me mojo los pies y experimento una sensación de alegría tan bella, que busco mi teléfono y en él grabo treinta segundos de lluvia en un sábado por la tarde. Pienso en una amiga muy querida que vive en Las Vegas, donde casi nunca cae un aguacero. Digo: le voy a mandar este video porque sé que los extraña de cuando vivía en su lejano Chile. Sé que estas gotas que caen a cántaros, este viento arremolinado y este ruido familiar de cuneta rebosándose, de ruedas que aplastan el agua y la levantan, llevándosela de paseo, todo esto la hará feliz, tan feliz como me hacen a mí ahora. Y así hice. Le envié los 30 segundos de video. Treinta y cinco segundos más tarde, me contestó con un emoji sonriente y dos palabras: “so pretty”.
Entonces recordé las muchas veces que yo repetía a Sonia Silvestre en mi cabeza y cómo lograba entristecerme su canción y la lluvia. Comprendí que ambas habían estado asociadas con una memoria tristísima de la niñez y que esa asociación de casi cuarenta años había desaparecido, había perdido su poder de lastimarme. Ese engrama, o sea, esa conexión neurológica que enlazaba un elemento con otro, produciendo siempre el mismo efecto de profunda tristeza, se había esfumado. Ya no estaba en la programación de mi cerebro. La planta conocida como la ayahuasca le había hecho un rebbot. De golpe, ante esta realización, me dieron escalofríos.

Hoy va a hacer un poco más de un mes desde que hice la ceremonia de la ayahuasca en la Iglesia de la madre tierra. Hace un mes y todavía continúo descubriendo el trabajo milagroso que la planta sagrada hiso conmigo. Aunque no me ha tomado todo este tiempo para darme cuenta de sus efectos curativos. Al contrario, desde el momento que me desperté, cuatro horas después de haberla ingerido, supe que no era la misma. Un peso se había levantado de mis hombros, la gorda sentada en mi pecho se había puesto de pie y en mis ojos, la gente que me vio llegar horas atrás decía encontrar una luz distinta, radiante. Mientras, yo apenas atinaba a responder con una sonrisa leve, al tiempo que recogía mis pertenencias para volver a casa. Las dos últimas noches habían sido titánicas y estaba exhausta. Ese fin de semana había sido mi segundo encuentro con la planta.

El primero ocurrió seis meses antes y fue una cordial y muy pequeña introducción. Recuerdo que antes de tomarla, dije: “madre ayahuasca, se una maestra tierna conmigo porque me muero de miedo. Llévame despacito y te prometo ser una alumna obediente y respetuosa.” Me escuchó. Tal vez porque me tubo lástima o le causó gracia mi ignorancia o ¡quien sabe!, en su inmensa sabiduría sabía que yo volvería a continuar la obra que en esos dos días ella y yo habríamos de empezar.

Durante aquellas noches frías de enero, bajo el efecto de su química bendita, la planta me llevó al origen de una ira que llevaba dentro de mí por más de dos décadas, escondida en el laberinto de mi subconsciente. Estaba metida a tantas leguas dentro del laberinto, ¡que ni yo misma, ni mis amigos cercanos, familiares, pastores, psicólogos, psiquiatras, leedores del tarot, ni meditaciones, caminatas, libros de auto-ayuda e hipnosis regresivas habían podido desenterrarla! Ahí estaba agazapada e intacta. Fuerte y devastadora como un ciclón, envenenada de silencios, quemándose el en fuego de su propio infierno, achicharrándome el alma. Y pude verla, verla como un testigo ocular presencia un crimen desde su ventana. Pude entenderla, comprender el daño que me hacía. Y logré soltarla, dejar que se la llevara el viento, nombrando a los culpables de su causa y también asumiendo mi propia responsabilidad. Y después, se fue. Y no ha regresado jamás.
De esa expedición, bajando por la madriguera del conejo y de regreso, subí curada de un trauma que me consumía sin que yo lo supiera conscientemente. La noche siguiente, al tomar la ayahuasca otra vez dormí mucho, como un bebé. Fue un sueño reparador, en el cual soñé estar en el vientre cálido e ingrávido de una madre cariñosa y sana, quien me llenaba de un inmenso amor. Estuve envuelta, como ha de sentirse un feto dentro de la placenta, de una paz gelatinosa y espesa. Y me sentí cuidada, protegida y muy amada. Pensándolo bien ahora, adivino que la planta-maga me quería decir: descansa, que para muestra basta un botón y ya viste anoche lo que puedo hacer por ti.
Por eso volví. Porque sabía que en el escondrijo donde habitaban mis memorias y vivencias aún quedaba mucho reguero por recoger y mucho engrama por lavar.

La planta santa, la luna llena, un chamán traído desde el Perú y otras cuarenta personas nos daríamos cita en la iglesia en junio por segunda vez. En esta ocasión, las introducciones estaban demás. Las dos habíamos venido a trabajar. Cuando coloqué entre mis manos la copa con el zumo achocolatado y la puse sobre mi esternón, le dije en un susurro: estoy lista, hazme de nuevo.
Lo que ocurrió luego no se los puedo explicar. Porque, ¿cómo explicar con palabras algo tan inmensamente trascendente?… la métrica del alfabeto no le hace justicia. No podría poner por escrito lo que solo se puede experimentar, sencillamente no hay manera. Eso sí, hubo una reacción física individual y una ola energética colectiva. Hubo una catarsis que incluyó lágrimas y eructos, orines, mocos, pedos, temblores y más llanto, una visita al purgatorio de mi inventario humano e imperfecto y un retorno de él saneada, iluminada bendecida por un nuevo -y ancestral– conocimiento.
Los frutos de ese viaje al centro de mi alma aún los estoy recogiendo. Los percibo en la danza de la lluvia frente a mi puerta o al poder tener una conversación pacífica y conciliadora con personas quienes antes lograban desquiciarme, desestabilizarme, enfurecerme, enmudecerme, agraviarme u ofenderme. Lo veo –incluso- cuando esos que conocían mi otra yo, buscan intencionalmente punchar los antiguos botones, esperando reacciones de exasperación harto conocidas y en su lugar, para mi propia sorpresa, se topan con la reacción opuesta. En momentos así, me pongo a buscar en mi interior las emociones que detonaban mi miedo al abandono, el desencanto o la furia o aquellos sentimientos de falta de amor propio, de creer que no era lo suficientemente buena para algo o alguien, y detecto que allí, en el alambrado donde se activaban esas conexiones no hay rastro de ellas. La gloriosa ayahuasca, con el milagro de su poder maravilloso, consiguió que pudiera dejar que se las llevara el viento. Se han ido para siempre, para nunca más volver.

Ver:https://youtu.be/OK65pLTocRM

Crónicas de una mulata trotamundos
de Hergit Penzo Llenas
http://www.MeridianoCoco.com

Advertisements